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Vidrios rotos. Relato en honor a Isabel Allende

 


Propuesta del Tintero de Oro en honor a  Isabel Allende y su libro "La casa de los espíritus". 

Más aportes aquí: 41ª Edición de El Tintero de Oro



                                                                                                             Imagen: Enrique Meseguer

https://youtu.be/Qhe2NHIMpb0?si=HQFO2X2_ziFMD4GO


                                                        VIDRIOS ROTOS


Viajes internos


                                                                              Fotografía- Noell S. Oszvald





Viajes internos


He tirado ahí mismo mi pesada mochila. Estoy agotada. No puedo más. Me pesa el aliento (en realidad, es lo único que poseo). Noto que las piedras de esta yerta, desvalida sabana me llaman; me reclaman; me buscan. Pero yo... no puedo dar más de mí. Soy una nube de óxidos, una campana desafinada, el mal sueño de un lagarto... 

Mientras me empuja el viento como a un harapo tendido en la nada, me concentro en una piedrecilla triangular, negra, que se acaba de colar en mi sandalia. Es un grito del suelo. Despierto de mi tórrido letargo.  La tomo. Es muy suave. Y la naturaleza ha dibujado azarosamente en ella la diminuta forma de una mariposa. La acaricio sin saber por qué. 

Miro hacia atrás:

un grupo de avestruces me contempla, con las plumas manchadas por la angustia de la huida: corren y corren, siempre están corriendo hacia atrás.

Un resto de sol dormita sobre la baba del caracol. Los brazos de las acacias se agitan con el viento. Parecen muy calientes, tiernos, plenos de aleluyas, ¡me están llamando...!

Miro de nuevo hacia atrás, nada puedo retener, siento un sentimiento violento de pérdida (Kaimos*). Ya casi soy una piedra mal tallada. Alguien casi me está labrando... soy yo misma. 

Miro hacia adentro... Mi talla esperpéntica cobra nuevos ángulos y formas asombrosas.  Siento vértigo por mis nuevos abismos. Y también éxtasis: estoy poblada de arcoíris tejiendo un tapiz perfecto y gigantesco, a espasmos de colores. 

"Conócete: tienes mucho tiempo". Me dice un minúsculo petirrojo que acaba de aparecer. En el pico porta una gota de néctar que hace miles de años le pende, solitaria  y profética... para mí. 

Truenos. Escucho truenos. Cada segundo que pasa es un trueno compulsivo. Pero ahora... no temo al destino; me abro a él como una mariposa que enseña los dibujos de sus alas. Deja de tronar. Oigo el trote de mil caballos, pero no los veo, sólo siento sus jadeantes respiraciones. Vienen a mí. Me traspasan como un relincho ancestral. Ya no se oyen, sólo mi corazón expandido retumba inmensamente en el vacío. Y poco después, el vacío me responde... con otro latido, íntimo, de madre.

De una montaña comienzan a bajar miles de personas bellísimas, transparentes, reflejando todos los colores. Forman una larga cadena.  Al llegar a mí, dos de ellas me toman las manos. Siento que me fusiono a la larga cadena y comienzo a elevarme, formando parte de una gran estructura geométrica, maravillosa. Es un nuevo cuerpo, que a su vez encajará en otra pieza aun mayor de almas, posiblemente dentro del cuerpo de una gran planeta, como si nosotros fuéramos uno de los pequeños engranajes de un descomunal reloj. Todo se pone en marcha. Comienza una danza singular, hermosísima, como un vals placentero, en comunión con todas las almas enlazadas.  Sentimos los nervios de la Tierra, destellando en sinopsis; señales que nos traspasan a todos con su energía rebosante, pletórica, y que nos fusiona como si fuéramos el mismo ser dando vueltas alrededor de un centro invisible que palpita, y de algún modo... nos nutre. No puedo soportar tanto gozo, y de pronto, escapo.

Floto en el espacio con el peso de una pluma rosa: veo nuestra Tierra a lo lejos... Arde de belleza mientras gira amorosa, enamorada, alrededor del sol, que a su vez gira enamorado de otra estrella aún mayor... Y yo puedo contemplar, más allá de la vida y de la muerte, una dicha inconmensurable que dulcemente se expande sin cesar...

Cesa la danza, la contemplación. 

Estoy de nuevo, caída.

De pronto, oigo el canto de un grillo, muy lejano...; pero también cercano, en mis propios oídos.

La áspera sabana ocre me rodea otra vez. La piedra negra en mi bolsillo está muy caliente. Pero no he soñado. Lo sé. Hoy voy a coger mis cosas y acostarme aquí, en mi helada tienda, como llevo haciendo los últimos treinta días de mi largo viaje a pie. Morirá mi conciencia un poco esta noche, con la luna y los alacranes; renacerá mañana junto a este grupo de baobabs. Sigo cansada. Hoy respiro con dificultad. Puede que yo sea como aquel río que se extinguirá en las arenas del desierto sin alcanzar el mar. Pero no me importa, porque mi viaje sigue más allá de lo que puedo percibir por este diminuto orificio de mi vida... 

Infinitud es la palabra; se me deshace al pronunciarla.


***

*KAIMÓS, palabra griega que significa: Intenso sentimiento de tristeza, anhelo o deseo incapaz de satisfacer


Este post une dos retos, el de Ginebra: Varietés de Ginebra, al invitarnos a inspirarnos en el subconsciente y en una de las bellas fotografías y palabras que propone; y en el de J. Antonio, Vade Reto cuyo reto de febrero son los viajes.  

***


VERSIÓN EN VOZ: 



El abedul apasionado. Relato declamado

 

 

 

   

                                                    EL ABEDUL APASIONADO


  Fue semilla una vez. Como yo, embrión en el vientre de mi madre, él, en el de la tierra, mamaba suavemente la humedad. Algo misterioso dentro de sí mismo le fabricaba diminutas raicillas, como a mí dedos de sangre, para aferrarse a los terrones que serían sostén y alimento. Le llevó mucho tiempo romper la coraza del suelo y asomar sus diminutos cotiledones a la hoguera de la luz, repleta de soberbios troncos, de esplendor verde, y de hojas libres susurrantes y perfectas. Él soñaba día y noche con un pedazo de cielo, que en lo alto, le agarrara las ramas, las más tiernas y tirara de él, llevándolo a un baile maravilloso inundado de trinos azules. Quería llegar hasta allí, pero era duro: las sombras de otros árboles abofeteaban sus tímidos impulsos de crecimiento. A menudo, sus recientes hojas, eran aserradas por los insectos, o bien, una granizada lo desgarraba al caer del grito helado de las nubes; las mismas que poco después, consolaban su dolor lanzándole gotitas puras y frescas.

Él era abedul, o así lo delataba su estilizada figura recubierta de papel de luna y ojos negros que contemplaban extasiados los mástiles del bosque y sus flamantes velas verdes.

Sí, abedul le llamaban: bailarín, delicado con piel de plata siempre danzando hacia arriba; los cascabeles de sus ramas atraían al viento y a los pájaros. Alegre, poeta, se sabía efímero, incapaz de sobrevivir a los implacables rayos del tiempo. No obstante, luchaba con el tesón de un dios por su pedacito de aire, luz y agua. Y mientras peleaba, jugaba a trinar con los herrerillos y a rimar con el sol.

Creció muy cerca de un riachuelo que arrullaba sus noches, junto a un búho solemne, fiel huésped de sus ramas. Era tierna el agua del río; le refrescaba las raíces, los pensamientos, y le acariciaba hasta la savia más profunda. Poseía una voz sonora, rítmica; a veces inocente y alegre como un diálogo de niños; otras, fraternal como una hermana mayor que lo cuidara… Aquellas aguas generosas lo impulsaban a crecer más de lo normal. Y creció muchísimo, pero siempre delgado, apresurado, entusiasta, idealista, con ese exceso de mimo y confianza que da la abundancia, hasta el punto de proyectarse como un dardo hacia el cielo, queriendo probar la gloria de las luces cenitales. Pero sus raíces eran más débiles que su deseo, y estaban ancladas a una tierra demasiado inestable.

El riachuelo, una primavera de lluvias compulsivas y feroces, creció hasta agigantarse. Y se comió locamente, irracionalmente, como es el agua emocionada, toda la tierra que sostenía las raíces del árbol. El abedul de risa sonajera se desplomó.

Ya no hay poeta en el bosque, ni adolescente apasionado, ni bailarín de largos brazos de luz. Sus raíces se retuercen inermes en el aire cual violín desafinado, aunque sólo el agua, el búho nocturno y yo logremos escucharlo al pasar por su lado. Estremece verlo así, tumbado, con apenas unas hojas verdes sobreviviendo en la derrumbada copa. 

El pequeño torrente, antes tan locuaz y dicharachero,  ahora calla. Arrastra la pena de pasar, necesariamente, cada día junto a él…

  Enmudecido, apenas oigo un susurro brotar de sus aguas… como si rezara.

 


©Volarela

                                      betula pendula

  


                                                                          betula pendula

  

  

                                                 Fotos, texto y audio: Maite Sánchez Romero (Volarela)


                                                                          Relato en voz







 

(Las fotos fueron tomadas en un bosque de abedules del Pirineo catalán (España). En mis rutas pirenáicas a menudo encontraba árboles arrancados de cuajo debido a los aludes, o como en esta historia, a algún desbordamiento por fuertes riadas. Es bastante impresionante.)

Besado por la nieve. Relato breve

 Las entradas automáticas carecen de comentarios. 


"Retazos al vuelo" Nov. 2021. 

Dibujo de mi bella hermana Clara, que me inspiró este breve relato



                                                           BESADO POR LA NIEVE


  Ahí justo fue. Paró el coche. Algo le detuvo en el mismo lugar donde ella desapareció de su vida para siempre. Miró, sabiendo lo que iba a encontrar: una curva negra como serpiente de alquitrán, y luego el puñal acre del abismo.
 

 Algo le retuvo en aquella curva sin salida; quizás una lágrima enterrada que quería manar con todos sus cristales de sal, rotos. La noche era fría como un soplo sarcástico de la nada en su cara. Ni un sonido; apenas el eco de sí mismo al respirar. La soledad le acariciaba gélidamente, con el tacto de una moribunda luna que le quisiera cerrar los ojos. Salió la lágrima. Salió un derrumbe de dunas de azúcar... Aquellos ojos brillantes... (o sus labios, y su revoloteo de golondrina risueña al hablar…). Su querida esposa seguía tiernamente cálida entre las gasas del recuerdo, a pesar del tiempo transcurrido.
 

 Pero aquí estaba su coche, la carretera, la noche dura y muda… su pequeña figura desdibujada, sus ojos como dos luciérnagas perdidas… Todo estaba a merced de los relojes del vacío.
 

 Caminó unos pasos más allá del silencioso vehículo. ¿Había vida dentro de sí? Miró al cielo. Una gran nube lechosa, pesada como un oso, preñada de incertidumbre, se acercaba con lentitud. Luego, como si tuviera consciencia, se aglutinó serenamente y se nevó a sí misma, deshaciéndose en millones de hijos blancos. Los copos flotaban sin destino como minúsculos velloncillos de cordero por la negra inmensidad, iluminando a su paso la oscuridad con dulce tibieza. Algunos fueron a posarse limpiamente sobre él. Y sin saber por qué, una paz profundísima le rodeó como un abrazo inesperado…
 

 Las diminutas estrellas en masa seguían cayendo, plácidas, cubriendo el instante de una quietud ancestral. Sintió que toda su alma se adaptaba suavemente a la perfecta forma de un cristal de nieve. 

 Y así permaneció, extático, en la cima del tiempo, entonando una secreta melodía con el silencio blanco de los copos.

  Dejó de nevar. Cubierto de los pies a la cabeza por la nieve, sonrió, henchido de alada plenitud. ¿Qué significaba en su vida aquel roce del espacio infinito? 


  Avanzó hacia su coche; lo puso en marcha. Y el ruido del motor le recordó la contundencia de su presencia material. Pero el alba venía ya, blanca, niña y con ganas de jugar con los cerros morados del horizonte, y por qué no, con su alma recién besada por la nieve.


***

Texto de Maite Sánchez Romero e ilustración de Clara Sánchez Romero



Estas notas son como copos de nieve bailando sutilmente con el silencio hasta caer en el alma y llenarla de paz...

Remolino de hojas de arce. Noviembre en VadeReto

 

                                      Imagen: https://www.pinterest.es/pin/2462974788451690/



                    EL REMOLINO

 

Aquí una fuente, manando como un líquido cristal en perenne ruptura. Allá, en el cementerio, la luz del atardecer recorriendo las tumbas, una a una, con sus cansados dedos amarillos. Los últimos rayos los dedica a las rosas marchitas sobre las tumbas, que encendidas por un instante, se ponen a gritar su antiguo esplendor. Anochece... Un piar muy quedo de gorrión, solitario, rojizo, se empieza a escuchar desde la mole negra de un ciprés. La noche echa su aliento sobre todos los colores, dejando un cuadro inacabado en grises y negros. La vida es eso; algo que nunca se define del todo.

En el interior de esta pintura, vemos una chica que llaman Sherezade, flaca, de pelo muy largo y naranja. Sus pies desnudos están fríos como las tumbas; pero su rostro es aun más pálido que ellas, incluso más la piedra bajo la luna, e igual de inexpresivo. Está mirando las primeras estrellas despuntar. Ahora se acuesta sobre una lápida, como si toda la vida lo hubiera hecho. Se ha quitado la ropa porque tiene mucha fiebre. A su vera, la estatua de un ángel, pide silencio desde su boca paralizada. La muchacha nota en la piel una mano húmeda; una invitación a  marcharse de allí; es la niebla, piadosa con forma de amiga. Pero se evapora, impotente.

Sherezade, con los ojos fijos en el firmamento, igual que dos tenaces y penetrantes agujeros negros, sólo deseaba absorber la noche... El gorrión sigue su ritmo de piares insomnes; cada vez más tímidos y más perdidos en la negrura. Ella traga más y más noche. Quiere olvidar. Cierra los ojos. Está agotada. Escucha, de pronto, un sonajero. No es un bebé… No, no hay nadie cerca. Es el sonido de la brisa estremeciendo los chopos. Ahora, la muchacha, comienza a delirar con grises ardillas. Y los chopos son voces cascabeleras que le dicen: "Te queremos. No te vayas ahora." Aparecen rostros amigos, manos que tiran de ella hacia la puerta del cementerio. Pero ella empieza a deslizarse por la caracola de su pasado. Ahora tiene diez años; recoge hojas de un viejo arce y juega a taparse con ellas. A su lado, Odell, de igual edad, hace lo mismo. Los dos miran el firmamento, tumbados bajo el gran tronco de arce. Se toman las manos, que parecen hojas rojas. Están camuflados entre la hojarasca como grillos felices. El viento sopla fuerte y se lleva todas las hojas. Ríen. Ríen de nuevo... Y sus risas son pequeños violines que suben y suben de volumen hasta despertar a Sherezade. Odell yace en esa misma lápida desde hace cinco años. Ella, allí, recostado, vencida, helada y enfebrecida, quiere contar las estrellas de color rojo, como cuando eran niños, pero de su boca sólo sale un beso. Es su última ofrenda; una mariposa que muere al salir de su boca. Los ojos lúgubres de la noche se acercan a mirar aquel cuerpo sin vida sobre la tumba, como un pétalo caído de jazmín...

 La luna es un espejo roto de una pedrada. El maullido de un gato en celo se desgarra entre los cipreses, como si se hubiera quemado. De pronto, un gélido remolino de viento eleva las hojas caídas del arce del cementerio, y comienzan una danza sigilosa, ondulante, casi una oración vegetal. Más arriba, en la copa del árbol, dos blanquísimas palomas están posadas cual dos gotitas de paz. La danza del viento y las hojas se hace más viva, jadeante, poderosa, sonora, casi triunfal. Las aves contemplan el colorido remolino que avanza hacia la tumba de Odell. Allí se colocan sobre la muchacha yacente y comienzan a formar una extraordinaria figura de hojas rojas formada por un joven a caballo, sosteniendo a una chica muy delgada sobre sus rodillas, la cual se agarra a su cuello. Las hojas giran sin cesar, manteniendo la forma de los dos amantes. Luego se alejan, cabalgando al ritmo de la música de las esferas.


