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viernes, 26 de agosto de 2022

La valla (Historias de la guerra II).





LA VALLA


  La vieja estación se alzaba todavía, destartalada, sin vida, en mitad de la llanura. Las vías oxidadas señalaban un camino a ninguna parte. Pero en esas vías aun podía yo ver el trazado de mi vida juvenil. 

El viento, que rozaba mi rostro y ondulaba la grama, seguía en mi mente haciendo sonar el viejo cartel de la estación; lanzaba las lágrimas de aquellas mujeres que despedían a sus parejas. Y yo, sólido, con mis manos en los bolsillos, lo sentía retarme, zarandeándome por la espalda. Pero no me inmutaba; paralizado por mi sentimiento interior, contemplaba alejarse la caja metálica, portando vidas hacia un gran interrogante de sangre.

  Ese tren no se repetirá, pensaba. Habrá miles de trenes, pero el suyo no volverá jamás. Vi partir a mi amigo, mi orgulloso y querido amigo, a lo que él consideraba un sagrado deber: la guerra, la lucha, los ideales. Yo, casi arrastrado por su pasión y mi idolatría hacia él, quise seguirlo, pero no me lo permitieron, pues era demasiado joven. Él me lo enseñó todo acerca de la vida, fue hermano y padre. Me hice hombre gracias a su compañía (¡noble, valiente, hasta desafiante y temerario!) También me ilustró acerca de las mujeres, y mi novia me ama más (lo sé) gracias a él.

  Algo absolutamente suyo era la tozudez extrema. Su padre le dio una paliza brutal cuando supo que quería alistarse como voluntario; lo apisonó física, moralmente. Sin embargo, maltrecho, humillado pero libre, escapó. Lo hizo en secreto, con mi ayuda. Yo mismo lo despedí... ese día en que el viento me zarandeaba.

  Desde pequeños fuimos amigos inseparables. En el pueblo nos apodaban “los ratones” porque nos metíamos por todas partes, fisgoneando, explorando cualquier posibilidad de aventura o diversión. Yo le daba las ideas y él ponía la osadía. Juntos conquistamos una parcela de campo virgen, ¡y en ese mundo éramos los reyes absolutos desde una encina!

  Sobre estas vías melancólicas que yo ahora contemplo, desleídas, sometidas al capricho de las hierbas, sin el poder de conducir ya nada... excepto mis recuerdos... Allí mismo, los dos nos tumbábamos, y, siguiendo la levedad provocativa de las nubes, imaginábamos los caminos que podrían tomar nuestras vidas. Y una vez gritamos los dos juntos, desafiando al tren, que llegaba desgañitándose, y aullábamos como cachorros... antes de apartarnos veloces, con la adrenalina en la punto de los cabellos.

  Yo no tengo rumbo… compañero, ¿y tú?

  El aire ahora es tórrido. La vía no se aleja, sino que entra dentro de mí, me atraviesa como esta brisa: ¿me apuñala? Me viene a recordar el sueño que tuve la noche del 23 de agosto. Y entonces no puedo evitar humedecer un poco esta tierra seca. Me arrodillo; me sobrecoge la sensación tan vívida de aquel sueño. En él, mi amigo se aleja corriendo hacia una gran valla. Yo lo veo trepar por ella con toda agilidad. Deseo seguirle y subirla, pero es imposible para mí, es demasiado alta; me caigo continuamente en el intento. Tozudamente, insisto en alcanzar la valla, pero él, desde lo alto, me mira con tristeza profunda y me dice:

  -No, no insistas. Tú no puedes venir.

   Y así termina el sueño. Desperté temblando, sudoroso y con una sensación punzante en el pecho. No entendía el significado, pero dos días más tarde lo descubrí.  Alguien me dijo que mi amigo había muerto a tiros en la Batalla del Ebro, justo la noche en que yo lo veía saltar la valla.


***

sábado, 29 de octubre de 2016

Timbres



TIMBRES

Las vibraciones…
Dirás que estoy perdidamente loca; pero te juro que me dan muchísimo miedo. Pánico. Cualquier sonido que vibre largo rato con un tono metálico me saca de aquí. Y tengo que huir con patas de gacela aterrorizada, antes de que suceda algo en mí... Es una verdadera pesadilla vivir con esto. Tú no lo entiendes, y creo que nadie...
Te contaré mi última vivencia. Nunca lo he pasado tan mal; de veras te digo que probé un verdadero plato de angustia que me hizo sacar por la boca el horror de varias generaciones:
Estaba flotando plácidamente mecida por las olas, sobre mi colchoneta de pececitos rojos. Mi piel recibía los ecos del mar como un arrullo materno adormecedor. Imagino que los bebés que se duermen mamando deben experimentar la misma complacencia que yo sobre aquellas olitas de algodón. De la lejanía vino una música de notas rápidas y desagradables. Era similar a los golpes metálicos de los mástiles, pero formaba una melodía repetitiva. Parecían tener vida como pequeños gritos agudos y espeluznantes. Sé que no puedo explicarte bien aquella sensación auditiva… Lo único claro de aquello fue mi intuición de algo nefasto. Me alcé un poco y comprobé que venía de un barco gigantesco de velas negras, similar a una antigua carabela. Pero estaba muy lejano, sobre el horizonte. De él salía humo, como si la base de las velas se estuviera incendiando. Había sobre todo aquello algo muy amenazante, horrible; la impresión que tuve, (insisto, absolutamente irracional pero muy nítida) era que en aquel buque se estaban quemando cosas horribles, desconocidas para el ser humano. Me puse tan nerviosa que caí de mi colchoneta. Cuando quise volver a subir, ya no podía; era imposible. Notaba las piernas agarrotadas y dormidas, y era incapaz de moverlas. Además pesaban muchísimo. Finalmente lo conseguí, pero vi que aquello no eran mis piernas, ¡era una cola de pez! Comprendí que el horror volvía de nuevo a mi vida. Bajo mis axilas había dos pequeñas aletas traslúcidas, sin forma acabada, y una espina alargada salía de mi boca, impidiendo a mi lengua pronunciar un solo sonido. Estaba sola en el mar, y me había alejado mucho de la costa. Mis ojos empezaron a bloquearse y mi visión se dividió en dos frentes opuestos. Estaba claro que era un pez; un pez muy grande, incapaz de hablar, ni chillar, ni volver a mi realidad. Quise nadar hacia la orilla con todas mis fuerzas, pero ésta no llegaba. A cambio me envolvía un barro espeso, y todo el horizonte era una ciénaga sin fin. Bajo mi cuerpo, sentía los filamentos de algas negras, como fúnebres lamentos. Mi propia desesperación iba mutando las cosas; el paisaje cambiaba sin cesar, tomando las formas de mi agonía: ora un pantano; ora un desierto o el fondo de la tierra pleno de raíces enredándose en mi cuerpo. Yo sabía que debía controlar todo aquella, calmarme... De pronto la enorme sombra de un águila gigantesca cruzaba la superficie. Podía escuchar voces humanas desde ella. Gritaban mi nombre: Penélope.
Alguien allá arriba, seguramente mi amiga que sabía que no estaba loca y que compartía el secreto de mi extraña enfermedad, comenzó a tocar una flauta. Yo seguía contemplando mi cuerpo de sirena; pero poco a poco comencé a sentirme ligera, con piernas de verdad; y mis ojos comenzaban a ver el cielo azul y el agua transparente; volvía a estar sobre mi colchoneta de inocentes pececillos pintados. Más allá de mí un velero blanco surcaba las aguas, parsimonioso, posiblemente el causante del sonido que me sacó de la realidad. 
Miré a mi salvadora; aún tocaba la flauta para mí, ansiosamente; los contemplé a todos con ojos de resucitada… y lancé un grito de alegría que asustó a las gaviotas que volaban muy curiosas por allí.

Ahora ya sabes que el sonido puede condenarme, pero también puede salvarme. Todo depende del timbre, dulce o metálico. Y si me quieres de verdad, lleva una flauta siempre que estés conmigo.