La mujer eco (relato)

 

                  

                                           Pintura: José de la Barra

 

                                       LA MUJER ECO


  Lisa estaba cansada de llamar tanto la atención. Tenía un aspecto absolutamente arrebatador, incluso en bata y rulos. Necesitaba hacerse transparente, un poquito menos imponente que el sol reflejado en el Danubio; al menos un poquito menos exquisita que la lluvia deslizándose por una peonia. Sin duda no era buena idea huír de sí misma, pero no podía evitar desear sentir lo que significaba que la ignorasen por completo. Llegó a la tienda llamada “Un poco más allá” y pidió un disfraz al guardián de la puerta, que le dijo que ya tenía uno: "Tu disfraz es la belleza, no puedo darte otro, a no ser que mires en aquel estante, donde están los más etéreos; quizá puedas ponerte alguno por encima...". Se acercó al estante más alto y leyó los nombres de los disfraces: “Suspiro”,”Eco”; “Ovación”; “Éxtasis de lagarto”; “Corazonada”. Se quedó con el de “eco”; y se lo llevó puesto; y le quedaba a la perfección, como un guante alucinante de sonidos.

Pero la muchacha se iba medio demolida como una montaña dinamitada, pensando en lo que le había dicho el guardián. Mi disfraz es la belleza... pensó. Entonces ¿quién soy yo en realidad?

  "¿En realidad?, ¿alidad?, ¿lidad, ¿dad?, ¿ad?" Escuchó su propia voz, dejando una cola de pajarillos alocados. Le fascinó. Se enamoró de aquellas respuestas que viajaban por los vacíos de las esquinas. Y tanto le gustó, que decidió llevarlo puesto durante años, instalada en las paredes de un estrecho barranco, y repitiendo enardecida las voces del águila o la marmota, los distintos estados de ánimo del viento; y hasta los gritos juguetones de senderistas ocasionales. Nadie sabía de ella; su presencia era fantasmal. Aprendió a imitar la pureza del sonido, la intención de cada frase, grito o canto, la magia de la reverberación como perfume de cada ser. Hasta que un pastor llegó y se puso a gritar con toda sus fuerzas. La chica disfrazada de eco fue incapaz de reproducir su voz. El hombre carecía de eco. Era inimitable; absolutamente único. La chica disfrazada se quedó tan estupefacta como maravillada. Quería repetir aquella voz, pero era inútil. El hombre sin eco se alejó, empequeñeciéndose en la distancia, a pesar de que su sombra era gigantesca, abarcando todo el valle.

  Aquella noche decidió ir en su búsqueda. Y descendió al mundo con el obligado disfraz de su espectacular cuerpo de mortal, bellísimo puma negro con mirada de gacela. En su ímproba tarea de encontrar a aquel hombre, descubrió que si se ponía de vez en cuando el disfraz de eco, podría reflejar todas las palabras de los que la rodeaban (para asombro de la gente, que creía perderse, momentáneamente, en un laberinto de ecos irreales). Mas era la única manera de desvelar al hombre cuya voz no tenía eco.

  Y como el tesón era su caballo favorito... al fin lo encontró. En el mismo sitio en que lo viera la primera vez; gritándole a las soberbias paredes rojas y extrañado de no oír su propio eco, ignorando por completo que era uno de los hombres más auténticos de la tierra, transparente a pesar de su disfraz de pastor, inigualable, por lo que ni el eco era capaz de imitarlo.

  Vio acercarse a la mujer de ojos asombrados de gacela, que, lentamente, dejó caer su bello disfraz, y con su ser prístino como el eco de la primera palabra de Dios, le acarició directamente el corazón, “razón”, “zon”, “n”...


                                                                  ***

Fantástica fe (Este jueves un relato)

 

Reto para este jueves cuyo tema es la Fantasía, propuesto por Neogéminis en su blog, donde encontraréis el resto de las participaciones: Mónica Neogéminis

 

 


                                 Pintura: Nicoletta Tomas Caravia

                                 

                                    FANTÁSTICA FE

 

La dama del invierno no encuentra la llave del baúl donde guarda la nieve y teme llegar tarde a su boda anual con la Tierra.

Se ha colocado ya una falda roja con las hojas nostálgicas de los arces y abandonadas plumas de perdiz en los pechos. Luego, ha rizado sus pestañas con escarcha del año anterior, y, coquetamente, deja ver su ombligo profundo de estrella polar.

Encontró al fin la llave bajo la garra de un cachorro de oso, dormido.

Ahora, la dama danza montaña abajo mientras echa estrellas de nieve por su aliento.

Así narraba un cuento inventado la extravagante tía Inés a su sobrino, enfermo de cáncer, en una habitación que olía un poco a amargura infantil y otro tanto a ilusiones efímeras de media hora. Al menos, el pequeño podía volar hacia el interior de un mundo donde todo era posible.

La tía, visto el entusiasmo del chiquillo, le sugirió que pidiera un deseo, añadiendo que la dama del invierno se lo concedería.

–¡Quiero vivir!. –respondió lanzando la mirada hasta rebotar por todas las esquinas blancas del cuarto.

Se escurrían los días, minuciosamente ordenados tras el secundero del reloj solar, hasta que resbalaron también incipientes trinos, anunciando ya la primavera, que andaba impaciente por abrillantar sonrisas. El día exacto en que floreció la primera prímula en los Alpes, la radiografía del niño aparecía limpia y bella como un campo de heno. La palabra “Milagro” saltaba de lengua en lengua, muy divertida.

Cuando el niño le llevó a su tía la verdadera prueba de su salud en un ciclón de palabras coloridas, atropelladas y pletóricas, ésta le dijo:

–Dale las gracias a la dama del invierno porque ella cumplió tu deseo.

Y después de contemplar los pájaros dichosos, detenidos en pleno vuelo, del alma de su sobrino, añadió:

–Ahora, la dama blanca duerme en su madriguera de nubes, satisfecha por haber hecho bien su labor: darle todo su aliento a la primavera. Y la primavera... también eres tú.

                                                          **

     


De cielos (dos poemas)

Pintura: José de la Barra

 

 

DE CIELOS...

 

 CELESTE LLAMADA



Este cielo me ofrece su calma

se ofrece como un cuerpo azul de aire:

me deja una pluma en la frente y

anillos de nube en los dedos.

El cielo busca soñar en mi boca,

pronunciarse a través de mí,

y hacer infinitos mis labios. 

 

Escucho un canto intocable de golondrinas;

y una campanada de latidos azules... 

ventea mis cabellos.



 

CIELO



No dejes de ser mi azul.

Sin ti soy alga

arrancada por agrios remolinos.



No dejes de ser

los labios de luz que hablan del asombro

sobre la piel del mundo.


Sin ti la Belleza sangraría de azul.


Cielo, mi cielo,

vasta caricia que sosiega,

colmata este lago sediento

de tu pura presencia.

 

*



Me haces reír (poesía amor) Poemas recitados

 

                                                 

                                                             (Versión declamada)

                                            

                                                                        ME HACES REÍR

 



                                                  

 

Dibujos y prosa poética: Volarela

"Madera y miel"

La fiesta de disfraces (Micro relato)

 

 Se apagaron las luces. Se apagó la música. Y las voces se hundieron en la expectación. Todos notaron caer sus disfraces por un agujero cercano a los pies. Fueron succionadas sus ropas, y sus pieles; y sus apariencias. Sin dolor, como si una mano invisible los desnudara con afecto maternal. A todos. Y la vergüenza los abofeteó. También el miedo. La vulnerabilidad de sus almas clamaba en aterrado silencio. Eran. Ellos mismos, sin más. Eran... expuestos, como el mismo mar ante la mirada atrevida del día. Se encendieron las luces. Todos habían huído tras los muebles, las cortinas, las puertas...

Pero una niña jugaba. Ausente. Como si toda su vida hubiera sido así. 

 

Tus manos (poema de amor recitado)

                                                     Van Gogh
 

 

                                               TUS MANOS

                                                                                                                              A Pedro

 

Con tus manos llevas el sosiego del trigo a la onda de mi pecho.
Tus dedos recorren mi cuerpo como si no tuvieran piel, sino un tibio sol, mientras yo emito un quebrado piar, rosado.

Tus manos llevan la suavidad del amor contenido y lo depositas en mí con un redoble de campanas soñadoras, mientras yo me enrosco, cual hiedra por tus dedos, aullando de ternura.

¡Ay, amor, tu tacto es de tronco mullido por el liquen!
Es tan sólido... Por eso me aferro a tus manos cuando se desploman las estatuas ocultas en las nubes.

Tus manos poseen ese temblor del rocío pendiendo de una hoja…
y tremolan al hundirse en mi pelo,
y lloro
de dicha.

 


***

Añado el poema recitado por mí misma