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Más aportes sobre la muerte y lo fantástico en el blog de nuestro buen amigo Jascnet: 

VadeReto



El amor de su muerte

«A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir».


EL AMOR DE SU MUERTE

Para mi sorpresa, el día que me enterraron comprobé que ya no tenía peso. Esa misma noche, salí al exterior al ritmo de una cautivadora música. Había al lado de mi tumba una mujer de unos cuarenta años metida en un saco de dormir. Tenía ojos de pavor, pero era ella la que había puesto esa música, quizá para serenarse. Posiblemente estaría cumpliendo con alguna apuesta de valor... Los ojos de la mujer fueron siguiendo los brillos compulsivos de mi alma. La saludé. Pero otro ser atrajo mi atención... Parece mentira que una encuentre al amor de su vida en estas circunstancias... Se quitó el sombrero de copa y de él cayeron montones de hojas otoñales. A mi mente llegó el pensamiento -no imagino cómo- de que aquel hombre sólo podía ser cálido como un abedul en otoño. Me gustó. Con un gesto de su brazo, me invitó a bailar un vals, y es curioso, pero la orquesta comenzó a sonar desde su propio cuerpo, al girarse... No pude resistirme; el baile es mi pasión. El caballero estaba impecable, a pesar de haber atravesado todo el montón de tierra que cubría su lápida. Dejaba ver un alma brillante y esplendorosa como la melena de un león. Giró varias veces, iluminado por una luna sorprendida con ojos de plato rococó... Y luego me rodeó con las gruesas lianas de sus brazos... Pero yo me solté, e impulsada por una loca fuerza bailarina comencé a claquetear en el aire… Y él me siguió. Y las estrellas nos siguieron… Y los grillos aceleraron sus notas de cristal hasta atropellarse y romperse a golpe de pura risa por la hierba.

Extasiados y alegres, casi no nos dimos cuenta de que salían veinte o treinta almas más de sus féretros. Pero no estaban tan felices como nosotros.  Angustiadas, chocaban unas con otras como avestruces despavoridas, sin saber adónde ir.

Entonces llegó la gran presencia: un ser radiante, y alto como la estatua de la libertad, que llevaba una camiseta con las palabras: “Orientador de almas”. Una puerta a rayas negras y amarillas apareció sobre el ciprés más serio del cementerio. Se abrió y proyectó la luz cegadora de unas doscientos mil luciérnagas, que además echaron a volar por la oscuridad del cementerio, locas de alegría. El Orientador fue haciendo una larga cola con las almas, ya más calmadas, y empezó a llamarnos, uno por uno, por los nombres que llevábamos escritos en el corazón. Nosotros dos nos agarramos bien fuerte. No necesitábamos ni una palabra para saber que estábamos más unidos que el h2O y queríamos seguir así de pegados. Pero cuando llegamos al dintel de la puerta, el gran ángel nos dijo que mi puerta era otra... Miré a mi espalda y, en efecto, vi una nueva puerta de color melón, en la que ya había dispuesta otra fila de almas. La dama del saco de dormir lo contemplaba todo. Estaba indignada, como yo.

Como si mi reciente amor y yo nos leyéramos el pensamiento, echamos a correr cogidos de la mano, entrando por la puerta amarilla y negra, y resbalando después por un larguísimo túnel de metal por el que resonaba un loco saxofón. Íbamos precedidos por un bonito ejército de abejas de luz.

Ahora estamos en un gran jardín, sin suelo, bailando como posesos un insonoro charlestón. (No parece que haya ángeles guardianes por aquí...)

Espero que nos perdonen la infracción... ¡Pero a nosotros no nos separa ni Dios!

 (Además, aquella del saco de dormir ya tiene una nueva historia para contar...) 

***

Encontraréis historias más serias y acordes al otoñal e inevitable decaimiento hacia la muerte... en Vadereto Octubre


En el desierto de su memoria. Relato (Amor)

 

                              


                                                EN EL DESIERTO DE SU MEMORIA

 

 

                                                                                             Las palabras significan

                                                                                            Vicente Aleixandre


 

Si voláramos como un águila y tuviéramos su visión contemplaríamos un magnífico panorama de colinas verdes, y entre ellas una mansión con un parque lleno de exóticos cactus. Y junto a las plantas, una anciana en silla de ruedas, pequeñita, gritando un nombre: “Demián”. Y si pudiéramos entrar por sus ojos moribundos, encontraríamos un ciclón aterrador derrumbando todos los recuerdos de su vida, excepto el de aquél hombre.

Su familia, ya irreconocible para ella, imaginaba que deliraba una vez más, llamando a un desconocido. Una embolia había inutilizado una de sus piernas y encendido la mecha de la demencia en su cerebro.

Pero Demián asomaba, con la fuerza de un saguaro gigantesco en el desierto de su memoria. Últimamente lo llamaba sin cesar, porque sólo él la había amado con la autenticidad y el calor de un sol; y los tres días pasados a su lado habían llegado a ser el faro oculto de su vida.

Entonces Adela tenía cuarenta y cinco años; él tan sólo veinte.

 Cifras, cifras sin sentido, pero que significan.

 

***

 

El muchacho había oído hablar de la filmación de una película en los alrededores del pueblo. Entre los vecinos hubo gran revuelo; sin embargo, él se sentía incómodo. Hollywood interfiriendo con su glamur azucarado en su mundo de polvo, sudor y rutina era casi un insulto. Desde muy joven trabajaba en el bar de carretera de sus padres. En aquel olvidado y abrasador rincón de Texas, donde no había cabida para los sueños, su carácter apasionado sólo era un remolino de polvo.

Pero Demián tembló nada más verla; un sueño inesperado tomaba la forma de mujer entrando por la puerta.

Aquel huracán rubio se aquietó poderosamente en una de las sillas; retiró un mechón díscolo de su cabellera, y colocó sus dos ojos penetrantes y gatunos directamente sobre él. Demián se acercó, servicial por fuera y absolutamente hipnotizado por dentro. Le hizo la pregunta formal del “qué desea”, y ella, tras admirar el hermoso oleaje de aquellos dos ojos azules, respondió suavemente, pero con fulminante elegancia  “sólo un vaso de agua”. Sin embargo el chico pudo escuchar: “sólo a ti”.  Para el intenso Demián el tiempo se frenaba en aquella voz, deshojándose en su mente. Antes y después existía la nada. Y en la nada futura, mientras se encaminaba hacia el vaso de agua, el eco de aquellos labios murmurando, de aquel ser maravilloso se colaba por los desprevenidos intersticios de su corazón, dilatándolo hasta el infinito.

Demián ya no percibía la realidad de la misma manera. Se retiró a la cocina y en un rincón, a solas, trató de ordenar sus emociones. Los ruidos de los platos y al fondo, en la sala, las desordenadas palabras de la gente parecían cubrirse de una espesa capa de tierra, hasta casi desaparecer. Pero una canción, que sonaba en ese instante en la radio del local, sí traspasó sus tímpanos. La cantante, desgarradoramente, repetía una y otra vez: “I'm calling you”. Y semejaba el maullido en plena noche de una gata en celo, intenso, irracional y desesperado hasta helarle la sangre. Trató de no prestar atención a aquellas tristes sensaciones, pero la canción penetró en su sangre con la misma intensidad que la fascinadora mujer.  

Tras aquel primer contacto, vinieron más palabras, miradas y diálogos que los iban enlazando paulatina, dulcemente. Durante tres días seguidos les acarició la felicidad como un sagrado dios. Sólo un beso final quedó de aquella ardiente proximidad; una inédita sensación en los labios de peces nadando por un sueño eterno.

Pero la despedida se cernía sobre ellos, como un águila con la angustia en su pico.

 “Era el fin. Demasiado mayor; hijos, esposo, deber, distancia, piedras, llanto, demolición…Imposible” Pensaba ella.

Él no podía despedirse, se hubiera clavado en medio de la oscuridad abrazándola para siempre.

–Te buscaré en silencio toda mi vida –le había dicho el muchacho al oído.

–Te recordaré siempre, pase lo que pase – respondió la mujer, separándose y rompiendo aquella tibia felicidad de sus rostros cercanos.  

Y el recuerdo de estas palabras les acompañó a lo largo de sus vidas separadas, como un guacamayo invisible en el hombro de cada uno; mudo pero constante.


***


La anciana y desmemoriada actriz, de pronto, ante la sorpresa de todos, se levantó de su silla de ruedas; fue a su armario con la energía de una jovencita y se puso un antiguo traje blanco, guardado con mimo por ella durante décadas. Sus huesos asomaban tristemente sobre el volante del escote. Veinte minutos después, Adela, toda excitada, corrió con su vestido de novia imaginario hacia la puerta, arrastrando su esquelética pierna inválida. Llamaron. Abrió. Lo sabía. Era él, el único que aún reconocería entre todos los extraños.

Demián, igual de firme a sus cuarenta y cinco años que entonces, igual de honesto y bello, se presentó como el nuevo fisioterapeuta solicitado por la familia.

La miró, reconoció en el rostro envejecido y ceniciento a la gata de hacía veinte años y recordó, súbitamante, aquella desgarradora canción. 

La anciana, incapaz de atrapar una sola palabra, balbuceó una frase inconexa, mientras una maciza lágrima rodaba por su mejilla hasta caer en la alfombra

 El sonrió, se arrodilló, y en un gesto ficticio de sus manos recogió la lágrima y toda la oscuridad que se cernía sobre ella.


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Relato inspirado en la canción:

I'm calling you (Te estoy llamando)




Otra oportunidad (Historias de la guerra I)




                     ( 2º texto añadido a la propueta de Mónica)


OTRA OPORTUNIDAD 


Hasta entonces yo tenía una vida simple, incluso feliz. Jamás había pensado en la muerte, ni en el horror, por supuesto. Pero allí me encontré, de bruces, sacado (raptado) de mi casa y echado al lugar más oscuro y deprimente que mi ánimo hubiera imaginado: una checa*. Allí estábamos amenazados diariamente por la tortura o la muerte, unas cuarenta personas, hacinados como cerdos, despreciados hasta lo indecible por ser simplemente sospechosos... de lo que sea, de nada. En mi caso, soy un relojero que cumplía dominicalmente con sus obligaciones religiosas. 

Mi ánimo agonizante sobrevivía hundido, completamente aplastado. Miraba sin apenas fuerza a los compañeros discutir por un miserable plato de arroz frío e insípido. Llevábamos diez días y los estómagos maltratados estaban muy furiosos. Entonces llegó uno de ellos, uno de los fuertes, los que tenían derecho sobre nuestra vida. Abrió bruscamente la puerta y nos dijo que se iba a matar a uno de nosotros en represalia por el hombre que se había fugado hacía poco. Sacó un papel de su bolsillo y dijo, con violenta fuerza en la voz, casi con ira negra:

-Aquí os tengo a todos. El que nombre ahora, se pondrá de pie y vendrá conmigo para su ejecución -Y se quedó en silencio, mirando el papel, dudando a quién elegir y estirando el tiempo sin ninguna prisa para torturarnos. De vez en cuando miraba a la masa acongojada, que a su vez tenía sus ojos clavados en aquellas pupilas capaces de sajar una vida. 

Mi corazón, antes sumido en un hoyo de alquitrán líquido, ahora despertaba brutalmente. Comenzó a latir desbocado, con una rapidez incontrolable. Por todo mi cuerpo galopaba la primitiva ansiedad animal de ser cazado, que aumentaba a límites de locura ante la imposibilidad de huida. Retumbaba salvaje en mi pecho este corazón; lo oía nítidamente. Y no me preguntéis cómo, pero podía escuchar (o quizá sentir) el de todos los presentes: cuarenta corazones latiendo alocados en el puro miedo que fermentaba en aquel silencio.

Temblé, sudé sangre por las palmas de mis manos. Mi mente aprisionada buscaba escapar, dejar de rebotar en aquel tormento... Pero entonces golpeó la mezquina voz el aire y llegó aguda como un balazo a mis oídos: 

-Lucas Santos.

Mi nombre... Había un eco retorcido, maléfico, en esa zeta final, alargada a propósito más de lo normal. La letra viajaba, buscaba su diana entre la multitud. Me buscaba. 

Las cabezas de la gente se volvían a un lado y a otro, esperando que saliera el elegido y así terminar de una vez con aquella monstruosa tragedia. Yo sentía un mareo tan grande que pensé que iba a perder la conciencia allí mismo. Aun así, intenté recopilar todas las fuerzas posibles de mi descompuesto cuerpo para levantarme. Sin embargo, algo paralizaba mi voluntad; estaba clavado literalmente a la silla, aún no sé por qué. Volví a intentarlo, tratando de asumir de una vez por todas mi final, pero segundos antes de que mis piernas decidieran su primera contracción muscular, otro se levantó.

-Soy yo -Alzó la mano al decirlo. Luego salió por la puerta como un cordero sumiso dispuesto para el matadero.

Atónito, callé. Lo sé, miserablemente. No podía creer en la suerte que bendecía a uno y condenaba a otro. La probabilidad de que hubiera otra persona con mi mismo nombre y apellido en aquel lugar era prácticamente nula, y sin embargo sucedió... Un delirio del destino que me salvó la vida.

Después de tensísimos minutos, todavía impactados y en silencio, escuchamos a lo lejos un disparo seco, amortiguado por la distancia. Aquel sonido permanece nítido en mis recuerdos, horadando mi calma.

Toda mi vida he dudado de si debía haberme levantado yo también para que el verdugo eligiera a uno de nosotros... Vivo con ello. Aquel hombre no sabía el regalo que me hacía. Nunca lo supo. 

A partir de entonces todo cambió para siempre. Yo era un resucitado. Me propuse, en agradecimiento, vivir por mí y por aquel desconocido, buscando la mayor nobleza en todos mis actos.


*


(Anécdota real de la Guerra Civil Española. Esta historia demuestra que la realidad a menudo supera la ficción. Yo me he limitado a cambiar el nombre del protagonista y darle colorido literario.)

*Las checas eran cárceles privadas establecidas por las diversas organizaciones integradas en el Frente Popular, donde se detenía, interrogaba y asesinaba a las personas que consideraban desafectas. 

La trampa del reloj

 Más aportes en el blog de NEO



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                                                        LA TRAMPA DEL RELOJ


“Sólo le dan de vida hasta los siete años”. Escuché que le decía mi padre a mi madre cuando era pequeña y sólo tenía cuatro. No saben que yo lo oí. Y ahora tengo siete años menos un día. Y mucho miedo porque mañana moriré; estoy deseando encontrarme con un reloj capaz de frenar el tiempo.

Salgo, a ver si por casualidad encuentro algo (¡oh, sí!, por favor, por favor...). Dice mi padre que la fe mueve montañas; o sea, que puedes conseguir lo que quieras.

Las palomas hoy no me piden pan. Una allí se ha acomodado sobre una trampilla de hierro. Vaya un lugar extravagante se ha buscado... Debe de ser que no tiene un nido para empollar… Voy a ver.

Qué raro. Esta trampilla tiene ¡la forma de un reloj! La levanto, huele bien, a azahares. Se oye lluvia allá abajo. No voy a entrar. Da yuyu... Mañana moriré. ¿Y por qué no pasas, so tonta? No hay nada que perder.

Vale. Qué fácil es abrirla…

Bajo siguiendo una escalera oxidada, vertical. Miro hacia arriba y me veo a mí misma, duplicada, asomada a la trampilla... ¿mirándome? ¡Qué susto! Pero parece una foto; no se mueve... Es muy raro...

Todo está oscuro, me gusta el sonido de la lluvia, me recuerda a mi padre. Bajaré, qué más da. Mañana voy a morir. Sigo.

Ahora el agujero se hace ancho y me asomo a una ventana de color rosa. Hay una gran habitación. Mamá está ahí… ¡conmigo!, ¡yo soy el bebé! Me da el pecho. Tiro del pelo de mi madre con fuerza. Pero parece un telón, todo cae y se deshace en polvo de colores, desaparece… Ahora es distinto. Veo otra escena. Es como si fuera una película de mí misma... Soy muy anciana; sé que soy yo; me siento. Vuelvo a estar enferma. Un hombre me besa en las manos. Llora. Es mi hijo. Se llama Chopin. Me gusta la casa en la que me encuentro, llena de velas, muebles raros. Qué felicidad… En todo hay ternura y música. Me gusta mucho. Quisiera quedarme. La anciana me ha visto y se ha asustado mucho; yo le digo que no corra la cortina, porque saldrá otra escena, lo intuyo. Pero lo hace; no puede oírme, mi voz son notas musicales. Otra vez se llena todo de polvos de colores y cuando la última mota toca el suelo se abre una nueva imagen; ahora soy mucho más joven. Estoy  en una playa preciosa junto a un hombre que me alza por la cintura hacia el cielo... Qué bien me siento.  Nunca había experimentado esas cosquillas. Estoy ilusionada. ¿Será amor? Ahora me acaricia la mejilla, muy despacio. Pero entonces sus dedos empiezan a deshacerse, y de nuevo todo se transforma en ese polvo, yo, él, las olas... No quiero mirar más. Voy a seguir bajando escaleras.

 No tengo miedo. Me encanta ir hacia atrás. Se abren más y más ventanas según bajo. Algunas no me gustan nada, como aquella en que grito mucho, acostada entre vacas, mientras me sale un bebé por... ¡O esa otra donde me cortan la cabeza! Sigo… He llegado a una cueva donde me encanta pintar bisontes. Qué vergüenza... no llevo ropa. ¿Por qué todos mis nombres empiezan por la A? Por cierto, me llamo Ana. No sé con quién hablo, pero quiero pensar que no hablo sola. Quiero... Sí. Además, hablar mantiene mi fe.

He pasado todo el día en este agujero tan profundo. Quedan diez minutos para que sea mañana. ¿Se va a morir aquella de la fotografía? Yo me quedo por aquí, explorando, por si acaso.

 Miro para abajo, y la escalera no parece acabar nunca. Ya he bajado veintisiete plantas más; he sido una australopithecus afarensis, una ardipithecus rámidos; y también he sido caballo, canguro, cabra, correlimos, cuervo, culebra, cucaracha, ciempiés, cocotero, cactus, cobre, cinabrio, CO2... (¿por qué cambiarían mis nombres por la C?)

Ya es el día siguiente según mi reloj de pulsera. Debería estar muerta, pero aquí, en el pasado sigo viva. ¡Anda!, hay una ventana que antes no estaba. ¡Agh...! tiene una cagada fresca de pájaro en el cristal... A través de ella veo a una niña (¡Yo, que acabo de cumplir 7 años, claro!) ¡Y no me he muerto! ¿Era un error de los médicos? ¡Con el terror que he pasado todos estos años a que llegara ese día! Estoy en la calle, buscando la trampilla que vi el día anterior. No la encuentro. No hay rejilla con forma de reloj, ni paloma acostada, ni nada. Llega por detrás mi madre. Me abraza y me besa alegre, y sigue conmigo por el paseo. Ahora van a casa de la abuela… Oigo lluvia, lluvia bonita allá arriba...

Y no se ve nada más… Todo lo tapa la lluvia.

Quiero volver al futuro.

Cuánto he bajado... Y la escalera sigue y sigue hacia el infinito... Miro hacia arriba. Está muy oscuro. La trampilla de arriba no se ve, ¿se habrá cerrado?, ¿he caído en una trampa del tiempo?

Oigo lluvia, mucha. Qué miedo. Quiero ir al futuro, por favor, por favor... Las gotas me recuerdan a la voz de mi padre; me serenan. Él dice que la fe mueve montañas. Si entré aquí para no morir (y de hecho lo he conseguido; no me he muerto), ¿por qué no voy a salir también? Sí, saldré, saldré, la fe mueve montañas. Bajaré un poco más. Mira, Ana, otro reloj igual que el primero, pero oxidado. Está clavado en la tierra roja que se ve a través de esta nueva ventana. Es un desierto marciano. Pasa a ver, no tengas miedo. Nunca te has atrevido a atravesar una de esas ventanas. Sólo has sido espectadora de ti misma. Es hora de que actúes. Ábrelo a ver. ¿Y si no puedo volver y me quedo en Marte para siempre?

Llueve serenamente. Me habla mi padre. Confía...

Paso, me he clavado una astilla del marco. Aquí me siento muy ligera y hace un frío mortal. Abro la tapa del reloj sin problema. Chirría. Veo todo muy negro, ¡pero huele muy bien, a flores de azahar!; y al fondo hay una paloma pequeña, reposando en una rejilla, muy, muy lejos... ¡Es ella!

Cierro los ojos. Tengo fe. Me tiro.

Y de nuevo vuelvo a tener siete años menos un día...


***

El ópalo de la eternidad

 



Relatos cuyo principal tema sea un joya.
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                                                                   EL ÓPALO DE LA ETERNIDAD



  La inmortalidad era algo efímero, volátil; en un instante podría desaparecer. Ella era inmortal. Hasta que allí, en mitad de la gente, se desplomó. Y la sangre comenzó a manar por todos sus miembros, tiñendo la ropa, el suelo, y reflejando cárdena asombro en los ojos de los transeúntes. Se daba cuenta de que la joya había rodado por su pantalón. Estaba cerca de su pie izquierdo, pero no tenía fuerzas para cogerla. Treinta segundos antes, la mano de un ladrón había arrancado de cuajo la cadena que sostenía la sagrada piedra junto al pecho de la mujer.

  Aquel mineral majestuoso, un ópalo del tamaño de un corazón, llegó a su vida poco después de nacer. Abrió los ojos al mundo envuelta en sangre. Todo su cuerpo se negaba a vivir, afectado por una extraña enfermedad que la hacía desangrarse, por fuera y por dentro, lentamente, como si sus tejidos no tuvieran fuerza y al menor movimiento se abrieran y derramaran toda su esencia vital. Al bebé le quedaban horas de existencia cuando un desconocido se acercó a sus padres. Habló largo rato con ellos y después les dio la joya, saliendo precipitadamente del hospital.

  Entre otras cosas, les había explicado que debía llevarla a la altura del pecho y no quitársela jamás, o moriría al poco tiempo. Al acercar la piedra a la criatura, ésta comenzó a revivir. Sus heridas se cerraban mágicamente, el fluido de la vida pura corría por sus venas, y en sus ojos nacía el grito de la salud perfecta.

  Gracias a la joya, que siempre llevó, la muerte huía de ella, la repelía; era la inmortalidad caminando.

    Ahora, en el suelo pero flotando sobre un hilo de pensamientos a punto de romperse, veía gritos cayéndole como lluvia roja: “Rápido, llamen a una ambulancia”. Le agradaba la caridad. El tiempo no tenía prisas, se había detenido como un tren en una parada. No sentía dolor, misteriosamente. Parecía envuelta en un montón de manos acariciadoras que tiraban dulcemente de ella hacia la muerte. Un niño se separó de su padre y se arrodilló junto a ella. La miraba con ojos de búho asustado. La mujer, desde su cabeza inmóvil, consiguió articular unas palabras: “Al lado de mi pie, la joya, dámela”. Y el niño buscó y encontró la piedra, y lleno de una euforia salvaje y desconocida para él, se la entregó. Ella la mantuvo sobre su pecho con la mano. Acudieron veloces, de todos los árboles próximos, docenas, cientos de pájaros, a revolotear alrededor de aquel cuerpo, extrañamente magnetizados. Los perros del barrio añadieron sus ladridos a la euforia general. La mujer se incorporó. Tenía adherida a la piel plumones y excrementos de pájaros, y al corazón una bella sensación de bienvenida. Notó la fuerza de la vida ascendiendo hasta su frente. La sangre de su ropa se había secado y pegado a sus miembros debido al gran calor que despedía su piel. El círculo de personas curiosas lanzó una exclamación y aplaudió llevada por un súbito impulso de alegría. Ella se abrió paso entre la multitud como un impetuoso torrente de fuego y corrió hasta desaparecer de cada ojo alucinado.

  Durante aquellos segundos nadie dejó de sentir el abrasador calor de la mujer penetrando sus cuerpos, insuflándoles una dulce sensación de celebración y de bendita concordia.

   Una vez en su casa, acarició la piedra durante horas. No se movía de su silla, junto a la ventana. Meditaba. Ya tenía ciento cincuenta años, aunque aparentara treinta.

  Siempre caminó con miedo entre los otros. A nadie confesó su secreto, pues temía perder su joya. Casi se sentía culpable de aquel don. Veía morir a todos, mientras ella seguía adelante, imparable, como el viaje de los planetas. Perdía afectos, pero ganaba nuevos… Sentía en sí misma el alma del mundo, invicta, inmutable a los pequeños caprichos y dolores humanos. El anchísimo tiempo unido a la salud más plena eran sus aliados, capaces de abrir en ella sus sentidos y su mente de un modo inimaginable para los demás. Desconocía la prisa, igual que los animales, por lo que podía solazarse en cada detalle glorioso de la existencia, siendo lenta, delicada, perfeccionista en todo lo que hacía; se deleitaba, segundo a segundo, en el paso limpio de las horas por su mente, como un árbol centenario que goza el abrazo de la luz en cada una de sus yemas. Y así comprendía, sentía, que no sólo ella era inmortal, sino que la vida misma lo era, albergando en su génesis todas las posibilidades, la mayor perfección y la belleza más inesperada. Su propia vida se iba convirtiendo en una obra maestra, reparando cualquier error, daño, torpeza, como una artista escultora de sí misma.

  Miraba su ópalo maravilloso y entraba en otro mundo nuevo, inconmensurable; despertaba en ella una creatividad sin límites. Cuántas veces había pensado en lo difícil que era dejar de vivir, de experimentar, de gozar con una salud tan plena.

  Deambuló meditando más de un mes, de aquí para allá. El accidente la había impresionado. Todo su largo pasado desfiló por su mente poblándola de dudas. Pero la sabiduría alcanzada hasta entonces la conducía inevitablemente hacia una única decisión: la renuncia.

  Un día, en la cola del supermercado, dos mujeres charlaban frente a ella, mientras la pequeña niña de una de las dos, desde su sillita, la  miraba fijamente. Contempló la curiosidad más pura con forma de niña. Aquella mente acababa de nacer. Y comenzaba a llenarse.   Se decidió al fin. Creyó comprender plenamente el sentido de la joya: se preparó para morir.

   Temblando, se dirigió a un hospital y habló con los padres de un bebé muy enfermo, agonizante. Les explicó el milagro de su existencia, y luego depositó en el pecho de la doliente criatura aquel regalo que no le pertenecía: la vida se lo había dado a través de otro renunciante, y a su cauce volvería.

  Mientras la mujer moría desangrándose, ocultamente en un rincón, renacía un bebé. El prodigio de los gorriones entrando por las ventanas, los ladridos, las ovaciones y los aplausos contagiosos de la gente se extendieron por el hospital. Un inmenso fogonazo de luz resplandeció unos instantes sobre la ciudad.

  El ópalo brillaba y prolongaba su propia eternidad… de hombre en hombre.