Timbres



TIMBRES

Las vibraciones…
Dirás que estoy perdidamente loca; pero te juro que me dan muchísimo miedo. Pánico. Cualquier sonido que vibre largo rato con un tono metálico me saca de aquí. Y tengo que huir con patas de gacela aterrorizada, antes de que suceda algo en mí... Es una verdadera pesadilla vivir con esto. Tú no lo entiendes, y creo que nadie...
Te contaré mi última vivencia. Nunca lo he pasado tan mal; de veras te digo que probé un verdadero plato de angustia que me hizo sacar por la boca el horror de varias generaciones:
Estaba flotando plácidamente mecida por las olas, sobre mi colchoneta de pececitos rojos. Mi piel recibía los ecos del mar como un arrullo materno adormecedor. Imagino que los bebés que se duermen mamando deben experimentar la misma complacencia que yo sobre aquellas olitas de algodón. De la lejanía vino una música de notas rápidas y desagradables. Era similar a los golpes metálicos de los mástiles, pero formaba una melodía repetitiva. Parecían tener vida como pequeños gritos agudos y espeluznantes. Sé que no puedo explicarte bien aquella sensación auditiva… Lo único claro de aquello fue mi intuición de algo nefasto. Me alcé un poco y comprobé que venía de un barco gigantesco de velas negras, similar a una antigua carabela. Pero estaba muy lejano, sobre el horizonte. De él salía humo, como si la base de las velas se estuviera incendiando. Había sobre todo aquello algo muy amenazante, horrible; la impresión que tuve, (insisto, absolutamente irracional pero muy nítida) era que en aquel buque se estaban quemando cosas horribles, desconocidas para el ser humano. Me puse tan nerviosa que caí de mi colchoneta. Cuando quise volver a subir, ya no podía; era imposible. Notaba las piernas agarrotadas y dormidas, y era incapaz de moverlas. Además pesaban muchísimo. Finalmente lo conseguí, pero vi que aquello no eran mis piernas, ¡era una cola de pez! Comprendí que el horror volvía de nuevo a mi vida. Bajo mis axilas había dos pequeñas aletas traslúcidas, sin forma acabada, y una espina alargada salía de mi boca, impidiendo a mi lengua pronunciar un solo sonido. Estaba sola en el mar, y me había alejado mucho de la costa. Mis ojos empezaron a bloquearse y mi visión se dividió en dos frentes opuestos. Estaba claro que era un pez; un pez muy grande, incapaz de hablar, ni chillar, ni volver a mi realidad. Quise nadar hacia la orilla con todas mis fuerzas, pero ésta no llegaba. A cambio me envolvía un barro espeso, y todo el horizonte era una ciénaga sin fin. Bajo mi cuerpo, sentía los filamentos de algas negras, como fúnebres lamentos. Mi propia desesperación iba mutando las cosas; el paisaje cambiaba sin cesar, tomando las formas de mi agonía: ora un pantano; ora un desierto o el fondo de la tierra pleno de raíces enredándose en mi cuerpo. Yo sabía que debía controlar todo aquella, calmarme... De pronto la enorme sombra de un águila gigantesca cruzaba la superficie. Podía escuchar voces humanas desde ella. Gritaban mi nombre: Penélope.
Alguien allá arriba, seguramente mi amiga que sabía que no estaba loca y que compartía el secreto de mi extraña enfermedad, comenzó a tocar una flauta. Yo seguía contemplando mi cuerpo de sirena; pero poco a poco comencé a sentirme ligera, con piernas de verdad; y mis ojos comenzaban a ver el cielo azul y el agua transparente; volvía a estar sobre mi colchoneta de inocentes pececillos pintados. Más allá de mí un velero blanco surcaba las aguas, parsimonioso, posiblemente el causante del sonido que me sacó de la realidad. 
Miré a mi salvadora; aún tocaba la flauta para mí, ansiosamente; los contemplé a todos con ojos de resucitada… y lancé un grito de alegría que asustó a las gaviotas que volaban muy curiosas por allí.

Ahora ya sabes que el sonido puede condenarme, pero también puede salvarme. Todo depende del timbre, dulce o metálico. Y si me quieres de verdad, lleva una flauta siempre que estés conmigo. 

