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Sorolla traspasa los sentidos.












Sorolla traspasa los sentidos: vitalidad, luz, movimiento, belleza...
Sus cuadros rebosan alegría de vivir,  deleite infantil,  claridad,  regocijo. Todo esto nos lo trasmite por medio de su tratamiento del color, único en la historia del arte. Estos colores siempre van mezclados con mucho blanco, como si su pupila estuviera casi cegada de tanta luz;  Sus trazos maestros, sueltos, elásticos y vigorosos aportan el dinamismo que hacen de cada pintura una instantánea vívida y fresca. Pero es esa irradiación de luz pura del mediterráneo, siempre transparente y entusiasmada, captada con absoluta precisión y derramada por todos sus cuadros, lo que convierte estas imágenes en algo trascendente.

Otra característica de sus cuadros es el punto de vista que toma: se trata de una mirada realista  y sólo idealizada por su lírico sentido del color. Los personajes son observados desde afuera y fusionados al paisaje, como en una novela costumbrista. La mirada de niños, mujeres y hombres no suelen dirigirse al pintor, con lo que nos convertimos en espectadores externos de un mundo en que las personas ríen, juegan, conversan, y avanzan en su día a día, satisfechas de sí mismas y en perfecta comunión con el mundo.  

La belleza de los cuadros de Sorolla es muy llamativa, pero no es estática, rígida o decorativa, como en tantos cuadros realistas de su época, sino que su pincelada particular la dota de una vitalidad y un ritmo contagioso.

Sorolla es para contemplarlo con la mente en blanco, abierta a las ondas del color más armonioso, fluido y vibrante. 
Nunca hubo tanta alegría radiante en la pintura.


Biografía del pintor:
http://es.wikipedia.org/wiki/Sorolla
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/k/kandinsky.htm

Un día de playa en el. S. XIX. Grabados y acuarelas de Winslow Homer



Scarboro, Maine. Marea entrante


El mar. Ahora forma parte de nuestras vidas. Todos lo disfrutamos. Pero antiguamente, para mi sorpresa, la gente ¡no se bañaba jamás en el mar! Eso de tomar el sol para ponerse morenos habría sido visto como cosa de muy mal gusto, y bañarse, sólo los locos podían pensarlo, pues casi nadie sabía nadar; por tanto, el mar era, más que un placer, una amenaza. Bello, sí, pero desde lejos.
Pero con el nacimiento, en el siglo XIX de lo que ahora conocemos como turismo, la playa comenzó a ser fuente de esparcimiento y deleite. Los que podían se pagaban un viajecito a la costa; se hablaban maravillas de sus benefecios para la salud. En parte, el romanticismo contribuyó a acercar la majestuosidad y belleza natural a la gente que, hasta entonces, percibían la naturaleza sólo como objeto de uso.

El gran artista de finales del XIX y principios del XX, Winslow Homer, describe como nadie, en
sus grabados, la tibia placidez de un día de playa, y en sus pinturas, el poder y solemnidad del mar.



Cogiendo bayas


La hora de los niños


Dos son compañía


Marea baja


Niños en el puerto de Gloucester

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