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¿ExcEntricidades?



                                                               Imagen: Pinterest


Relatos de otros excéntricos...El tintero de oro. La conjura de los necios


                                                               ¿ExcentriCIDADES?


    Soy la que soy. Aun no se mi nombre, pero todos se empeñan en llamarme Nínive. Pero esa no soy yo. Hablo, escribo y firmo, pero no soy yo en realidad la que escribo. La miro a ella; sus ojos azules me atraviesan con la dulzura de un cielo derramándose en mis manos.

    Me gusta salir en monoquini, aunque nieve. Ya lo he dicho mil veces. No me adapto a este cuerpo; me sobra la ropa; me sobra la piel. Dicen que carezco del sentido del ridículo; es posible; ya me han detenido varias veces.

   Pero es que me encanta hacer el ridículo; es uno de mis hobbies. Suelo desafiar a la gente, pero no necesito abrir mi abrigo a los desconocidos. Basta con que me muestre tal y como soy para que muchos se escandalicen. Pensándolo bien... ¿Qué es el ridículo? ¿Es un gran ojo que me observa, descalza por una montaña rusa? ¿Es sentir las miradas sobre tu piel como dardos de mantequilla, untuosa....?

   Hago mucho el ridículo, porque encima me río, de mí, de todo. ¿Por qué no? No conozco el miedo.

   Camino por la vida a contracorriente, expuesta a las miradas con mi 1,30 de estatura, desafiante, y tan aplastantemente libre como la verdad. ¡Me gusta!, aunque me apoden "la enana de ojos de gata".

   Me han llamado de todo por ser así: chalada, excéntrica, rarita... Me lo puedo permitir ¡soy rica y libre! Otra de mis chifladuras, dicen, es pagar a mis empleados mucho más que a mí, puesto que son los que trabajan; no tener jamás servidumbre porque todos somos iguales ante el sol; o regalar casas mientras carezco de ella, habitando en la desnuda naturaleza. Me gusta permanecer callada días enteros persiguiendo las relaciones atómicas de las cosas. Cuando uno calla, el universo habla.

  Siempre he sabido que no soy pieza de este puzle. Me molestan los oídos con prisas, el olor a pescado rancio de la mentira, los raspas lanzadas de la envidia.

  Pero insisto, estas palabras no son las mías. Son de ella..., de mi gata Nínive, que me utiliza para contar todo esto. Así es ella cuando nos intercambiamos los cuerpos.

   No sé quién va a querer escucharnos, y aun menos quién nos va a creer...

  Somos inseparables, la quiero, su presencia me cura... Yo también soy bien rara, aunque no tanto.

  Insiste en que no se encuentra bien en ningún sitio; tampoco envuelta en piel de angora y con un rabo abanicando el tiempo. Y eso yo lo sé bien cuando soy gata (ella). Me vuelvo totalmente excéntrica; curo a lamidos ratones enfermos, maúllo al silencio con silencios, y vago por las noches guiando a los fantasmas. No es fácil tener la imaginación de un gato y no poder hablar, y tener que expresar sólo con los ojos lo incognoscible. Pero hay una ventaja que sólo encuentro siendo gata: puedo permanecer horas inmóvil, en un estado de éxtasis inefable, sin que nadie se entere.

         Somos casi dos gotas de agua, dos excéntricas, aunque con diferente traje.

         Sin embargo, esta vez, mi Nínive se ha pasado... Y no lo puedo permitir. Anduvo quemando mataderos y carnicerías..., y eso... No es el camino, mi gata..., acaba mal. Ya no entrarás más en mi cuerpo. No, no me mires con ojos de cordero degollado... Se acabó definitivamente.

         Llaman a la puerta. Fin. Es la policía...

         ¡Dios mío, qué hago ahora! Tendré que fingir locura temporal...

         Nínive, pequeña mía, entra...

 

                                                                ***

Historia de un abrazo. Relato breve

 


Pintura de Nicoletta Tomas Caravia, musa de este blog



HISTORIA DE UN ABRAZO


  La colilla desprendía sola su ceniza en la esquina de la mesa. Ella estaba alerta por el timbre que acababa de sonar. Pocos minutos antes se estuvo pintando las escasas pestañas, estirados centinelas de unos ojos desvaídos y turbios, pero aún amantes apasionados de la luz de los días. Escuchaba a un canario gorjear por el hueco del patio interior. Aquel sonido tibio e inocente se inmiscuía sin pedir permiso en sus labios desgastados y trazaba en ellos el dibujo de una leve sonrisa. Había estado cepillando sus últimas piedras preciosas, los dientes; alisando los hilos de plata muerta de su pelo, y perfumando con rosas la flácida piel elefantina de su cuello. Estaba tan hermosa y feliz como puede serlo una dama de ochenta y cinco años. Miraba las venas dilatadas de sus manos. Por cada una subía y bajaba un bello recuerdo. Su niño volvía al fin de la cárcel. Era libre. Aquel niño una vez le acarició con curiosidad el pelo fuerte como el de una orgullosa yegua negra. Y aquel niño, como todos los niños, también durmió en sus brazos, con los ojos cerrados como capullos de seda que guardan el renacer de mariposas sin mácula. Era y sería siempre su Toni. No importa lo que pudiera haber hecho después. Un día pudo contemplar su corazón de lluvia blanda y bella, y eso no moría con las circunstancias. El pájaro desde su jaula trinaba sin juzgar a nadie. Sólo interpretaba la melodía que le saltaba incontrolablemente en la garganta. Ella era igual.

  Su perro caniche la buscaba por la oscura casa. Cuando la vio sentada en el extremo de la silla del comedor, subió a sus piernas mecánicamente, sabiendo que siempre era bien recibido. Su pequeña lengua le surcaba la mano, como cálida riada de desierto.

  La televisión del vecino reproducía un concurso. Las voces frívolas se colaban por las paredes empapeladas burlando la emoción pacífica de la mujer. Quiso olvidar el desorden de aquel vocerío irrespetuoso y encendió un cigarrillo. Acarició un llavero que guardó en el bolsillo de su chaqueta para entregárselo al hijo como regalo. Pasaban los minutos enredándose en sus pensamientos de humo tembloroso. Los cuadros parecían torcerse un poco de impaciencia; el perro comenzaba a gemir despacio para sí mismo, contagiado de las emociones apretadas de su ama.

  El timbre del telefonillo sonó justo cuando el cigarro sin fumar dejó caer su bloque de ceniza.  El perro ladraba con el frenesí  de los girasoles de Van Goh. Al poco tiempo, el timbre de la puerta añadió su potente y vociferante existencia.  Sonaba pletórico y viril, como un reclamo triunfal del mismo visitante.

  Pasó el hombre, de mediana edad. Su abrazo la envolvió en un vendaval de lluvias fértiles y alegría. Le regaló el aliento contenido de muchos años; el vaivén de sus olas más escondidas. Y ella, como un río que encuentra su mar, se hundió en ese abrazo, llorando y mirando sólo hacia el profundo azul de la dicha.

Mágica fe

 



 MÁGICA FE


La dama del invierno no encuentra la llave del baúl donde guarda la nieve y teme llegar tarde a su boda anual con la Tierra.

Se ha colocado ya una falda roja con las hojas nostálgicas de los arces y abandonadas plumas de perdiz en los pechos. Luego, ha rizado sus pestañas con escarcha del año anterior, y, coquetamente, deja ver su ombligo profundo de estrella polar.

Encontró al fin la llave bajo la garra de un cachorro de oso, dormido.

Ahora, la dama danza montaña abajo mientras echa estrellas de nieve por su aliento.

Así narraba un cuento inventado la extravagante tía Inés a su sobrino, enfermo de cáncer, en una habitación que olía un poco a amargura infantil y otro tanto a ilusiones efímeras de media hora. Al menos, el pequeño podía volar hacia el interior de un mundo donde todo era posible.

La tía, visto el entusiasmo del chiquillo, le sugirió que pidiera un deseo, añadiendo que la dama del invierno se lo concedería.

– ¡Quiero vivir! –respondió lanzando la mirada hasta rebotar por todas las esquinas blancas del cuarto. 

La tía se mantuvo en un triste silencio, pero el niño, desde entonces, guardó en su corazón ese deseo hecho realidad con toda la divina e inquebrantable esperanza que puede llegar a tener un niño.

Se escurrían los días, minuciosamente ordenados tras el segundero del reloj solar, hasta que resbalaron también incipientes trinos, anunciando ya la primavera, que andaba impaciente por abrillantar sonrisas. El día exacto en que floreció la primera prímula en los Alpes, la radiografía del niño aparecía limpia y bella como un campo de heno. La palabra “Milagro” saltaba de lengua en lengua, muy divertida.

Cuando el niño le llevó a su tía la verdadera prueba de su salud en un ciclón de palabras coloridas, atropelladas y pletóricas, ésta, más sorprendida que nadie, pero no queriendo destruir la fe que lo había salvado, le dijo:

–Dale las gracias a la dama del invierno porque ella cumplió tu deseo.

Y después de contemplar los pájaros dichosos, detenidos en pleno vuelo, del alma de su sobrino, añadió:

–Ahora, la dama blanca duerme en su madriguera de nubes, satisfecha por haber hecho bien su labor: darle todo su aliento a la primavera. Y la primavera... también eres tú.


***

Aportando cuentos blancos a la preciosa iniciativa de VadeReto

La gaviota (Mini relato)

 

 

 



 Acuarela: José Luis López http://acuarelaskubi.blogspot.com/

 


                                        LA GAVIOTA


  Bajo sus párpados cerrados todas las heridas sangraban; se sentía líquido vertido al mar, supurando por cada poro de su piel; completamente deshecho; flotando, a merced de una inmensa voluntad de agua. Su pequeño velero fue despedazado en la tormenta más salvaje que la mar hubiera improvisado para ningún mortal. Aferrado a un trozo de plástico como una lapa de carne y hueso aterrorizado, despertó de su inconsciencia y miró al cielo, y luego a su alrededor...

  La palabra que golpeó su mente fue: negrura. La noche se bebía su corazón: Densamente, espesamente, absolutamente. Gotas negras golpeando su piel. Noche rayando sus labios ateridos. Frío. Nada. Soledad despiadada para esa mota de apenas sesenta kilos de voluntad sobre una masa móvil e infinita de agua negra, sin voluntad conocida.

  Qué podía hacer sino rendirse… allí, solo, tendido sobre las fauces del abandono, a latigazos de frío, a mordiscos de miedo que sabían a sal y a muerte. El silencio de las gotas ululaba por su piel… La garganta abismal del mar sabía esperar.

  Volvió a cerrar los ojos: ¡más terror, más frío! Carecía de fuerzas, se disolvía despacio bajo aquella noche total. Dentro de su ser se había roto todo... Y lo aceptó, y se dejó caer, sin lucha ya, a merced de un "Sea" que circulaba como sangre de estrellas por su cuerpo.

  A través de los párpados, medio velados por un sueño que se acercaba, fruto del congelamiento, entrevió una forma blanquecina a su lado. Se mecía, igual que él, en la vastedad cósmica del océano. Estaba hondamente callada, muda como él. No distinguió de qué ser se trataba. Tan sólo captaba una presencia neblinosa que emitía mucho, mucho calor. Y empezó a notar que sus miembros eran cubiertos por una gigantesca pluma caliente. El mar se había vuelto cálido. Ya no temblaba ni sentía pavor. De un modo lírico y piadoso, se sentía acogido. Y se durmió, esperando el ahogo inevitable, consciente de que no era posible hundirse ya más de lo que su alma había experimentado. Un amoroso y lento sueño circuló por sus venas como un río calmo. Se rindió plenamente a esa sensación.

  Despertó. Incomprensiblemente, seguía vivo...

  Quiso moverse, pero no pudo. Estaba extrañamente enredado a una red de pesca. Oyó voces alarmadas de maravilloso timbre humano; voces hermanas...

  Y a su lado había una gaviota, que dormía. Era la misma presencia que le acompañó toda la noche, nítidamente contorneada. El ave, con un graznido limpio como el amanecer echó a volar hacia las abiertas manos del sol.

  Y él creyó sentir todas las gotas del mar a la vez derramarse tersamente por sus ojos.


 

                                                                   *

Maite Sánchez Romero (Volarela)

 

Adda. Relato breve.

 



Pintura de Nicoletta Tomas 


ADDA


Adda no tenía que fingir. La vieron llegar del camino del sur, fatigada, con su vestido raído de color verde y su pelo flotando como una maraña de nubes.

Nadie le preguntó dónde había estado. Ya conocían sus ausencias. Y también sabían del vacío de su boca. Sus pasos, sus movimientos, también eran mudos.

Aquel ser merodeaba por el pueblo, entre los demás, rozando apenas la vida, sin dejar impresión clara a su alrededor; como una sombra a la que súbitamente se le descubrieran dos ojos.

Más que un animal, menos que un ser humano. Sólo un poco más que la noche. Todos pensaban que su persona no podía haberse engendrado de la unión de la carne, sino de la de los granos de arena.

¿Qué le dejó sin voz? Era un enigma. Algunos cuentan cómo a los cuatro años contempló el degüello de un cordero y que por ello cerró los labios. Es posible que ante aquella cabeza atenazada por dedos de acero, ante el golpe rápido que hizo manar la sumisión roja del cuello, o ante la muerte manejada como un montón de cebada, sí, es posible que la niña se escondiera de por vida. Es probable, sí, que huyera sin voz del olor cetrino de aquellas paredes sin cal, amarillentas, tristes como el sudor, la rutina y la sangre derramada.

Pasó el resto de sus días ausente, perdida y sin rumbo. Hasta el día del huracán.