La felicidad (una reflexión)



La felicidad continua no está hecha para nosotros los humanos. A veces, tenemos atisbos de algo que nos supera, y de golpe da sentido a nuestra vida. Son momentos, instantes que luego se diluyen en el correr de esta losa diaria que empujamos al vivir. Pero esos momentos son promesas de algo que quizá lleguemos a hacer nuestro y convertirlo en presente. Con arte, con dedicación, con esfuerzo, con sabiduría, quizá alcancemos ese vivir pleno y total llamado felicidad. 

Uno de aquellos momentos felices que recuerdo vino repentinamente. 
Caminaba sola por la playa. Mis pensamientos, más creativos de lo normal, fueron derivando en una mera contemplación de lo que había a mí alrededor:
El mar muy azul, la arena suave, las personas tumbadas al sol o bañándose despreocupadas; el aire agradable rozando mi piel y la luz intensa penetrándolo todo. De pronto, sentí una dicha inexplicable. Todo era perfecto. Me sentía fusionada a la vida. Veía las cosas y los seres radiantes, bellísimos, con más relieve del normal. La luz los moldeaba exquisitamente: la nitidez y hermosura de lo que me rodeaba me sobrecogía. Al contemplar el mar sentí que me amaba, de un modo que no puedo describir. Distinto, íntimo, directo. Saltaron algunas lágrimas mías. No vivía, pues aquello era más que vivir. Era sentir de verdad lo que significa estar viva, aquí, en esta Tierra, y fusionarse con lo que te rodea, que es prístino y hermoso igual que tú. Sentía deseos de abrazarlo todo. Era feliz, libre, brillante como el sol. Fue algo tan maravilloso y desbordado que mi cuerpo y mi mente no lo podían sostener.
Se fue diluyendo aquella sensación, y seguí caminando, pero llena de paz y alegría por la experiencia. Un regalo. Un presente para recordar que hay algo más, y que habitualmente sólo vemos (por decirlo metafóricamente) la mota de polvo en la uña de un pie gigantesco, cuyo cuerpo y dueño no podemos ni imaginar... La realidad es inmensa y en ella caben todas las posibilidades. Acabamos de empezar a leer este largo cuento. Pero lo hermoso es que el cuento lo creamos nosotros. 




******


Texto y foto coloreada de la playa de Altea:  Maite Sánchez Romero (Volarela)


Tus labios, Dios...



TUS LABIOS


Dios, yo no sé cómo serán tus labios,
pero los siento abrirse en el viento
que mece los pinos;
los siento cerrarse en la nieve
que muere a mis pies.

Tus labios atraviesan la paz de la galaxia
como el vibrante rojo de un pétalo que sueña.

Tus labios como niebla derramada
sobre la hierba dormida...
Tus labios en la boca anciana
que habla con el fuego…

Tus labios piando con el mirlo
mojado por la lluvia...

Tus labios en mis labios
ayudándome a besar
las espinas de las rosas.


***



(Del libro "Estas flores son para ti")

Foto y poema: Volarela (Maite Sánchez Romero)

Rayo de luna




"La ira de la luna es fría;
cuando llega al agua se transforma en plata."


 No era fácil encontrarle. Durante años perdí la pista a mi amigo; demasiado tiempo para poder conservar su amistad. Por eso mi sorpresa fue grande cuando lo vi, de espaldas a un escaparate de armas de colección. Era indudablemente él: su porte fuerte, su melena espesa y desordenada, su espalda estirada de secuoya, su apostura autoritaria e imponente, su estabilidad de volcán en reposo... Todo ello sólo podía pertenecerle a él.

 Como si intuyera mi presencia, se giró. Una sonrisa franca como un rayo de sol ocupó aquel rostro duro, curtido en una tempestad interior e infranqueable que pocos conocían, y yo, por supuesto, no fui una de los privilegiados que pudieron romper su muralla. Pero siempre conté con su simpatía, extraña por otro lado, pues nos sentíamos atraídos el uno por el otro sin saber por qué. Había algo terrible y hermoso en sus ojos, como un rayo de ira que por momentos se deshiciera en la más suave dulzura de agua para enseguida tomar de nuevo reflejos de espada. Su nobleza y fuerza me atraían, creo que con la misma intensidad que a él le atraía mi fragilidad y mi voz emplumada y aérea.

 Nos dimos un fuerte y casi sonoro abrazo, e inmediatamente continuamos la conversación que años atrás quedó suspendida en nuestros labios. Recuerdo que rondaba en torno a la justicia y el perdón. Él defendía que la justicia era lo más importante, porque sin ella, todo perdón era el fruto de la injusticia, y por tanto, ese perdón era infame y no tenía valor. Yo discutía con él la necesidad previa del perdón para luego aplicar la justicia. Y en estos dilemas estábamos cuando todo el edificio se derrumbó. Él quedó muy herido y desapareció entre escombros, polvo, lágrimas y personal sanitario. Desde entonces, perdí sus huellas y continué mi vida y mi rutina habitual. Pero había un leve vacío en ella. Este amigo se había llevado con él su fuerza, quizá la dureza que yo no tenía y que en algunos momentos necesitaba, como el río necesita las piedras sobre las que deslizarse. Empecé a añorar su inflexibilidad, esa misma contra la que yo luchaba y discutía; también su mirada de montaña al atardecer, sus cuello erguido de cielo que jamás se desploma...
 Juntos, ese día casual de nuestro encuentro, nos sentimos envueltos por un fino y cálido aire de armonía. Se respiraba entre nosotros, y hasta poseía un aroma a vainilla muy dulce que atribuimos al perfumé de aquel café, pero que sin duda era debido a la bella resonancia de nuestras almas.

 Me explicó que en esos años de ausencia había presenciado la crueldad humana en su estado más puro. Participó como espía en Irán, pero fue secuestrado y torturado. No quiso entrar en detalles. Sólo me comunicó que sufrió aún más que cuando fue niño y su abuela lo maltrató. En ese momento, un vacío de nieves negras se desplazó hacia nosotros. Estaba sorprendida y muy afectada:
Había revelado su mayor secreto. Por fin pude comprender la dureza de sus pupilas y el intento de su ser por romper una barrera de odio, que a ramalazos brillaba con la llama de un infierno.

 Me compadecí tanto que no pude disimular mis lágrimas. Él miró hacia la ventana, tratando de poner su mente en otra cosa, con una sonrisa de labios extensos y firmes. Me pareció una hoja rota de otoño, que bajo el agua aún refleja su furiosa belleza. En ese instante, contempló un niño en la calle, que, entre los coches apresurados, vendía pañuelos. Me miró. Y aquella mirada parecía estar colmada de luz de luna en la noche más oscura. Me dijo que tenía que dejarme y que seguramente el destino nos volvería a unir. Entonces, rápidamente, buscó al niño de los pañuelos y le vi alejarse, con la desconcertada criatura.
Sabía que de nuevo, su fuerza había huido de mí...
A cambio, un niño embadurnado de tristeza encontraba un verdadero amigo.


***

Benidorm. Azul y ocaso.



    Benidorm nocturno. Foto tomada de la Red


EMBEBIDOS DE AZUL


Atardece:
y se posan tímidas las primeras luces sobre el mar; la ciudad canta su brillo de escarabajo.
Hojas de palmera sobre nuestras cabezas, abanicos de la paz. 

Nada una nostalgia con cuerpo de sirena: (polvo de luz enamorada)

Tú y yo  inhalamos la flor tibia del silencio, tensa y roja... Nos tocamos con la suave timidez de lo nuevo.
Sobre el mar restalla el jadeo cromado de la luna...

Un faro  quiebra el ojo tibio de la noche:
nos alumbra como un dios.


Mañana, 
la frente del mar la acariciarán las gaviotas.
Mañana estaremos completos
Y alegres.
Y embriagados.
Y embebidos de este azul
recolectaremos conchas de luz,
espirales sin fondo
de la orilla de la vida.




Foto: Google Imágenes


***

Para completar la entrada, añado esta foto y este poema precioso de Narci Ventanas, donde se respira la trascendencia de un ocaso vivido en Benidorm (Alicante). 
Muchas gracias, Narci, por tu poema, "una aureola de luna" 



CUANDO HABLA EL OCASO. Narci M. Ventanas



La tarde dibuja mariposas
entre las esquinas del sueño y la memoria.
Los últimos rayos
se derraman bajo las nubes
masticando el ocaso
y un ápice de vida
asoma sus ojos
en el horizonte del olvido.
Es entonces,
cuando,
dilatada la pupila
y mordiendo labios,
te me acercas,
Viento,
azotando la bruma
y despejas el camino
para que la sangre fluya
hasta encender la piel
bombeando esencias,
exhalando perfumes,
extendiendo alas...
y describes aureolas de Luna
en las palabras.


Narci Ventanas: A verso abierto:  http://aversoabierto.blogspot.com.es/


*






Hayley Westenra - Across the Universe of Time


Un barco sin nombre

UN BARCO SIN NOMBRE

Estuve corriendo durante una hora alrededor de la habitación.
Doce kilómetros a lo largo de un rectángulo de tres metros de largo por dos de ancho, y siempre perseguida por un sol decadente y artificial: el ojo taciturno de una bombilla, principal testigo de mi desolación.
  Extenuada, caí sobre el colchón, podrido en su base; ni el olor salobre y húmedo, ni la escasa iluminación, ni el aire viciado por mis olores corporales me molestaban ya. Había logrado adaptar lo que quedaba de mí a la letrina y el barreño que cada cierto tiempo llenaban de agua; también a las paredes forradas de madera carcomida, a las ratas, pareja con descendencia, y a las cucarachas, que acostumbradas a mi presencia, corrían con soltura y graciosa libertad. Todo aquello formaba parte de mí, (me gustara o no, a quién podía importarle eso), y no tenía más remedio que aceptar su rotunda presencia minuto tras minuto, después de haber dejado clavada en una esquina mi primer grito de desesperación.

  Creo que llevo secuestrada más de seis meses. Lo imagino por los periódicos que me pasan de vez en cuando, y por mi empecinamiento en apuntar cada día marcando una raya en la pared. Aunque esto lo comencé a hacer después de pasar mucho tiempo en la semiinconsciencia.
  Es imposible saber donde me encuentro. No pude ver nada cuando me cogieron. Vendaron mis ojos, amordazaron mi boca, me dieron un puñetazo en el estómago, y de ahí pasé a golpearme contra el suelo de lo que parecía una furgoneta. El trayecto duró mucho, quizá diez o doce horas, de las que apenas recuerdo un dolor sordo pero  incesante, mi sangre más espesa de lo normal, un mareo insoportable, y el traqueteo del vehículo. Distinguí tres voces diferentes; una de ellas era femenina. Al término del viaje, fui arrastrada y lanzada al suelo de esta habitación.
  Estuve vomitando durante una semana y media. Creo que también vomitaba mi miedo.
  El lugar al que me trajeron era un barco. De él nunca vi más que mi camarote, el cual fue golpeado una y otra vez por mi cuerpo enloquecido hasta el agotamiento. Nada ni nadie, fuera de mis secuestradores, podía oir mis gritos de auxilio. Aquellos días, la ansiedad me dominaba, hasta el punto extremo de no percibir mi propio cuerpo. Creía que saldría de él de un momento a otro. Estaba convencida de que moriría a fuerza de hiperventilarme. Y en el fondo, eso era lo que quería. Pero algo cuidaba de mí, e insistía en que luchara por salir de allí. Uno de ellos, Jorge se llamaba, trataba de calmarme diciéndome que mi secuestro no duraría mucho puesto que sólo pedían cinco millones de euros. Le dije que habían equivocado la persona, que mi familia no poseía tanto dinero, pero no me creía. Con lo cual, mi destino era una muerte segura, porque aquella suma jamás llegaría.
  Jorge era un hombre grueso, de unos treinta años, de ojos ratoniles y una larga barba áspera y negra. Sus maneras eran tosquísimas, tanto más cuando pretendía tratarme con delicadeza. Yo detestaba sus acercamientos y así se lo demostraba, pero él insistía en ser atento conmigo, no disimulando en nada su interés por mí. Cientos de veces me sorprendió llorando, cientos hablando en voz alta. Parecía espiarme; eso sí, con mucha timidez, pero me asqueaba. Me traía papel, lápices, libros y hasta un abanico para superar el asfixiante calor. Pero cada vez sentía más asco hacia él: asco su boca gruesa e indecisa; asco sus torpes manos, su mirada siempre indirecta; asco su olor; su repugnante intento de alegrarme la vida...¿qué vida? Ya era bastante mi condena como para además soportar tan gran hipocresía. Se lo dije. Le dije que por qué esa  nauseabunda compasión si iban a matarme. A qué los miramientos con alguien que trataban de vender. Le grité a la cara la clase de persona que era, él y los suyos, aunque jamás vi a nadie más. Por lo visto, aquel mastodonte estaba a mi cuidado.
  Finalmente, me rendí. El mastodonte me escuchó. Tenía algo en el pecho. Mi soledad era tan punzante que le hablé, me desahogué con él. En situaciones extremas el aislamiento te convierte en una bestia, y para no dar cabida a la locura, necesitas hablar con otro ser humano. Ese otro era Javier. Y él lo sabía. Me escuchó. Escucho mis lamentos, mi dolor, mi vacío, mis ansias de suicido, mi ansiedad, la miseria humana en que me habían convertido. Le conté cómo sajaron mi vida, le hablé de mi pasado, de mi trabajo como investigadora, de mi familia. Y le escupí otra vez mi desesperación, casi rogándole ayuda. El se quedó mirándome, con sus inexpresivos ojos medio ausentes. Parecía incapaz de decir nada. Tras un largo silencio me respondió que mi secuestro no iba a durar mucho más, que pronto caerían en la cuenta de que no era yo. Pero sombras negras cruzaban sus cejas. Creo que mentía, y que estaba convencido de que yo le mentía y que por tanto sí poseía todo aquel dinero. A fin de cuentas, habían trabajado mucho en mi secuestro; o al menos eso es lo que pude sonsacarle días después.

