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martes, 8 de noviembre de 2022

Adda. Relato breve.

 



Pintura de Nicoletta Tomas 


ADDA


Adda no tenía que fingir. La vieron llegar del camino del sur, fatigada, con su vestido raído de color verde y su pelo flotando como una maraña de nubes.

Nadie le preguntó dónde había estado. Ya conocían sus ausencias. Y también sabían del vacío de su boca. Sus pasos, sus movimientos, también eran mudos.

Aquel ser merodeaba por el pueblo, entre los demás, rozando apenas la vida, sin dejar impresión clara a su alrededor; como una sombra a la que súbitamente se le descubrieran dos ojos.

Más que un animal, menos que un ser humano. Sólo un poco más que la noche. Todos pensaban que su persona no podía haberse engendrado de la unión de la carne, sino de la de los granos de arena.

¿Qué le dejó sin voz? Era un enigma. Algunos cuentan cómo a los cuatro años contempló el degüello de un cordero y que por ello cerró los labios. Es posible que ante aquella cabeza atenazada por dedos de acero, ante el golpe rápido que hizo manar la sumisión roja del cuello, o ante la muerte manejada como un montón de cebada, sí, es posible que la niña se escondiera de por vida. Es probable, sí, que huyera sin voz del olor cetrino de aquellas paredes sin cal, amarillentas, tristes como el sudor, la rutina y la sangre derramada.

Pasó el resto de sus días ausente, perdida y sin rumbo. Hasta el día del huracán.

Dicen que junto al pozo, anclada a un barrote de hierro, Adda volaba.

La arena formaba un torbellino gigantesco, ansioso por devorar las casas, nervioso y aullante. La ira se empecinó contra aquel pueblo, escupiendo millones de dardos de arena que se fueron clavando en las lágrimas de todos.

Cuentan que Adda, aferrada a aquel pozo, reía por primera vez.  Con una risa que no sonó, pero resultó más violenta que el mismo ciclón. Y es entonces cuando todo acabó; se detuvo el viento y la tierra volvió a su sitio. Y los gritos de los niños pudieron detenerse.

Cuando vieron el cuerpo inerte de Adda, fueron a mirar su cara: seguía sonriendo, con una sonrisa similar a la caída triunfal de las grandes cataratas.

Y nadie logra entender cómo el huracán se sometió ante aquella frágil vida.

Desde entonces, vientos de leyenda aúllan desde su pequeña tumba. 

miércoles, 7 de septiembre de 2022

La cicatriz. Relato breve


CICATRICES. PROPUESTA JUEVERA DE MAG


 

 En el blog de nuestra querida Mag, encontraréis más participaciones de este tema tan sugerente. 


                                                 LA CICATRIZ


    "En el corazón tenía la espina de una pasión;

      logré arrancármela un día;

      ya no siento el corazón."

     Antonio Machado

 

Hay un ser que circula entre los otros cuerpos como un mosquito en la noche. Nadie es capaz de notarlo. Son sus ojos marcos sin lienzo, colgados de dos cejas anodinas.

Su anciana madre le pregunta, le exige, la reclama, la añora... La hija no está. Prepara su tostada con la indiferencia de un reptil.

En su trabajo se preguntan si queda algo de la antigua compañera. Acaso su pelo, que sigue escapándose osadamente de su trenza. Pero no su viejo brío de gorrión; ni aquella sonrisa gozosa de río fundiéndose en el mar que la caracterizaba.

Su mar no está. Ahora ya no. Ella dejó de recibir su oleaje de abrazos. Y en el armario sólo hay camisas que aspirar. Y sobre el sofá, la desteñida gorra, todavía cálida y con el aroma de sus bromas. Pero ya casi no puede recordar. ¿Sentir? No conoce el significado de esas dos sílabas bailarinas desde que se reunió en el lago consigo misma. El lago con forma de corazón, verde turquesa, colmado de tantas y tantas lágrimas que fue recibiendo de ella y de muchos más lamentadores con cadenas.    Allí se arrodilló, sin mirar al sol; tan sólo hacia su propio pecho marchito. Y allí se arrancó el corazón. Lo vio caer, hundirse lentamente, muy despacio, hasta que todo su color rojo fue desleído en la tinta verdinegra del fondo. Y con él se hundió su memoria, su vida, sus sentimientos.  Y no entiende cómo sigue viva si su sangre es ahora de madera muerta.

Los pájaros se quedaron mirando a la mujer que había mutilado la emoción en su pecho: una cicatriz mal cerrada, que sólo ellos pueden ver, es todo lo que queda ahora entre sus dos senos.

 Cuando su sombra se perdió por el callado camino, las aves reanudaron sus canciones.  

 Y con sus trinos cantaban que la mujer sin corazón no sabe, no sospecha, que espera un hijo. Y que mientras siga viva (un día, dos, un mes, nueve...) tarde o temprano renacerá un nuevo botón floral en su pecho, que crecerá y latirá como un nuevo corazón hasta borrar del todo la cicatriz de su seno. 


                                                                             ***