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La Piedad, Miguel Angel


La Piedad de Miguel Angel Buonarroti
(Google Imágenes)



















Fotografías en blanco y negro pertenecientes a Robert Hupka:

Robert Hupka fotografió durante una noche entera todos los ángulos posibles de La Piedad. Gracias a él podemos apreciar muchísimos más detalles de los que habitualmente vemos en una imagen frontal.

Cuando le preguntaron sobre su impresión de la Piedad, él respondió:
"Por primera vez en mi vida me he encontrado ante la verdadera grandeza"


***


Enamorada de esta escultura, desde que la vi por primera vez en un libro de arte, no podían faltar en mi blog unas palabras que mínimamente tradujeran el estado casi de veneración que siento hacia esta maravillosa obra.
Y no hablaría de adoración religiosa, aunque el tema cristiano es lo que la anima, sino de veneración estética; que no es menos, porque determinadas estéticas, como ésta, tocan la cima del arte y elevan al contemplador hacia un terreno inmaterial donde nuestra percepción toma tintes etéreos y espirituales.

No sé que es más hermoso en ella, si su forma física, en la que el mármol queda trascendido al convertirse casi en carne humana; la manera en que está expresada la idea religiosa, mediante un triángulo ascendente al que las figuras se acoplan, y que dota a toda la obra de una grandeza y serenidad soberbia; o la belleza, casi divina, de los rostros.

El rostro de esa jovencísima virgen es la imagen viva de la serenidad, de la aceptación y la asunción de un destino inevitable. Pero en él no hay resignación, sino sabiduría. Es el rostro de una diosa, frágil y pequeño, pero lleno de poder, capaz de contener entre sus brazos todo el sufrimiento; capaz de consolarlo tan sólo con una mirada. Esa mirada piadosa pero contenida de la mujer conlleva en sí tanto amor como inteligencia. Y esa mirada magnánima podemos extenderla también a la forma del gigantesco cuerpo, sólido y acogedor, desbordándose por los pliegues magistrales y generosos del vestido.

Pero el rostro de Jesucristo, con su cuerpo vencido, es igualmente sobrecogedor, pues en él está trazada la alegría triunfante y la serenidad que da saber que su muerte es un paso hacia la resurrección.
Sus manos muertas siguen vivas en la piedra, sus ojos cerrados siguen hablando... y mientras un hombre se acerque a la escultura, ellos seguirán contando su historia de dolor y gloria.

Manos, pies, perfiles, frentes, piernas, venas... Jamás el mármol se vistió de carne de esa manera; jamás comunicó la muerte y la vida, la ternura, la sabiduría y el amor, como en esta obra sublime.



***

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El arte es muchas cosas. Hoy en día aún es más cosas; todo aquello que puedas imaginar es llamado arte. Pero hay un arte en mayúsculas, un arte que no sorprende un día para olvidarse después. Porque es un arte que nace de lo profundo del corazón del artista y viaja a lo profundo del corazón del espectador. Irá de ser en ser y no morirá, pues aunque la parte física de la obra se destruya, su recuerdo pervive en quienes lo han contemplado.
Esta obra es una de esas pinturas que "viajan" y "cuentan" y hacen vibrar algo indefinible en quien la observa. La humanidad vulnerable y frágil de ese rostro emociona. Miguel Ángel ha plasmado una emoción en ojos y labios que todos sentimos. No sabemos bien si es miedo o asombro, delicada preocupación, o hermosa espectación. Las aletas de la nariz y la contundencia del rostro aportan firmeza, claridad, tesón. La boca, dulzura y evanescencia. Los ojos... los ojos son el prodigio del rostro, el instante mágico en que esta mujer mira hacia el asombro con la prudencia de una diosa, pues está mirando nada menos que el futuro... Es un instante que refleja todo un mundo de pensamientos ocultos, silenciados. Un breve momento que sabemos que va a desaparecer, pero que queda inmortalizado en la mirada del observador.
Cuando un rostro así nos conmueve es porque podemos vernos en él. Podemos sentir nuestra mínima consistencia en esta creación. La sibila parece contemplar la venida de algo terrible sobre el planeta; pero si miras fijamente ese rostro, puedes encontrar una serenidad dispuesta a aceptar aquello que contempla. Tiene algo de angélico, de divino. Sus ojos parecen ir más allá de la realidad, como si estuvieran mirando más allá de lo físico.
Sólo un genio puede reflejar tantas emociones sutiles en un rostro. Así como la "Gioconda", éste es un personaje que te atrapa por sus ojos y sus labios. Que te habla de un misterio encerrado en el silencio pictórico. Que te lleva a la contemplación; que te une a la grandeza del instante vivo.
De sobra está añadir la perfecta simplicidad de los colores azules enmarcando el rostro, y esa cinta que resalta magníficamente la frente, allá donde moran los pensamientos que dan lugar a tan hermosa expresión.
Como me encanta encontrar almas vivas en el arte, seres que desbordan su humanidad, añado estos otros rostros memorables por su exquisita expresividad, su honda o peculiar personalidad.


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