TUS LABIOS
Este poema en prosa fue publicado hace más de 6 meses para Vade Reto. Me gusta especialmente y lo subo aquí también, a pesar de que algunos ya lo hayan leído...
ME PIDES QUE DESCRIBA TU SONRISA
Desde este vagón, sumida en su vociferante traqueteo, escribo, alegre, me siento bien...:
Un niño, frente a mí, lee. La portada de su cuento tiene dibujadas dos palomas aleteando, queriendo posarse en una mano que se les ofrece.
El niño baja su libro. Me mira con ojazos inocentes. Me sonríe, casi cómplice. Los pececillos de sus ojos trepan por mis pies; es casi una cosquilla su mirada. Río. Una de las palomas de su cuento parecen salir y posarse en mi propia mano... Noto su delicadísimo peso de ave... Sueña el instante sobre mí; toma forma de paloma, alegre, turgente. Es real.
*
Nada ha pasado; pero yo lo he sentido, y ahora lo escribo. Hay un mundo paralelo que sigue otras vías a mi lado, muy, muy cerquita. Y ese niño lo sabe.
Blanca como una ala contra el cielo, miro por los cristales: los árboles, las casas, las ventanas, las oficinas, los dormitorios, los corazones..: el mundo desperdigado es un loto abierto de instantes.
Y voy penetrando, al ritmo de mi tren, en todos ellos. De la frente dormida de la niña del cochecito a la ceja del hombre sin pasado; del sueño de la joven pianista al bolsillo del soldado muerto.
De la mano que deja una lágrima en el pomo al cerrar la puerta a las manos que sostienen la copa del triunfo.
Huelo la orquídea apretada en el pecho de alguien; la flor que no sabe que es un regalo
y viaja envuelta en una maceta sostenida por una carne que tiembla… ¡mi existencia también es un regalo! ¿Quién, quien me lleva?
¡Los ojos de ese niño, otra vez, llenos de peces amarillos, me hacen volar entre estrellas! Me han lanzado muy lejos, y ahora planeo sobre una paloma gigante, suave, que me conoce más que yo a ella.
Parece contener toda la alegría de mi vida…
Y veo a lo lejos mi hermosa canica que gira y gira sin parar, terrible y tierna a la vez:
Es el ojo más hermoso y ahora..., me mira.
¡Es esa mi Tierra, llena de brazos que claman abrazos...!
Mi dulce, mi salvaje amante de ojos azules y labios verdes. Vago herida de amor por ti desde el espacio.
¡No quiero, no quiero alejarme!
Mi voz... No la escucho como tal. Es el adagio de un oboe que se desangra en nebulosas tras de mí.
Y al instante regreso y te veo, Tierra, iluminada por la voz-relámpago de todos los niños:
Le cantan a tu alma...
*
De pronto, he caído en mi asiento. El niño de los ojillos traviesos no está. Ha debido bajar con su madre a su propio destino. Se ha dejado el cuento en el asiento.
Lo cojo y lo abro.
No hay letras.
Hay, Tierra, tus labios.
Sí; se abren y cierran como el aleteo de cien mil palomas.
Pronuncian primaveras en la muerte,
vocalizan el sonido de la vida goteando de los árboles.
Y ahora, Tierra... tus labios se estiran sonrientes... Y me piden... ¡que describa tu sonrisa!
Y yo escribo, fiel a ti siempre -con manos de coral recién creadas para el gozo-. Y escribo, entusiasmada, como recibe aquel árbol su niebla aguda de pájaros... Y al terminar el poema, veo que no hay letras, sino palomas saliendo por una puerta al infinito...
*
Ya no estoy sola en mi tren; viajo contigo a 100.000 km por hora, sobre tu tibia alma, dando vueltas por el sol.
Tu latido descomunal resuena abriendo mares en el vacío. Y yo percibo, minúsculamente, mi propio alborozo de rosa, deshojándose por el espacio...
Pintura de Nicoletta Caravia
RECOLECTANDO MAGIA PARA JASCNET
Siguiendo la propuesta de J. Antonio (jascnet) en su mundo de palabras mágicas donde invita a cada escritor a escribir un cuento desde una mansión (Acervo de Letrras ) he escrito este cuento dentro de otro cuento.
Ha salido algo largo debido a la introducción y necesario desenlace; espero que valga la pena vuestro tiempo.
Gracias por leer y comentar.
OCHO NIÑOS, UN CAMPANERO Y UNA POSADA
Me dijeron
que la posada estaría sólo a un kilómetro, sin embargo, lo que yo encontré no
fue la humilde hospedería que imaginaba, sino una gran mansión palaciega.
Como
tiritaba de frío y me dolían los pies con una saña congeladora que no perdonaba,
llamé a la puerta. Mis azulados dedos subieron a mi boca en señal de sorpresa.
Un mayordomo
alto, calvo y ciego me recibía.
Me hizo
pasar a una gran sala muy lujosa donde había ocho niños alrededor de una
chimenea.
—Bienvenida,
cuentista. Tendrás alojamiento y comida si alegras a estos niños con un cuento
—me indicó el mayordomo con el rostro ahora vivamente iluminado por el fuego de
la sala.
Debía de
estar muy extrañada y hasta asustada ante un intercambio tan insólito. Pero los
niños eran tan cordiales que enseguida me hicieron un hueco a su lado. Me sentía francamente bien.
Sonreí,
disimulando mi inseguridad. Entonces miré la nieve que caía sosegadamente a
través de los cristales. Los niños, ahora, me miraban a mí, expectantes. Me
senté, y una niña pequeñita, de unos cinco años, me acarició la mano como si me
conociera. Era tan cálida como el fuego más hermoso de todos los fuegos
posibles en un duro invierno. No tuve más remedio que buscar en mis mermados
bolsillos creativos algún dulce... por lo que empecé a narrar sin saber hacia
dónde dirigirme:
“Desde la
torre de una iglesia románica muy antigua, cuatro campanas hermanas miraban al
unísono los hilos descendentes de la lluvia.
—¿Es que las
campanas pueden ver? —me preguntó un niño de pestañas enormes.
Para estas
campanas sí era fácil verlo todo
—respondí—. Continúo:
“Bajo los
tejados del pueblo contemplaban las
charlas de sus habitantes alrededor de una mesa, e incluso sus risas desvaneciéndose sobre la humeante sopa caliente.
—¿Cayendo
sobre la sopa?, ¿sus risas?, ¿Cómo copitos de nieve?, dijo un niño de
dientecillos separados.
—Sí, algo
así, hasta que se derretían en la sopa, claro —los niños se rieron.—Pero a ver…,
dejadme seguir... Volviendo a las campanas…
“Las cuatro
hermanas de bronce podían sentir desde allá arriba el helor de las riadas
impetuosas recorriendo las calles empedradas y hasta el anhelo de un gato
aventurero deseando volver a casa.
Aquellas
cuatro amigas, cuyo origen se perdía en la espesura del tiempo, disfrutaban
volando con los gritos fugaces y rojos de los niños. También sabían del placer
de un vino compartido entre amigos, o de esa mano tierna, que aun con olor a
cebollas recién cortadas, mecía al bebé en la vieja y carcomida cunita —la chiquitina
volvió a tocarme. ¿Estaría ella inspirándome esta historia? Seguí, movida por
un deseo ardiente de tirar del misterioso hilo que me hacía hablar y hablar…
Al cesar
aquella lluvia tan pacífica, las campanas notaron la pálida caricia del sol
atravesando la espesura de sus ennegrecidos cuerpazos. Luego se durmieron con
la nana lejana de las aves del bosque.
Tras la
ventana empañada de una casa pobre, una mirada más húmeda que el agua que acababa
de caer, las contemplaba. Era el único que conocía el lenguaje de las entrañas
broncíneas.
El hombre
era el viejo campanero que estuvo tocándolas durante cuarenta años. Su vida
había trascurrido solitaria, sin descendencia, quizá inútil a ojos extraños,
pero plena de mensajes metálicos que había introducido en su alma casi como su
alimento diario.
Porque aquellos
sonidos de las cuatro hermanas eran mágicos…
Cada tañido que
emitían resonaba en las criaturas de su alrededor: las atravesaban literalmente,
devolviendo al campanero, como un eco, el elixir exquisito, la esencia y hasta
el sentido último de la vida de los seres. (Los niños comenzaron a abrir más
sus ojos inocentes.)
El hombre se
volvió cada vez más callado a medida que escuchaba las voces que salían de
aquellas cuatro gargantas, quedando sordo para el mundo.
Sólo hablaba
con ellas. Cuando tiraba de las cuerdas para hacerlas sonar, no podía oír nada,
pero sentía sus voces retumbando dentro de sí mismo, dejándole frases, incluso
historias enteras; las vidas de cada habitante del pueblo llegaba al interior
de aquel hombre a través de ellas, quisiera o no; las campanas observadoras lo
sabían todo de todos, y todo se lo contaban. Él, sabedor de todos los secretos
del pueblo, y sordo y mudo al final de su vida, ayudaba en todo lo posible a
quien podía. Un cariño profundo nacía hacia todos cuanto más los conocía.
Lloraba solo
y reía solo también, pero era feliz.
—El viejo
mudo, ¡qué agradable es! —se decían los vecinos.
—Sin hablar,
cómo acompaña su presencia, igual que un padre bueno. Y además, se anticipa a
nuestros deseos, como si nos conociera de toda la vida.
Realmente se
hizo amado aquel loco. Cuando daba las campanadas dominicales parecía bailar en
éxtasis, colgado de sus gruesas cuerdas.”
—¿Qué es
éxtasis? —preguntó una niña con trenzas pelirrojas.
—Es como si
estuvieras aquí, pero sin estar aquí —respondió otra que por lo visto ha leído
mucho ya.
“El día
anterior a la muerte del campanero llovía, como casi siempre. Pero, para
sorpresa de todos, esta vez la lluvia estaba coloreada de verde, depositando
por todas partes una melancolía líquida muy triste. El campanero estaba muy
enfermo, agonizante.
El tinte
verdoso solamente se borró cuando murió. Y en el mismo instante en que su alma
abandonó el viejo cuerpo, las campanas tocaron solas durante toda la noche,
para sorpresa y pavor de toda la gente.
No pararon
de tocar una campanada cada media hora, muy sombría y honda, como si llegara
del fondo de la tierra, estremeciendo el sueño de todo el pueblo.
El misterio
se prolongó en el entierro del campanero, pues esta vez quedaron totalmente mudas,
por más que se insistiera en tirar y sacar de ellas un sonido fúnebre.
Tras el entierro,
volvieron a sonar solas durante más de
quince días seguidos, cada noche. Y su sonido, casi desgarrado, casi humano,
alcanzaba los oídos de las gentes acostadas y pensativas en sus camas, y les
hacían llorar.
Hasta que
callaron definitivamente.
Desde
entonces nadie tuvo valor de devolverlas a la vida tirando de sus cuerdas.
Pensando que
traerían mala suerte, las cambiaron por una campana eléctrica, más acordes
también a la llegada al pueblo de la luz eléctrica.
Las enormes
cuatro campanas fueron fundidas dando una inmensa cantidad de bronce, que luego
fue vendido a un rico empresario de estatuas. Éste las transformó en lujosas
figuras para relojes. En total salieron más de treinta, cada una más fascinante
que la anterior.
Sin embargo,
el pueblo todavía era testigo de las campanadas, aunque luego las olvidara.
Una vez al
año, en noches de lluvia larga, insistente, y azul, en dirección al cementerio,
se escuchaban unas vagas campanadas. A continuación venía un denso y largo
silencio expectante. Y después, sólo la hierba húmeda notaba el paso profundo,
pesado, de figuras de bronce que bailaban en corro, solemnemente.
Y sólo el
prado sabía que, a cada vuelta, recitaban las historias de cada uno de los
vecinos que en ese momento soñaban.
Entonces, las
vacas de los alrededores mugían, los perros aullaban, y los habitantes del
pueblo interrumpían su sueño para rezar una pequeña oración por el campanero. Entonces
retornaba el silencio, esta vez más dulce y benévolo que nunca.
Acto seguido,
animales y hombres se volvían a dormir, sintiéndose extrañamente reconfortados.
Al día
siguiente olvidaban completamente el fenómeno de la noche anterior, pero eso
sí, con una asombrosa resonancia que parecía viajar de corazón en corazón.
Se miraban,
se sonreían, extrañados y cómplices al mismo tiempo de una dicha que les
recorría el alma hasta el punto de abrazarse sin tan siquiera saber el motivo.
Estaban
hermanados como nunca.
Y esto se
repetía cada año, cuando las cuatro campanas conmemoraban la muerte de su
querido campanero.”
—Y aquí
termina mi cuento…
La niñita
que me cogió la mano al principio de contar la historia estaba muy alegre,
aunque no hablaba. Alguien comentó que era muda.
La tomé en
brazos y la puse sobre mis rodillas. Al acercarse, noté en ella un aroma
profundo a tierra mojada, a pétalos frescos. En el cuello tenía un colgante muy
curioso:
Cuatro
campanitas de bronce.
Las hizo sonar agitándolas con sus deditos
mientras me sonreía. El fuego, a nuestro lado, comenzó a bailar frenético y
vital, como si un viento de rosas lo agitara.
Aquella
noche dormí diez horas de un tirón, como una niña.
Al salir de
la mansión la mañana siguiente, no quise hacer preguntas. Sentía que la magia
podía quebrarse de un momento a otro.
Los niños me
dijeron adiós mientras construían un muñeco de nieve. El mayordomo echaba grano
a una bandada de ocas hambrientas con un ensimismamiento casi devocional. Hasta
me parecía que el cielo se admiraba de su azul reflejado en las ventanas de
aquella mágica mansión…
Sí, todo era
perfectamente hermoso, como una burbuja enorme que debía ascender en armonía con
el mismo viento.
Era necesario que permaneciera así por siempre: inspiradora e intacta en toda su fantasía.
Relato creado para el reto de octubre de nuestro querido anfitrión Jascnet. Vade Reto. Se trata de elaborar un cuento con algunos objetos de esta imagen, teniendo en cuenta que se trata de un Bazar.
Imagen de Mabel Amber en Pixabay
BLANCO Y NEGRO
¡Qué silencio bendito!, pensaba David mientras hacía un esfuerzo por sacar las piernas desnudas de la cama. Era doloroso; sus músculos estaban demasiado entumecidos. Una tras otra las estiró antes de colocar cada dedo sobre las glaciales losas del suelo. Mientras, acarició suavemente a su esposa dormida. Júpiter, un joven golden retriever, ágilmente, se levantó de un brinco, y dio un airoso coletazo a las fichas del ajedrez. Erguidas y dignas sobre el tablero desde la noche anterior, quién sabe si comentando entre ellas el último mate, cayeron estrepitosamente. La mujer se despertó y comprendió que su esposo se preparaba para una de sus caminatas campestres, con lo que se giró de nuevo para recordar los movimientos geniales de ajedrez de su último sueño. Ambos jubilados fueron campeones en este deporte, y por toda la casa abundaban tableros y piezas en todos los formatos y materiales posibles, incluido uno de azúcar que Júpiter jamás osó tocar.
Hombre y perro sintieron el empuje vital de la mañana nada más salir. Sencillamente delicioso. Era imposible no saludar a las flores, cada una con su respectiva gota de rocío destellando como respuesta. David y Júpiter experimentaban la fresca esencia de los abetos subiendo por sus propios pulmones, animándoles ese día a llegar muy lejos. Y así, los dos subieron cuesta arriba varios cientos de metros, hasta llegar a una piedra y un trozo de hierba que les ofrecieron lo que tenían para su descanso. Ya salía el bocadillo fragante del aluminio y las babas de Júpiter tocaban tierra cuando un compañero de viaje inesperado apareció no se sabe de dónde. Se presentaba de frac y camisa blanca. Era una hermosísima urraca que portaba un objeto en el pico.
Júpiter quedó hipnotizado. No sabía si lanzarse a por ella o esconder su cola. David quería desentrañar lo que el ave llevaba. La urraca se acercó descaradamente a ellos y dejó una ficha de ajedrez junto a los pies de David. Era un peón negro. Después, salió volando como si aquello no fuera con ella.
El peón negro… Y tiene una rotura en la base… Pensó David. Y súbitamente le vino el recuerdo de su padre enseñándole el valor de las fichas dentro de un hermoso juego, en lugar de colocarlas en la alfombra y hacerlas guerrear, como hacía el pequeño.
No pudo evitar que una sonrisa le cosquilleara por dentro con dedos de luz. Su padre le enseñó a ser fuerte; a ser un verdadero guerrero del pensamiento; de la reflexión. Cuánto lo quiso… Y ahora, esta ave le traía esto… ¡Y era su peón dañado!, ahora lo reconocía mientras todo su cuerpo se estremecía de emoción. Era el mismo con el que hizo su primer mate… Jamás podría olvidarlo… Lo acarició como si portara santidad. Pero ¿de dónde lo había sacado ese pájaro?
Los amigos de distinto número de patas las pusieron en marcha de nuevo, siguiendo el camino hacia la cima, pero de improviso, la urraca, que parecía haberse fulminado poco antes, se posó ante ellos, en mitad del camino. Otra vez su pico traía un objeto: una carta doblada, blanquísima, con letras vibrando en una intensa tinta azul, como recién escritas. David esta vez tocó al ave, casi con una caricia, y ella colocó suavemente en su mano la carta. Era su propia letra. Con la mano temblorosa y los ojos mirando por detrás del ave, como si hubiera cerca alguna trampa extraña, tomó el papel y lo leyó. “Te amo locamente, por favor respóndeme cuanto antes. Necesito saber si sientes lo mismo… “Tras esta frase seguía un tropel de palabras tan apasionadas como torpes, subiendo y bajando por todo el papel como hormigas excitadas. No puede ser… se dijo. ¡Tengo en mis manos la carta que nunca entregué! Aquella muchacha del bachillerato que seguramente nunca supo cuánto la quise. Pero yo… Mala jugada. Sin duda, ella era una reina para mí, y yo aun no conocía mi propio poder de rey... Fui un tembloroso alfil…. Pero este papel despareció hace cincuenta años… ¿Qué está pasando?, se preguntó cada vez más nervioso.
El perro le miró y en sus ojos se reflejaba la misma incomprensión, pero con más ternura; quizá como animal podía aceptar mansamente el devenir incomprensible de la vida. Pero él no.
Cuando David guardó el papel en su bolsillo, el ave alzó el vuelo en dirección izquierda, siguiendo un sendero que se alejaba del principal. El hombre tomó una firme resolución. Seguiría a esa enigmática urraca salida de un mundo embrujado, aunque le costara la cordura.
Aquella senda era bien conocida por ambos. Júpiter movía la cola alegremente detrás del ave, jugando y ladrando. El pájaro se posaba de vez en cuando en un árbol y los miraba moviendo la cabeza, como si quisiera esperarlos. Pero un instante, el perro ladró hacia una copa vacía, frenético. La urraca se había camuflado entre el follaje, desapareciendo de su vista. Poco después, se dejó ver portando un nuevo y reluciente hallazgo.
Nuevamente lo colocó a los pies del hombre. Allí lucía, anacrónico y brillante sobre el polvo del camino, un reloj antiguo de bolsillo. E inmediatamente apareció en su mente la mirada de su abuela Doris. Había cogido a escondidas aquel reloj, ansioso por saber cómo funcionaba. Lo había desmontado completamente, seguro de que volvería a colocar cada pieza en su lugar. Pero no lo consiguió... Tenía nueve años. Una jugada fatal, un exceso de confianza. Se sintió abrumado ante su abuela, completamente avergonzado por haber estropeado su valiosa joya. Pero ella, en lugar de enfadarse, premió sus ansias de conocimiento con una sonrisa y una caricia en la frente. Y eso nunca lo olvidó. Cogió el reloj. Extrañamente, funcionaba.
Otra pieza más del puzle de su vida… Sentía tanta belleza y emoción al reconocer y tocar aquellos objetos entre sus dedos... ¿Qué ocurría? ¿Qué hacía que las cosas regresaran a él, intactas, removiendo su corazón con un viento de dulzura inenarrable?
Júpiter miraba a su dueño moviendo la cola, compartiendo la secreta y turbadora alegría de David. Pero como no podía contener tanta emoción contradictoria, decidió perseguir a la urraca que ya volvía a ponerse en marcha. Los dos lo hicieron, presintiendo que este juego tendría que llevarles a alguna parte.
Entonces lo vieron. Era absurdo, pero estaba allí:
A unos quince metros había un bazar enorme, de paredes de cristal, que dejaba ver infinidad de objetos, miles y miles de todas clases, ordenados en estanterías. Tomó sus prismáticos; cada objeto tenía una etiqueta colocada con una fecha. Reconoció su guitarra, su balón de fútbol, y hasta el reloj de su abuela Doris… Entonces, de una puerta salió la misma Doris con cara ilusionada, sosteniendo una flauta de madera sobre su pecho. Con ella aprendió música de pequeña. David, en pleno anonadamiento, comprendió que no lo veía. Quiso correr hacia ella, abrazarla, sentir toda la ternura de sus ojos bondadosos de nuevo sobre él… Pero algo indefinido lo frenó.
Luego aparecieron más personas, todas desconocidas, encontrando y llevando objetos de toda índole, conversando entre ellos, riendo, muy, muy alegres. De pronto, salieron por la puerta tres de ellos, la abuela Doris en el centro. Y ahora sí…, ella parecía mirarlo con mucha dulzura, reconociéndolo. La urraca fue a posarse delicadamente sobre el hombro de la abuela, muerta hacía ya cuarenta años.
En ese preciso instante sonó su teléfono. Era su mujer, preocupada por la tardanza. Él no podía articular palabra, tenía un nudo en la lengua y en el corazón. Colgó rápidamente, pues tuvo una súbita certeza. Retrocedió velozmente un par de metros hacia atrás. Júpiter, como una sombra, lo imitó. Y en el mismo segundo en que dio el último paso con su pie izquierdo, una inmensa piedra se desplomó de la rocosa pared lateral, interceptando el camino con su mole explosiva. Sólo dos metros le acaban de librar de la muerte. Impresionado, se quedó tieso como un árbol seco, casi sin respirar. Entonces Júpiter lanzó un largo aullido, y tras él un silencio absoluto envolvió a David; una quietud que parecía durar demasiado tiempo. Después los pájaros de los alrededores retomaron sus cantos sutiles y el viento recuperó sus paseos por las hojas, como si alguien, bruscamente hubiera pulsado el botón: “sonidos de la naturaleza”.
Observó la roca caída. No dio aviso, pensó. Se desgajó de la grieta horadada ocultamente a lo largo de años, siglos quizá. Su destino era caer sobre ellos. Miró al otro lado del camino, esquivando las enormes piedras fragmentadas. Había desaparecido el bazar. Todo era normal. Pero sintió el vuelo rasante de la urraca sobre sus cabezas: muy fino, muy bello, como si no pesara. Casi parecía una enorme mariposa blanca y negra.
Blanco y negro…, meditó. Los colores de las fichas, del tablero... El ave ahora volaba en la dirección contraria al siniestro; hacia el hogar donde su mujer le esperaba: hacia la vida.
¿Habría ganado la partida a la muerte?
No. Ella esperará su turno... Pero ahora sabía que la partida no terminaba; que el juego era más vasto y maravilloso que todo lo imaginado, y tocó con fuerza los objetos milagrosos que guardaba en su bolsillo.
***
— ¡Dios mío, la estatua ha caído! ¡Miren, la cabeza rota!
Recuerdo que todos los que pasaban me miraban entre la sorpresa y la compasión.
Desde entonces, aquellos ojos pétreos, inexpresivos, no dejaron de mirarme, de seguirme hasta mis sueños. Me obsesioné.
Pero no fue la única distorsión —no pienso llamarlo alucinación— de la realidad que tuve. A veces, de improviso, el murmullo de la gente resonaba como un panal de abejas. Era terrorífico. Sobre todo porque nadie más que yo lo escuchaba.
Contemplaba con pasmo Nueva York; parecía haber perdido su consistencia, sin sombras ni volumen, plana, muerta. Necesitaba tocar algo con urgencia: un semáforo, un árbol... y así volvía a mis dedos el tacto amable de la realidad.
Todo comenzó con el picor de la pulsera.
Nos la habían puesto al nacer, aunque nuestras madres no recordaban siquiera haber parido. La pulsera creía con nosotros. Si te la quitabas morías; mejor dicho, desaparecías al instante. Todos hemos visto a la gente desaparecer a nuestro lado alguna vez... Yo también... Mi mujer... Ella lo hizo. Sintió la misma picazón insoportable que yo siento ahora. No volví a verla.
Perderla fue probar la grandeza de ese amor. Quizá por eso estoy alucinando y no tiene la culpa este picor…
El médico al que conté mis visiones insistió: mi depresión era la causa; la estatua rota solo era un símbolo de la fractura de mi propio mundo.
—Jamás se quite la pulsera. —repitió.
Salí hundido.
Una súbita llamarada de rascacielos me devolvió el aliento. Amaba Nueva York. Pronto comenzó a llover. Pero el picor volvía, cada vez mayor: mi mundo realmente se estaba desmoronando. Las luces de la noche se diluían en un cortinaje de susurros líquidos… Insufrible. Más picor. Tenía que acabar. Sentía mucho miedo, pero estaba decidido.
Una vez en casa, tomé las tijeras. Era imposible cortar la pulsera. Además, con cada intento nuevo el picor aumentaba, y la pulsera parecía deformarse y agrandarse. Finalmente se salió de mi mano…
Lo siguiente que recuerdo son voces lejanas. Una ambulancia sonando a lo lejos. Abejas…
Hasta que todo desapareció de mi vista y de mi oído.
Un silencio de corchos aislantes me acunaba. Copos de nieve en mis ojos… ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?, me preguntaba espantado. Y justo, frente a mí…: la estatua rota.
Sí. Unos inmensos ojos de piedra me contemplaban desde el suelo, entre edificios destrozados. ¡Alrededor mío todo estaba demolido! Mi ciudad… ¡rota como la estatua!
No muy lejos, cuerpos yacían sobre el suelo. ¿Muertos? No, parecían estar dormidos, esperando algo.
— ¡Allá, miren, un hombre vive!
Me señalaron. Era un grupo de personas con máscaras y trajes herméticos. Enseguida me colocaron una mascarilla.
— ¿Qué es esto?, ¿Qué ha pasado?
— Amigo, has vuelto. Esta es la realidad. La auténtica.
— ¿Quiénes sois?, ¿Por qué está todo destruido?
— Hubo una guerra nuclear y Nueva York quedó arrasada.
— ¡Pero eso jamás ha sucedido!
— No allí. Vienes de un mundo falso. Ésta es la realidad —respondió un hombre muy serio que se adelantó del grupo.
Miré desolado las angustiosas montañas de ruinas. — ¡No es posible!
— Has vivido ciego en el mundo onírico de los Inconscientes. Ellos son expertos en crear sueños vívidos.
— ¿Mi vida entera ha sido un sueño?
— Tu vida después de quedar inconsciente en esta guerra. Segundos antes de morir por las bombas, las conciencias de miles de personas fueron robadas por los Inconscientes para vivir a través de ellas en un mundo paralelo, idéntico a este. Su propio sueño vívido.
— ¿Quieres decir que viven a través de nuestras mentes?, pregunté con repugnancia.
— Sí. Ansían ser humanos, pero solo mediante estos robos de conciencia pueden lograr serlo. Cada uno de ellos se va transformando en humano a través de cientos de nosotros.
— ¿Y la pulsera… es el nexo entre ambas realidades?
— Sí. Cuando se saca, desaparecéis allí y termináis de morir aquí…
— ¿Y por qué yo no estoy muerto?
— No estabas a punto de morir, sólo inconsciente. Ellos no pueden distinguir la diferencia.
— ¿Y tú, cómo sabes todo eso? —interrogué casi desafiante.
— Porque hace siglos yo... fui uno de ellos.
Una mujer llegó, rompiendo el círculo, y gritó:
— ¡Mario!
— ¡Miriam! —Los escombros de mi mundo se recompusieron en ese abrazo— ¡Estás viva!
— El veneno, antes de las bombas, ¿recuerdas? Solo nos dejó inconscientes. Estos hombres me rescataron.
Me cogió las manos. Por sus manos cálidas y dulces, reviví su ser entero.
Me ayudó a levantarme.
A lo lejos vimos unas formas rojizas y humeantes con dos huecos profundos en lo que debía ser la cabeza. Avanzaban hacia nosotros.
— No temáis, ahora no pueden haceros nada; vuestra conciencia lo impide —dijo el hombre serio.
Pasaron lentamente a través de nuestros cuerpos como si no existiéramos. Sentimos un lamento estremecedor cruzar nuestro cuerpo y alma. La piel se nos llenó de gotitas rojas, como si nos hubiera envuelto una niebla de vapor rojo y tristeza.
— Vagan en busca de una conciencia...
Avanzamos afligidos calle abajo, acompañados todo el tiempo por la siniestra hecatombe de la ciudad.
Miré hacia atrás; la cabeza caída de la estatua seguía allí, mirándome fijamente, casi con una súplica en aquellos ojos vacíos. ¡Todo no está perdido! —me descubrí respondiéndole en voz alta—; y apreté fuerte la mano de mi mujer.
Mis compañeros me miraron sorprendidos un instante, pero no dijeron nada.
Quizá un vago sentimiento de culpa nos acompañaba, porque habiendo tenido una conciencia, habíamos destruido nuestro mundo.
***
Volarela 2025 para el Tintero de Oro. Historia creada con Nueva York como telón de fondo. Aquí podréis leer todas las participaciones: