Mostrando entradas con la etiqueta fantasía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fantasía. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de mayo de 2025

Suspiro de río. Relato breve

 




Relato publicado en Junio del 2024 para el Tintero, y ahora reeditado para "Acervo de letras" cuya propuesta del mes de marzo son los ríos: 





«En algún lugar existe un río que fluye a través de la vida de cada persona».





Río Li, Guilin, China





SUSPIRO DE RÍO

Suspiro de Río tomó la bandeja y la sirvió a su esposo. Afuera, una garza batía con su pico la plata dorada del Huang-Ho. Gasas de niebla cubrían de tristeza las pupilas de la pequeña figura que volcaba el té sobre las tazas. Servía el negro líquido con el mismo sosiego con el que deslizaba sus pies de seda por el piso de bambú. Pero bajo su rosada piel de cielo, bullía un remolino tormentoso.

Comprendió que no era humana al descubrir sus propias huellas desapareciendo a su paso por las arenas del Huang-Ho. Desde muy niña asfixiaron sus pies en terribles cintas, a la vez que ahogaban su voluntad. Aprendió los secretos de la danza, la poesía y la música, los perfectos modales, la delicada sumisión, la encantadora sonrisa tímida, a juego con los pálidos crisantemos de los jarrones de porcelana.

Sus rasgados ojos, a veces, emitían chispitas de un secreto volcán que nadie, salvo quizá los gatos, veían. Su alma no pertenecía a nadie. Pero no encontraba el modo de salir de aquel laberinto de carne. Y ni siquiera conseguía llorar: un llanto largo y liberador era para ella tan deseado como la lluvia pora las plantas. Esos eran sus pensamientos al mirar el curvado adiós de los bambúes. Y por más que las garzas la contemplaran admiradas desde sus cielos fragantes; por más que los pájaros buscaran sus manos frescas cuando salía a comprar flores; o por más que el sol le recordara que estaban unidos en un pacto de eternidad, las fuertes notas de soledad y muerte la perseguían. Pero lo peor de todo era que no lograba llorar. Era imposible. Como si sus ojos estuvieran sellados, un cúmulo constante de lágrimas que jamás salían iba ahogándola por dentro: sentía sus remolinos acuosos por las venas, inundando también el corazón, y a menudo le costaba respirar.

De niña, Suspiro de Río era más inquieta que los alevines de un torrente. Escapaba una y otra vez de su hogar, y más de una vez la vieron volver desnuda y recubierta de plumas. Recibía castigos crueles sobre su nacarada e inocente fragilidad, en sus mismas mejillas de nube. Pero de nada servían; ella volvía a escapar para fusionarse al viento entre las flores del cerezo, o para sentir de nuevo la indómita mano del río moldeando sus pies como si ella fuera una piedra.

A los 52 años, muy cansada ya de buscar orificios por los que liberarse de su corsé de carne, deslizó el menudo peso de su vida hacia el Huan Ho. A su orilla se arrodilló para llorar al fin, pero no lo consiguió. Y poco después, murió.

Y cuentan que ese mismo día sucedió el prodigio. Esa mañana, la niebla era la más espesa que jamás se haya visto. El fornido comerciante que la compró, su rico dueño, su esposo, abrió la puerta de su casa en busca de su cotidiano recibimiento.

Pero no encontró a nadie. Las camelias en sus jarrones estaban desfallecidas. Y en todo el hogar se podía escuchar el insistente ritmo de una fuente misteriosa, inexistente. Las pérgolas, como si hubieran transcurrido cien años, aparecían completamente oxidadas y el aire que venía de ellas casi quemaba los ojos. Los tapices habían perdido todos sus colores, y a lo lejos las montañas, al correr de las andrajosas cortinas, semejaban esqueletos azules y desmoronados.  En ellas, el comerciante vio el reflejo de su propio rostro. Llamó a gritos a su mujer, pero como única respuesta tenía el rumor de aquella extraña fuente que resonaba por todas partes. Al abrir la habitación de ella, una gran nube de mariposas salió volando hasta inundar toda la casa de pequeños ritmos amarillos. Volvió a llamarla, desesperado. Encontró su túnica de seda, con peso de siglos, polvorienta,  y con ella en las manos, volvió a gritar su nombre. Entonces, sintiendo el pánico como una piedra que rodaba hacia él, trató de huir, mientras notaba su cuerpo flotar en un estanque, entre lotos gigantescos.

Las paredes luego, tras un temblor sobrecogedor, comenzaron a transformarse en un bosque de troncos milenarios. Los muebles regresaron a su solemninad de árboles libres. Los cuadros se los tragó un cielo con todos los matices del azul; las figurillas de jade, teteras de plata y vajilla de porcelana se fueron a respirar el silencio mineral del fondo de la tierra, succionadas por ella. Y el tejado rojo se desplomó, mutándose en pujantes amapolas al caer.

Luego, sobre el suelo, antes de mármol y ahora de afiladas piedras deseosas de caricia, un río comenzó a deslizarse. Era la misma Suspiro de Río, libre al fin, llorando toda el agua que en su vida mortal no pudo sacar, pero también las lágrimas de felicidad de su verdadera esencia de río.

                                       

Maite Sánchez Romero (Volarela)


martes, 13 de junio de 2023

Hombre con bombín. Relato

                                                              Desde Rusia con amor
 
 


Fuera de concurso dejo este aporte que es una mezcla de géneros.                                               


                                                   Pinterest: Laurence Winram, Edinburgh.



                                                            HOMBRE CON BOMBÍN 



 Anduvo toda la tarde por las calles, al azar, hasta que la noche lo engulló como a un pequeño insecto. Más tarde apareció aquella niebla fatídica que marcaría su vida con llagas de humo. Primero, la bruma deambulaba por allí, distraída. Luego, jugó a esconder las cosas con sus manos frías.