Dicen que junto al pozo, anclada a un barrote de hierro, Adda volaba.

La arena formaba un torbellino gigantesco, ansioso por devorar las casas, nervioso y aullante. La ira se empecinó contra aquel pueblo, escupiendo millones de dardos de arena que se fueron clavando en las lágrimas de todos.

Cuentan que Adda, aferrada a aquel pozo, reía por primera vez.  Con una risa que no sonó, pero resultó más violenta que el mismo ciclón. Y es entonces cuando todo acabó; se detuvo el viento y la tierra volvió a su sitio. Y los gritos de los niños pudieron detenerse.

Cuando vieron el cuerpo inerte de Adda, fueron a mirar su cara: seguía sonriendo, con una sonrisa similar a la caída triunfal de las grandes cataratas.

Y nadie logra entender cómo el huracán se sometió ante aquella frágil vida.

Desde entonces, vientos de leyenda aúllan desde su pequeña tumba. 

La cicatriz. Relato breve


CICATRICES. PROPUESTA JUEVERA DE MAG


 

 En el blog de nuestra querida Mag, encontraréis más participaciones de este tema tan sugerente. 


                                                 LA CICATRIZ


    "En el corazón tenía la espina de una pasión;

      logré arrancármela un día;

      ya no siento el corazón."

     Antonio Machado

 

Hay un ser que circula entre los otros cuerpos como un mosquito en la noche. Nadie es capaz de notarlo. Son sus ojos marcos sin lienzo, colgados de dos cejas anodinas.

Su anciana madre le pregunta, le exige, la reclama, la añora... La hija no está. Prepara su tostada con la indiferencia de un reptil.

En su trabajo se preguntan si queda algo de la antigua compañera. Acaso su pelo, que sigue escapándose osadamente de su trenza. Pero no su viejo brío de gorrión; ni aquella sonrisa gozosa de río fundiéndose en el mar que la caracterizaba.

Su mar no está. Ahora ya no. Ella dejó de recibir su oleaje de abrazos. Y en el armario sólo hay camisas que aspirar. Y sobre el sofá, la desteñida gorra, todavía cálida y con el aroma de sus bromas. Pero ya casi no puede recordar. ¿Sentir? No conoce el significado de esas dos sílabas bailarinas desde que se reunió en el lago consigo misma. El lago con forma de corazón, verde turquesa, colmado de tantas y tantas lágrimas que fue recibiendo de ella y de muchos más lamentadores con cadenas.    Allí se arrodilló, sin mirar al sol; tan sólo hacia su propio pecho marchito. Y allí se arrancó el corazón. Lo vio caer, hundirse lentamente, muy despacio, hasta que todo su color rojo fue desleído en la tinta verdinegra del fondo. Y con él se hundió su memoria, su vida, sus sentimientos.  Y no entiende cómo sigue viva si su sangre es ahora de madera muerta.

Los pájaros se quedaron mirando a la mujer que había mutilado la emoción en su pecho: una cicatriz mal cerrada, que sólo ellos pueden ver, es todo lo que queda ahora entre sus dos senos.

 Cuando su sombra se perdió por el callado camino, las aves reanudaron sus canciones.  

 Y con sus trinos cantaban que la mujer sin corazón no sabe, no sospecha, que espera un hijo. Y que mientras siga viva (un día, dos, un mes, nueve...) tarde o temprano renacerá un nuevo botón floral en su pecho, que crecerá y latirá como un nuevo corazón hasta borrar del todo la cicatriz de su seno. 


                                                                             ***

El poeta está solo (MICRO)

                                                              Pintura: La muerte de Chatterton, por Henry Wallys 
 


Siguiendo la propuesta de Gustav en su blog... 


                                                                   EL POETA ESTÁ SOLO


"Su cuerpo fue bebido como un néctar de hibiscos a pleno sol, por dos labios secos como dunas. 

Él resbaló por su corazón abierto, estremecido, y besó cada uno de sus latidos en flor. 

El héroe se rindió ante la walquiria, y puso girasoles de fuego a sus pies. 

Mientras se abrazaron, retazos de niebla copulaban con el sol y una polilla sobre un árbol se tiñó de oro."


Abre la ventana. El moscardón atrapado sale al fin. El joven está tan solo como un tren abandonado en Venus; un suspiro se le escapa hacia las esquinas dormidas del puro silencio. Coge un cigarrillo. Expele una voluta que quiere ser mujer. Abajo, en la calle chirrían unos frenos. Sale alguien del coche. El poeta se acerca a la ventana, ve una muchacha cruzar el asfalto con el poder contenido de los gatos y piensa: "Pudiera ser Ella; pudiera oler a lilas..." Y sigue escribiendo:

"Los amantes son descubiertos por la tormenta riendo bajo las sábanas del cielo..."

El poeta está sólo con su imaginación creando más y más volutas suaves como senos de náyades.

De pronto, llaman a la puerta. El poeta abre y contempla asombrado. Traduce para sí:  dama amaneciendo, música de flautas en la piel; ojos de azul hipnótico, con acabados de gata siamesa. ¡Y huele a lilas recién abiertas... !

Descubre largas lianas cobrizas cayendo por su escote, cabellos que algún día podrían retozar plumosamente en su propio pecho. 

Su líquida voz al presentarse es puro jugo de grosellas. 

Esa tarde fue muy fructífera para la vendedora. Su primer día y ya había conseguido cubrir el objetivo de una semana con aquel cliente que parecía haberle caído directamente de la luna.

Se cierra la puerta. El poeta vuelve a estar solo como un monolito en el océano. Pero le ha pedido su número de teléfono. Mira el papel garabateado por aquellos dedos como sombras de junco; todavía huele a musa. 

Soñará muchos días con ese papel. Lo estrujará en su pecho, lo besará, lo tirará a la calle y volverá a por él... hasta que comprenda que ella nunca contestará a sus llamadas. 


***










Gris guerra

Pintura de Denis Sharazin

GRIS GUERRA


Sus rodillas se llenaron del tinte negro del suelo. Veía un grito gris ceniza chocar con otro grito marrón y con otro más del color de la sangre. Todo por el aire. Era la guerra. Sólo existía el pánico a dos piernas golpeando con otros pánicos desbocados.

 Crujían las nubes abortadas en un rincón de la clase. El horror la olisqueaba en la penumbra más total.

Ella sólo era una niña. Quiso borrar con su manita esa pizarra. Pero no pudo. 


-Matilde, deja de soñar, coge ya la tiza y haz la suma -le dijo la maestra. 

-No puedo, contestó. Y se marchó a su asiento a llorar.


***

Las llamas respiran. Relato breve

                              Fotografía https://www.posterlounge.es/p/722714.html
 


LAS LLAMAS RESPIRAN

  

  Aquella noche miró al cielo sin estrellas cubierto por una tenue y lechosa neblina que pendía como una cortina ajada a merced del viento. Su tienda de campaña lo protegía de la inmensidad sin voz ni ojos de la naturaleza, que sin embargo parecía observarlo y hablarle con labios fríos y mirada salvaje.

  Estaba solo. Palpaba la presencia estática del bosque a su alrededor, los pequeños crujidos de algún ratón de campo buscando comida, el lánguido gemido de una cría de cárabo escondida entre las ramas. Su mente comenzó a imaginar la luna oculta por las nubes, como un desolado cuerpo vacío lleno de cicatrices que rejuvenece en toda su mágica divinidad cuando el sol la mira. Todo era poesía si se observaba con candor. A  todo podía dotar de sentimientos. Los sentimientos que un ser humano va derrochando al pasar; porque sólo era eso: un sencillo hombre hecho de huesos y dolores, de sangre y risas, de emoción y llanto. Y con esos pinceles a cuestas pintaba todo lo que veía. Pero la noche era más. Los seres, el tiempo, la Tierra, los ríos, los caminos… eran más de lo que él interpretaba. Y no era capaz de comprender en realidad nada de ese jeroglífico llamado vida. Se sentía como el pobre escarabajo que aquella mañana trepó indeciso por su bota sin sospechar siquiera la presencia de un gigante a su lado.

  Abrió el paquete de queso y se calentó un vaso de leche. El suave siseo del fuego azul saliendo por el hornillo le trajo a la memoria las palabras de su hija pequeña una tarde de invierno, cuando aún vivía: “¿Papá, las llamas respiran?”

“Sí, hija. Todo está vivo, por eso el fuego respira, y quema, y produce dolor. No debes tocarlo. “

  Pero él lo tocó. Tocó el amor, la unión, la vida, y ahora sangraban sus heridas sin cerrar. Porque era sólo un hombre desamparado ante la fuerza de sus propios sentimientos, y, como una hoja en la corriente fragorosa, sentíase arrastrar, inerme, hacia un mar de tristeza, que lo recibía con sus brazos vastos y ondulantes.

  Cerró el hornillo y se preparó el café. El sonido de su propio cuchillo cortando el pan ponía de manifiesto su gran soledad. Un grillo comenzó a grabar en la tablilla de la noche sus tímidos puntos suspensivos. Miró de nuevo al cielo; un extraño meteorito se abría paso entre el vaporoso velo de nubes. Era casi imperceptible, y sin embargo, antes de borrarse del todo, juró escuchar desde la inmensidad nubosa las siguientes palabras: 

“Papá, dime: ¿Las llamas respiran?”


***

Burbujas

 



Pintura de Nicoletta Tomas Caravia


                                                BURBUJAS


La burbuja de Sofía estaba cada día más limpia. Ella se esmeraba en pasarle el plumero cada día; la llenaba de trinos y la aromatizaba con eucalipto y ciprés. Cuando encontró a Magdalena, tristemente reparó en su burbuja llena de remiendos, pálida y cenicienta. De entre el polvo se le escapaban  polillas.

─ Pareces muy triste le dijo.

─ Acabo de romper con Daniel.

Decidieron detenerse a la orilla del mar para hablar. Frente a ellos los paseantes portaban sus burbujas de colores. Uno de ellos la tiró al mar, lleno de furia. Contemplamos la burbuja explotar y formar parte de la espuma, que enseguida se tiñó de rojo. Nos compadecimos enormemente de él.

Un niño llevaba su burbuja atada a una cuerda de plata, como si fuera una cometa. La burbuja reflejaba un velero de velas rosas. Crecía y crecía tanto como la sonrisa de la criatura, que, descalza, chapoteaba en la orilla espantando a una gaviota, cuya burbujita estaba tan nueva como el cielo.

─ No sé cómo reparar mi burbuja. No me queda nada para remendarla. Muy pronto moriré ‒le dijo su amiga.

Al oír esto, Sofía la abrazó, y de su propia burbuja salió una clemátide que se adentró en la de Magdalena. Allí arraigó y comenzó a florecer.

Sofía volvió a casa muy triste. Sintonizó su burbuja con la música de las esferas y se durmió entre sollozos.

Al día siguiente, la gran burbuja del amanecer le trajo miles de pétalos de clemátide que cayeron inundando la calle. Era el adiós de Magdalena.

Notó cómo su burbuja se volvió densa como una montaña; su corazón no podía contenerla y ella apenas podía caminar.

Abrió la ventana más alta de su burbuja, la que miraba al cielo; y vertió por ahí todas sus lágrimas hasta volverse tan ligera que ascendió, siempre en su brillante esfera, hacia su amiga.

***

Este jueves un relato "penumbroso"



Hoy nos reúne Mónica para que escribamos con una ambientación penumbrosa o de humos

Aquí tenéis las demás participaciones humeantes... Neogéminis


UN MANUSCRITO PENUMBROSO



MANUSCRITO HALLADO EN UNA CUEVA  

La neanderthal Jacinta vio asomar la punta de un objeto brillante. Rascó con sus uñas la tierra y sacó un pedazo de metal plano con multitud de signos grabados. Acarició las hendiduras con placer y escondió su tesoro bajo un pedazo de piel, muy querido por ella, que tenía guardada en la esquina más oscura de su cueva. Lo que jamás imaginaría es que miles de años después, tú, lector podrías entender su contenido. 


"Casi no tenían ojos, parecían topos; de hecho la luz les hacía daño; daban alaridos cuando un foco los iluminaba, como si los golpeara. La edad… Diría que aparentaban unos cinco años por su forma física, pero sin duda su mente era longeva. Caminaban de espaldas, no sé la razón, pero no chocaban, pues parecían ver con la mente. Y otra singularidad era que todos tenían un pitillo encendido en los labios; jamás se apagaba, como si no se consumiera nunca. Les llamé los eternos fumadores. Aparecían por la noche, cuando, poco antes de acostarme, me asomaba a la ventana. El humo de sus cigarrillos era el aviso; se filtraba por las rendijas y mis fosas nasales podían detectarlo, incluso antes de llegar a mi habitación. Estaban siempre atareados, cruzando de una acera a otra, cargados de objetos. Parecían reconcentrados, absortos en su labor, como si ésta fuera de trascendental importancia. Mis padres, obviamente,  no me dejaban bajar a la calle a esas horas de la noche, y por supuesto, no los veían. El gato del edificio de enfrente sí los veía, porque también se asomaba a la ventana a contemplar sus movimientos.