  Mis días, como cualquiera puede imaginarse, transcurrían con una lentitud exacerbante. Cuando los motores se apagaban oía el vaivén de las olas contra la cubierta. Entonces quería dormir, y dejarme ir en un sueño apacible del que no despertara nunca. El ondular del barco parecía haberse hecho uno con mi sangre. Incluso ahora, años después de esta pesadilla, lo sigo notando, más aún cuando estoy parada. Se metió en mis huesos. Marcó el ritmo, muchas veces lo digo, de mi corazón, así como mi mente quedó marcada para siempre con aquella experiencia.
  Adelgacé veinte kilos. Por rebeldía, y también por falta de apetito, tomaba un pequeño bocado, y el resto lo tiraba al suelo, rompiendo el plato. Por fortuna, mi vigilante, nunca me regañó o golpeó para que dejara de hacerlo. Tampoco dormía más de una o dos horas diarias. La inacción, mi encierro, había roto mis ritmos de sueño y mi apetito tanto como mi mente. Por ello mi agotamiento era extremo. Pasé días sin apenas moverme del suelo, que no de la cama, ya que caía de ella durante la noche, y no encontraba estímulo ni fuerzas mentales o físicas para moverme de allí. La apatía y la depresión se fueron apoderando de mi persona. El tiempo de la rebeldía había agotado todas sus fuerzas y el resultado era lo más parecido a una agonía mortal en la que mi cerebro iba aletargándose. Hasta el llanto cesó, dando paso a una indiferencia tan saturada de vacío que causaba angustia. Eso era lo que muchos han llamado angustia existencial: náusea vital.

  Entre mis horas de desolación Jorge transitaba con amagos de salvarme. Me incitaba a comer, me hablaba con suaves palabras esperanzadoras, e intentaba distraerme trayéndome absurdas cosas: un libro, una radio, un juego de cartas...Su compasión hacia mí crecía, yo lo notaba tras el velo pesado de mi desazón. Llegó a contarme el porqué de su incursión en aquella banda de desalmados. Su infancia fue desastrosa, llegando a huir de su hogar en la adolescencia. Su violencia comenzó con las drogas, de ahí al atraco, y desde entonces caía, cada vez más deprisa, hacia un agujero absorbente de destrucción del que se sentía incapaz de escapar.   Nunca imaginó que terminaría participando en un secuestro. Él tenía más miedo que yo. Miedo de sí mismo. Sus compañeros le convencieron de que aquello no era más que un tiempo de pequeña tortura para la víctima, y luego la liberación tras el dinero. Me habló del grupo. Inocentemente, me dejó claramente expuesto que sus colegas eran mucho más peligrosos que él, pues el asesinato no era plato que rechazaran. Incluso uno de ellos ya lo había practicado sin el menor remordimiento. Vislumbré a través de sus ojos el pánico a realizar mal su trabajo. Acaso le amenazaron si no cuidaba bien de que no escapase. Por lo visto me consideraban la gran pieza cazada de sus vidas. Pero yo iba conociendo su debilidad y eso abría ventanas de esperanzas, me hacía suspirar de felicidad imaginar que, de alguna manera, gracias a él, escaparía.  Gracias a él también supe que en pocos días todo aquello se resolvería. Que llegarían a un puerto donde esperaban los demás para resolver definitivamente mi situación... Ya no insistí más en que no obtendrían ni un céntimo por mí. Mi muerte, pensaba, era inminente. Tan solo rogaba porque fuera rápida, y no incluyera violaciones o torturas extra.
  Veía como me miraba. Un día tomo una cuerda y me ató fuertemente con ella la cintura. Luego me dijo que saliera de mi estancia para pasear por la cubierta y de ese modo recuperar algo de vitalidad. Me llevó como a un perrito, pero pude ver el sol, y sentirlo...Aquello, realmente, me dio nuevas fuerzas. Empecé a comer más. Y comencé a confiar en él. Le hablé de mis proyectos, de mi futuro ahora roto, de mis dos queridos hijos, de mi esposo, de lo feliz que era con él y de lo desesperado que estaría ahora. Sin embargo, aunque se compadecía de mí y deseaba ayudarme, algo en él controlaba sus emociones. Yo sabía que era el miedo.   Me repetía una y otra vez, como un autómata que nada me ocurriría. Pero su voz tenía un pequeño temblor que delataba su mentira.
  Dimos más paseos por la borda, y ya eran bastantes las horas que pasaba arriba, atada a (la barandilla del barco), recibiendo el vigorizante aliento del mar. Y ahora llega el momento que jamás podré borrar de mi mente. La duda que sajó mi pasado en dos. El antes de, y el después de.. aquello. Así ha quedado dividida mi vida. La ocasión de mi libertad se presentó. No pude apenas dudar, pero lo hice durante unos segundos que fueron eternos:
  Javier se puso a mi lado, y me dio la espalda. Aquella espalda que vuelve una y otra vez en mis pesadillas.     El mar respiraba tan cerca...justo debajo de nosotros, con su habitual y precioso secretismo abisal. ¿Qué podía hacer?, ¿Qué hubieras hecho tú? Sabía que tras aquella oportunidad no habría más. Dejar pasar aquel tren era decir adiós a mi vida, a mi familia. Era mi deber y así lo vi en aquel instante. Tomé la olla que me había acercado de comida y lo golpeé en la espalda. Aquello lo hizo caer por la borda. El barco seguía su viaje, rápido, impasible. Yo lo vi. Una punzada me atravesó el corazón. Su rostro asustado, sus brazos saliendo, sus chillidos...se perdieron en la lejanía. El sonido del viento en los mástiles, la estela blanca del barco que intentaba borrar los hechos, sus gritos tragados poco a poco por el mar, el quieto, absoluto y ardiente sol sobre mis lágrimas...todos aquellas sensaciones se amarraron a mí, y aun no me han soltado.
  No fue difícil desatar el nudo de mi cuerda. Me dirigí al timón. No tenia idea de navegación, pero instintivamente lo moví en la dirección contraria hasta notar un giro de más o menos ciento ochenta grados.
  Tras el impacto inicial, el anonadamiento que me duró un par de días, recobré mi lucidez y comencé a hacerme consciente de mi situación. Ante mí se abría la libertad. Lo había conseguido. Viviría.
  Estuve navegando muchos días, ni recuerdo cuántos. El alimentó se agotó y también el agua. A pesar de todo estaba fuerte. Asombrosamente fuerte y vital, por ello supe que hice lo correcto. Mi cuerpo respondía  por mi alma.
 Finalmente vislumbré tierra. Chocaría contra ella. Sería un choque gozoso. Al aproximarme a la extraña playa que me acogía, salté. Y nadé, con todas mis fuerzas, apresuradamente,  hacia el futuro.


***