  El caminante dejó de reconocer la ciudad; las nubes a ras de suelo desfiguraban los edificios. De pronto se detuvo. No sabía por qué lo hacía, pero sintió ese impulso, fuerte, como un grito en el oído. Estaba casi paralizado ante la entrada de una mansión, medio en ruinas, desdibujada por la neblina. La puerta se mostraba abierta, insolente, dejando salir una vaharada de niebla densa como si fuera el aliento de la casa. Un olor intenso a vegetación descontrolada escapaba por los muros; y entre la hierba del jardín se insinuaba el bulto fantasmal, abatido y siniestro de un antiguo coche oxidado, con todas sus ruedas desinfladas.

  Dos de las ventanas del caserón estaban iluminadas,  dejando entrever una silueta esbelta, femenina, en continuo trasiego. Quizá la casa no estuviera abandonada, pensó el hombre.

  Todo aquello, incluso los olores, le resultaba vagamente familiar; sentía una mezcla de temor, respeto y curiosidad insidiosa. Luchaba por recordar, pero cuanto más se esforzaba, mayor era su hundimiento en una caótica sensación de irrealidad.

  Su estampa frente a aquella destartalada mansión permanecía impávida, medrosa, lamida por las lenguas descaradas de la niebla. Lo iluminaba con brusquedad una farola; parecía puesta allí para que él rebuscara en su interior. 

 En ese momento, la figura borrosa de la mujer se asomó a la ventana y le hizo un gesto muy raro con la mano, como si trazara un círculo. En la desconcertada mente del hombre comenzaron a cruzarse pequeños chispazos de recuerdos, vivaces como renacuajos emergiendo de un estanque: Así, logró recordar, o más bien visualizar, algunos detalles, como el humo de un pitillo sin apagar en el borde de una mesa; dos copas vacías junto a un lujoso reloj sostenido por una ninfa de bronce; el sonido de una música de jazz ascendiendo tórridamente por los encajes de las cortinas. Otras visiones inconexas le llegaban aún con más fuerza, como un vestido de seda rojo colgado indolentemente del pomo de una puerta, o una baldosa suelta que sonaba cada vez que se pisaba. Luego llegó a su memoria la imagen de una mujer, y se le clavó como una dolorosa aguja. Pero por más que se esforzaba era incapaz de reproducir su rostro. Sólo recordaba unos cabellos rubios que pendían del borde de una cama, en cascada dorada hacia el suelo. Y muy cerca de ella, una mano vacilante, y unos dedos, y unos labios… Sus propios labios temblorosos.

  Todo acerca de esa noche estaba parcialmente aniquilado, como si por su mente hubiera pasado un tornado destruyendo sus recuerdos. ¿Quién era esa mujer? ¿La amaba? ¿Era aquella que le hacía aquel extraño gesto desde la casa?

   Y es que el hombre que miraba aquella mansión era un hombre sin niñez y sin juventud.

  Su cerebro fue operado mediante una técnica secreta. Trabajó para el gobierno americano como espía, hacía ya quince años. La misión de la mujer rubia era la última, pero él no podía recordarlo porque inmediatamente después le borraron la memoria a cambio de mantenerlo vivo: la información de aquellas neuronas era excesivamente peligrosa. Pero con el borrado se llevaron toda su vida anterior. Podría recordar sólo desde la operación en adelante.  Le dieron nueva identidad y una vida diferente en otro lugar. El hombre sin pasado no sabe que fue espía; lleva un vacío neblinoso en el eje de su ser.

   “Ella…” pensaba una y otra vez, como queriendo exprimirle todo el sentido a la palabra. En la ventana permanecía la figura femenina, muy alargada ahora, deformada y vibrante como una llama. Dedujo que era efecto de la niebla... No lograba definir sus facciones, pero si notaba su mirada sobre él; y tenía peso. Es ese instante, los faros del coche abandonado se encendieron súbitamente, lanzando dos flashazos de luz a sus pupilas y dejándole momentáneamente ciego. Al cabo de unos minutos recuperó la vista y pudo ver el vehículo ruinoso envuelto de nuevo en la oscuridad. Pero, incomprensiblemente, algo había cambiado dentro de él.

  Se vio a sí  mismo como quien contempla a otra persona desde lo alto de un edificio: observaba un cuerpo joven, casi petrificado bajo la luz de una farola, girándose para mirar por última vez una gran casa.  Llevaba un bombín y una pequeña maleta. En el jardín, un Volkswagen reluciente estaba aparcado en la entrada. Recordó cómo momentos antes lo había abierto para depositar en el asiento trasero una carpeta con documentos. Luego dejo los faros encendidos como señal y se alejó del vehículo.

  Supo que era él hacía quince años. En su mano derecha tenía una pistola, doliéndole como un cepo mordiendo su carne. Y en su mente, vívidamente clavado, un rostro apoyado en una almohada de plumas, con unos ojos color violeta que le suplicaban.

  El hombre del presente gritó todo lo que olvidó el hombre del pasado. A lo lejos ladró un perro con la misma desesperación. Anduvo unos pasos, pero sentía su ser rompiéndose en pedacitos de humo. La figura femenina había desaparecido, y en su lugar salía por la ventana una gran lengua de niebla.

   En el futuro quedaría transformado en un sujeto de sombrero hongo, maletín y una pistola atravesándole la mano. Daba igual que trabajara, saliera con sus amigos o besara a su hijo. Sus retinas llevaban impresas dos faros encendidos, e inevitablemente, un remordimiento frío y húmedo  lo haría volver allí, una y otra vez hasta que la niebla que salía de aquella casa lo succionara por completo.


***

©Volarela


                                     RELATADO POR MI MISMA EN YOU TUBE:


AUDIO RELATO Hombre con bombín


sábado, 28 de enero de 2023

Los designios de la Diosa son inescrutables.

 



Propuesta de J. Antonio de escribir una historia a partir de una situación determinada:

Un grupo de personas se reúne en torno a una misteriosa caja sin saber qué contendrá...


Aquí

La apasionante pregunta y sus respuestas


Todo es sorpresa. El mundo destellando siente que un mar de pronto está desnudo, trémulo, que es ese pecho enfebrecido y ávido que sólo pide el brillo de la luz».



                         

                              


                              LOS DESIGNIOS DE LA DIOSA SON INESCRUTABLES

                                                           Algatocín (Málaga)

 

—Mira mamá, un niño volando.

En efecto. Había un bebé volando, o más exactamente, cayendo desde un paracaídas hacia la Plaza del la Fuente de uno de los muchos pueblos cándidos y blancos que adornan la serranía de Ronda, Algatocín. Cuando se posó en el suelo, delicadamente como una semilla de diente de león, el bebé sonrió, desde una de sus orejas coloradas hasta la otra. Parecía reconocer su verdadero hogar. Llevaba puesto un traje espacial completo; lo primero que hicieron los sorprendidos pueblerinos fue tratar de quitarle el enorme casco. Los mofletes, las orejas y la nariz aun se veían más colorados. La risa de la criatura fue más larga que un milpiés en traje de baño, y todos los curiosos se echaron a reír también.

La historia que hay detrás de este extravagante aterrizaje es aún más pintoresca. El protagonista, bautizado por los algatocileños como "Eldafuera", jamás la conocerá, o eso espero.

El niño fue expulsado de un planeta que gira en torno a la estrella Rigel. Tiene el tamaño de Marte y la forma exacta de un soberbio y descomunal televisor de 140 millones de km2. Así, como suena. Su inmensa pantalla está emitiendo todo el tiempo mientras gira, no se sabe para quién o qué televidentes astrales. Está completamente hueco, y dentro viven sus habitantes: personas con cabeza de televisor. Sus cráneos también están poblados por miles de personitas con cabezas de tele, que a su vez contienen en sus pantallas más criaturas con... Lo dejo aquí, que me dan vértigo las fractales. No sé si llamar humana a esta raza, aunque al menos lo parecen de cuello para abajo.

Ellos se vanaglorian de la cuadratura de su testa al no tener jamás quebraderos de cabeza. Es simple, llana, esa vida: basta con encenderse y tomar el alimento diario de la programación de los demás. Uno mismo trabaja menos de ocho horas organizando sus propios programas, que ofrecerá gustoso a los otros compañeros, empezando por su propia familia. Los contenidos vienen directamente de la gran Fuente Madre TVLáctea.  El tiempo libre lo dedican a buscar programas nuevos, o sea a conocer “gente”. Y eso es todo. ¿Sencillo, verdad? Nunca están solos, no saben lo que es sufrir y duermen apagándose a la vez los unos a otros. Siempre hay un último que no se apaga y vigila los peligros de la noche. También existe el amor entre ellos: afinidades de programación que los hacen dormir juntos sin consecuencias.

Pero la feliz rutina de una de estas familias se rompió una tarde en que llegó un paquete. El recibir una gran caja es habitual al finalizar el año. Cada varios años televisivos, las familias esperan ilusionados por correo un nuevo miembro: un TvBebé. Viene en una caja, empaquetadito directamente por la misma diosa MadreTVláctea (a la que todos veneran sin haberla visto jamás, salvo por un tacón roto, que de vez en cuando deja caer aquí y allá para convencer a los ateos). Aquella tarde, cuatro de estos cabezones esperaban excitados y alegres el sonido del timbre (a ese fenómeno lo llaman “La canción de la ilusión”). Pero los golpes en la puerta de entrada no sonaron muy bien. Eran demasiado violentos, como si alguien quisiera echar la puerta abajo. Los cuatro componentes de la familia, tío Casinodelasuerte, Papapoli y los pequeños DavidGool y LaraDiario, comenzaron a sentir un miedo visceral, como cuando veían películas de terror de aquellos monstruos que llamaban humanos, de redonda cabeza peluda, rosa y blanda con cosas en medio.

Cuando, temblorosos, abrieron la puerta, vieron la caja en el suelo. Se oía algo agudo dentro: goznes oxidados, berridos, dolor de grillos… no sabían bien cómo definirlo. Estaban verdaderamente asustados. Y, por supuesto, nadie se atrevía a coger el paquete (los hombres TV son muy asustadizos). El tío CasinodelaSuerte cerró su pantalla para no mirar, y con un arrojo tan impulsivo como efímero, agarró la caja y la dejó rápidamente sobre la mesa del comedor, tras caerse y rajarse el cristal de la cara. Papapoli, al fin, abrió el paquete. Todos inclinaron sus televisores en modo “Vista directa” hacia el fondo de la caja. La realidad suele ser espantosa, pero esto resultaba un espectáculo aún más horrendo. A los más pequeños los enviaron a la cama.

Envuelto en un trapo sanguinolento, reconocieron al monstruo humano de las películas de terror que todos habían visto alguna vez a escondidas. Era igual: la cabeza espantosa, llena de cosas vidriosas que se movían; dos misteriosos agujeros negros soltando aire; y una gran abertura roja con campanilla de la que salían los espeluznantes sonidos.

¿Se trataba de un error de la naturaleza?

La diosa, sin duda, se había equivocado de paquete... O no… Quizá, pensaron todos, se  les ponía a prueba introduciendo en su realidad un personaje sacado de la misma ficción. ¿Madre TV, querría ver cómo reaccionaban ante lo imposible?

Los designios de la Diosa son inescrutables.

Esas eran las preguntas sin respuestas que les impedían dormir (además de los gritos incesantes de la “criatura”). La paz se escapaba de aquel hogar, así como de aquel mundo de cabezas cuadradas y pacíficas correteando dentro de un cubo. Todo el planeta se revolucionó. La noticia de la llegada del "Anticristo", como algunos le llamaban ("Mesías" para otros) llegó al mismísimo OráculoTVPlus. Pero éste no vio nada bueno en su pantalla kilométrica. Tras mucho tiempo, dudas y revueltas por todo el planeta, intervino el Consejo Superior Interplanetario de modo drástico, ofreciéndoles un vestuario interdimensional talla bebé.

Y el final de esta historia ya lo conocéis…:

 Eldafuera aterrizó en la Plaza de la Fuente de Algatocín, ignorante cual los tréboles de un prado, con su pequeño trajecito espacial y una sonrisa de oreja a oreja contagiosa como el sarampión.

                                                            ***

                                                 Foto: Anna. Freepik







Epílogo: Los dioses de la Tierra, a veces también reyan.... 

Se sabe de algún hombre TV que deambula por nuestro planeta. ;)

Ésta es la noticia de agosto 2019: 




Decenas de residentes de Glen Allen (Virginia) captaron a un misterioso hombre repartiendo monitores de puerta en puerta. Lo más curioso, él llevaba un televisor en la cabeza.

 La Policía de Glen Allen recogió más de 60 televisores tras recibir denuncias por el incidente, según pudo conocer la filial NBC 12.

https://rpp.pe/tecnologia

 

martes, 6 de diciembre de 2022

Mágica fe

 



 MÁGICA FE


La dama del invierno no encuentra la llave del baúl donde guarda la nieve y teme llegar tarde a su boda anual con la Tierra.

Se ha colocado ya una falda roja con las hojas nostálgicas de los arces y abandonadas plumas de perdiz en los pechos. Luego, ha rizado sus pestañas con escarcha del año anterior, y, coquetamente, deja ver su ombligo profundo de estrella polar.

Encontró al fin la llave bajo la garra de un cachorro de oso, dormido.

Ahora, la dama danza montaña abajo mientras echa estrellas de nieve por su aliento.

Así narraba un cuento inventado la extravagante tía Inés a su sobrino, enfermo de cáncer, en una habitación que olía un poco a amargura infantil y otro tanto a ilusiones efímeras de media hora. Al menos, el pequeño podía volar hacia el interior de un mundo donde todo era posible.

La tía, visto el entusiasmo del chiquillo, le sugirió que pidiera un deseo, añadiendo que la dama del invierno se lo concedería.

– ¡Quiero vivir! –respondió lanzando la mirada hasta rebotar por todas las esquinas blancas del cuarto. 

La tía se mantuvo en un triste silencio, pero el niño, desde entonces, guardó en su corazón ese deseo hecho realidad con toda la divina e inquebrantable esperanza que puede llegar a tener un niño.

Se escurrían los días, minuciosamente ordenados tras el segundero del reloj solar, hasta que resbalaron también incipientes trinos, anunciando ya la primavera, que andaba impaciente por abrillantar sonrisas. El día exacto en que floreció la primera prímula en los Alpes, la radiografía del niño aparecía limpia y bella como un campo de heno. La palabra “Milagro” saltaba de lengua en lengua, muy divertida.

Cuando el niño le llevó a su tía la verdadera prueba de su salud en un ciclón de palabras coloridas, atropelladas y pletóricas, ésta, más sorprendida que nadie, pero no queriendo destruir la fe que lo había salvado, le dijo:

–Dale las gracias a la dama del invierno porque ella cumplió tu deseo.

Y después de contemplar los pájaros dichosos, detenidos en pleno vuelo, del alma de su sobrino, añadió:

–Ahora, la dama blanca duerme en su madriguera de nubes, satisfecha por haber hecho bien su labor: darle todo su aliento a la primavera. Y la primavera... también eres tú.


***

Aportando cuentos blancos a la preciosa iniciativa de VadeReto

lunes, 28 de noviembre de 2022

Un cadáver en el ascensor


  


IMÁGENES NO APTAS PARA LOS VIVOS

 

Entré en el ascensor. Lo primero que veo siempre es mi figura al completo, pues tiene un gran espejo, que parecía pulimentado por el peso de los siglos. O sea, que brillaba mucho. Como cada día, antes del trabajo, le daba los últimos toques a la melena, cuando, cuál no sería mi sorpresa, la mujer que tenía ante mí era yo, pero con cara de muerta. Y no por no haber dormido mal ese día... No; estaba inexpresiva, completamente echa un fiambre. ¡Menudo susto me estaba dando el endemoniado espejo!

Después, subió un anciano con su perro; y lo mismo. Los dos tenían los rostros yacentes. Ya no podía más del miedo. Lo comentamos en el ascensor. No, no estaba loca. Él hombre  también percibía el fenómeno, y su perro, nervioso, comenzó a aullar. Lo hablamos también con la portera al salir, la cual me confirmo su terrorífica experiencia cuando lo limpiamos ese día; me dijo que todos los que bajaron por él, salieron más muertos que vivos tras verse en el espejo con esa cara azul recorrida por pequeños huéspedes sin patas.

Si todo hubiera acabado ahí… Pero tras volver de mi trabajo, confieso que muy temerosa de volver a usar la espantosa caja deslizante convertida en féretro, no pude hallar la puerta de mi hogar. Di trescientas vueltas y sospeché ansiosamente de mi cordura. Al preguntarle a un paseante por el número de mi edifico, me contestó que aquel bloque de apartamentos fue demolido hacía ya veinte años. Y como, obviamente, yo  no creo en fantasmas ni en tonterías de esas, y soy un rato cabezona..., sigo buscando mi puerta, siglo tras siglo.


***

 




Aunque yo no participé esta vez en este reto, os animo a descargar el libro gratuito en pdf que recoge todas las creaciones de mis compañeros para este desafiante y precioso reto: 

Un cadáver en el ascensor


miércoles, 23 de noviembre de 2022

Carta de un hombre bueno. Micro para el Tintero

                                Imagen de alekcunder (Deviantart)
                              https://www.deviantart.com/alekcunder/art/Mirror-382109929



 

                                                                                                        Carta de un hombre bueno


   Querida Sara. Hace mucho que no te escribo. Aquí en la Tierra está pasando algo terrible. Hay una plaga. Todo el mundo tiene un clon. Y es maligno. Hemos destruido todos los espejos, y los cristales. Ya no queda una sola superficie reflectante. Aun así, ellos siguen ahí. Vienen a por nosotros. Suplantan nuestra vida y luego nos destruyen. Yo fui quien descubrió su origen espiando a mi vecino con los prismáticos. Pero más gente los ha visto nacer. Te miras una mañana en el espejo; y cuando sales a la calle, ya se ha creado. Se desprende del vidrio como millones de pequeñas esferas que se aglutinan hasta ser tú. Se relaciona con tus amigos, va a tu trabajo, visita a tu familia, pasea a tus niños…, y lo hace de tal modo que jamás coincide contigo. Son extremadamente malévolos: la peor versión de ti mismo multiplicada por 100. El caos y dolor que dejan en tu vida es indescriptible. Cuando se percata de que lo has descubierto, y dices a los demás que no eras tú quien hizo sus fechorías, entonces va a por ti y te aniquila.

  Por todas partes reina el caos, la iniquidad, el egoísmo. La gente se mata entre sí…

  Cada vez son más y más… han aprendido a clonarse a partir de tu mirada en las pupilas del otro. 

  No quiero mirar a la gente. No quiero verme ni siquiera en los charcos…

  Los rebeldes se están quedando ciegos. Se operan el nervio óptico. 

  Me uniré a ellos.

  Quiero seguir siendo un hombre bueno. 


Remolino de hojas de arce. Noviembre en VadeReto

 

                                      Imagen: https://www.pinterest.es/pin/2462974788451690/



                    EL REMOLINO

 

Aquí una fuente, manando como un líquido cristal en perenne ruptura. Allá, en el cementerio, la luz del atardecer recorriendo las tumbas, una a una, con sus cansados dedos amarillos. Los últimos rayos los dedica a las rosas marchitas sobre las tumbas, que encendidas por un instante, se ponen a gritar su antiguo esplendor. Anochece... Un piar muy quedo de gorrión, solitario, rojizo, se empieza a escuchar desde la mole negra de un ciprés. La noche echa su aliento sobre todos los colores, dejando un cuadro inacabado en grises y negros. La vida es eso; algo que nunca se define del todo.

En el interior de esta pintura, vemos una chica que llaman Sherezade, flaca, de pelo muy largo y naranja. Sus pies desnudos están fríos como las tumbas; pero su rostro es aun más pálido que ellas, incluso más la piedra bajo la luna, e igual de inexpresivo. Está mirando las primeras estrellas despuntar. Ahora se acuesta sobre una lápida, como si toda la vida lo hubiera hecho. Se ha quitado la ropa porque tiene mucha fiebre. A su vera, la estatua de un ángel, pide silencio desde su boca paralizada. La muchacha nota en la piel una mano húmeda; una invitación a  marcharse de allí; es la niebla, piadosa con forma de amiga. Pero se evapora, impotente.

Sherezade, con los ojos fijos en el firmamento, igual que dos tenaces y penetrantes agujeros negros, sólo deseaba absorber la noche... El gorrión sigue su ritmo de piares insomnes; cada vez más tímidos y más perdidos en la negrura. Ella traga más y más noche. Quiere olvidar. Cierra los ojos. Está agotada. Escucha, de pronto, un sonajero. No es un bebé… No, no hay nadie cerca. Es el sonido de la brisa estremeciendo los chopos. Ahora, la muchacha, comienza a delirar con grises ardillas. Y los chopos son voces cascabeleras que le dicen: "Te queremos. No te vayas ahora." Aparecen rostros amigos, manos que tiran de ella hacia la puerta del cementerio. Pero ella empieza a deslizarse por la caracola de su pasado. Ahora tiene diez años; recoge hojas de un viejo arce y juega a taparse con ellas. A su lado, Odell, de igual edad, hace lo mismo. Los dos miran el firmamento, tumbados bajo el gran tronco de arce. Se toman las manos, que parecen hojas rojas. Están camuflados entre la hojarasca como grillos felices. El viento sopla fuerte y se lleva todas las hojas. Ríen. Ríen de nuevo... Y sus risas son pequeños violines que suben y suben de volumen hasta despertar a Sherezade. Odell yace en esa misma lápida desde hace cinco años. Ella, allí, recostado, vencida, helada y enfebrecida, quiere contar las estrellas de color rojo, como cuando eran niños, pero de su boca sólo sale un beso. Es su última ofrenda; una mariposa que muere al salir de su boca. Los ojos lúgubres de la noche se acercan a mirar aquel cuerpo sin vida sobre la tumba, como un pétalo caído de jazmín...

 La luna es un espejo roto de una pedrada. El maullido de un gato en celo se desgarra entre los cipreses, como si se hubiera quemado. De pronto, un gélido remolino de viento eleva las hojas caídas del arce del cementerio, y comienzan una danza sigilosa, ondulante, casi una oración vegetal. Más arriba, en la copa del árbol, dos blanquísimas palomas están posadas cual dos gotitas de paz. La danza del viento y las hojas se hace más viva, jadeante, poderosa, sonora, casi triunfal. Las aves contemplan el colorido remolino que avanza hacia la tumba de Odell. Allí se colocan sobre la muchacha yacente y comienzan a formar una extraordinaria figura de hojas rojas formada por un joven a caballo, sosteniendo a una chica muy delgada sobre sus rodillas, la cual se agarra a su cuello. Las hojas giran sin cesar, manteniendo la forma de los dos amantes. Luego se alejan, cabalgando al ritmo de la música de las esferas.


+++


Más aportes sobre la muerte y lo fantástico en el blog de nuestro buen amigo Jascnet: 

VadeReto



martes, 8 de noviembre de 2022

La gaviota (Mini relato)

 

 

 



 Acuarela: José Luis López http://acuarelaskubi.blogspot.com/

 


                                        LA GAVIOTA


  Bajo sus párpados cerrados todas las heridas sangraban; se sentía líquido vertido al mar, supurando por cada poro de su piel; completamente deshecho; flotando, a merced de una inmensa voluntad de agua. Su pequeño velero fue despedazado en la tormenta más salvaje que la mar hubiera improvisado para ningún mortal. Aferrado a un trozo de plástico como una lapa de carne y hueso aterrorizado, despertó de su inconsciencia y miró al cielo, y luego a su alrededor...

  La palabra que golpeó su mente fue: negrura. La noche se bebía su corazón: Densamente, espesamente, absolutamente. Gotas negras golpeando su piel. Noche rayando sus labios ateridos. Frío. Nada. Soledad despiadada para esa mota de apenas sesenta kilos de voluntad sobre una masa móvil e infinita de agua negra, sin voluntad conocida.

  Qué podía hacer sino rendirse… allí, solo, tendido sobre las fauces del abandono, a latigazos de frío, a mordiscos de miedo que sabían a sal y a muerte. El silencio de las gotas ululaba por su piel… La garganta abismal del mar sabía esperar.

  Volvió a cerrar los ojos: ¡más terror, más frío! Carecía de fuerzas, se disolvía despacio bajo aquella noche total. Dentro de su ser se había roto todo... Y lo aceptó, y se dejó caer, sin lucha ya, a merced de un "Sea" que circulaba como sangre de estrellas por su cuerpo.

  A través de los párpados, medio velados por un sueño que se acercaba, fruto del congelamiento, entrevió una forma blanquecina a su lado. Se mecía, igual que él, en la vastedad cósmica del océano. Estaba hondamente callada, muda como él. No distinguió de qué ser se trataba. Tan sólo captaba una presencia neblinosa que emitía mucho, mucho calor. Y empezó a notar que sus miembros eran cubiertos por una gigantesca pluma caliente. El mar se había vuelto cálido. Ya no temblaba ni sentía pavor. De un modo lírico y piadoso, se sentía acogido. Y se durmió, esperando el ahogo inevitable, consciente de que no era posible hundirse ya más de lo que su alma había experimentado. Un amoroso y lento sueño circuló por sus venas como un río calmo. Se rindió plenamente a esa sensación.

  Despertó. Incomprensiblemente, seguía vivo...

  Quiso moverse, pero no pudo. Estaba extrañamente enredado a una red de pesca. Oyó voces alarmadas de maravilloso timbre humano; voces hermanas...

  Y a su lado había una gaviota, que dormía. Era la misma presencia que le acompañó toda la noche, nítidamente contorneada. El ave, con un graznido limpio como el amanecer echó a volar hacia las abiertas manos del sol.

  Y él creyó sentir todas las gotas del mar a la vez derramarse tersamente por sus ojos.


 

                                                                   *

Maite Sánchez Romero (Volarela)

 

Adda. Relato breve.

 



Pintura de Nicoletta Tomas 


ADDA


Adda no tenía que fingir. La vieron llegar del camino del sur, fatigada, con su vestido raído de color verde y su pelo flotando como una maraña de nubes.

Nadie le preguntó dónde había estado. Ya conocían sus ausencias. Y también sabían del vacío de su boca. Sus pasos, sus movimientos, también eran mudos.

Aquel ser merodeaba por el pueblo, entre los demás, rozando apenas la vida, sin dejar impresión clara a su alrededor; como una sombra a la que súbitamente se le descubrieran dos ojos.

Más que un animal, menos que un ser humano. Sólo un poco más que la noche. Todos pensaban que su persona no podía haberse engendrado de la unión de la carne, sino de la de los granos de arena.

¿Qué le dejó sin voz? Era un enigma. Algunos cuentan cómo a los cuatro años contempló el degüello de un cordero y que por ello cerró los labios. Es posible que ante aquella cabeza atenazada por dedos de acero, ante el golpe rápido que hizo manar la sumisión roja del cuello, o ante la muerte manejada como un montón de cebada, sí, es posible que la niña se escondiera de por vida. Es probable, sí, que huyera sin voz del olor cetrino de aquellas paredes sin cal, amarillentas, tristes como el sudor, la rutina y la sangre derramada.

Pasó el resto de sus días ausente, perdida y sin rumbo. Hasta el día del huracán.

Dicen que junto al pozo, anclada a un barrote de hierro, Adda volaba.

La arena formaba un torbellino gigantesco, ansioso por devorar las casas, nervioso y aullante. La ira se empecinó contra aquel pueblo, escupiendo millones de dardos de arena que se fueron clavando en las lágrimas de todos.

Cuentan que Adda, aferrada a aquel pozo, reía por primera vez.  Con una risa que no sonó, pero resultó más violenta que el mismo ciclón. Y es entonces cuando todo acabó; se detuvo el viento y la tierra volvió a su sitio. Y los gritos de los niños pudieron detenerse.

Cuando vieron el cuerpo inerte de Adda, fueron a mirar su cara: seguía sonriendo, con una sonrisa similar a la caída triunfal de las grandes cataratas.

Y nadie logra entender cómo el huracán se sometió ante aquella frágil vida.

Desde entonces, vientos de leyenda aúllan desde su pequeña tumba. 

jueves, 27 de octubre de 2022

El amor de su muerte

«A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir».


EL AMOR DE SU MUERTE

Para mi sorpresa, el día que me enterraron comprobé que ya no tenía peso. Esa misma noche, salí al exterior al ritmo de una cautivadora música. Había al lado de mi tumba una mujer de unos cuarenta años metida en un saco de dormir. Tenía ojos de pavor, pero era ella la que había puesto esa música, quizá para serenarse. Posiblemente estaría cumpliendo con alguna apuesta de valor... Los ojos de la mujer fueron siguiendo los brillos compulsivos de mi alma. La saludé. Pero otro ser atrajo mi atención... Parece mentira que una encuentre al amor de su vida en estas circunstancias... Se quitó el sombrero de copa y de él cayeron montones de hojas otoñales. A mi mente llegó el pensamiento -no imagino cómo- de que aquel hombre sólo podía ser cálido como un abedul en otoño. Me gustó. Con un gesto de su brazo, me invitó a bailar un vals, y es curioso, pero la orquesta comenzó a sonar desde su propio cuerpo, al girarse... No pude resistirme; el baile es mi pasión. El caballero estaba impecable, a pesar de haber atravesado todo el montón de tierra que cubría su lápida. Dejaba ver un alma brillante y esplendorosa como la melena de un león. Giró varias veces, iluminado por una luna sorprendida con ojos de plato rococó... Y luego me rodeó con las gruesas lianas de sus brazos... Pero yo me solté, e impulsada por una loca fuerza bailarina comencé a claquetear en el aire… Y él me siguió. Y las estrellas nos siguieron… Y los grillos aceleraron sus notas de cristal hasta atropellarse y romperse a golpe de pura risa por la hierba.

Extasiados y alegres, casi no nos dimos cuenta de que salían veinte o treinta almas más de sus féretros. Pero no estaban tan felices como nosotros.  Angustiadas, chocaban unas con otras como avestruces despavoridas, sin saber adónde ir.

Entonces llegó la gran presencia: un ser radiante, y alto como la estatua de la libertad, que llevaba una camiseta con las palabras: “Orientador de almas”. Una puerta a rayas negras y amarillas apareció sobre el ciprés más serio del cementerio. Se abrió y proyectó la luz cegadora de unas doscientos mil luciérnagas, que además echaron a volar por la oscuridad del cementerio, locas de alegría. El Orientador fue haciendo una larga cola con las almas, ya más calmadas, y empezó a llamarnos, uno por uno, por los nombres que llevábamos escritos en el corazón. Nosotros dos nos agarramos bien fuerte. No necesitábamos ni una palabra para saber que estábamos más unidos que el h2O y queríamos seguir así de pegados. Pero cuando llegamos al dintel de la puerta, el gran ángel nos dijo que mi puerta era otra... Miré a mi espalda y, en efecto, vi una nueva puerta de color melón, en la que ya había dispuesta otra fila de almas. La dama del saco de dormir lo contemplaba todo. Estaba indignada, como yo.

Como si mi reciente amor y yo nos leyéramos el pensamiento, echamos a correr cogidos de la mano, entrando por la puerta amarilla y negra, y resbalando después por un larguísimo túnel de metal por el que resonaba un loco saxofón. Íbamos precedidos por un bonito ejército de abejas de luz.

Ahora estamos en un gran jardín, sin suelo, bailando como posesos un insonoro charlestón. (No parece que haya ángeles guardianes por aquí...)

Espero que nos perdonen la infracción... ¡Pero a nosotros no nos separa ni Dios!

 (Además, aquella del saco de dormir ya tiene una nueva historia para contar...) 

***

Encontraréis historias más serias y acordes al otoñal e inevitable decaimiento hacia la muerte... en Vadereto Octubre


miércoles, 21 de septiembre de 2022

Dormir es distraerse del mundo... Micro

 

                                                             Pintura: Christian Schloe


CONSEJOS GENERALES

Bloguer hace desaparecer algunos comentarios. Si valoras tu esfuerzo, te aconsejo que antes de enviarlo hagas una copia de seguridad en el ratón;  después te aseguras de que aparece en el blog al actualizar la página. Espera unos segundos. Si no aparece pegas la copia. No te preocupes si salieran dos, yo te elimino el sobrante. Y esto aplica a todos los blogs.



                                       DORMIR ES DISTRAERSE DEL MUNDO

 

  La enfermedad del sueño; eso tenía. Nunca recordaba lo que soñaba en esos segundos de inconsciencia. Sin embargo al despertar, contemplaba la vida con absoluta perplejidad, totalmente novedosa, impredecible, bella. Chapoteaba de asombro en asombro.

  –¡Eh, muchacho, despierta. Estoy aquí!

  –Ya lo veo. Tu voz parece un claxon. Pero eres bello como un torrente despeñándose, ¿lo sabías?

  –Ya está el poeta de nuevo…Vives en una nube.

  –Es matemáticamente posible que un viento  te arranque los papeles de las manos y tú tengas un accidente por seguirlos. No cruces ahora  – Y antes de que se durmiera de nuevo, su amigo añadió:

  –¡Me estás salvando la vida! Y se rio inquieto como un mono. Mas quedó muy serio cuando un viento empezó a levantar los papeles que llevaba mal cogidos.

  El soñador se volvió a despertar, y despidiéndose, dijo, como para sí mismo:

  –Somos nubes… dentro de nada mi mente tomará la forma de un elefante nostálgico. Sólo sé que no sé nada. La vida cambia de opinión continuamente… Mira esa paloma, sus átomos revientan en un grito de luz.

  Con pasos elefantinos, siguió la calle, que parecía terminar en el pensamiento de un niño con pantalón a rayas, el cual miraba absorto una extraña nube. 

  De sueño en sueño despertaba cada vez más rico en asombros; feliz de que a cada zancada pisara la sombra exacta de su propio pie; admirado por que cada cosa ocupara su lugar matemático en el mundo.

  Pero el colmo de su perplejidad llegó al despertarse empapado, dentro de una nube; la misma que contemplaba asombrado aquel niño con pantalón a rayas.


**

  Basado en las dos citas de Borges:

  "Dormir es distraerse del mundo"

  "Si de algo soy rico es de perplejidades, no de certezas". 


MÁS PARTICIPACIONES EN EL MICRORRETO DEL TINTERO DE ORO: 

microrretos

   

                                             

viernes, 29 de julio de 2022

La trampa del reloj

 Más aportes en el blog de NEO



Imagen: https://ar.pinterest.com/pin/6122149484873309/


                                                        LA TRAMPA DEL RELOJ


“Sólo le dan de vida hasta los siete años”. Escuché que le decía mi padre a mi madre cuando era pequeña y sólo tenía cuatro. No saben que yo lo oí. Y ahora tengo siete años menos un día. Y mucho miedo porque mañana moriré; estoy deseando encontrarme con un reloj capaz de frenar el tiempo.

Salgo, a ver si por casualidad encuentro algo (¡oh, sí!, por favor, por favor...). Dice mi padre que la fe mueve montañas; o sea, que puedes conseguir lo que quieras.

Las palomas hoy no me piden pan. Una allí se ha acomodado sobre una trampilla de hierro. Vaya un lugar extravagante se ha buscado... Debe de ser que no tiene un nido para empollar… Voy a ver.

Qué raro. Esta trampilla tiene ¡la forma de un reloj! La levanto, huele bien, a azahares. Se oye lluvia allá abajo. No voy a entrar. Da yuyu... Mañana moriré. ¿Y por qué no pasas, so tonta? No hay nada que perder.

Vale. Qué fácil es abrirla…

Bajo siguiendo una escalera oxidada, vertical. Miro hacia arriba y me veo a mí misma, duplicada, asomada a la trampilla... ¿mirándome? ¡Qué susto! Pero parece una foto; no se mueve... Es muy raro...

Todo está oscuro, me gusta el sonido de la lluvia, me recuerda a mi padre. Bajaré, qué más da. Mañana voy a morir. Sigo.

Ahora el agujero se hace ancho y me asomo a una ventana de color rosa. Hay una gran habitación. Mamá está ahí… ¡conmigo!, ¡yo soy el bebé! Me da el pecho. Tiro del pelo de mi madre con fuerza. Pero parece un telón, todo cae y se deshace en polvo de colores, desaparece… Ahora es distinto. Veo otra escena. Es como si fuera una película de mí misma... Soy muy anciana; sé que soy yo; me siento. Vuelvo a estar enferma. Un hombre me besa en las manos. Llora. Es mi hijo. Se llama Chopin. Me gusta la casa en la que me encuentro, llena de velas, muebles raros. Qué felicidad… En todo hay ternura y música. Me gusta mucho. Quisiera quedarme. La anciana me ha visto y se ha asustado mucho; yo le digo que no corra la cortina, porque saldrá otra escena, lo intuyo. Pero lo hace; no puede oírme, mi voz son notas musicales. Otra vez se llena todo de polvos de colores y cuando la última mota toca el suelo se abre una nueva imagen; ahora soy mucho más joven. Estoy  en una playa preciosa junto a un hombre que me alza por la cintura hacia el cielo... Qué bien me siento.  Nunca había experimentado esas cosquillas. Estoy ilusionada. ¿Será amor? Ahora me acaricia la mejilla, muy despacio. Pero entonces sus dedos empiezan a deshacerse, y de nuevo todo se transforma en ese polvo, yo, él, las olas... No quiero mirar más. Voy a seguir bajando escaleras.

 No tengo miedo. Me encanta ir hacia atrás. Se abren más y más ventanas según bajo. Algunas no me gustan nada, como aquella en que grito mucho, acostada entre vacas, mientras me sale un bebé por... ¡O esa otra donde me cortan la cabeza! Sigo… He llegado a una cueva donde me encanta pintar bisontes. Qué vergüenza... no llevo ropa. ¿Por qué todos mis nombres empiezan por la A? Por cierto, me llamo Ana. No sé con quién hablo, pero quiero pensar que no hablo sola. Quiero... Sí. Además, hablar mantiene mi fe.

He pasado todo el día en este agujero tan profundo. Quedan diez minutos para que sea mañana. ¿Se va a morir aquella de la fotografía? Yo me quedo por aquí, explorando, por si acaso.

 Miro para abajo, y la escalera no parece acabar nunca. Ya he bajado veintisiete plantas más; he sido una australopithecus afarensis, una ardipithecus rámidos; y también he sido caballo, canguro, cabra, correlimos, cuervo, culebra, cucaracha, ciempiés, cocotero, cactus, cobre, cinabrio, CO2... (¿por qué cambiarían mis nombres por la C?)

Ya es el día siguiente según mi reloj de pulsera. Debería estar muerta, pero aquí, en el pasado sigo viva. ¡Anda!, hay una ventana que antes no estaba. ¡Agh...! tiene una cagada fresca de pájaro en el cristal... A través de ella veo a una niña (¡Yo, que acabo de cumplir 7 años, claro!) ¡Y no me he muerto! ¿Era un error de los médicos? ¡Con el terror que he pasado todos estos años a que llegara ese día! Estoy en la calle, buscando la trampilla que vi el día anterior. No la encuentro. No hay rejilla con forma de reloj, ni paloma acostada, ni nada. Llega por detrás mi madre. Me abraza y me besa alegre, y sigue conmigo por el paseo. Ahora van a casa de la abuela… Oigo lluvia, lluvia bonita allá arriba...

Y no se ve nada más… Todo lo tapa la lluvia.

Quiero volver al futuro.

Cuánto he bajado... Y la escalera sigue y sigue hacia el infinito... Miro hacia arriba. Está muy oscuro. La trampilla de arriba no se ve, ¿se habrá cerrado?, ¿he caído en una trampa del tiempo?

Oigo lluvia, mucha. Qué miedo. Quiero ir al futuro, por favor, por favor... Las gotas me recuerdan a la voz de mi padre; me serenan. Él dice que la fe mueve montañas. Si entré aquí para no morir (y de hecho lo he conseguido; no me he muerto), ¿por qué no voy a salir también? Sí, saldré, saldré, la fe mueve montañas. Bajaré un poco más. Mira, Ana, otro reloj igual que el primero, pero oxidado. Está clavado en la tierra roja que se ve a través de esta nueva ventana. Es un desierto marciano. Pasa a ver, no tengas miedo. Nunca te has atrevido a atravesar una de esas ventanas. Sólo has sido espectadora de ti misma. Es hora de que actúes. Ábrelo a ver. ¿Y si no puedo volver y me quedo en Marte para siempre?

Llueve serenamente. Me habla mi padre. Confía...

Paso, me he clavado una astilla del marco. Aquí me siento muy ligera y hace un frío mortal. Abro la tapa del reloj sin problema. Chirría. Veo todo muy negro, ¡pero huele muy bien, a flores de azahar!; y al fondo hay una paloma pequeña, reposando en una rejilla, muy, muy lejos... ¡Es ella!

Cierro los ojos. Tengo fe. Me tiro.

Y de nuevo vuelvo a tener siete años menos un día...


***