TIEMPO...

 

                                                          Tiempo. Obra de Pedro Sacristán

(Segundo aporte para el Tintero, un poema...)


TIEMPO


La oruga avanza con un reloj en cada antena sobre su hoja planetaria.

El sol hunde su risa de niño en el ombligo de la noche.

Sale el cangrejo. Jadea un feto. Exhala el tren un adiós de hierro...

Vira el velero.

Un perro olisquea el fantasma de una rosa.

Se posa una bandada de lágrimas

en un ciprés.

Ella le besa a él…

El tiempo trabaja

con arrugas en los dedos…

 

El mar duerme y se despierta

dentro de un cuento

que descubre un niño

en el cajón de su abuelo.

Cabalga el mar

sobre peces ciegos

hacia la luz azul de los ojos del nieto...

 

Tiempo…

 

Vosotros os columpiáis.

Nosotros nos columpiamos…

Ellos se columpian

todos en fractales

que vienen y van…

Van y vienen en remolinos agudos de gloria,

estela de semillas prístinas,

coros de renovación.

 

Vuestras manos,

nuestras manos,

sus manos...

son sueños de niños que cantan

agarrados a la mano del tiempo.


-Los dedos del tiempo tienen alas.-

 

Corren los segundos como hormigas

 atareadas

por un reloj detenido,

gigantesco,

                             congelado,

en la hornacina de Dios.

Tiene ya mucho polvo

extasiado

flotante…

Y él se mira en él;

de un soplido lo expulsa,

y en un suspiro lo vuelve a crear:

 Tiempo.


*

Tempus fugit. La puerta verde. Microrrelato.






El Tintero nos invita a realizar un microrrelato en relación al tema del tiempo. Aquí está el mío.

Si queréis leer el resto, pinchad aquí: MICRORETO

                                                            


                                                     "Tempus fugit" Obra de Fernando Núñez                                             


 LA PUERTA VERDE

 

-Sí, al servicio de caballeros se va por ahí.

-Gracias.

Una puerta roja… ¿Qué es esto?

¿Y esa puerta azul? ¿Y esa otra amarilla? ¿Y la negra, y la verde, y la naranja? Alguien juega conmigo...

En la amarilla, ¡no! mi padre me está pegando. ¡No  me pegues, más, por favor, por favor, no he sido yo!

Salgo deprisa, lloro, mis lágrimas de niño mojan mis zapatos de viejo.

Abro la negra, el despido después de mi depresión. Cierro de golpe. Mi angustia huele a tinta.

La azul... Mi hijo me insulta. ¿Qué no hice bien?

La naranja. Una pistola sobre una mesa. Una botella de vino… ¿Por qué no lo hice?

La verde… La verde se abre y se cierra al ritmo de un tic tac... Es atrayente... Hay un bebé gateando en el suelo. Pero no es mi casa. ¿Seré yo?

 Una madre buena, desconocida, me toma en brazos...

¡Nacer, nacer, quiero volver a nacer...!

-Señor, no grite, ¿ha terminado? Necesito el baño... Gracias... (Buf, qué peste a alcohol tiene este hombre...)

-¿Perdone, dónde está la puerta verde?, ¡Quiero entrar, amigo, ayúdeme, quiero volver a nacer! ¡A nacer! ¡Oh, sí… una segunda oportunidad!

Me mira como a un loco... Cierra la puerta del WC. Es de un color imposible, el color de los sueños. Intento abrirla de nuevo con todas mis fuerzas,  pero se esfuma de mis manos, huye como el tiempo... También mis dedos, yo mismo huyo de mí mismo… Resbalo como el agua y desaparezco ¡por una puerta verde...!


*




Bailando con el aire



(Mezclando dos inspiraciones, la imagen de Vade Reto y El tintero de Oro que trata de espíritus.)



BAILANDO CON EL AIRE


La tormenta desgajaba en dos los pensamientos de los ancianos en aquella sala de paredes azules.

Miraban a través de los vaporosos cristales -recordaban-. Un hálito gris de melancolía removía sus erosionados cimientos. Alguien abrió la ventana; las cortinas de encajes volaron. Se introdujo una brisa apasionada y juvenil por la estancia. 

Qué frescor, qué ímpetu, que vida nueva; cuántas gotas, cuántas promesas derramándose por la tierra... Sacaron las manos por la ventana, las mojaron, rieron. Se secaron las gafas, surgieron nuevos temas de conversación ante el paisaje envuelto en negros que despertaban la imaginación.

La más diminuta anciana, tan frágil como una patita de canario,  también miraba la escena. Pero no veía lo mismo. 

El banco de la calle de enfrente no estaba vacío; un cuervo se había posado: su amigo de lo intangible. Al fondo, flotando en la oscuridad veía unos ojos que la miraban. Sólo desde ellos -sólo- caía la lluvia como un extenso ruego por la avenida. 

 Poco después, volvía su cabeza hacia arriba; luego apretó su mano contra otra imaginaria, y sonrió. Al gesto añadió, quebradamente, una palabra: Daniel. Y todos, al oír aquel nombre, sabían que por los ojos opacados de la mujer seguía mirando su difunto esposo. La ternura era inevitable para con aquella dama de blanquísimo cabello.

 Dobladita casi como un caracol, solía conversar a solas con el aire, sin percatarse de los gestos piadosos hacia su persona. Casi no comía ni bebía; no exigía para ella más que un rincón del parque para pasearse de la mano de la ausencia. Los pájaros, compañeros de las almas buenas, la rodeaban; especialmente un enorme cuervo, que sólo ella veía. 

