LAS LLAMAS AZULES
 
 
 Aquella noche miró el cielo sin estrellas, cubierto
por una tenue y lechosa neblina que pendía como una cortina ajada a merced del viento. Su tienda de campaña le protegía de la inmensidad sin voz ni ojos de la naturaleza, que sin embargo parecía observarle y hablarle con labios fríos y mirada salvaje.
 
 Estaba solo. Palpaba la presencia estática del bosque a su alrededor, los pequeños crujidos de algún ratón de campo buscando comida, el lánguido gemido de una cría de cárabo escondida entre las ramas. Su mente comenzó a imaginar la luna oculta por las nubes, como un desolado cuerpo vacío lleno de cicatrices que rejuvenece en toda su mágica divinidad cuando el
sol la mira de frente. Todo era poesía si se miraba con candor. A  todo podía dotar de sentimientos. Los
sentimientos que un ser humano va derrochando al pasar, porque sólo era eso: un sencillo hombre hecho de huesos y experiencias, de sangre y risas, de carne y llanto.
 
 Abrió el paquete de queso y se calentó un vaso de
leche. El suave siseo del gas azul le trajo a la memoria las palabras de su hija pequeña una tarde de invierno, cuando aún vivía, antes de su fatídico accidente: “Papá, las llamas… ¿las llamas respiran?”
“Sí, hija. Todo está vivo, por eso el fuego respira, y quema, y duele si lo tocas."
 Y él lo tocó. Tocó y se hundió en el brillante fuego del amor y de la vida; y ahora le dolía la quemadura bajo el rasguido agudo de las nubes errantes.
 
 Estaba desamparado ante la fuerza de sus propios
sentimientos, y, como una hoja en la corriente fragorosa, se sentía arrastrar, inerme, hacia un mar profundo de recuerdos azules.
 
 Cerró el hornillo y se preparó el café. Los sonidos
de la bolsa de cubiertos o de su cuchillo cortando el pan, ponían de manifiesto su gran soledad. Un grillo comenzó a grabar en la tablilla de la noche sus tímidos
puntos suspensivos. Miró de nuevo al cielo. Una lejana estrella se abría paso entre el vaporoso velo de nubes.   
 
Era una casi imperceptible estrella que, antes de borrarse del todo, dejó caer en la inmensidad nubosa  un rastro luminoso de palabras:
“Papá ¿las llamas respiran?”
 

***

La almohada (Relato breve) Misterio

 Imagen: https://www.etsy.com/es/shop/AnitaInverarity?ref=nla_listing_details


 

LA ALMOHADA

 

No era normal. Yo lo veía extrañísimo. Un bulto blanco en mitad de la carretera.
Paré, bajé de mi moto y comprobé que era una almohada. La coloqué en el arcén. Pero al tocarla mi mano se hizo blanda y ligera, como de plumas. Era muy extraño. Después apareció en mis dedos una gota de agua, y tuve la absurda y angustiosa sensación de que se trataba de una lágrima. Me agaché, a pesar de mi espanto, y observé la almohada. Estaba sucia y rota.  

  Había sido humillada por las ruedas de los coches. Pero percibí una hondonada pequeña en el centro, como si hubiera quedado grabada para siempre la huella de la cabeza de su propietario. Al poco tiempo, oí claramente el sonido de un llanto. 

Me estremecí. Quise irme de allí, pero algo me retenía. Comencé a percibir un intenso olor a velas, vívidos lamentos, repetitivos rezos... Por unos instantes, mi mente quedó atrapada en aquella densa tristeza. Miré a mi alrededor. Una brisa muy suave movía los árboles. Y anochecía. Respetuosamente y muy despacio, llevé la almohada a un lugar oculto entre los pinos. Me arrodillé. No sé por qué. Entonces un extraño pájaro comenzó su canto. Luego, otro le respondió. En muy poco tiempo todo el bosque resonaba con sus cantos.

  Eran trinos desconocidos, con un tono tan agudo, sublime y melodioso como jamás hubiera imaginado. Sentí una enorme sensación de bienestar recorrer mi cuerpo; como si un arco iris tuviera dedos y los pusiera como una madre sobre mis ojos. Casi tuve el impulso de dormirme allí mismo, como abrazada por la vida, en ese estado de perfecto y blando recogimiento. Pero me levanté a la fuerza y dirigí mis pasos hacia mi moto para seguir mi viaje.
Para mi sorpresa vi, sobre el sillín, un niño pequeño que me contemplaba con los ojos muy abiertos, intensamente azules como dos lirios.
  Comenzó a sonreírme con la belleza de las nubes aterciopeladas del atardecer.    Comprendí que era el propietario de la almohada. En un instante fugaz vi cómo ascendía envuelto en un manto púrpura para perderse en los secretos aires del infinito.

***

Texto: Maite Sánchez Romero (Volarela)

Imagen:  AnitaInventary. Etsy.com

Un instante...

 Imagen: https://www.etsy.com/es/listing/150406615/midnight-horse-impresion-de-obras-de



INSTANTE

 

Sólo un instante y... en el abismo de soles de tu ser nace un prado de absoluta quietud donde los pájaros rodean tus manos... moviendo el viento con sus alas, creando remolinos de paz a tu alrededor.

Miras esas plumas, y en ellas... el tiempo. Y toda tu vida se despliega...
Y la acaricias... como a un caballo que pastara y de pronto te mirara...
con todas las estrellas en sus ojos.

 

* Volarela

Javier. Relato breve. Sobre un amor de verano.

 

 

 

JAVIER

 

  Sólo pensaba en él. En sus penetrantes ojos castaños, mirándome, como dos briosos caballos. Y deseaba encontrarme esa mirada una y otra vez. Atraparla en mi interior, gozarla a solas.


  Cuando salíamos, papá, mamá y yo del edificio donde nos alquilaron el piso de alquiler, él ya estaba escondido detrás del mostrador. Tendría unos 9 años, dos menos que yo, pero parecía mayor. La portera, su madre, nos lo dijo. También nos dijo que era un niño muy raro y difícil de clasificar. Pero yo no la creí, por supuesto, porque intuía en él una superioridad que otros no podían captar. Sus ojos eran atentos, inteligentes, y dejaban traslucir una pasión asombrosa para su edad. Nunca dijo nada. Sólo me miraba como si me reconociera, como si me amara profundamente, desde hacía siglos.


  Mi baño de sol, de mar, de nubes, estaba rodeado de su mirada, que yo presentía como una caricia protectora, amiga, fiel. Para mí ese era un sentimiento completamente nuevo; me maravillaba sentirlo a la vez que notaba una burbujeante y plácida confusión dentro de mí. Lo mantuve en secreto, pero creo que él sabía de mi amor, también callado; y más de una vez sonrió tenuemente desde uno de los pasillos del edificio, al verme llegar. Deseé hablar con él, acercarme, pero no era fácil. Mis padres no permitían que bajase a jugar al jardín, por lo que no pude encontrar el modo de dirigirle más que un saludo.


  Jamás falló a una cita. Cada vez que yo salía o volvía con mis padres, él estaba cerca, disimulando, cruzándose, o incluso siguiéndome a distancia hasta que nos perdíamos en la playa. Yo volví a mi rostro, y entre el gentío, le veía, con su rostro serio, hermoso, muy fijo en el mío, manteniendo un mudo diálogo tan natural como el que tienen el mar y el cielo.

  Tras quince días de encuentros esporádicos yo ya estaba completamente enamorada. Los dos necesitábamos un encuentro, una palabra, algo más que aquella dulce complicidad o que aquella insufrible atracción.

  El último día de aquel verano me dijo su nombre: Javier.
Javier, en un arrebato de audacia, detuvo a mis padres, me detuvo a mí y metió un papel en mi bolsillo. Después echó a correr, creo que con los ojos mojados por la misma agua que ha empapado mis días de melancolía.
Mis padres se rieron con algo de ternura y enseguida se olvidaron.
El papel fue nuestro secreto; nunca confesé su contenido. En él estaba escrito su nombre y una única frase: “Vuelve”.

  Pero nunca más volví. A mis padres no les gustaba repetir el lugar de vacaciones, y mis ruegos fueron siempre inútiles. Fue un amor abortado. Ese verano es la única luz que guardo en mi memoria de lo bella que puede llegar a ser la vida. Hice averiguaciones en mi juventud y posteriormente, pero aquella familia dejó el lugar y nadie supo decirme dónde fueron.

  Javier, un nombre que no logro diluir en las aguas del pasado, y que viene una y otra vez a mí como una luciérnaga herida.

 

***

Relato: Maite Sánchez Romero (Volarela)

Pintura: Sorolla

Nocturnos. Pinceladas poéticas en la noche. Prosa poética de "La naturaleza en el corazón"

 

 

 

PALMERAS

 

La brisa musical se ha enredado en las palmeras.
Se mueven las hojas:
abanicos calmos sobre nuestras cabezas.
Y un grillo está dejando
puntos suspensivos en el cielo...

 

 

FUGAZ

Una estrella fugaz ha caído en la pupila
de un viejo ciervo desvelado.

 

 

GORRIONES

Respiramos el silencio... 
Pero ahora se rompe; se rasga en colores: 
una bandada de gorriones pasa piando toda la fiebre roja de la tarde.

 

 

RAYO

Un rayo 
quiebra el ojo tibio de la noche:
Abrimos los brazos...

 

 

 

OLAS

Las olas vierten recuerdos en la arena: 
Una caracola vacía, pedazos de un barco,
el grito de un alga.

 

 

GALÁN DE NOCHE

Al pasar,
el aroma del galán de noche
ha dejado en mi cuello
su collar de nostalgias.

 

 

 

ESTA NOCHE

Esta noche quiero ser sencilla:

Retozar en esta arena tibia y estrellada,
escuchar las palabras que los niños dejaron
en la espuma del mar...,
ser como el velero que flota sosegado,
dejar mis huellas en la arena, como las palomas,
en silencio.

***


"La naturaleza en el corazón" Maite Sánchez Romero

Fotos: Google Imágenes