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Remolino de hojas de arce. Noviembre en VadeReto

 

                                      Imagen: https://www.pinterest.es/pin/2462974788451690/



                    EL REMOLINO

 

Aquí una fuente, manando como un líquido cristal en perenne ruptura. Allá, en el cementerio, la luz del atardecer recorriendo las tumbas, una a una, con sus cansados dedos amarillos. Los últimos rayos los dedica a las rosas marchitas sobre las tumbas, que encendidas por un instante, se ponen a gritar su antiguo esplendor. Anochece... Un piar muy quedo de gorrión, solitario, rojizo, se empieza a escuchar desde la mole negra de un ciprés. La noche echa su aliento sobre todos los colores, dejando un cuadro inacabado en grises y negros. La vida es eso; algo que nunca se define del todo.

En el interior de esta pintura, vemos una chica que llaman Sherezade, flaca, de pelo muy largo y naranja. Sus pies desnudos están fríos como las tumbas; pero su rostro es aun más pálido que ellas, incluso más la piedra bajo la luna, e igual de inexpresivo. Está mirando las primeras estrellas despuntar. Ahora se acuesta sobre una lápida, como si toda la vida lo hubiera hecho. Se ha quitado la ropa porque tiene mucha fiebre. A su vera, la estatua de un ángel, pide silencio desde su boca paralizada. La muchacha nota en la piel una mano húmeda; una invitación a  marcharse de allí; es la niebla, piadosa con forma de amiga. Pero se evapora, impotente.

Sherezade, con los ojos fijos en el firmamento, igual que dos tenaces y penetrantes agujeros negros, sólo deseaba absorber la noche... El gorrión sigue su ritmo de piares insomnes; cada vez más tímidos y más perdidos en la negrura. Ella traga más y más noche. Quiere olvidar. Cierra los ojos. Está agotada. Escucha, de pronto, un sonajero. No es un bebé… No, no hay nadie cerca. Es el sonido de la brisa estremeciendo los chopos. Ahora, la muchacha, comienza a delirar con grises ardillas. Y los chopos son voces cascabeleras que le dicen: "Te queremos. No te vayas ahora." Aparecen rostros amigos, manos que tiran de ella hacia la puerta del cementerio. Pero ella empieza a deslizarse por la caracola de su pasado. Ahora tiene diez años; recoge hojas de un viejo arce y juega a taparse con ellas. A su lado, Odell, de igual edad, hace lo mismo. Los dos miran el firmamento, tumbados bajo el gran tronco de arce. Se toman las manos, que parecen hojas rojas. Están camuflados entre la hojarasca como grillos felices. El viento sopla fuerte y se lleva todas las hojas. Ríen. Ríen de nuevo... Y sus risas son pequeños violines que suben y suben de volumen hasta despertar a Sherezade. Odell yace en esa misma lápida desde hace cinco años. Ella, allí, recostado, vencida, helada y enfebrecida, quiere contar las estrellas de color rojo, como cuando eran niños, pero de su boca sólo sale un beso. Es su última ofrenda; una mariposa que muere al salir de su boca. Los ojos lúgubres de la noche se acercan a mirar aquel cuerpo sin vida sobre la tumba, como un pétalo caído de jazmín...

 La luna es un espejo roto de una pedrada. El maullido de un gato en celo se desgarra entre los cipreses, como si se hubiera quemado. De pronto, un gélido remolino de viento eleva las hojas caídas del arce del cementerio, y comienzan una danza sigilosa, ondulante, casi una oración vegetal. Más arriba, en la copa del árbol, dos blanquísimas palomas están posadas cual dos gotitas de paz. La danza del viento y las hojas se hace más viva, jadeante, poderosa, sonora, casi triunfal. Las aves contemplan el colorido remolino que avanza hacia la tumba de Odell. Allí se colocan sobre la muchacha yacente y comienzan a formar una extraordinaria figura de hojas rojas formada por un joven a caballo, sosteniendo a una chica muy delgada sobre sus rodillas, la cual se agarra a su cuello. Las hojas giran sin cesar, manteniendo la forma de los dos amantes. Luego se alejan, cabalgando al ritmo de la música de las esferas.


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Más aportes sobre la muerte y lo fantástico en el blog de nuestro buen amigo Jascnet: 

VadeReto



El amor de su muerte

«A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir».


EL AMOR DE SU MUERTE

Para mi sorpresa, el día que me enterraron comprobé que ya no tenía peso. Esa misma noche, salí al exterior al ritmo de una cautivadora música. Había al lado de mi tumba una mujer de unos cuarenta años metida en un saco de dormir. Tenía ojos de pavor, pero era ella la que había puesto esa música, quizá para serenarse. Posiblemente estaría cumpliendo con alguna apuesta de valor... Los ojos de la mujer fueron siguiendo los brillos compulsivos de mi alma. La saludé. Pero otro ser atrajo mi atención... Parece mentira que una encuentre al amor de su vida en estas circunstancias... Se quitó el sombrero de copa y de él cayeron montones de hojas otoñales. A mi mente llegó el pensamiento -no imagino cómo- de que aquel hombre sólo podía ser cálido como un abedul en otoño. Me gustó. Con un gesto de su brazo, me invitó a bailar un vals, y es curioso, pero la orquesta comenzó a sonar desde su propio cuerpo, al girarse... No pude resistirme; el baile es mi pasión. El caballero estaba impecable, a pesar de haber atravesado todo el montón de tierra que cubría su lápida. Dejaba ver un alma brillante y esplendorosa como la melena de un león. Giró varias veces, iluminado por una luna sorprendida con ojos de plato rococó... Y luego me rodeó con las gruesas lianas de sus brazos... Pero yo me solté, e impulsada por una loca fuerza bailarina comencé a claquetear en el aire… Y él me siguió. Y las estrellas nos siguieron… Y los grillos aceleraron sus notas de cristal hasta atropellarse y romperse a golpe de pura risa por la hierba.

Extasiados y alegres, casi no nos dimos cuenta de que salían veinte o treinta almas más de sus féretros. Pero no estaban tan felices como nosotros.  Angustiadas, chocaban unas con otras como avestruces despavoridas, sin saber adónde ir.

Entonces llegó la gran presencia: un ser radiante, y alto como la estatua de la libertad, que llevaba una camiseta con las palabras: “Orientador de almas”. Una puerta a rayas negras y amarillas apareció sobre el ciprés más serio del cementerio. Se abrió y proyectó la luz cegadora de unas doscientos mil luciérnagas, que además echaron a volar por la oscuridad del cementerio, locas de alegría. El Orientador fue haciendo una larga cola con las almas, ya más calmadas, y empezó a llamarnos, uno por uno, por los nombres que llevábamos escritos en el corazón. Nosotros dos nos agarramos bien fuerte. No necesitábamos ni una palabra para saber que estábamos más unidos que el h2O y queríamos seguir así de pegados. Pero cuando llegamos al dintel de la puerta, el gran ángel nos dijo que mi puerta era otra... Miré a mi espalda y, en efecto, vi una nueva puerta de color melón, en la que ya había dispuesta otra fila de almas. La dama del saco de dormir lo contemplaba todo. Estaba indignada, como yo.

Como si mi reciente amor y yo nos leyéramos el pensamiento, echamos a correr cogidos de la mano, entrando por la puerta amarilla y negra, y resbalando después por un larguísimo túnel de metal por el que resonaba un loco saxofón. Íbamos precedidos por un bonito ejército de abejas de luz.

Ahora estamos en un gran jardín, sin suelo, bailando como posesos un insonoro charlestón. (No parece que haya ángeles guardianes por aquí...)

Espero que nos perdonen la infracción... ¡Pero a nosotros no nos separa ni Dios!

 (Además, aquella del saco de dormir ya tiene una nueva historia para contar...) 

***

Encontraréis historias más serias y acordes al otoñal e inevitable decaimiento hacia la muerte... en Vadereto Octubre


En el desierto de su memoria. Relato (Amor)

 

                              


                                                EN EL DESIERTO DE SU MEMORIA

 

 

                                                                                             Las palabras significan

                                                                                            Vicente Aleixandre


 

Si voláramos como un águila y tuviéramos su visión contemplaríamos un magnífico panorama de colinas verdes, y entre ellas una mansión con un parque lleno de exóticos cactus. Y junto a las plantas, una anciana en silla de ruedas, pequeñita, gritando un nombre: “Demián”. Y si pudiéramos entrar por sus ojos moribundos, encontraríamos un ciclón aterrador derrumbando todos los recuerdos de su vida, excepto el de aquél hombre.

Su familia, ya irreconocible para ella, imaginaba que deliraba una vez más, llamando a un desconocido. Una embolia había inutilizado una de sus piernas y encendido la mecha de la demencia en su cerebro.

Pero Demián asomaba, con la fuerza de un saguaro gigantesco en el desierto de su memoria. Últimamente lo llamaba sin cesar, porque sólo él la había amado con la autenticidad y el calor de un sol; y los tres días pasados a su lado habían llegado a ser el faro oculto de su vida.

Entonces Adela tenía cuarenta y cinco años; él tan sólo veinte.

 Cifras, cifras sin sentido, pero que significan.

 

***

 

El muchacho había oído hablar de la filmación de una película en los alrededores del pueblo. Entre los vecinos hubo gran revuelo; sin embargo, él se sentía incómodo. Hollywood interfiriendo con su glamur azucarado en su mundo de polvo, sudor y rutina era casi un insulto. Desde muy joven trabajaba en el bar de carretera de sus padres. En aquel olvidado y abrasador rincón de Texas, donde no había cabida para los sueños, su carácter apasionado sólo era un remolino de polvo.

Pero Demián tembló nada más verla; un sueño inesperado tomaba la forma de mujer entrando por la puerta.

Aquel huracán rubio se aquietó poderosamente en una de las sillas; retiró un mechón díscolo de su cabellera, y colocó sus dos ojos penetrantes y gatunos directamente sobre él. Demián se acercó, servicial por fuera y absolutamente hipnotizado por dentro. Le hizo la pregunta formal del “qué desea”, y ella, tras admirar el hermoso oleaje de aquellos dos ojos azules, respondió suavemente, pero con fulminante elegancia  “sólo un vaso de agua”. Sin embargo el chico pudo escuchar: “sólo a ti”.  Para el intenso Demián el tiempo se frenaba en aquella voz, deshojándose en su mente. Antes y después existía la nada. Y en la nada futura, mientras se encaminaba hacia el vaso de agua, el eco de aquellos labios murmurando, de aquel ser maravilloso se colaba por los desprevenidos intersticios de su corazón, dilatándolo hasta el infinito.

Demián ya no percibía la realidad de la misma manera. Se retiró a la cocina y en un rincón, a solas, trató de ordenar sus emociones. Los ruidos de los platos y al fondo, en la sala, las desordenadas palabras de la gente parecían cubrirse de una espesa capa de tierra, hasta casi desaparecer. Pero una canción, que sonaba en ese instante en la radio del local, sí traspasó sus tímpanos. La cantante, desgarradoramente, repetía una y otra vez: “I'm calling you”. Y semejaba el maullido en plena noche de una gata en celo, intenso, irracional y desesperado hasta helarle la sangre. Trató de no prestar atención a aquellas tristes sensaciones, pero la canción penetró en su sangre con la misma intensidad que la fascinadora mujer.  

Tras aquel primer contacto, vinieron más palabras, miradas y diálogos que los iban enlazando paulatina, dulcemente. Durante tres días seguidos les acarició la felicidad como un sagrado dios. Sólo un beso final quedó de aquella ardiente proximidad; una inédita sensación en los labios de peces nadando por un sueño eterno.

Pero la despedida se cernía sobre ellos, como un águila con la angustia en su pico.

 “Era el fin. Demasiado mayor; hijos, esposo, deber, distancia, piedras, llanto, demolición…Imposible” Pensaba ella.

Él no podía despedirse, se hubiera clavado en medio de la oscuridad abrazándola para siempre.

–Te buscaré en silencio toda mi vida –le había dicho el muchacho al oído.

–Te recordaré siempre, pase lo que pase – respondió la mujer, separándose y rompiendo aquella tibia felicidad de sus rostros cercanos.  

Y el recuerdo de estas palabras les acompañó a lo largo de sus vidas separadas, como un guacamayo invisible en el hombro de cada uno; mudo pero constante.


***


La anciana y desmemoriada actriz, de pronto, ante la sorpresa de todos, se levantó de su silla de ruedas; fue a su armario con la energía de una jovencita y se puso un antiguo traje blanco, guardado con mimo por ella durante décadas. Sus huesos asomaban tristemente sobre el volante del escote. Veinte minutos después, Adela, toda excitada, corrió con su vestido de novia imaginario hacia la puerta, arrastrando su esquelética pierna inválida. Llamaron. Abrió. Lo sabía. Era él, el único que aún reconocería entre todos los extraños.

Demián, igual de firme a sus cuarenta y cinco años que entonces, igual de honesto y bello, se presentó como el nuevo fisioterapeuta solicitado por la familia.

La miró, reconoció en el rostro envejecido y ceniciento a la gata de hacía veinte años y recordó, súbitamante, aquella desgarradora canción. 

La anciana, incapaz de atrapar una sola palabra, balbuceó una frase inconexa, mientras una maciza lágrima rodaba por su mejilla hasta caer en la alfombra

 El sonrió, se arrodilló, y en un gesto ficticio de sus manos recogió la lágrima y toda la oscuridad que se cernía sobre ella.


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Relato inspirado en la canción:

I'm calling you (Te estoy llamando)




La cicatriz. Relato breve


CICATRICES. PROPUESTA JUEVERA DE MAG


 

 En el blog de nuestra querida Mag, encontraréis más participaciones de este tema tan sugerente. 


                                                 LA CICATRIZ


    "En el corazón tenía la espina de una pasión;

      logré arrancármela un día;

      ya no siento el corazón."

     Antonio Machado

 

Hay un ser que circula entre los otros cuerpos como un mosquito en la noche. Nadie es capaz de notarlo. Son sus ojos marcos sin lienzo, colgados de dos cejas anodinas.

Su anciana madre le pregunta, le exige, la reclama, la añora... La hija no está. Prepara su tostada con la indiferencia de un reptil.

En su trabajo se preguntan si queda algo de la antigua compañera. Acaso su pelo, que sigue escapándose osadamente de su trenza. Pero no su viejo brío de gorrión; ni aquella sonrisa gozosa de río fundiéndose en el mar que la caracterizaba.

Su mar no está. Ahora ya no. Ella dejó de recibir su oleaje de abrazos. Y en el armario sólo hay camisas que aspirar. Y sobre el sofá, la desteñida gorra, todavía cálida y con el aroma de sus bromas. Pero ya casi no puede recordar. ¿Sentir? No conoce el significado de esas dos sílabas bailarinas desde que se reunió en el lago consigo misma. El lago con forma de corazón, verde turquesa, colmado de tantas y tantas lágrimas que fue recibiendo de ella y de muchos más lamentadores con cadenas.    Allí se arrodilló, sin mirar al sol; tan sólo hacia su propio pecho marchito. Y allí se arrancó el corazón. Lo vio caer, hundirse lentamente, muy despacio, hasta que todo su color rojo fue desleído en la tinta verdinegra del fondo. Y con él se hundió su memoria, su vida, sus sentimientos.  Y no entiende cómo sigue viva si su sangre es ahora de madera muerta.

Los pájaros se quedaron mirando a la mujer que había mutilado la emoción en su pecho: una cicatriz mal cerrada, que sólo ellos pueden ver, es todo lo que queda ahora entre sus dos senos.

 Cuando su sombra se perdió por el callado camino, las aves reanudaron sus canciones.  

 Y con sus trinos cantaban que la mujer sin corazón no sabe, no sospecha, que espera un hijo. Y que mientras siga viva (un día, dos, un mes, nueve...) tarde o temprano renacerá un nuevo botón floral en su pecho, que crecerá y latirá como un nuevo corazón hasta borrar del todo la cicatriz de su seno. 


                                                                             ***