Nicolas Roerich, pintor de las montañas y del espíritu.



Si uno desea descansar la mente, sólo tiene que poner sus ojos sobre estos cuadros. Inmediatamente encontrarán la paz del azul y la infinitud de las cimas nevadas del Himalaya; el aire gélido y puro de las cumbres amansará su alma. Las llanuras vacías y extensas le cubrirán de silencio. Una actitud contemplativa y honda le invadirá. Los naranjas y rosas de estos cielos le inducirán a amar; los amarillos y morados le teñirán de misticismo.

Nada mejor que el arte de Nicholas Roerich para abandonarse a la meditación y dejar pasar esa brisa renovadora que viene de las montañas más hermosas del planeta. Montañas que él recorrió e hizo suyas, trasmitiendo luego en pinceladas la profunda espiritualidad de aquellas tierras.

Pureza y belleza se respiran en estos colores; serenidad y elevación en cada una de las formas.

Optimismo, claridad, luz... Parece que esas piedras estén ahí dispuestas para que abandonemos toda turbación y nos dispongamos a andar por ellas, hacia la belleza inalcanzable y única, hacia la libertad y el amor.























(Imágenes obtenidas del Museo Roerich: http://www.roerich.org/ )




Decálogo del artista. G. Mistral
















Pinturas, de arriba a abajo, de: Dalí, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y Botticelli



DECÁLAGO DEL ARTISTA


I. Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo.

II. No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando a su semejanza.

III. No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el natural alimento del alma.

IV. No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino ejercicio divino.

V. No la buscarás en las ferias ni llevarás tu obra a ellas, porque la Belleza es virgen, y la que está en las ferias no es Ella.

VI. Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado a ti el primero.

VII. Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará el corazón de los hombres.

VIII. Darás tu obra como se da un hijo: restando sangre de tu corazón.

IX. No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de ser artista.

X. De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño, e inferior a ese sueño maravilloso de Dios, que es la Naturaleza.


Gabriela Mistral



Montañas. Midi d'Ossau.



La felicidad proviene de la capacidad de sentir profundamente,


de disfrutar simplemente,

de pensar libremente,

de arriesgar la vida,

de ser necesitado.


Storm Jameson



...Y de subir serenamente una montaña.




Midi d'Ossau: Fotografías de pircher: http://www.hikr.org/user/pircher/


El recorrido hacia ella es la vida:
La vida hecha de esfuerzo, de amor, de valentía, de humildad, de curiosidad.
La montaña nos recibe, a veces con dureza, otras con dulzura, pero siempre, siempre nos recibe. Nos espera sabiendo que sus secretos serán compartidos allá, en su cima, cuando nuestros ojos y nuestros pies nos duelan por el largo camino; cuando nuestra mirada se haya transformado y comprenda que sobre las angostas piedras y el sudor hay un inmenso mundo de horizontes francos, abiertos para nosotros.


(Desde la cima del Midi d'Ossau) Fotografías de Bertrand: http://www.hikr.org/user/Bertrand/




                                                                     Midi d'Ossau
                               Fotografías de pircher: http://www.hikr.org/user/pircher/



LA MONTAÑA INCITADORA


El Midi d'Ossau era, y seguirá siendo por mucho tiempo, una montaña incitadora. Su gran sombra solitaria se yergue sobre todo el valle de Ossau, en el pirineo francés.

Cuentan que día tras día, al anochecer, el cono de su inquieta sombra cubría lentamente la cabaña de un sencillo pastor de las montañas. Y parecía que la sombra entrara sin llamar a su casa y quisiera colocar un granito de curiosidad y otro de inquietud en los sueños de aquel hombre. Un día, el joven pastor llegó antes de lo habitual a su refugio, y descubrió al cono de la sombra frente a su puerta. Él, llevado por un impulso irremediable, se colocó justo encima de la cima hecha de sombra, con lo que pudo observar su propia sombra sobre la montaña. En los días sucesivos continuó volviendo antes solamente para darse el placer de verse sobre aquella cima y sus oníricas aristas.
Finalmente se decidió. Mientras sus ovejas pastaban su verde rutina, el hombre corrió a escalar el inmenso y bello monte; esta vez por sus aristas de verdad, de hierba y piedra. Su audacia le hizo ser el primero en subirla y el primero en conocerla, allá por 1787. Seguro que ese día, al volver a su cabaña el pastor, arropado por la gran sombra, durmió su más plácido sueño.


Fotografía de Bertrand: http://www.hikr.org/user/Bertrand/

Una lágrima de sangre

UNA LÁGRIMA DE SANGRE


Cuando se ponen las sombras sobre la ciudad
una mujer de negros ojos, de blancas manos,
de vestido azul profundo...
cruza las calles mojadas de llanto.
De su bolsillo saca flores
brillantes como cien lunas
y a través de las ventanas
en la tierna frente de los niños las coloca.
Los perros vagabundos la están siguiendo,
aúllan aterciopeladamente,
ella no vive aquí, ni tiene huesos ni descanso,
su morada es el Arco Iris
y trabaja con las hebras del sol
cosiendo heridas, tejiendo grillos a la noche,
meciendo los rezos en sus brazos de lluvia.

La mujer, de blanco paso, de negro pelo,
de vestido libre como el vuelo de las gaviotas...
penetra en tu sueño y te coge la mano
para que saltes con ella ese abismo que te aterra...
para que despiertes con un deseo vivaz enredado en el pelo
y cantos de golondrinas en las manos...

Pero hoy, la ciega noche la está llamando
y la mujer de blancos brazos no acude;
una lágrima de sangre le gotea por la manga.
La manzana dorada de sus labios está herida,

y las raíces de su corazón se anudan entre sí
porque los seres humanos están cerrando los ojos,
caminan, aman, se abrazan, lloran dormidos...
pero ya no creen en nada
y sólo sueñan en blanco.


Maite Sánchez (Volarela)

Latidos hacia la luz. Video en Time Lapse.

Los pasos, las búsquedas, los tanteos, los abrazos, los nacimientos, los despertares, los estremecimientos: el ritmo invisible de las plantas. Su silencioso latido foto a foto, unidos para que podamos entrar en su secreto.

Recuerdos líquidos





No sabía quién era; qué hacía allí; dónde estaba. Apenas podía moverse, y sus escasos movimientos eran lentos y pesados. El agua le inundaba por completo, y a través de ella percibía una confusa luz rojiza, rodeándole. 
Su sueño era interrumpido, una y otra vez, por un ritmo de fuelles. Y un reloj. Un reloj que sonaba denso y grave, potente, parecía ir contando el tiempo que le quedaba:
uno, dos, tres, cuatro... Ritmo insistente y tenaz, penetrando y recorriendo su piel, su mente.
A ratos, experimentaba mucho calor, hasta que le vencía un grato sopor. Entonces notaba algo similar a una mano de luz, acariciando su cabeza. Escuchaba voces. Voces ininteligibles en lenguas extrañas, de otros mundos aún sin imaginar. Cuando callaban, notaba un arrastrarse de sillas, un bullir de cañerías; cristales chocando, estridentes bocinas  y hasta pájaros; pero todo ello le llegaba lejano, confuso, como un sueño. En ocasiones, risas locas viajaban hacia él, y también  llantos, lágrimas calladas. 
Aquel vacío triste que sentía al terminar los sonidos ¿era la soledad? Y aquella sombra que presentía acercarse a través del agua que le rodeaba, ¿era el miedo? ¿Era placer la suave sensación del líquido caliente que acariciaba su piel?
Un día encontró las respuestas a todas sus preguntas. Ese día, una masa informe y pesada empezó a aplastarle. Oprimía cada uno de sus miembros. Experimentó asfixia, y luego un terror galopante. Se vio impulsado por una violenta erupción que le empujaba, quemante, dolorosa, lacerante.  Su propio desgarro se fundía con agudos gemidos de muerte que desde afuera estremecían las paredes de su prisión. Parecía el final, la destrucción.  A nada podía aferrarse y resbalaba, resbalaba por un angosto túnel hacia un abismo desconocido.
Inesperadamente, cesó el dolor. Se hizo el silencio, y cayó blandamente sobre unas manos. Respiró por primera vez el aire, entre luces blancas. Y unos brazos enormes acallaron lo que reconoció como su propio llanto. Su pecho se posó sobre otro mayor, cálido, como en una suave almohada de vida. Y recibió, entre asombrado y anonadado,  la bienvenida del amor.