Propuesta del Tintero de Oro en honor a Isabel Allende y su libro "La casa de los espíritus".
Más aportes aquí: 41ª Edición de El Tintero de Oro
https://youtu.be/Qhe2NHIMpb0?si=HQFO2X2_ziFMD4GO
VIDRIOS ROTOS
Propuesta del Tintero de Oro en honor a Isabel Allende y su libro "La casa de los espíritus".
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VIDRIOS ROTOS
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"Retazos al vuelo" Nov. 2021.
Dibujo de mi bella hermana Clara, que me inspiró este breve relato
BESADO POR LA NIEVE
Ahí justo fue. Paró el coche. Algo le detuvo en el mismo lugar donde ella desapareció de su vida para siempre. Miró, sabiendo lo que iba a encontrar: una curva negra como serpiente de alquitrán, y luego el puñal acre del abismo.
Algo le retuvo en aquella curva sin salida; quizás una lágrima enterrada que quería manar con todos sus cristales de sal, rotos. La noche era fría como un soplo sarcástico de la nada en su cara. Ni un sonido; apenas el eco de sí mismo al respirar. La soledad le acariciaba gélidamente, con el tacto de una moribunda luna que le quisiera cerrar los ojos. Salió la lágrima. Salió un derrumbe de dunas de azúcar... Aquellos ojos brillantes... (o sus labios, y su revoloteo de golondrina risueña al hablar…). Su querida esposa seguía tiernamente cálida entre las gasas del recuerdo, a pesar del tiempo transcurrido.
Pero aquí estaba su coche, la carretera, la noche dura y muda… su pequeña figura desdibujada, sus ojos como dos luciérnagas perdidas… Todo estaba a merced de los relojes del vacío.
Caminó unos pasos más allá del silencioso vehículo. ¿Había vida dentro de sí? Miró al cielo. Una gran nube lechosa, pesada como un oso, preñada de incertidumbre, se acercaba con lentitud. Luego, como si tuviera consciencia, se aglutinó serenamente y se nevó a sí misma, deshaciéndose en millones de hijos blancos. Los copos flotaban sin destino como minúsculos velloncillos de cordero por la negra inmensidad, iluminando a su paso la oscuridad con dulce tibieza. Algunos fueron a posarse limpiamente sobre él. Y sin saber por qué, una paz profundísima le rodeó como un abrazo inesperado…
Las diminutas estrellas en masa seguían cayendo, plácidas, cubriendo el instante de una quietud ancestral. Sintió que toda su alma se adaptaba suavemente a la perfecta forma de un cristal de nieve.
Y así permaneció, extático, en la cima del tiempo, entonando una secreta melodía con el silencio blanco de los copos.
Dejó de nevar. Cubierto de los pies a la cabeza por la nieve, sonrió, henchido de alada plenitud. ¿Qué significaba en su vida aquel roce del espacio infinito?
Avanzó hacia su coche; lo puso en marcha. Y el ruido del motor le recordó la contundencia de su presencia material. Pero el alba venía ya, blanca, niña y con ganas de jugar con los cerros morados del horizonte, y por qué no, con su alma recién besada por la nieve.
***
Texto de Maite Sánchez Romero e ilustración de Clara Sánchez Romero
Estas notas son como copos de nieve bailando sutilmente con el silencio hasta caer en el alma y llenarla de paz...
Imagen: https://www.pinterest.es/pin/2462974788451690/
Aquí una fuente, manando como un líquido cristal en
perenne ruptura. Allá, en el cementerio, la luz del atardecer recorriendo las
tumbas, una a una, con sus cansados dedos amarillos. Los últimos rayos los
dedica a las rosas marchitas sobre las tumbas, que encendidas por un instante,
se ponen a gritar su antiguo esplendor. Anochece... Un piar muy quedo de
gorrión, solitario, rojizo, se empieza a escuchar desde la mole negra de un
ciprés. La noche echa su aliento sobre todos los colores, dejando un cuadro inacabado
en grises y negros. La vida es eso; algo que nunca se define del todo.
En el interior de esta pintura, vemos una chica que
llaman Sherezade, flaca, de pelo muy largo y naranja. Sus pies desnudos están
fríos como las tumbas; pero su rostro es aun más pálido que ellas, incluso más
la piedra bajo la luna, e igual de inexpresivo. Está mirando las primeras
estrellas despuntar. Ahora se acuesta sobre una lápida, como si toda la vida lo
hubiera hecho. Se ha quitado la ropa porque tiene mucha fiebre. A su vera, la
estatua de un ángel, pide silencio desde su boca paralizada. La muchacha nota
en la piel una mano húmeda; una invitación a marcharse de allí; es la niebla, piadosa con
forma de amiga. Pero se evapora, impotente.
Sherezade, con los ojos fijos en el firmamento,
igual que dos tenaces y penetrantes agujeros negros, sólo deseaba absorber la
noche... El gorrión sigue su ritmo de piares insomnes; cada vez más tímidos y
más perdidos en la negrura. Ella traga más y más noche. Quiere olvidar. Cierra
los ojos. Está agotada. Escucha, de pronto, un sonajero. No es un bebé… No, no
hay nadie cerca. Es el sonido de la brisa estremeciendo los chopos. Ahora, la
muchacha, comienza a delirar con grises ardillas. Y los chopos son voces
cascabeleras que le dicen: "Te queremos. No te vayas ahora." Aparecen
rostros amigos, manos que tiran de ella hacia la puerta del cementerio. Pero
ella empieza a deslizarse por la caracola de su pasado. Ahora tiene diez años;
recoge hojas de un viejo arce y juega a taparse con ellas. A su lado, Odell, de
igual edad, hace lo mismo. Los dos miran el firmamento, tumbados bajo el gran
tronco de arce. Se toman las manos, que parecen hojas rojas. Están camuflados entre
la hojarasca como grillos felices. El viento sopla fuerte y se lleva todas las
hojas. Ríen. Ríen de nuevo... Y sus risas son pequeños violines que suben y
suben de volumen hasta despertar a Sherezade. Odell yace en esa misma lápida
desde hace cinco años. Ella, allí, recostado, vencida, helada y enfebrecida,
quiere contar las estrellas de color rojo, como cuando eran niños, pero de su
boca sólo sale un beso. Es su última ofrenda; una mariposa que muere al salir
de su boca. Los ojos lúgubres de la noche se acercan a mirar aquel cuerpo sin
vida sobre la tumba, como un pétalo caído de jazmín...
La luna es un
espejo roto de una pedrada. El maullido de un gato en celo se desgarra entre
los cipreses, como si se hubiera quemado. De pronto, un gélido remolino de
viento eleva las hojas caídas del arce del cementerio, y comienzan una danza
sigilosa, ondulante, casi una oración vegetal. Más arriba, en la copa del árbol,
dos blanquísimas palomas están posadas cual dos gotitas de paz. La danza del
viento y las hojas se hace más viva, jadeante, poderosa, sonora, casi triunfal.
Las aves contemplan el colorido remolino que avanza hacia la tumba de Odell.
Allí se colocan sobre la muchacha yacente y comienzan a formar una extraordinaria
figura de hojas rojas formada por un joven a caballo, sosteniendo a una chica
muy delgada sobre sus rodillas, la cual se agarra a su cuello. Las hojas giran
sin cesar, manteniendo la forma de los dos amantes. Luego se alejan, cabalgando
al ritmo de la música de las esferas.
+++
Más aportes sobre la muerte y lo fantástico en el blog de nuestro buen amigo Jascnet:
En el blog de nuestra querida Mag, encontraréis más participaciones de este tema tan sugerente.
LA CICATRIZ
"En el corazón tenía la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón."
Antonio Machado
Hay un ser que circula entre los otros cuerpos como un
mosquito en la noche. Nadie es capaz de notarlo. Son sus ojos marcos sin
lienzo, colgados de dos cejas anodinas.
Su anciana madre le pregunta, le exige, la reclama, la
añora... La hija no está. Prepara su tostada con la indiferencia de un reptil.
En su trabajo se preguntan si queda algo de la antigua
compañera. Acaso su pelo, que sigue escapándose osadamente de su trenza. Pero
no su viejo brío de gorrión; ni aquella sonrisa gozosa de río fundiéndose en el
mar que la caracterizaba.
Su mar no está. Ahora ya no. Ella dejó de recibir su oleaje de abrazos. Y en el armario sólo hay camisas que aspirar. Y sobre el sofá, la
desteñida gorra, todavía cálida y con el aroma de sus bromas. Pero ya casi no
puede recordar. ¿Sentir? No conoce el significado de esas dos sílabas
bailarinas desde que se reunió en el lago consigo misma. El lago con forma de
corazón, verde turquesa, colmado de tantas y tantas lágrimas que fue recibiendo
de ella y de muchos más lamentadores con cadenas. Allí se arrodilló, sin mirar al sol; tan
sólo hacia su propio pecho marchito. Y allí se arrancó el corazón. Lo vio caer,
hundirse lentamente, muy despacio, hasta que todo su color rojo fue desleído
en la tinta verdinegra del fondo. Y con él se hundió su memoria, su vida, sus
sentimientos. Y no entiende cómo sigue
viva si su sangre es ahora de madera muerta.
Los pájaros se quedaron mirando a la mujer que había mutilado la emoción en su pecho: una cicatriz mal cerrada, que sólo ellos pueden ver, es todo lo que queda ahora entre sus dos senos.
Cuando su sombra se perdió por el callado camino, las aves reanudaron sus canciones.
Y con sus trinos cantaban que
la mujer sin corazón no sabe, no sospecha, que espera un hijo. Y que mientras
siga viva (un día, dos, un mes, nueve...) tarde o temprano
renacerá un nuevo botón floral en su pecho, que crecerá y latirá como un nuevo corazón hasta borrar del todo la cicatriz de su seno.
LA VALLA
La vieja estación se alzaba todavía, destartalada, sin vida, en mitad de la llanura. Las vías oxidadas señalaban un camino a ninguna parte. Pero en esas vías aun podía yo ver el trazado de mi vida juvenil.
El viento, que rozaba mi rostro y ondulaba la grama, seguía en mi mente haciendo sonar el viejo cartel de la estación; lanzaba las lágrimas de aquellas mujeres que despedían a sus parejas. Y yo, sólido, con mis manos en los bolsillos, lo sentía retarme, zarandeándome por la espalda. Pero no me inmutaba; paralizado por mi sentimiento interior, contemplaba alejarse la caja metálica, portando vidas hacia un gran interrogante de sangre.
Ese tren no se repetirá, pensaba. Habrá miles de trenes, pero el suyo no volverá jamás. Vi partir a mi amigo, mi orgulloso y querido amigo, a lo que él consideraba un sagrado deber: la guerra, la lucha, los ideales. Yo, casi arrastrado por su pasión y mi idolatría hacia él, quise seguirlo, pero no me lo permitieron, pues era demasiado joven. Él me lo enseñó todo acerca de la vida, fue hermano y padre. Me hice hombre gracias a su compañía (¡noble, valiente, hasta desafiante y temerario!) También me ilustró acerca de las mujeres, y mi novia me ama más (lo sé) gracias a él.
Algo absolutamente suyo era la tozudez extrema. Su padre le dio una paliza brutal cuando supo que quería alistarse como voluntario; lo apisonó física, moralmente. Sin embargo, maltrecho, humillado pero libre, escapó. Lo hizo en secreto, con mi ayuda. Yo mismo lo despedí... ese día en que el viento me zarandeaba.
Desde pequeños fuimos amigos inseparables. En el pueblo nos apodaban “los ratones” porque nos metíamos por todas partes, fisgoneando, explorando cualquier posibilidad de aventura o diversión. Yo le daba las ideas y él ponía la osadía. Juntos conquistamos una parcela de campo virgen, ¡y en ese mundo éramos los reyes absolutos desde una encina!
Sobre estas vías melancólicas que yo ahora contemplo, desleídas, sometidas al capricho de las hierbas, sin el poder de conducir ya nada... excepto mis recuerdos... Allí mismo, los dos nos tumbábamos, y, siguiendo la levedad provocativa de las nubes, imaginábamos los caminos que podrían tomar nuestras vidas. Y una vez gritamos los dos juntos, desafiando al tren, que llegaba desgañitándose, y aullábamos como cachorros... antes de apartarnos veloces, con la adrenalina en la punto de los cabellos.
Yo no tengo rumbo… compañero, ¿y tú?
El aire ahora es tórrido. La vía no se aleja, sino que entra dentro de mí, me atraviesa como esta brisa: ¿me apuñala? Me viene a recordar el sueño que tuve la noche del 23 de agosto. Y entonces no puedo evitar humedecer un poco esta tierra seca. Me arrodillo; me sobrecoge la sensación tan vívida de aquel sueño. En él, mi amigo se aleja corriendo hacia una gran valla. Yo lo veo trepar por ella con toda agilidad. Deseo seguirle y subirla, pero es imposible para mí, es demasiado alta; me caigo continuamente en el intento. Tozudamente, insisto en alcanzar la valla, pero él, desde lo alto, me mira con tristeza profunda y me dice:
-No, no insistas. Tú no puedes venir.
Y así termina el sueño. Desperté temblando, sudoroso y con una sensación punzante en el pecho. No entendía el significado, pero dos días más tarde lo descubrí. Alguien me dijo que mi amigo había muerto a tiros en la Batalla del Ebro, justo la noche en que yo lo veía saltar la valla.
***
OTRA OPORTUNIDAD
Hasta entonces yo tenía una vida simple, incluso feliz. Jamás había pensado en la muerte, ni en el horror, por supuesto. Pero allí me encontré, de bruces, sacado (raptado) de mi casa y echado al lugar más oscuro y deprimente que mi ánimo hubiera imaginado: una checa*. Allí estábamos amenazados diariamente por la tortura o la muerte, unas cuarenta personas, hacinados como cerdos, despreciados hasta lo indecible por ser simplemente sospechosos... de lo que sea, de nada. En mi caso, soy un relojero que cumplía dominicalmente con sus obligaciones religiosas.
Mi ánimo agonizante sobrevivía hundido, completamente aplastado. Miraba sin apenas fuerza a los compañeros discutir por un miserable plato de arroz frío e insípido. Llevábamos diez días y los estómagos maltratados estaban muy furiosos. Entonces llegó uno de ellos, uno de los fuertes, los que tenían derecho sobre nuestra vida. Abrió bruscamente la puerta y nos dijo que se iba a matar a uno de nosotros en represalia por el hombre que se había fugado hacía poco. Sacó un papel de su bolsillo y dijo, con violenta fuerza en la voz, casi con ira negra:
-Aquí os tengo a todos. El que nombre ahora, se pondrá de pie y vendrá conmigo para su ejecución -Y se quedó en silencio, mirando el papel, dudando a quién elegir y estirando el tiempo sin ninguna prisa para torturarnos. De vez en cuando miraba a la masa acongojada, que a su vez tenía sus ojos clavados en aquellas pupilas capaces de sajar una vida.
Mi corazón, antes sumido en un hoyo de alquitrán líquido, ahora despertaba brutalmente. Comenzó a latir desbocado, con una rapidez incontrolable. Por todo mi cuerpo galopaba la primitiva ansiedad animal de ser cazado, que aumentaba a límites de locura ante la imposibilidad de huida. Retumbaba salvaje en mi pecho este corazón; lo oía nítidamente. Y no me preguntéis cómo, pero podía escuchar (o quizá sentir) el de todos los presentes: cuarenta corazones latiendo alocados en el puro miedo que fermentaba en aquel silencio.
Temblé, sudé sangre por las palmas de mis manos. Mi mente aprisionada buscaba escapar, dejar de rebotar en aquel tormento... Pero entonces golpeó la mezquina voz el aire y llegó aguda como un balazo a mis oídos:
-Lucas Santos.
Mi nombre... Había un eco retorcido, maléfico, en esa zeta final, alargada a propósito más de lo normal. La letra viajaba, buscaba su diana entre la multitud. Me buscaba.
Las cabezas de la gente se volvían a un lado y a otro, esperando que saliera el elegido y así terminar de una vez con aquella monstruosa tragedia. Yo sentía un mareo tan grande que pensé que iba a perder la conciencia allí mismo. Aun así, intenté recopilar todas las fuerzas posibles de mi descompuesto cuerpo para levantarme. Sin embargo, algo paralizaba mi voluntad; estaba clavado literalmente a la silla, aún no sé por qué. Volví a intentarlo, tratando de asumir de una vez por todas mi final, pero segundos antes de que mis piernas decidieran su primera contracción muscular, otro se levantó.
-Soy yo -Alzó la mano al decirlo. Luego salió por la puerta como un cordero sumiso dispuesto para el matadero.
Atónito, callé. Lo sé, miserablemente. No podía creer en la suerte que bendecía a uno y condenaba a otro. La probabilidad de que hubiera otra persona con mi mismo nombre y apellido en aquel lugar era prácticamente nula, y sin embargo sucedió... Un delirio del destino que me salvó la vida.
Después de tensísimos minutos, todavía impactados y en silencio, escuchamos a lo lejos un disparo seco, amortiguado por la distancia. Aquel sonido permanece nítido en mis recuerdos, horadando mi calma.
Toda mi vida he dudado de si debía haberme levantado yo también para que el verdugo eligiera a uno de nosotros... Vivo con ello. Aquel hombre no sabía el regalo que me hacía. Nunca lo supo.
A partir de entonces todo cambió para siempre. Yo era un resucitado. Me propuse, en agradecimiento, vivir por mí y por aquel desconocido, buscando la mayor nobleza en todos mis actos.
*
(Anécdota real de la Guerra Civil Española. Esta historia demuestra que la realidad a menudo supera la ficción. Yo me he limitado a cambiar el nombre del protagonista y darle colorido literario.)
*Las checas eran cárceles privadas establecidas por las diversas organizaciones integradas en el Frente Popular, donde se detenía, interrogaba y asesinaba a las personas que consideraban desafectas.