 Con mi ingenuidad infantil les hice un cartel que decía: “Quiénes sois”, y lo saque hacia afuera, estirando mi brazo todo lo que pude. Cúal sería mi sorpresa cuando aquel brazo mío fue tomado por una mano muy fría que me arrastró hacia abajo, a la calle, de un modo que aun no me explico. Me colocaron una maceta con dos margaritas y, con signos, me hicieron seguir a uno de ellos, muy peludo y oscuro, que transportaba una caja llena de bocinas de coche antiguo. Al fin llegamos a un sótano inmenso en el que todos iban depositando sus objetos al lado de una gran tumba vacía. Estaba lleno de humo. Yo dejé mi maceta con flores. Entonces apareció una niña muy bella y mucho más alta que ellos, pero igual de ciega. Tocó mi frente con ternura y luego se acostó en la tumba; todos los pequeños fumadores empezaron a señalarme con el dedo. Salí corriendo, pero al llegar a mi casa no podía entrar. Nadie oía mis llamadas. 

 Anduve varios días por la ciudad. Estaba completamente desierta, oscura, como si no hubiera amanecido; la gente seguía durmiendo en sus casas. Todos dormían, yo era el único que estaba despierto. Yo… y los hombres niños atareados en trasladar cosas marcha atrás. Pasaban los días hasta que, impávido, reconocí a mis padres en aquellos niños andando del revés. Lloré de desesperación, pero no me vieron ni oyeron, seguían su camino, indiferentes, absortos en su tarea. Luego fueron amigos, conocidos, todos estaban disminuidos de tamaño, aniñados, casi ciegos, pero reconocibles. 

Hasta que un día los vi a todos formar una larguísima cola. Al final de ella, una extraña nave con forma triangular abría su puerta a cada niño o ser, o como quiera que se llamen los entes en que se había transformado la gente. Iban entrando, de uno en uno, cada cual agarrando algún objeto.  Comprendí que eran cosas humanas que deseaban tener los extraterrestres. Deduje que la niña que viera en el sótano era la reina. Ahora, asomada al balcón de la gran nave, la sentía mirarme sólo a mí. Se había dado la vuelta, abriendo un enorme ojo oculto en su nuca, con el que me miró y parpadeó varias veces, despacio, a modo de tierna despedida. Grité. Me quedé yo solo. Yo solo como testigo de la invasión. Yo, aquí, ahora, con mi absurdo punzón, estoy grabando esto… ¿para quién?

  Vago de aquí para allá. Todo el vacío planeta es mi loco, descomunal hogar… Han pasado cuarenta años desde entonces, y mis lágrimas de soledad son ya humo espeso que no sale de mi alma. Cada día, como un cruel boomerang, me golpea la misma pregunta…: ¿Por qué se fueron sin mí?”


                                                                              ***


                                                                    Jacinta


El caso del vaso vacío. Relato detectivesco para "Este jueves..."

 


Nuestra hada inspiradora Campirela, nos propone este jueves jugar a detectives, a lo Sherlock Holmes.

En su blog podréis encontrar más casos detectivescos:  http://campivampi.blogspot.com 


EL CASO DEL VASO VACÍO

 Sergio Plómez miró el vaso sobre la mesa de la terraza. Estaba vacío. Completamente. Pero ayer estaba lleno... Sacó su lupa. En el borde había algo translúcido adherido. Era una baba  seca. Pensó en los caracoles de su jardín que a veces aparecían todos en grupo pegaditos a la pared. No, ellos no podían haber sido, porque habrían dejado un rastro por todo el vaso. Meditó largas horas sobre dónde habría ido a parar el líquido que contenía.  ¿Se lo habría  bebido el  sol con su pajita de rayos? Las pistas indicaban la resistencia del vaso a unos dedos. Había huellas de lucha por todo él. Sí, y no eran en absoluto las huellas de un perro, ni por supuesto las de un cocodrilo... Despúes de cinco duras horas de investigación, el enigma se complicaba más aún debido a la presencia de un pelo en el fondo del vaso. Umm, pensó. Era blanco... No, no, la luna no deja pelos, se decía... Y el Yeti no vive en esta latitud... Eliminó al pelo como sospechoso; bien podía haber caído de algún piloto jubilado disfrutando de su aeroplano.

Una mosca azul se acababa de posar en el borde del cristal para limpiarse concienzudamente las patas. El sol restallaba con escándalo en el vídrio. La mente de Plómez viajaba, saltaba, trepidantemente, inspiradísima: "brillos, líquido, encuentro; encuentro, brillos, líquido.."

Tras quince horas de tenaz concentración en las tres bailarinas palabras, gritó: "¡El vaso es el asesino!" Y apuntó raudo en su cuaderno: 

"Crimen pasional: vaso enamorado de agua; agua ofrecida a cualquiera con sed. Vaso quiere hacerla suya, y de nadie más; se la bebe hasta hacerla desaparecer.

 Pruebas: el agua pasó su última noche con el vaso; hay tres gotas en el fondo. También huellas de pájaro intentando salvarla en el cristal."

 El genial, pero sumamente olvidadizo detective, se marchó a dar parte a la policía, eufórico por haber resuelto el caso del vaso de agua bebido por él mismo la noche anterior.

 

La mujer eco (relato)

 

                  

                                           Pintura: José de la Barra

 

                                       LA MUJER ECO


  Lisa estaba cansada de llamar tanto la atención. Tenía un aspecto absolutamente arrebatador, incluso en bata y rulos. Necesitaba hacerse transparente, un poquito menos imponente que el sol reflejado en el Danubio; al menos un poquito menos exquisita que la lluvia deslizándose por una peonia. Sin duda no era buena idea huír de sí misma, pero no podía evitar desear sentir lo que significaba que la ignorasen por completo. Llegó a la tienda llamada “Un poco más allá” y pidió un disfraz al guardián de la puerta, que le dijo que ya tenía uno: "Tu disfraz es la belleza, no puedo darte otro, a no ser que mires en aquel estante, donde están los más etéreos; quizá puedas ponerte alguno por encima...". Se acercó al estante más alto y leyó los nombres de los disfraces: “Suspiro”,”Eco”; “Ovación”; “Éxtasis de lagarto”; “Corazonada”. Se quedó con el de “eco”; y se lo llevó puesto; y le quedaba a la perfección, como un guante alucinante de sonidos.

Pero la muchacha se iba medio demolida como una montaña dinamitada, pensando en lo que le había dicho el guardián. Mi disfraz es la belleza... pensó. Entonces ¿quién soy yo en realidad?

  "¿En realidad?, ¿alidad?, ¿lidad, ¿dad?, ¿ad?" Escuchó su propia voz, dejando una cola de pajarillos alocados. Le fascinó. Se enamoró de aquellas respuestas que viajaban por los vacíos de las esquinas. Y tanto le gustó, que decidió llevarlo puesto durante años, instalada en las paredes de un estrecho barranco, y repitiendo enardecida las voces del águila o la marmota, los distintos estados de ánimo del viento; y hasta los gritos juguetones de senderistas ocasionales. Nadie sabía de ella; su presencia era fantasmal. Aprendió a imitar la pureza del sonido, la intención de cada frase, grito o canto, la magia de la reverberación como perfume de cada ser. Hasta que un pastor llegó y se puso a gritar con toda sus fuerzas. La chica disfrazada de eco fue incapaz de reproducir su voz. El hombre carecía de eco. Era inimitable; absolutamente único. La chica disfrazada se quedó tan estupefacta como maravillada. Quería repetir aquella voz, pero era inútil. El hombre sin eco se alejó, empequeñeciéndose en la distancia, a pesar de que su sombra era gigantesca, abarcando todo el valle.

  Aquella noche decidió ir en su búsqueda. Y descendió al mundo con el obligado disfraz de su espectacular cuerpo de mortal, bellísimo puma negro con mirada de gacela. En su ímproba tarea de encontrar a aquel hombre, descubrió que si se ponía de vez en cuando el disfraz de eco, podría reflejar todas las palabras de los que la rodeaban (para asombro de la gente, que creía perderse, momentáneamente, en un laberinto de ecos irreales). Mas era la única manera de desvelar al hombre cuya voz no tenía eco.

  Y como el tesón era su caballo favorito... al fin lo encontró. En el mismo sitio en que lo viera la primera vez; gritándole a las soberbias paredes rojas y extrañado de no oír su propio eco, ignorando por completo que era uno de los hombres más auténticos de la tierra, transparente a pesar de su disfraz de pastor, inigualable, por lo que ni el eco era capaz de imitarlo.

  Vio acercarse a la mujer de ojos asombrados de gacela, que, lentamente, dejó caer su bello disfraz, y con su ser prístino como el eco de la primera palabra de Dios, le acarició directamente el corazón, “razón”, “zon”, “n”...


                                                                  ***

Fantástica fe (Este jueves un relato)

 

Reto para este jueves cuyo tema es la Fantasía, propuesto por Neogéminis en su blog, donde encontraréis el resto de las participaciones: Mónica Neogéminis

 

 


                                 Pintura: Nicoletta Tomas Caravia

                                 

                                    FANTÁSTICA FE

 

La dama del invierno no encuentra la llave del baúl donde guarda la nieve y teme llegar tarde a su boda anual con la Tierra.

Se ha colocado ya una falda roja con las hojas nostálgicas de los arces y abandonadas plumas de perdiz en los pechos. Luego, ha rizado sus pestañas con escarcha del año anterior, y, coquetamente, deja ver su ombligo profundo de estrella polar.

Encontró al fin la llave bajo la garra de un cachorro de oso, dormido.

Ahora, la dama danza montaña abajo mientras echa estrellas de nieve por su aliento.

Así narraba un cuento inventado la extravagante tía Inés a su sobrino, enfermo de cáncer, en una habitación que olía un poco a amargura infantil y otro tanto a ilusiones efímeras de media hora. Al menos, el pequeño podía volar hacia el interior de un mundo donde todo era posible.

La tía, visto el entusiasmo del chiquillo, le sugirió que pidiera un deseo, añadiendo que la dama del invierno se lo concedería.

–¡Quiero vivir!. –respondió lanzando la mirada hasta rebotar por todas las esquinas blancas del cuarto.

Se escurrían los días, minuciosamente ordenados tras el secundero del reloj solar, hasta que resbalaron también incipientes trinos, anunciando ya la primavera, que andaba impaciente por abrillantar sonrisas. El día exacto en que floreció la primera prímula en los Alpes, la radiografía del niño aparecía limpia y bella como un campo de heno. La palabra “Milagro” saltaba de lengua en lengua, muy divertida.

Cuando el niño le llevó a su tía la verdadera prueba de su salud en un ciclón de palabras coloridas, atropelladas y pletóricas, ésta le dijo:

–Dale las gracias a la dama del invierno porque ella cumplió tu deseo.

Y después de contemplar los pájaros dichosos, detenidos en pleno vuelo, del alma de su sobrino, añadió:

–Ahora, la dama blanca duerme en su madriguera de nubes, satisfecha por haber hecho bien su labor: darle todo su aliento a la primavera. Y la primavera... también eres tú.

                                                          **

     


Quimera. Este jueves un relato

 Quimera: Monstruo fabuloso que se representa con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón.

Texto inspirado en la idea de un ser fantástico o mitológico, ofrecida por nuestra compañera Mâg

                                                    

                                          UNA QUIMERA

 

  M. José pensaba que tenía un nombre demasiado común para lo que ella era. Le hubiera gustado más Naunet, Maat, o Nuit, pero se conformaba; así también con su rostro de escoba gastada, sus manos encallecidas y su imaginación capaz de transformar lo vulgar en jade.

  Se tocó la tripita. Sonrió con destellos solares en los dientes. Entonces notó un río inquieto que llamaba por la puerta inferior de su cuerpo. Lo dejó salir. En el hospital dijeron que aquel niño parecía más un cachorro de león que un bebé, peludo, peleón y rugidor como una noche de truenos. Mª José, con el corazón más tierno que una col de bruselas hervida en vino, se lo llevó dando gritillos de felicidad. Todos los días le afeitaba la carita para que no hablaran mal de él. A los tres años, al empezar la escuela, le brotó una cola encantadora de dragón. Pero la madre era consciente de que su gusto no era compartido, y hacía cuando podía por ocultarla bajo el pantalón, aunque a veces se escapara, sacándole la lengua a los niños más crueles. A los cuatro comenzaron a canviarle las uñas por pezuñas y su espalda buscaba con insistencia la curva cuadrúpeda. La feliz M.ª josé vio en su niño la más hermosa quimera imaginable, y llegó a la conclusión, que siendo ella virgen, su muchacho sólo podía haber sido el fruto de su platónico y quimérico amor con el dios Orus, al cúal le rindió su cándido corazón desde niña.

 Cuando al fin el pequeño caminaba a cuatro patas, lo disfrazó de extraño perro con carita de león, abrigado con un chalequito de lana, por lo que nadie notó nada cuando lo sacaba a pasear. Para sus ojos de obsidiana seguía siendo el niño más bello que había visto. Sin jamás pretenderlo, M.ª José, se fue ganando la animadversión del barrio; aquella rara mujer y su perro (con el agravante de la sospecha de haberse desecho del hijo) cada día era más despreciada, hasta el punto de que alguien colocó veneno en el trayecto que solían seguir aquellas patitas semihumanas junto a las de su diosa. Y cuando la mujer vió agonizar a su pequeño ser, decidió despedirse de todos. Guardó en una cajita que llevaba el ojo de Orus estampado, su mayor secreto: la criatura, tras cada comida, había estado excretando bolas de oro puro. Con él había transformado su chabola en palacio, pero eso no lo vieron hasta encontrar los cuerpos yacentes en el interior de una hermosísima y riquísima estancia en la que ambos semejaban verdaderos faraones embalsamados. Sobre la caja con los tesoros había un cartel bellamente escrito en papiro egipcio: “Dónese a los más pobres de este triste mundo”.

  Y así fue cómo apareció en mi buzón aquella maravillosa bolita dorada que parece el excremento de una cabra. Y si se mira bien, tiene hasta un mágico escarabajo incrustado. 

                                                                                 ***                                                 

Idilio imposible (breve cuento fantástico de amor)

 https://www.pinterest.es/pin/294915475601041235/

Hada del bosque


 

IDILIO IMPOSIBLE

 

 Se giró. Oliverio estaba allí, recogiendo setas.
 Pero no la veía.
 El árbol también se giró, e hizo ademán de seguirla, pero ella le dijo que guardara su silencio acostumbrado.
 Silbó en azul intenso, intentando imitar el cielo de aquella mañana.   Oliverio se detuvo un instante y cerró los ojos, mientras escuchaba el repentino canto de un pájaro maravilloso.
 Ella dejó escapar un suspiro al mirar sus brazos.
 Él notó una mariposa posarse en su piel.
 Un gamo de ojos de lumbre apareció entre las sombras y le miró  fijamente. Él intentó acariciarlo, pero huyó. Ella arregló sus cabellos tras la huida. Y guardó en sus pupilas de ámbar la mirada de él, tierna como el musgo que recibe el rocío.
 Oliverio tanteó una gran seta bajo un arbusto. Le pareció que tenía el tacto de un seno de mujer. Entonces gimieron las ramas sobre su cabeza, como si un ejército de alborotadas ardillas saltaran sobre ellas.
 Ella colocó su mano debajo de la de él. Él sintió su bastón blando como una flor de agua.
 Cada vez más estremecido, se acercó al río, en cuya corriente se deslizaba una púrpura hoja desprendida del otoño. La frenó entre sus dedos, y un prolongado beso recorrió todo su cuerpo.
 Se sintió dulcemente enamorado. Extraño; enamorado... ¿del viento?   Pero debía volver antes de la caída del sol.
 Se sintió más viva que nunca; arrebatada; apasionada por un mortal.  Pero debía volver. Y lo sabía. Debía.
 Oliverio acudió al día siguiente. Y al otro. Y al otro. Mas el bosque callaba. Lánguidamente, retrocedía sobre sus pasos, pensando que todo había sido un sueño.

 Mientras, a lo largo de un tronco de secuoya una larga lágrima se deslizaba.

***

Maite Sánchez Romero (Volarela)

La almohada (Relato breve) Misterio

 Imagen: https://www.etsy.com/es/shop/AnitaInverarity?ref=nla_listing_details


 

LA ALMOHADA

 

No era normal. Yo lo veía extrañísimo. Un bulto blanco en mitad de la carretera.
Paré, bajé de mi moto y comprobé que era una almohada. La coloqué en el arcén. Pero al tocarla mi mano se hizo blanda y ligera, como de plumas. Era muy extraño. Después apareció en mis dedos una gota de agua, y tuve la absurda y angustiosa sensación de que se trataba de una lágrima. Me agaché, a pesar de mi espanto, y observé la almohada. Estaba sucia y rota.  

  Había sido humillada por las ruedas de los coches. Pero percibí una hondonada pequeña en el centro, como si hubiera quedado grabada para siempre la huella de la cabeza de su propietario. Al poco tiempo, oí claramente el sonido de un llanto. 

Me estremecí. Quise irme de allí, pero algo me retenía. Comencé a percibir un intenso olor a velas, vívidos lamentos, repetitivos rezos... Por unos instantes, mi mente quedó atrapada en aquella densa tristeza. Miré a mi alrededor. Una brisa muy suave movía los árboles. Y anochecía. Respetuosamente y muy despacio, llevé la almohada a un lugar oculto entre los pinos. Me arrodillé. No sé por qué. Entonces un extraño pájaro comenzó su canto. Luego, otro le respondió. En muy poco tiempo todo el bosque resonaba con sus cantos.

  Eran trinos desconocidos, con un tono tan agudo, sublime y melodioso como jamás hubiera imaginado. Sentí una enorme sensación de bienestar recorrer mi cuerpo; como si un arco iris tuviera dedos y los pusiera como una madre sobre mis ojos. Casi tuve el impulso de dormirme allí mismo, como abrazada por la vida, en ese estado de perfecto y blando recogimiento. Pero me levanté a la fuerza y dirigí mis pasos hacia mi moto para seguir mi viaje.
Para mi sorpresa vi, sobre el sillín, un niño pequeño que me contemplaba con los ojos muy abiertos, intensamente azules como dos lirios.
  Comenzó a sonreírme con la belleza de las nubes aterciopeladas del atardecer.    Comprendí que era el propietario de la almohada. En un instante fugaz vi cómo ascendía envuelto en un manto púrpura para perderse en los secretos aires del infinito.

***

Texto: Maite Sánchez Romero (Volarela)

Imagen:  AnitaInventary. Etsy.com

Javier. Relato breve. Sobre un amor de verano.

 

 

 

JAVIER

 

  Sólo pensaba en él. En sus penetrantes ojos castaños, mirándome, como dos briosos caballos. Y deseaba encontrarme esa mirada una y otra vez. Atraparla en mi interior, gozarla a solas.


  Cuando salíamos, papá, mamá y yo del edificio donde nos alquilaron el piso de alquiler, él ya estaba escondido detrás del mostrador. Tendría unos 9 años, dos menos que yo, pero parecía mayor. La portera, su madre, nos lo dijo. También nos dijo que era un niño muy raro y difícil de clasificar. Pero yo no la creí, por supuesto, porque intuía en él una superioridad que otros no podían captar. Sus ojos eran atentos, inteligentes, y dejaban traslucir una pasión asombrosa para su edad. Nunca dijo nada. Sólo me miraba como si me reconociera, como si me amara profundamente, desde hacía siglos.


  Mi baño de sol, de mar, de nubes, estaba rodeado de su mirada, que yo presentía como una caricia protectora, amiga, fiel. Para mí ese era un sentimiento completamente nuevo; me maravillaba sentirlo a la vez que notaba una burbujeante y plácida confusión dentro de mí. Lo mantuve en secreto, pero creo que él sabía de mi amor, también callado; y más de una vez sonrió tenuemente desde uno de los pasillos del edificio, al verme llegar. Deseé hablar con él, acercarme, pero no era fácil. Mis padres no permitían que bajase a jugar al jardín, por lo que no pude encontrar el modo de dirigirle más que un saludo.


  Jamás falló a una cita. Cada vez que yo salía o volvía con mis padres, él estaba cerca, disimulando, cruzándose, o incluso siguiéndome a distancia hasta que nos perdíamos en la playa. Yo volví a mi rostro, y entre el gentío, le veía, con su rostro serio, hermoso, muy fijo en el mío, manteniendo un mudo diálogo tan natural como el que tienen el mar y el cielo.

  Tras quince días de encuentros esporádicos yo ya estaba completamente enamorada. Los dos necesitábamos un encuentro, una palabra, algo más que aquella dulce complicidad o que aquella insufrible atracción.