Durante horas, bajo el estilizado sauce de la residencia, la anciana solitaria bailaba, rebosante de alegría. Danzaba casi tropezando, con una sonrisa de éxtasis en los labios, rodeando con sus brazos el vacío; siguiendo los compases de un eterno vals imaginario.

En el asilo decidieron aumentarle su dosis de anti psicóticos; no veían conveniente las progresivas alucinaciones de la viejita, sobre todo porque más de una vez tropezaba y se caía en sus bailes por el jardín. Poco a poco la fueron durmiendo, la fueron helando; hasta que dejó de hablar con su querido Daniel. Hasta que cerró los ojos de pura melancolía. Hasta que sus huesos resecos penetraron en la tierra, cayendo sin ruido, como una suave lluvia.

Unos días después de su muerte, Lucia recibió una fotografía de parte de la residencia. Se quedó tan perpleja, tan maravillada, tan sorprendida como feliz: 

La salita de paredes azules. Las cortinas de encaje empujadas por la brisa húmeda. Y allí, los diez ancianos que conversaban sobre  la tormenta de aquella tarde atronadora; allá la abuela, girando su rostro hacia arriba. Y a su lado el abuelo, alto, con el mismo gabán gris sin bolsillos que le gustaba ponerse los días de lluvia, cogiendo la pequeña mano de su esposa.


                                                  ******


(Inspirado en la noticia real de una chica que descubre a su difunto abuelo junto a su abuela en una fotografía familiar)


Vidrios rotos. Relato en honor a Isabel Allende

 


Propuesta del Tintero de Oro en honor a  Isabel Allende y su libro "La casa de los espíritus". 

Más aportes aquí: 41ª Edición de El Tintero de Oro



                                                                                                             Imagen: Enrique Meseguer

https://youtu.be/Qhe2NHIMpb0?si=HQFO2X2_ziFMD4GO


                                                        VIDRIOS ROTOS


Niña. Octavio Paz.






Dibujos de Marcos Rey Vicente






Nombras el árbol, niña.
Y el árbol crece, lento y pleno,
anegando los aires,
verde deslumbramiento,
hasta volvernos verde la mirada.



Nombras el cielo, niña.
Y el cielo azul, la nube blanca,
la luz de la mañana,
se meten en el pecho
hasta volverlo cielo y transparencia.



Nombras el agua, niña.
Y el agua brota, no sé dónde,
baña la tierra negra,
reverdece la flor, brilla en las hojas
y en húmedos vapores nos convierte.



No dices nada, niña.
Y nace del silencio
la vida en una ola
de música amarilla;
su dorada marea
nos alza a plenitudes,
nos vuelve a ser nosotros, extraviados.



¡Niña que me levanta y resucita!
¡Ola sin fin, sin límites, eterna!



Octavio Paz







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El oboe. Relato

 



EL OBOE


 Me miran. Yo no quiero mirarme; sé que mi aspecto repele: mis barbas canas, mis arrugas de mil vientos feroces en el rostro, mi piel ennegrecida a fuera de lanzas solares. Bah, ¡qué mas me da! Hace años que ni me miro, para qué: no soy un reflejo en un cristal;  soy libre, y la libertad no tiene forma... como la música. Libre… pero solo como el  lamento de un lobo.


A veces contemplo a la gente, el rebullir de sus vidas... Y es como si estuviera detrás de una ventana: hay siluetas, hay ropas de colore, paquetes, prisas, proyectos, notas que desafinan y chocan, se atraviesan sin oírse… Pero ¿y yo? Con mi oboe por las esquinas; tocando, sonriendo a alguna mano compasiva... ¿Qué clase de mentira vivo? Solo, siempre solo, no oigo más que el sonido de mi propia mente. Cuando hablo… cuando hablo, ya casi no sé expresarme... Llevo años de silencio; me siento torpe, inseguro entre los demás. Mi voz es mi oboe. Él, mi inseparable…, llega a los oídos de los transeúntes, mezclado con motores, bocinas, murmullos, triste maraña de sonidos… Pero llega, lo sé. Y quizá algún gorrión despistado, o esa niña que quiere liberarse de la mano de su madre, o aquel viejo mirando a sus adentros... quizá se lleven a sus sueños algo de mi música.


Este oboe es lo único valiosa que conservo de mi paso por la vida.


Voy de ciudad en ciudad, sin planes, sin rumbo fijo. Ésta me gusta… es alegre… ¿musical?  Ahora estoy tocando una melodía improvisada. Me gusta…, y a la gente también. Empieza a formarse un corro a mi alrededor. Es extraño. Noto otro oboe a lo lejos. ¿Será que alguien más está tocando? Parece que el sonido responde a mi melodía; la sigue, pero con nuevas variantes. Voy a parar. También para aquél. La gente se extraña de que interrumpa la música; debían estar embelesados… ¿No oyen a mi compañero? Vuelvo a tocar. La segunda melodía comienza de nuevo, como un eco muy, muy lejano. Atrayente...  Me sumerjo en mi música. No, no, ahora no es mi música, ¡es de dos! ¿Quién eres?


Ha resultado maravillosa esta doble interpretación. Según tocaba (tocábamos), las caras que me miraban se iluminaban como ángeles sorprendidos, y ¡todo! aparecía más intenso, con más saturación, con más volumen… Tuve que parar, era demasiado hermoso… ¿Cómo es posible?


Notaba unos labios que entraban en los míos y soplaban conmigo… y… me hablaban con música... ¡Y me comprendían! ¿Dónde estás, amigo; me conoces?

Voy a buscarte: tengo que encontrarte…


Llevo días tocando, en diferentes calles, y a medida que subo hacia la colina de la ciudad, el oboe acompañante se oye más nítidamente, más fuerte, como si me acercara a él... ¡Creo que voy a encontrarte, amigo! