Mostrando entradas con la etiqueta jueves de relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta jueves de relatos. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de noviembre de 2022

La gaviota (Mini relato)

 

 

 



 Acuarela: José Luis López http://acuarelaskubi.blogspot.com/

 


                                        LA GAVIOTA


  Bajo sus párpados cerrados todas las heridas sangraban; se sentía líquido vertido al mar, supurando por cada poro de su piel; completamente deshecho; flotando, a merced de una inmensa voluntad de agua. Su pequeño velero fue despedazado en la tormenta más salvaje que la mar hubiera improvisado para ningún mortal. Aferrado a un trozo de plástico como una lapa de carne y hueso aterrorizado, despertó de su inconsciencia y miró al cielo, y luego a su alrededor...

  La palabra que golpeó su mente fue: negrura. La noche se bebía su corazón: Densamente, espesamente, absolutamente. Gotas negras golpeando su piel. Noche rayando sus labios ateridos. Frío. Nada. Soledad despiadada para esa mota de apenas sesenta kilos de voluntad sobre una masa móvil e infinita de agua negra, sin voluntad conocida.

  Qué podía hacer sino rendirse… allí, solo, tendido sobre las fauces del abandono, a latigazos de frío, a mordiscos de miedo que sabían a sal y a muerte. El silencio de las gotas ululaba por su piel… La garganta abismal del mar sabía esperar.

  Volvió a cerrar los ojos: ¡más terror, más frío! Carecía de fuerzas, se disolvía despacio bajo aquella noche total. Dentro de su ser se había roto todo... Y lo aceptó, y se dejó caer, sin lucha ya, a merced de un "Sea" que circulaba como sangre de estrellas por su cuerpo.

  A través de los párpados, medio velados por un sueño que se acercaba, fruto del congelamiento, entrevió una forma blanquecina a su lado. Se mecía, igual que él, en la vastedad cósmica del océano. Estaba hondamente callada, muda como él. No distinguió de qué ser se trataba. Tan sólo captaba una presencia neblinosa que emitía mucho, mucho calor. Y empezó a notar que sus miembros eran cubiertos por una gigantesca pluma caliente. El mar se había vuelto cálido. Ya no temblaba ni sentía pavor. De un modo lírico y piadoso, se sentía acogido. Y se durmió, esperando el ahogo inevitable, consciente de que no era posible hundirse ya más de lo que su alma había experimentado. Un amoroso y lento sueño circuló por sus venas como un río calmo. Se rindió plenamente a esa sensación.

  Despertó. Incomprensiblemente, seguía vivo...

  Quiso moverse, pero no pudo. Estaba extrañamente enredado a una red de pesca. Oyó voces alarmadas de maravilloso timbre humano; voces hermanas...

  Y a su lado había una gaviota, que dormía. Era la misma presencia que le acompañó toda la noche, nítidamente contorneada. El ave, con un graznido limpio como el amanecer echó a volar hacia las abiertas manos del sol.

  Y él creyó sentir todas las gotas del mar a la vez derramarse tersamente por sus ojos.


 

                                                                   *

Maite Sánchez Romero (Volarela)

 

Adda. Relato breve.

 



Pintura de Nicoletta Tomas 


ADDA


Adda no tenía que fingir. La vieron llegar del camino del sur, fatigada, con su vestido raído de color verde y su pelo flotando como una maraña de nubes.

Nadie le preguntó dónde había estado. Ya conocían sus ausencias. Y también sabían del vacío de su boca. Sus pasos, sus movimientos, también eran mudos.

Aquel ser merodeaba por el pueblo, entre los demás, rozando apenas la vida, sin dejar impresión clara a su alrededor; como una sombra a la que súbitamente se le descubrieran dos ojos.

Más que un animal, menos que un ser humano. Sólo un poco más que la noche. Todos pensaban que su persona no podía haberse engendrado de la unión de la carne, sino de la de los granos de arena.

¿Qué le dejó sin voz? Era un enigma. Algunos cuentan cómo a los cuatro años contempló el degüello de un cordero y que por ello cerró los labios. Es posible que ante aquella cabeza atenazada por dedos de acero, ante el golpe rápido que hizo manar la sumisión roja del cuello, o ante la muerte manejada como un montón de cebada, sí, es posible que la niña se escondiera de por vida. Es probable, sí, que huyera sin voz del olor cetrino de aquellas paredes sin cal, amarillentas, tristes como el sudor, la rutina y la sangre derramada.

Pasó el resto de sus días ausente, perdida y sin rumbo. Hasta el día del huracán.

Dicen que junto al pozo, anclada a un barrote de hierro, Adda volaba.

La arena formaba un torbellino gigantesco, ansioso por devorar las casas, nervioso y aullante. La ira se empecinó contra aquel pueblo, escupiendo millones de dardos de arena que se fueron clavando en las lágrimas de todos.

Cuentan que Adda, aferrada a aquel pozo, reía por primera vez.  Con una risa que no sonó, pero resultó más violenta que el mismo ciclón. Y es entonces cuando todo acabó; se detuvo el viento y la tierra volvió a su sitio. Y los gritos de los niños pudieron detenerse.

Cuando vieron el cuerpo inerte de Adda, fueron a mirar su cara: seguía sonriendo, con una sonrisa similar a la caída triunfal de las grandes cataratas.

Y nadie logra entender cómo el huracán se sometió ante aquella frágil vida.

Desde entonces, vientos de leyenda aúllan desde su pequeña tumba. 

miércoles, 7 de septiembre de 2022

La cicatriz. Relato breve


CICATRICES. PROPUESTA JUEVERA DE MAG


 

 En el blog de nuestra querida Mag, encontraréis más participaciones de este tema tan sugerente. 


                                                 LA CICATRIZ


    "En el corazón tenía la espina de una pasión;

      logré arrancármela un día;

      ya no siento el corazón."

     Antonio Machado

 

Hay un ser que circula entre los otros cuerpos como un mosquito en la noche. Nadie es capaz de notarlo. Son sus ojos marcos sin lienzo, colgados de dos cejas anodinas.

Su anciana madre le pregunta, le exige, la reclama, la añora... La hija no está. Prepara su tostada con la indiferencia de un reptil.

En su trabajo se preguntan si queda algo de la antigua compañera. Acaso su pelo, que sigue escapándose osadamente de su trenza. Pero no su viejo brío de gorrión; ni aquella sonrisa gozosa de río fundiéndose en el mar que la caracterizaba.

Su mar no está. Ahora ya no. Ella dejó de recibir su oleaje de abrazos. Y en el armario sólo hay camisas que aspirar. Y sobre el sofá, la desteñida gorra, todavía cálida y con el aroma de sus bromas. Pero ya casi no puede recordar. ¿Sentir? No conoce el significado de esas dos sílabas bailarinas desde que se reunió en el lago consigo misma. El lago con forma de corazón, verde turquesa, colmado de tantas y tantas lágrimas que fue recibiendo de ella y de muchos más lamentadores con cadenas.    Allí se arrodilló, sin mirar al sol; tan sólo hacia su propio pecho marchito. Y allí se arrancó el corazón. Lo vio caer, hundirse lentamente, muy despacio, hasta que todo su color rojo fue desleído en la tinta verdinegra del fondo. Y con él se hundió su memoria, su vida, sus sentimientos.  Y no entiende cómo sigue viva si su sangre es ahora de madera muerta.

Los pájaros se quedaron mirando a la mujer que había mutilado la emoción en su pecho: una cicatriz mal cerrada, que sólo ellos pueden ver, es todo lo que queda ahora entre sus dos senos.

 Cuando su sombra se perdió por el callado camino, las aves reanudaron sus canciones.  

 Y con sus trinos cantaban que la mujer sin corazón no sabe, no sospecha, que espera un hijo. Y que mientras siga viva (un día, dos, un mes, nueve...) tarde o temprano renacerá un nuevo botón floral en su pecho, que crecerá y latirá como un nuevo corazón hasta borrar del todo la cicatriz de su seno. 


                                                                             ***

viernes, 26 de agosto de 2022

La valla (Historias de la guerra II).





LA VALLA


  La vieja estación se alzaba todavía, destartalada, sin vida, en mitad de la llanura. Las vías oxidadas señalaban un camino a ninguna parte. Pero en esas vías aun podía yo ver el trazado de mi vida juvenil. 

El viento, que rozaba mi rostro y ondulaba la grama, seguía en mi mente haciendo sonar el viejo cartel de la estación; lanzaba las lágrimas de aquellas mujeres que despedían a sus parejas. Y yo, sólido, con mis manos en los bolsillos, lo sentía retarme, zarandeándome por la espalda. Pero no me inmutaba; paralizado por mi sentimiento interior, contemplaba alejarse la caja metálica, portando vidas hacia un gran interrogante de sangre.

  Ese tren no se repetirá, pensaba. Habrá miles de trenes, pero el suyo no volverá jamás. Vi partir a mi amigo, mi orgulloso y querido amigo, a lo que él consideraba un sagrado deber: la guerra, la lucha, los ideales. Yo, casi arrastrado por su pasión y mi idolatría hacia él, quise seguirlo, pero no me lo permitieron, pues era demasiado joven. Él me lo enseñó todo acerca de la vida, fue hermano y padre. Me hice hombre gracias a su compañía (¡noble, valiente, hasta desafiante y temerario!) También me ilustró acerca de las mujeres, y mi novia me ama más (lo sé) gracias a él.

  Algo absolutamente suyo era la tozudez extrema. Su padre le dio una paliza brutal cuando supo que quería alistarse como voluntario; lo apisonó física, moralmente. Sin embargo, maltrecho, humillado pero libre, escapó. Lo hizo en secreto, con mi ayuda. Yo mismo lo despedí... ese día en que el viento me zarandeaba.

  Desde pequeños fuimos amigos inseparables. En el pueblo nos apodaban “los ratones” porque nos metíamos por todas partes, fisgoneando, explorando cualquier posibilidad de aventura o diversión. Yo le daba las ideas y él ponía la osadía. Juntos conquistamos una parcela de campo virgen, ¡y en ese mundo éramos los reyes absolutos desde una encina!

  Sobre estas vías melancólicas que yo ahora contemplo, desleídas, sometidas al capricho de las hierbas, sin el poder de conducir ya nada... excepto mis recuerdos... Allí mismo, los dos nos tumbábamos, y, siguiendo la levedad provocativa de las nubes, imaginábamos los caminos que podrían tomar nuestras vidas. Y una vez gritamos los dos juntos, desafiando al tren, que llegaba desgañitándose, y aullábamos como cachorros... antes de apartarnos veloces, con la adrenalina en la punto de los cabellos.

  Yo no tengo rumbo… compañero, ¿y tú?

  El aire ahora es tórrido. La vía no se aleja, sino que entra dentro de mí, me atraviesa como esta brisa: ¿me apuñala? Me viene a recordar el sueño que tuve la noche del 23 de agosto. Y entonces no puedo evitar humedecer un poco esta tierra seca. Me arrodillo; me sobrecoge la sensación tan vívida de aquel sueño. En él, mi amigo se aleja corriendo hacia una gran valla. Yo lo veo trepar por ella con toda agilidad. Deseo seguirle y subirla, pero es imposible para mí, es demasiado alta; me caigo continuamente en el intento. Tozudamente, insisto en alcanzar la valla, pero él, desde lo alto, me mira con tristeza profunda y me dice:

  -No, no insistas. Tú no puedes venir.

   Y así termina el sueño. Desperté temblando, sudoroso y con una sensación punzante en el pecho. No entendía el significado, pero dos días más tarde lo descubrí.  Alguien me dijo que mi amigo había muerto a tiros en la Batalla del Ebro, justo la noche en que yo lo veía saltar la valla.


***

viernes, 19 de agosto de 2022

Otra oportunidad (Historias de la guerra I)




                     ( 2º texto añadido a la propueta de Mónica)


OTRA OPORTUNIDAD 


Hasta entonces yo tenía una vida simple, incluso feliz. Jamás había pensado en la muerte, ni en el horror, por supuesto. Pero allí me encontré, de bruces, sacado (raptado) de mi casa y echado al lugar más oscuro y deprimente que mi ánimo hubiera imaginado: una checa*. Allí estábamos amenazados diariamente por la tortura o la muerte, unas cuarenta personas, hacinados como cerdos, despreciados hasta lo indecible por ser simplemente sospechosos... de lo que sea, de nada. En mi caso, soy un relojero que cumplía dominicalmente con sus obligaciones religiosas. 

Mi ánimo agonizante sobrevivía hundido, completamente aplastado. Miraba sin apenas fuerza a los compañeros discutir por un miserable plato de arroz frío e insípido. Llevábamos diez días y los estómagos maltratados estaban muy furiosos. Entonces llegó uno de ellos, uno de los fuertes, los que tenían derecho sobre nuestra vida. Abrió bruscamente la puerta y nos dijo que se iba a matar a uno de nosotros en represalia por el hombre que se había fugado hacía poco. Sacó un papel de su bolsillo y dijo, con violenta fuerza en la voz, casi con ira negra:

-Aquí os tengo a todos. El que nombre ahora, se pondrá de pie y vendrá conmigo para su ejecución -Y se quedó en silencio, mirando el papel, dudando a quién elegir y estirando el tiempo sin ninguna prisa para torturarnos. De vez en cuando miraba a la masa acongojada, que a su vez tenía sus ojos clavados en aquellas pupilas capaces de sajar una vida. 

Mi corazón, antes sumido en un hoyo de alquitrán líquido, ahora despertaba brutalmente. Comenzó a latir desbocado, con una rapidez incontrolable. Por todo mi cuerpo galopaba la primitiva ansiedad animal de ser cazado, que aumentaba a límites de locura ante la imposibilidad de huida. Retumbaba salvaje en mi pecho este corazón; lo oía nítidamente. Y no me preguntéis cómo, pero podía escuchar (o quizá sentir) el de todos los presentes: cuarenta corazones latiendo alocados en el puro miedo que fermentaba en aquel silencio.

Temblé, sudé sangre por las palmas de mis manos. Mi mente aprisionada buscaba escapar, dejar de rebotar en aquel tormento... Pero entonces golpeó la mezquina voz el aire y llegó aguda como un balazo a mis oídos: 

-Lucas Santos.

Mi nombre... Había un eco retorcido, maléfico, en esa zeta final, alargada a propósito más de lo normal. La letra viajaba, buscaba su diana entre la multitud. Me buscaba. 

Las cabezas de la gente se volvían a un lado y a otro, esperando que saliera el elegido y así terminar de una vez con aquella monstruosa tragedia. Yo sentía un mareo tan grande que pensé que iba a perder la conciencia allí mismo. Aun así, intenté recopilar todas las fuerzas posibles de mi descompuesto cuerpo para levantarme. Sin embargo, algo paralizaba mi voluntad; estaba clavado literalmente a la silla, aún no sé por qué. Volví a intentarlo, tratando de asumir de una vez por todas mi final, pero segundos antes de que mis piernas decidieran su primera contracción muscular, otro se levantó.

-Soy yo -Alzó la mano al decirlo. Luego salió por la puerta como un cordero sumiso dispuesto para el matadero.

Atónito, callé. Lo sé, miserablemente. No podía creer en la suerte que bendecía a uno y condenaba a otro. La probabilidad de que hubiera otra persona con mi mismo nombre y apellido en aquel lugar era prácticamente nula, y sin embargo sucedió... Un delirio del destino que me salvó la vida.

Después de tensísimos minutos, todavía impactados y en silencio, escuchamos a lo lejos un disparo seco, amortiguado por la distancia. Aquel sonido permanece nítido en mis recuerdos, horadando mi calma.

Toda mi vida he dudado de si debía haberme levantado yo también para que el verdugo eligiera a uno de nosotros... Vivo con ello. Aquel hombre no sabía el regalo que me hacía. Nunca lo supo. 

A partir de entonces todo cambió para siempre. Yo era un resucitado. Me propuse, en agradecimiento, vivir por mí y por aquel desconocido, buscando la mayor nobleza en todos mis actos.


*


(Anécdota real de la Guerra Civil Española. Esta historia demuestra que la realidad a menudo supera la ficción. Yo me he limitado a cambiar el nombre del protagonista y darle colorido literario.)

*Las checas eran cárceles privadas establecidas por las diversas organizaciones integradas en el Frente Popular, donde se detenía, interrogaba y asesinaba a las personas que consideraban desafectas. 

viernes, 29 de julio de 2022

La trampa del reloj

 Más aportes en el blog de NEO



Imagen: https://ar.pinterest.com/pin/6122149484873309/


                                                        LA TRAMPA DEL RELOJ


“Sólo le dan de vida hasta los siete años”. Escuché que le decía mi padre a mi madre cuando era pequeña y sólo tenía cuatro. No saben que yo lo oí. Y ahora tengo siete años menos un día. Y mucho miedo porque mañana moriré; estoy deseando encontrarme con un reloj capaz de frenar el tiempo.

Salgo, a ver si por casualidad encuentro algo (¡oh, sí!, por favor, por favor...). Dice mi padre que la fe mueve montañas; o sea, que puedes conseguir lo que quieras.

Las palomas hoy no me piden pan. Una allí se ha acomodado sobre una trampilla de hierro. Vaya un lugar extravagante se ha buscado... Debe de ser que no tiene un nido para empollar… Voy a ver.

Qué raro. Esta trampilla tiene ¡la forma de un reloj! La levanto, huele bien, a azahares. Se oye lluvia allá abajo. No voy a entrar. Da yuyu... Mañana moriré. ¿Y por qué no pasas, so tonta? No hay nada que perder.

Vale. Qué fácil es abrirla…

Bajo siguiendo una escalera oxidada, vertical. Miro hacia arriba y me veo a mí misma, duplicada, asomada a la trampilla... ¿mirándome? ¡Qué susto! Pero parece una foto; no se mueve... Es muy raro...

Todo está oscuro, me gusta el sonido de la lluvia, me recuerda a mi padre. Bajaré, qué más da. Mañana voy a morir. Sigo.

Ahora el agujero se hace ancho y me asomo a una ventana de color rosa. Hay una gran habitación. Mamá está ahí… ¡conmigo!, ¡yo soy el bebé! Me da el pecho. Tiro del pelo de mi madre con fuerza. Pero parece un telón, todo cae y se deshace en polvo de colores, desaparece… Ahora es distinto. Veo otra escena. Es como si fuera una película de mí misma... Soy muy anciana; sé que soy yo; me siento. Vuelvo a estar enferma. Un hombre me besa en las manos. Llora. Es mi hijo. Se llama Chopin. Me gusta la casa en la que me encuentro, llena de velas, muebles raros. Qué felicidad… En todo hay ternura y música. Me gusta mucho. Quisiera quedarme. La anciana me ha visto y se ha asustado mucho; yo le digo que no corra la cortina, porque saldrá otra escena, lo intuyo. Pero lo hace; no puede oírme, mi voz son notas musicales. Otra vez se llena todo de polvos de colores y cuando la última mota toca el suelo se abre una nueva imagen; ahora soy mucho más joven. Estoy  en una playa preciosa junto a un hombre que me alza por la cintura hacia el cielo... Qué bien me siento.  Nunca había experimentado esas cosquillas. Estoy ilusionada. ¿Será amor? Ahora me acaricia la mejilla, muy despacio. Pero entonces sus dedos empiezan a deshacerse, y de nuevo todo se transforma en ese polvo, yo, él, las olas... No quiero mirar más. Voy a seguir bajando escaleras.

 No tengo miedo. Me encanta ir hacia atrás. Se abren más y más ventanas según bajo. Algunas no me gustan nada, como aquella en que grito mucho, acostada entre vacas, mientras me sale un bebé por... ¡O esa otra donde me cortan la cabeza! Sigo… He llegado a una cueva donde me encanta pintar bisontes. Qué vergüenza... no llevo ropa. ¿Por qué todos mis nombres empiezan por la A? Por cierto, me llamo Ana. No sé con quién hablo, pero quiero pensar que no hablo sola. Quiero... Sí. Además, hablar mantiene mi fe.

He pasado todo el día en este agujero tan profundo. Quedan diez minutos para que sea mañana. ¿Se va a morir aquella de la fotografía? Yo me quedo por aquí, explorando, por si acaso.

 Miro para abajo, y la escalera no parece acabar nunca. Ya he bajado veintisiete plantas más; he sido una australopithecus afarensis, una ardipithecus rámidos; y también he sido caballo, canguro, cabra, correlimos, cuervo, culebra, cucaracha, ciempiés, cocotero, cactus, cobre, cinabrio, CO2... (¿por qué cambiarían mis nombres por la C?)

Ya es el día siguiente según mi reloj de pulsera. Debería estar muerta, pero aquí, en el pasado sigo viva. ¡Anda!, hay una ventana que antes no estaba. ¡Agh...! tiene una cagada fresca de pájaro en el cristal... A través de ella veo a una niña (¡Yo, que acabo de cumplir 7 años, claro!) ¡Y no me he muerto! ¿Era un error de los médicos? ¡Con el terror que he pasado todos estos años a que llegara ese día! Estoy en la calle, buscando la trampilla que vi el día anterior. No la encuentro. No hay rejilla con forma de reloj, ni paloma acostada, ni nada. Llega por detrás mi madre. Me abraza y me besa alegre, y sigue conmigo por el paseo. Ahora van a casa de la abuela… Oigo lluvia, lluvia bonita allá arriba...

Y no se ve nada más… Todo lo tapa la lluvia.

Quiero volver al futuro.

Cuánto he bajado... Y la escalera sigue y sigue hacia el infinito... Miro hacia arriba. Está muy oscuro. La trampilla de arriba no se ve, ¿se habrá cerrado?, ¿he caído en una trampa del tiempo?

Oigo lluvia, mucha. Qué miedo. Quiero ir al futuro, por favor, por favor... Las gotas me recuerdan a la voz de mi padre; me serenan. Él dice que la fe mueve montañas. Si entré aquí para no morir (y de hecho lo he conseguido; no me he muerto), ¿por qué no voy a salir también? Sí, saldré, saldré, la fe mueve montañas. Bajaré un poco más. Mira, Ana, otro reloj igual que el primero, pero oxidado. Está clavado en la tierra roja que se ve a través de esta nueva ventana. Es un desierto marciano. Pasa a ver, no tengas miedo. Nunca te has atrevido a atravesar una de esas ventanas. Sólo has sido espectadora de ti misma. Es hora de que actúes. Ábrelo a ver. ¿Y si no puedo volver y me quedo en Marte para siempre?

Llueve serenamente. Me habla mi padre. Confía...

Paso, me he clavado una astilla del marco. Aquí me siento muy ligera y hace un frío mortal. Abro la tapa del reloj sin problema. Chirría. Veo todo muy negro, ¡pero huele muy bien, a flores de azahar!; y al fondo hay una paloma pequeña, reposando en una rejilla, muy, muy lejos... ¡Es ella!

Cierro los ojos. Tengo fe. Me tiro.

Y de nuevo vuelvo a tener siete años menos un día...


***

miércoles, 11 de mayo de 2022

El poeta está solo (MICRO)

                                                              Pintura: La muerte de Chatterton, por Henry Wallys 
 


Siguiendo la propuesta de Gustav en su blog... 


                                                                   EL POETA ESTÁ SOLO


"Su cuerpo fue bebido como un néctar de hibiscos a pleno sol, por dos labios secos como dunas. 

Él resbaló por su corazón abierto, estremecido, y besó cada uno de sus latidos en flor. 

El héroe se rindió ante la walquiria, y puso girasoles de fuego a sus pies. 

Mientras se abrazaron, retazos de niebla copulaban con el sol y una polilla sobre un árbol se tiñó de oro."


Abre la ventana. El moscardón atrapado sale al fin. El joven está tan solo como un tren abandonado en Venus; un suspiro se le escapa hacia las esquinas dormidas del puro silencio. Coge un cigarrillo. Expele una voluta que quiere ser mujer. Abajo, en la calle chirrían unos frenos. Sale alguien del coche. El poeta se acerca a la ventana, ve una muchacha cruzar el asfalto con el poder contenido de los gatos y piensa: "Pudiera ser Ella; pudiera oler a lilas..." Y sigue escribiendo:

"Los amantes son descubiertos por la tormenta riendo bajo las sábanas del cielo..."

El poeta está sólo con su imaginación creando más y más volutas suaves como senos de náyades.

De pronto, llaman a la puerta. El poeta abre y contempla asombrado. Traduce para sí:  dama amaneciendo, música de flautas en la piel; ojos de azul hipnótico, con acabados de gata siamesa. ¡Y huele a lilas recién abiertas... !

Descubre largas lianas cobrizas cayendo por su escote, cabellos que algún día podrían retozar plumosamente en su propio pecho. 

Su líquida voz al presentarse es puro jugo de grosellas. 

Esa tarde fue muy fructífera para la vendedora. Su primer día y ya había conseguido cubrir el objetivo de una semana con aquel cliente que parecía haberle caído directamente de la luna.

Se cierra la puerta. El poeta vuelve a estar solo como un monolito en el océano. Pero le ha pedido su número de teléfono. Mira el papel garabateado por aquellos dedos como sombras de junco; todavía huele a musa. 

Soñará muchos días con ese papel. Lo estrujará en su pecho, lo besará, lo tirará a la calle y volverá a por él... hasta que comprenda que ella nunca contestará a sus llamadas. 


***










viernes, 22 de abril de 2022

El mudo

Inspirándome en una de las obras del pintor Denis Sharazin bajo la original propuesta de Mónica para este jueves simbólico.  Enlaces a los otros participantes

                                                                        



                                                                       EL MUDO QUE TENÍA UNA OBSTRUCCIÓN DE MARIPOSAS


 “Atención, atención, despejen la sala”, escucharon los lepidópteros.

 Todo estaba lleno, absolutamente lleno de pelotones de mariposas monarca en aquella estancia. Sólo habría cabido un alfiler agudísimo entre ellas, o la pequeñísima exclamación de admiración de un diminuto saltamontes. 

“Atención, despejen la sala”, escuchó Amenofis.

Llegaron los médicos. Le colocaron los tubos en la boca. Todavía contemplaba doradas mariposas que ocultaban el sol y abanicaban sus sienes.

Hacía treinta años que no hablaba. Tenía una obstrucción lingüística. El accidente de sus padres casi le arranca de un golpe el alma. El único modo que encontró de olvidar fue llenar voluntariamente su boca de mariposas mudas, imaginadas. Las monarcas eran la belleza pura, y las estudió en silencio, las siguió en sueños, en vida, en los libros de entomología, en el campo...

Pero al fin los médicos consiguieron desatrancarlo y extraer los delicadísimos restos de belleza devorada. Volaron más y más mariposas por la sala, y Amenofis comenzó a hablar muy suavemente, ya curado y libre de aquel dolor de su infancia. Pero nadie pudo entender sus frases de néctar, sol y revoloteos musicales; ni sus palabras avainilladas, hechas de pétalos y estambres de terciopelo nocturno. Nadie, salvo las mariposas.

´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´



sábado, 19 de febrero de 2022

Las llamas respiran. Relato breve

                              Fotografía https://www.posterlounge.es/p/722714.html
 


LAS LLAMAS RESPIRAN

  

  Aquella noche miró al cielo sin estrellas cubierto por una tenue y lechosa neblina que pendía como una cortina ajada a merced del viento. Su tienda de campaña lo protegía de la inmensidad sin voz ni ojos de la naturaleza, que sin embargo parecía observarlo y hablarle con labios fríos y mirada salvaje.

  Estaba solo. Palpaba la presencia estática del bosque a su alrededor, los pequeños crujidos de algún ratón de campo buscando comida, el lánguido gemido de una cría de cárabo escondida entre las ramas. Su mente comenzó a imaginar la luna oculta por las nubes, como un desolado cuerpo vacío lleno de cicatrices que rejuvenece en toda su mágica divinidad cuando el sol la mira. Todo era poesía si se observaba con candor. A  todo podía dotar de sentimientos. Los sentimientos que un ser humano va derrochando al pasar; porque sólo era eso: un sencillo hombre hecho de huesos y dolores, de sangre y risas, de emoción y llanto. Y con esos pinceles a cuestas pintaba todo lo que veía. Pero la noche era más. Los seres, el tiempo, la Tierra, los ríos, los caminos… eran más de lo que él interpretaba. Y no era capaz de comprender en realidad nada de ese jeroglífico llamado vida. Se sentía como el pobre escarabajo que aquella mañana trepó indeciso por su bota sin sospechar siquiera la presencia de un gigante a su lado.

  Abrió el paquete de queso y se calentó un vaso de leche. El suave siseo del fuego azul saliendo por el hornillo le trajo a la memoria las palabras de su hija pequeña una tarde de invierno, cuando aún vivía: “¿Papá, las llamas respiran?”

“Sí, hija. Todo está vivo, por eso el fuego respira, y quema, y produce dolor. No debes tocarlo. “

  Pero él lo tocó. Tocó el amor, la unión, la vida, y ahora sangraban sus heridas sin cerrar. Porque era sólo un hombre desamparado ante la fuerza de sus propios sentimientos, y, como una hoja en la corriente fragorosa, sentíase arrastrar, inerme, hacia un mar de tristeza, que lo recibía con sus brazos vastos y ondulantes.

  Cerró el hornillo y se preparó el café. El sonido de su propio cuchillo cortando el pan ponía de manifiesto su gran soledad. Un grillo comenzó a grabar en la tablilla de la noche sus tímidos puntos suspensivos. Miró de nuevo al cielo; un extraño meteorito se abría paso entre el vaporoso velo de nubes. Era casi imperceptible, y sin embargo, antes de borrarse del todo, juró escuchar desde la inmensidad nubosa las siguientes palabras: 

“Papá, dime: ¿Las llamas respiran?”


***

martes, 3 de agosto de 2021

Este jueves un relato "penumbroso"



Hoy nos reúne Mónica para que escribamos con una ambientación penumbrosa o de humos

Aquí tenéis las demás participaciones humeantes... Neogéminis


UN MANUSCRITO PENUMBROSO



MANUSCRITO HALLADO EN UNA CUEVA  

La neanderthal Jacinta vio asomar la punta de un objeto brillante. Rascó con sus uñas la tierra y sacó un pedazo de metal plano con multitud de signos grabados. Acarició las hendiduras con placer y escondió su tesoro bajo un pedazo de piel, muy querido por ella, que tenía guardada en la esquina más oscura de su cueva. Lo que jamás imaginaría es que miles de años después, tú, lector podrías entender su contenido. 


"Casi no tenían ojos, parecían topos; de hecho la luz les hacía daño; daban alaridos cuando un foco los iluminaba, como si los golpeara. La edad… Diría que aparentaban unos cinco años por su forma física, pero sin duda su mente era longeva. Caminaban de espaldas, no sé la razón, pero no chocaban, pues parecían ver con la mente. Y otra singularidad era que todos tenían un pitillo encendido en los labios; jamás se apagaba, como si no se consumiera nunca. Les llamé los eternos fumadores. Aparecían por la noche, cuando, poco antes de acostarme, me asomaba a la ventana. El humo de sus cigarrillos era el aviso; se filtraba por las rendijas y mis fosas nasales podían detectarlo, incluso antes de llegar a mi habitación. Estaban siempre atareados, cruzando de una acera a otra, cargados de objetos. Parecían reconcentrados, absortos en su labor, como si ésta fuera de trascendental importancia. Mis padres, obviamente,  no me dejaban bajar a la calle a esas horas de la noche, y por supuesto, no los veían. El gato del edificio de enfrente sí los veía, porque también se asomaba a la ventana a contemplar sus movimientos.

 Con mi ingenuidad infantil les hice un cartel que decía: “Quiénes sois”, y lo saque hacia afuera, estirando mi brazo todo lo que pude. Cúal sería mi sorpresa cuando aquel brazo mío fue tomado por una mano muy fría que me arrastró hacia abajo, a la calle, de un modo que aun no me explico. Me colocaron una maceta con dos margaritas y, con signos, me hicieron seguir a uno de ellos, muy peludo y oscuro, que transportaba una caja llena de bocinas de coche antiguo. Al fin llegamos a un sótano inmenso en el que todos iban depositando sus objetos al lado de una gran tumba vacía. Estaba lleno de humo. Yo dejé mi maceta con flores. Entonces apareció una niña muy bella y mucho más alta que ellos, pero igual de ciega. Tocó mi frente con ternura y luego se acostó en la tumba; todos los pequeños fumadores empezaron a señalarme con el dedo. Salí corriendo, pero al llegar a mi casa no podía entrar. Nadie oía mis llamadas. 

 Anduve varios días por la ciudad. Estaba completamente desierta, oscura, como si no hubiera amanecido; la gente seguía durmiendo en sus casas. Todos dormían, yo era el único que estaba despierto. Yo… y los hombres niños atareados en trasladar cosas marcha atrás. Pasaban los días hasta que, impávido, reconocí a mis padres en aquellos niños andando del revés. Lloré de desesperación, pero no me vieron ni oyeron, seguían su camino, indiferentes, absortos en su tarea. Luego fueron amigos, conocidos, todos estaban disminuidos de tamaño, aniñados, casi ciegos, pero reconocibles. 

Hasta que un día los vi a todos formar una larguísima cola. Al final de ella, una extraña nave con forma triangular abría su puerta a cada niño o ser, o como quiera que se llamen los entes en que se había transformado la gente. Iban entrando, de uno en uno, cada cual agarrando algún objeto.  Comprendí que eran cosas humanas que deseaban tener los extraterrestres. Deduje que la niña que viera en el sótano era la reina. Ahora, asomada al balcón de la gran nave, la sentía mirarme sólo a mí. Se había dado la vuelta, abriendo un enorme ojo oculto en su nuca, con el que me miró y parpadeó varias veces, despacio, a modo de tierna despedida. Grité. Me quedé yo solo. Yo solo como testigo de la invasión. Yo, aquí, ahora, con mi absurdo punzón, estoy grabando esto… ¿para quién?

  Vago de aquí para allá. Todo el vacío planeta es mi loco, descomunal hogar… Han pasado cuarenta años desde entonces, y mis lágrimas de soledad son ya humo espeso que no sale de mi alma. Cada día, como un cruel boomerang, me golpea la misma pregunta…: ¿Por qué se fueron sin mí?”


                                                                              ***


                                                                    Jacinta


miércoles, 7 de julio de 2021

El caso del vaso vacío. Relato detectivesco para "Este jueves..."

 


Nuestra hada inspiradora Campirela, nos propone este jueves jugar a detectives, a lo Sherlock Holmes.

En su blog podréis encontrar más casos detectivescos:  http://campivampi.blogspot.com 


EL CASO DEL VASO VACÍO

 Sergio Plómez miró el vaso sobre la mesa de la terraza. Estaba vacío. Completamente. Pero ayer estaba lleno... Sacó su lupa. En el borde había algo translúcido adherido. Era una baba  seca. Pensó en los caracoles de su jardín que a veces aparecían todos en grupo pegaditos a la pared. No, ellos no podían haber sido, porque habrían dejado un rastro por todo el vaso. Meditó largas horas sobre dónde habría ido a parar el líquido que contenía.  ¿Se lo habría  bebido el  sol con su pajita de rayos? Las pistas indicaban la resistencia del vaso a unos dedos. Había huellas de lucha por todo él. Sí, y no eran en absoluto las huellas de un perro, ni por supuesto las de un cocodrilo... Despúes de cinco duras horas de investigación, el enigma se complicaba más aún debido a la presencia de un pelo en el fondo del vaso. Umm, pensó. Era blanco... No, no, la luna no deja pelos, se decía... Y el Yeti no vive en esta latitud... Eliminó al pelo como sospechoso; bien podía haber caído de algún piloto jubilado disfrutando de su aeroplano.

Una mosca azul se acababa de posar en el borde del cristal para limpiarse concienzudamente las patas. El sol restallaba con escándalo en el vídrio. La mente de Plómez viajaba, saltaba, trepidantemente, inspiradísima: "brillos, líquido, encuentro; encuentro, brillos, líquido.."

Tras quince horas de tenaz concentración en las tres bailarinas palabras, gritó: "¡El vaso es el asesino!" Y apuntó raudo en su cuaderno: 

"Crimen pasional: vaso enamorado de agua; agua ofrecida a cualquiera con sed. Vaso quiere hacerla suya, y de nadie más; se la bebe hasta hacerla desaparecer.

 Pruebas: el agua pasó su última noche con el vaso; hay tres gotas en el fondo. También huellas de pájaro intentando salvarla en el cristal."

 El genial, pero sumamente olvidadizo detective, se marchó a dar parte a la policía, eufórico por haber resuelto el caso del vaso de agua bebido por él mismo la noche anterior.

 

jueves, 24 de junio de 2021

Este jueves... La escritura. Una reflexión personal.

 



QUÉ ES ESCRIBIR...


Si me preguntan qué es escribir para mí… diría que es salir de mi interior hacia fuera, con algo nuevo que desconocía deseando hacerse palabra, cuento, poema.

Diría que es lo que me hace sonreír y sentirme más viva por las mañanas; darle besos a las flores; cantar con los ojos al mirar al cielo, saltar con la esperanza y jugar a las cartas con el futuro… Y sobre todo, ser mejor persona. Porque  escribiendo aprendo a mirar con los ojos del alma. Escribiendo busco lo imposible, (lo sé, pero no me importa). Busco a Dios. Busco todos los sentidos. Busco al otro. Me busco a mí misma.

Aún recuerdo el vacío que sentí, de niña, al no poder rellenar una hoja en blanco cuando se me pidió en la escuela que escribiera lo primero que se me ocurriera: estaba totalmente en blanco; no sé por qué razón nada salía y sentía que se me cerraba a cal y canto una puerta que necesariamente yo debía abrir... Creo que llevo toda la vida rellenando esa hoja.

Cuando, a los diecisiete años, descubrí la poesía, noté que al escribir entraba en otra dimensión. Era otra al acabar el poema. Aunque no valiera nada y mis letras sólo fueran titubeantes asomos de armonía, indecisos y borrosos sentimientos, yo me sentía como si hubiera penetrado el misterio de la vida… tocada por los ángeles. Y desde entonces, nada más me ha hecho sentir esa sensación mágica, de elevación, de totalidad, de maravilla.

Ahora tengo la felicidad de compartir con vosotros mis momentos y los vuestros, compañeros, poetas, cuentistas sensibles…

 ¡Brindemos, porque cada instante de creación es un verdadero milagro, y poder compartirlo, y que el otro vibre contigo... aún más!

   Por nosotros. Por el arte que hace la vida más vida.



NO os perdáis las demás entradas sobre la escritura en el blog de nuestra querida compañera MOLI

jueves, 13 de mayo de 2021

Salir a la vida *

 



                                                        QUE NADIE ME TEMA


  Reconozco que soy una inadaptada. Desde hace cinco años, ahora tengo veinte, no consigo hacer el papel correcto que se espera de mí. Y es que cuando creo que soy normal, que funciono como un ser humano adecuado a sus circunstancias, y todo rueda, y todo parece sonreírme… mi cuerpo se vuelve rígido, mis brazos se doblan levemente, mi rostro sólo puede mirar hacia el frente, mis ojos sonríen dulcemente desde una máscara que esconde mi pavor interior, y mis piernas, se estiran dolorosamente hasta colocarse de puntillas, siendo incapaces de dar un solo paso. Quedo convertida literalmente en una muñeca “Barbie”, completamente inútil y a merced de quien quiera utilizarme. Todos conocen ya mis ataques de muñeca, siempre inesperados y fatales, y todos intentan ayudarme, moviendo mis brazos como el de la muñeca, hablando por mí, peinándome, incluso poniéndome ropa nueva. Saben que es el único método de que vuelva a la realidad; yo misma, sin saber por qué entonces, les daba esas instrucciones, estando consciente. Tras diez minutos, más o menos, se me pasa, y vuelve mi conciencia y mi cuerpo se torna humano. Es una pesadilla.  Lo he probado todo. Mi vida es inútil; está destrozada, lo sé. Lo peor es que nunca he tenido la menor idea de por qué me sucede. Pero hoy, mis padres adoptivos, ayudados por un psicólogo, han hablado conmigo. Me han contado toda la verdad, salida de una sesión de hipnosis que me hicieron. Creo, que aunque ha sido lo más atroz que he escuchado, en el fondo es bueno, porque ahora puedo comprender,  y un rayo de esperanza comienza a atravesarme.

  Lo que había, escondido en el fondo de mi mente es lo siguiente:

Desde que nací fui escondida en el cuarto de los trastos de unos padres desalmados, robóticos… no sé si existe una palabra para ellos, puede que la halle en la boca del diablo… Les oía decir que en mis ojos de bebé veían sus propios pecados, como en un televisor, y no podían mirarme. Se veían siempre a sí mismos, haciendo cosas horribles. Por eso decidieron no mirarme más y encerrarme, ocultando mi existencia al mundo entero, pues pensaban que los demás también contemplarían en mis iris lo que ellos veían, su lado más deleznable. Durante quince años me mantuvieron viva, dándome infinidad de juguetes para lavar su culpa; de hecho al entrar al cuarto había más de cien muñecas barbies diferentes.  Cuando entraban, se tapaban los ojos, de modo que nunca pude recibir una mirada humana... En mis juegos, como toda niña, daba vida a las muñecas, y es cierto que me identificaba con ellas, dándoles vida, aquella que yo no tenía yo. Aprendí a hablar a través del televisor que tenía. Ése era mi ventana al mundo real. A los quince años, alguien me liberó de allí. Pero yo no recuerdo lo que ocurrió después. Así como hasta ahora no he podido recordar nunca nada de mi pasado, ya que al salir de aquel cuarto, el impacto de la realidad abierta, poblada de seres, de cosas, de cariño, de vida… fue tan fuerte que quedé inconsciente y mi mente hizo un borrado total para protegerme. Desde ese momento fui adoptada y comencé una nueva vida, aprendiéndolo todo desde cero, pues, según cuentan, era medio salvaje, medio civilizada.

 Ésta es mi vida, y sí, plena y consciente ahora tengo la pequeña esperanza de curar a la muñeca rota que hay en mí. 

 Y por favor, que nadie me tema, en mis ojos no se ven vuestros pecados, al menos es lo que dice mi psicólogo. Aunque tengo un poco de miedo de que sea verdad... porque la gente me mira de modo extraño, y parece que se asustan, y luego disimulan...  Y cuando noto esa  mirada sobre mí más tiempo del normal, sobrevienen mis ataques, que me dejan paralizada, como a una triste muñeca Barbie. 


**


Visitad otras creaciones en el blog de Neogéminis: http://neogeminis.blogspot.com

miércoles, 17 de marzo de 2021

Las llamadas del pánico

Este jueves, Mag nos propone crear un relato inspirándonos en una de las cuatro escenas de esta casa. Se puede tomar, además, algún elemento de otra escena.

Como Poe es uno de mis cuentistas favoritos, no he querido ausentarme este jueves, aunque sólo sea un disparate lo que se me ha ocurrido.

Los demás relatos participantes, en el blog de Mag.

 

 

                                 LAS LLAMADAS DEL PÁNICO

 

Llevaba días y noches oyendo siniestros golpes en la puerta. A veces parecían golpes de nudillos; otros, sonaban como arañazos; y de vez en cuando, una feroz embestida parecía echar la puerta abajo. Desde que alquiló aquel ático, los espantosos sonidos eran continuos. Cuando abría la puerta, el vacío más compacto se burlaba de él. De la ventana también se escuchaban golpes, como si algún ave invisible chocara una y otra vez contra el cristal. Del espejo, igualmente, provenía un monótono martilleo de pájaro carpintero. Quitó el espejo más de una vez, pero detrás, obviamente, no había más que una pared empapelada con barrocas flores entrelazadas de tonos rojizos y desvaídos por el tiempo, como en toda la casa. No tenía vecinos. Pegó su oído a la pared. Cuando cesaba el ruido, se oía la voz de una mujer joven, cantando, como para sí misma, una melancólica, repetitiva canción. Para colmo, su propia esposa había desaparecido hacía un día y estaba a la espera de noticias de la policía. Debajo de él, desde el piso, también sonaban llamadas de aldabas y campanas. Y cuando dormía, sentía unos escalofriantes dedos que lo tocaban, lo empujaban, tiraban de sus manos con urgencia, como si quisieran levantarlo imperiosamente de la cama. Despertaba siempre gritando, y todo desaparecía, salvo la cantinela triste tras el espejo. Ante el brillante cristal, su gato negro llevaba días sentado, maullando con amargura. Hasta que su blanda lengua lamió su reflejo. Entonces fue tragado por el espejo. Y el amo, que en ese momento lo acariciaba, también.

Ni un dios sería capaz de describir el escalofriante pavor que experimentó cuando, a oscuras se palpó a sí mismo, a su gato, y a su propia mujer aterrorizada, inmovilizados todos entre las dos paredes de la casa. Tenían el espacio mínimo para gritar. Y lo hicieron (maullido incluido). Pero mientras expresaban su terror, comprobaron que sus propias voces, al atravesar la pared sonaban por toda la casa como llamadas en la puerta, en el suelo o en el cristal. Al callar, su silencio se trasformaba en una canción lánguida, tristísima, agónica. Y cuando el hombre notó las palpitaciones ansiosas de su corazón desbocado por el miedo, comenzó a oír, al otro lado del muro, el rapidísimo sonido que hace un pájaro picapinos en la madera. Entonces se percató de que el espejo era el causante, no sólo de querer matarlos en vida, sino también de alterar sus voces de auxilio.

Pero al destino, a veces, le gusta jugar... Los tres oyeron unos golpes en la puerta. Era el  avispado niño que vivía en el piso inferior, el cuál, harto de los ruidos, subió a investigar. Dio cinco golpes con sus nudillos. Al no oír respuesta, forzó hábilmente la cerradura y pasó, dejando la puerta abierta. Hombre, mujer y gato comenzaron sus llamadas desesperadas y espeluznantes. El niño se dirigió hacia el espejo y, más curioso que una urraca, lo tocó, siendo succionado también. El cuarteto emparedado, fuera de sí, comenzó su espantosa murga de golpes y llamadas.  Pero quiso la casualidad que el cuervo del vecino del segundo piso acabara de escaparse; subiera volando escaleras arriba, entrara por la puerta abierta, y comenzara a picotear el espejo con furia, sabiéndose a salvo de los influjos nefastos de los espejos, por representar él mismo a la muerte, o así estamos hartos de leer en la literatura de terror. Lo hizo añicos en su furor destructor (y es que la muerte odia que "otro" decida por ella quien debe morir).

 Esperó a su amo, que venía corriendo tras él. Era el mismo Poe, que al llegar escuchó de nuevo la cantinela de su fúnebre amigo: " Never more, never more*..."

 Y esta vez, sí, salieron nítidamente claros los gritos de la pared, haciendo que el atormentado poeta se pusiera a picarla, apareciendo primero la patita negra del gato, el cúal escapó escaleras abajo tras el cuervo.

 La atemorizada pareja decidió mudarse a otra casa. Y la mujer se libró del terrible futuro que le esperaba, y que sólo alguien como Poe, en su más calenturienta imaginación, podría haber imaginado...: ser emparedada por su alcohólico esposo en ese mismo cuarto piso*.

 

 

                                                            ***



*Never more: Nunca más. En el poema de Poe, para los que no lo conocen, el cuervo repite sin cesar esa frase al narrador, que llora la muerte de su amada.

* El gato negro de este cuarto piso es la historia de un alcohólico obsesionado con su gato negro que acaba emparedando a su mujer.

lunes, 15 de marzo de 2021

La mujer eco (relato)

 

                  

                                           Pintura: José de la Barra

 

                                       LA MUJER ECO


  Lisa estaba cansada de llamar tanto la atención. Tenía un aspecto absolutamente arrebatador, incluso en bata y rulos. Necesitaba hacerse transparente, un poquito menos imponente que el sol reflejado en el Danubio; al menos un poquito menos exquisita que la lluvia deslizándose por una peonia. Sin duda no era buena idea huír de sí misma, pero no podía evitar desear sentir lo que significaba que la ignorasen por completo. Llegó a la tienda llamada “Un poco más allá” y pidió un disfraz al guardián de la puerta, que le dijo que ya tenía uno: "Tu disfraz es la belleza, no puedo darte otro, a no ser que mires en aquel estante, donde están los más etéreos; quizá puedas ponerte alguno por encima...". Se acercó al estante más alto y leyó los nombres de los disfraces: “Suspiro”,”Eco”; “Ovación”; “Éxtasis de lagarto”; “Corazonada”. Se quedó con el de “eco”; y se lo llevó puesto; y le quedaba a la perfección, como un guante alucinante de sonidos.

Pero la muchacha se iba medio demolida como una montaña dinamitada, pensando en lo que le había dicho el guardián. Mi disfraz es la belleza... pensó. Entonces ¿quién soy yo en realidad?

  "¿En realidad?, ¿alidad?, ¿lidad, ¿dad?, ¿ad?" Escuchó su propia voz, dejando una cola de pajarillos alocados. Le fascinó. Se enamoró de aquellas respuestas que viajaban por los vacíos de las esquinas. Y tanto le gustó, que decidió llevarlo puesto durante años, instalada en las paredes de un estrecho barranco, y repitiendo enardecida las voces del águila o la marmota, los distintos estados de ánimo del viento; y hasta los gritos juguetones de senderistas ocasionales. Nadie sabía de ella; su presencia era fantasmal. Aprendió a imitar la pureza del sonido, la intención de cada frase, grito o canto, la magia de la reverberación como perfume de cada ser. Hasta que un pastor llegó y se puso a gritar con toda sus fuerzas. La chica disfrazada de eco fue incapaz de reproducir su voz. El hombre carecía de eco. Era inimitable; absolutamente único. La chica disfrazada se quedó tan estupefacta como maravillada. Quería repetir aquella voz, pero era inútil. El hombre sin eco se alejó, empequeñeciéndose en la distancia, a pesar de que su sombra era gigantesca, abarcando todo el valle.

  Aquella noche decidió ir en su búsqueda. Y descendió al mundo con el obligado disfraz de su espectacular cuerpo de mortal, bellísimo puma negro con mirada de gacela. En su ímproba tarea de encontrar a aquel hombre, descubrió que si se ponía de vez en cuando el disfraz de eco, podría reflejar todas las palabras de los que la rodeaban (para asombro de la gente, que creía perderse, momentáneamente, en un laberinto de ecos irreales). Mas era la única manera de desvelar al hombre cuya voz no tenía eco.

  Y como el tesón era su caballo favorito... al fin lo encontró. En el mismo sitio en que lo viera la primera vez; gritándole a las soberbias paredes rojas y extrañado de no oír su propio eco, ignorando por completo que era uno de los hombres más auténticos de la tierra, transparente a pesar de su disfraz de pastor, inigualable, por lo que ni el eco era capaz de imitarlo.

  Vio acercarse a la mujer de ojos asombrados de gacela, que, lentamente, dejó caer su bello disfraz, y con su ser prístino como el eco de la primera palabra de Dios, le acarició directamente el corazón, “razón”, “zon”, “n”...


                                                                  ***

miércoles, 10 de marzo de 2021

Fantástica fe (Este jueves un relato)

 

Reto para este jueves cuyo tema es la Fantasía, propuesto por Neogéminis en su blog, donde encontraréis el resto de las participaciones: Mónica Neogéminis

 

 


                                 Pintura: Nicoletta Tomas Caravia

                                 

                                    FANTÁSTICA FE

 

La dama del invierno no encuentra la llave del baúl donde guarda la nieve y teme llegar tarde a su boda anual con la Tierra.