  El último día de aquel verano me dijo su nombre: Javier.
Javier, en un arrebato de audacia, detuvo a mis padres, me detuvo a mí y metió un papel en mi bolsillo. Después echó a correr, creo que con los ojos mojados por la misma agua que ha empapado mis días de melancolía.
Mis padres se rieron con algo de ternura y enseguida se olvidaron.
El papel fue nuestro secreto; nunca confesé su contenido. En él estaba escrito su nombre y una única frase: “Vuelve”.

  Pero nunca más volví. A mis padres no les gustaba repetir el lugar de vacaciones, y mis ruegos fueron siempre inútiles. Fue un amor abortado. Ese verano es la única luz que guardo en mi memoria de lo bella que puede llegar a ser la vida. Hice averiguaciones en mi juventud y posteriormente, pero aquella familia dejó el lugar y nadie supo decirme dónde fueron.

  Javier, un nombre que no logro diluir en las aguas del pasado, y que viene una y otra vez a mí como una luciérnaga herida.

 

***

Relato: Maite Sánchez Romero (Volarela)

Pintura: Sorolla

Rosas en la ceniza. Relato breve sobre un perro intrépido

 

                                                Pintura de Eulogio Díaz del Corral
 

 

ROSAS EN LA CENIZA

 

  Yo nunca le llamo mi amo. Le digo, mi compañero.
Como perro anciano que soy, he vivido mucho, y he sentido más, sobre todo afecto por mi leal compañero. Puedo decir que he sido feliz y no he conocido la dureza de la vida y el sufrimiento extremo hasta aquellos días de noviembre en que el furor de una bestia desconocida se desató sobre nosotros.

  Yo estaba soñando en mi acogedora cama, en unos de esos sueños profundos que no permiten oír absolutamente nada del exterior, cuando dentro de mi propio sueño sentí un fuertísimo golpe y desperté oyendo a mi lado unos gritos atroces. El espanto al incorporarme fue brutal, como un mazazo de la vida inesperado, ciego, sin piedad.    No quedaba nada de mi casa. El terremoto había aplastado hasta el último resquicio de racionalidad. Todo estaba roto, despedazado, derrumbado, aniquilado. Había en el cielo una inmensa nube de color café que acaparaba toda la atmosfera e impedía respirar. Creo que era nuestra descomunal angustia, que flotaba dolorosamente sobre nosotros mismos. Pero tras las cuchilladas del impacto y el desconcierto, mi siguiente pensamiento fue él, mi entrañable compañero. Recordaba que antes de dormirme había salido a la calle. No había tal calle ya… sólo el caos mordiendo mis patas. Pero el cometido de mi vida era encontrar a mi amigo. Conocía de memoria, no sólo el olor de cada parte de su cuerpo de once años, sino también el ritmo y sonido exacto de los latidos de su corazón. Cuando era un bebé, él me buscaba y se abrazaba a mí, asombrando a todos ese lazo único que nos unía. Eché a correr con mis latidos ansiosos en su búsqueda, atravesando los vidrios de la muerte en el desangrado páramo de la desesperación:  lamentos, heridos, agonías, gritos, destrucción...  o el mismo  infierno abriéndose como una inmensa llaga sobre aquel desvalido rincón del mundo.

  Una persona, loca de rabia, me dio una patada justo en la herida de mi pata trasera izquierda, provocada por la estantería que cayó sobre mí. Por ello cojeaba aún más, convirtiéndose en un suplicio avanzar con tanto dolor. Pero algo en mí me daba fuerzas para seguir. Sentía débilmente las pulsaciones de mi compañero en mi interior. Comprendía que no podía estar lejos. Vi un grupo de perros de salvamento trabajando con una pasión desenfrenada. Vi muchas personas ayudando a otras personas. Vi que la compasión, como una nube ligerísima de color naranja, penetraba suavemente el espacio de la nube negra de la angustia. Sobre toda aquella escena de devastación vi mezclarse, en un torbellino de colores que ascendían, el amor al dolor, el miedo a la esperanza, la vida a la muerte. Y un extraño olor a rosas se interponia entre el olor de las lágrimas y el de la desolación.

  Bajo un enorme montón de escombros estaba él. Lo había encontrado. Las pulsaciones aumentaban de volumen según me acercaba. Ya no podía contener la emoción, por lo que al llegar, gemí y gemí con todas mis fuerzas sobre aquel montón de ruinas. Repetí mi súplica durante horas, hasta que se acercó un perro de salvamento. Con una fuerza y resolución propia de un dios, apartó maderos y ladrillos. Entonces llegaron los hombres y sacaron a mi compañero. Estaba inconsciente, pero vivo. En un momento dado del rescate, cuando lo estaban colocando en una camilla, noté que mi corazón latía con más fuerza que nunca, alegre, henchido de gloria, potente, luminoso, como si no fuera mi propio latido, sino el de él sobre el mío... Y es que él se estaba despertando, y desde la camilla comenzó a mirarme con una mirada de amor y agradecimiento infinito, capaz de sembrar rosas en la ceniza.

...

(Volarela)

Dos en la tarde, prosa poética (relato breve). Estampa poética


 


DOS EN LA TARDE

 

  Allí el viejo. Mira sus manos manchadas con la flor del azafrán. Sus arrugas toman un tono anaranjado: y vislumbra el amanecer en su carne. 

 Allí el niño. Corre entre las espigas; y ellas celebran que sea el potro de la inocencia el que de vuelo a sus semillas. 

 Arrecia el viento y al niño se le cae la sonrisa viva como una pluma rosada entre las flores. El viejo, que bajo un algarrobo lo contempla, deja salir una lágrima honda como la que exuda un pino que ha vivido mucho.  El niño tiene tierra en las rodillas y una catedral de polen en el pelo... Sigue con ojillos cascabeleros a una ardilla, que trepa por un tronco con ardor de nube incendiada. 

 El niño tira del pantalón del abuelo. Lo conduce por el río alborotado de su ilusión. Ambos caminan salpicados por la luz, delicada como una orquídea. Y todo se detiene un instante; y hasta el romero contiene su respiración violeta. Se trata de aquella mano arrugada y grande de roble, envolviendo a la otra, pequeña y dócil como las mariquitas. El campo extiende su llanura alrededor de los cuerpos. Puntos de flores y un aire silente los recoge en su cálida respiración sin tiempo. 

 En el suelo hay un nido. Está vacío y emana un aroma vivo de ausencias. El niño lo coge, y mirando al anciano le pregunta dónde están los pájaros que vivieron ahí. Movido por la brisa, un solitario plumón sale del nido y queda flotando en el aire remarcando la quietud blanca de la vida. Cae... 

 El viejo le acaricia el cabello y le señala los trinos que comienzan a escucharse como arpas nuevas en la lejanía bañada del atardecer. Las sombras trazan un arpegio de ternura bajo sus pies.

 

 

 

Prosa poética: Maite Sánchez Romero (Volarela)

Pintura: Claude Monet