Se ha colocado ya una falda roja con las hojas nostálgicas de los arces y abandonadas plumas de perdiz en los pechos. Luego, ha rizado sus pestañas con escarcha del año anterior, y, coquetamente, deja ver su ombligo profundo de estrella polar.

Encontró al fin la llave bajo la garra de un cachorro de oso, dormido.

Ahora, la dama danza montaña abajo mientras echa estrellas de nieve por su aliento.

Así narraba un cuento inventado la extravagante tía Inés a su sobrino, enfermo de cáncer, en una habitación que olía un poco a amargura infantil y otro tanto a ilusiones efímeras de media hora. Al menos, el pequeño podía volar hacia el interior de un mundo donde todo era posible.

La tía, visto el entusiasmo del chiquillo, le sugirió que pidiera un deseo, añadiendo que la dama del invierno se lo concedería.

–¡Quiero vivir!. –respondió lanzando la mirada hasta rebotar por todas las esquinas blancas del cuarto.

Se escurrían los días, minuciosamente ordenados tras el secundero del reloj solar, hasta que resbalaron también incipientes trinos, anunciando ya la primavera, que andaba impaciente por abrillantar sonrisas. El día exacto en que floreció la primera prímula en los Alpes, la radiografía del niño aparecía limpia y bella como un campo de heno. La palabra “Milagro” saltaba de lengua en lengua, muy divertida.

Cuando el niño le llevó a su tía la verdadera prueba de su salud en un ciclón de palabras coloridas, atropelladas y pletóricas, ésta le dijo:

–Dale las gracias a la dama del invierno porque ella cumplió tu deseo.

Y después de contemplar los pájaros dichosos, detenidos en pleno vuelo, del alma de su sobrino, añadió:

–Ahora, la dama blanca duerme en su madriguera de nubes, satisfecha por haber hecho bien su labor: darle todo su aliento a la primavera. Y la primavera... también eres tú.

                                                          **

     


miércoles, 10 de febrero de 2021

La ninfa en el muro

 


 

 Hoy nos propone Mónica realizar un texto a partir de palabras al azar, eligiendo aquellas que nos sugieran algo. 

 He elegido "Ninfa en los muros", (en este caso, la palabra "ninfa" tiene el significado de insecto)

 En el blog de nuestra compañera Mónica encontraréis las demás participaciones: 

https://neogeminis.blogspot.com/


 

                                      

                                             NINFA EN EL MURO

 

 Desde el orificio subterráneo contempló el vuelo de un grupo de efímeras en su ritual de cortejo. Batían el aire con sólo un fin; amarse y morir. Antes habían sido ninfas engendradas en la tibieza del agua. Fueron obedeciendo las reglas de la vida y mudaron su piel una y otra vez hasta llegar a un cielo ignoto y placentero.

  A Erika, lanzada a una mazmorra oscura y húmeda, se le ofrecía la escena como un flautín haciendo tirabuzones en sus lágrimas. Pensaba en sus escasos quince años; y en la inminente muerte, a dentelladas de fuego en la hoguera, que para ella preparaban ya las tristes y deformes almas que la llamaban bruja.

 Imaginaba el fuego iracundo llegando hacia ella con su ansia de crecimiento. Miraba su piel, entregada y traicionada; sus manos… ¡las mismas que habían curado a tantos! Toda su vida ardería ante los ojos duros del mundo, como un papel inservible, despreciado.  Llevaba estremecida muchas horas, sudando, atrapada, pensando en el fuego, porque a la muerte no la temía, pero sí al atroz mordisco de las llamas. Acercada a un ventanuco por el que le llegaban las palpitaciones del mundo exterior, escuchó el olisqueo  de un perro que merodeaba cerca. Después, le penetró los oídos el  canto roto y estridente de un gallo joven, todavía torpe en dominar las armonías del poder.  Imaginaba afuera la mano madrugadora, tierna  que amasaba un pan; el horno frío despertando a la vida poco a poco, igual que los hombres que salían al campo helado mientras la sangre les bullía alegre y en paz... Escuchó el crujir de las hojas socas. Alguien se acercaba con paso lento. Luego sonó un maullido débil, lamentoso. Sonrío; sabía que un gato sentía su presencia más allá de los muros.

Cuando te van a matar, la vida cobra dimensiones gigantescas y te salpica más y más con sus mares de belleza. Pensó en el don extraordinario que se le había concedido al nacer: sólo observando un tiempo, obtenía el por qué de los fenómenos;  el secreto oculto de cada cosa y sus relaciones con las demás. Pero además, su percepción le permitía penetrar los cuerpos; ver los órganos, las enfermedades y sus causas. Por ello se convirtió en la mejor curandera de toda Munich.  

Sin embargo, su inteligencia topaba con una montaña descomunal, opaca y negra: el por qué de castigarla por ayudar a los demás.

  Volvió a contemplar a las efímeras, felizmente concentradas en sus vuelos nupciales, a través del minúsculo ventanuco de la prisión, cuando a su espalda notó una leve presencia: una ninfa de efímera permanecía estática sobre el ennegrecido muro.   Erika, sorprendida, le dijo con el pensamiento:

 “¿Pero… qué haces ahí todavía?, ¿tienes miedo?, ¿por qué no vuelas ya como las otras?”

 La sentía vulnerable, diminuta, fragilísima, exactamente igual que ella, atrapada y sola en una fría pared, a merced de los brazos del terror.

 El sol estaba ya en su cénit. Pronto vendrían a por ella. Sus dudas, su pavor, parecían dibujar sombras inquietas, nerviosas, por las paredes. Voces internas, exaltadas, en lucha, comenzaron a alternarse dentro de su mente:

  —No encuentro mi poder. ¡Estoy perdida!

  —No. Concéntrate. Piensa. Observa…

  —Pero la luz me distrae, ¡quiero gritar!; no comprendo el porqué de todo esto...    

  —No importa. Ese porqué no te pertenece. Vuelve a tu mundo, trabaja, respira hondo, sabes cómo hacerlo…

  Afuera, un labrador pasaba, cantando una vieja tonada popular.

—La vida me abandona.

—Concéntrate, —se volvía a decir a sí misma—, como las efímeras lo están, sólo centradas en su vuelo.

  Sentía un frío extremo para poder pensar. Pero con el esfuerzo que sólo la desesperación aporta, empezó a sentirse alienada con su verdadero propósito. Miraba intensamente a la ninfa* como un plano sobre la pared con instrucciones, repleto de símbolos.

—Concéntrate.

—No. Duele.

—No importa. Más, más, más.

— ¡Ah, qué dolor…! ¡Es terrible!

—Tú sabes que es así. ¡Sigue, sigue, es la ley…! —se decía gritándose a sí misma, implacable.

  Estaba creciendo tanto por dentro que pensaba que iba a estallar. Gritó desde las entrañas, como gritaría la madre tierra al parir la primera célula que dio origen a toda la evolución… Y luego, la paz tomó la forma de su verdadero cuerpo. Cesó todo el dolor. Se parió a sí misma. Ahora, volaba, inmensa, completamente libre...

  La hoguera estaba dispuesta. La muchedumbre aguardaba morbosa. Cuando los carceleros abrieron la mazmorra, encontraron el cuerpo semitraslúcido de una hermosa muchacha, completamente vacío por dentro. Y a sus pies, la finísima carcasa abandonada de una pequeña ninfa de río. 

 Sin duda, pensaron los hombres, es una bruja: una bruja extraordinaria.



 *Ninfa es el estadio juvenil de un insecto, antes de pasar a la metamorfosis y transformarse en adulto.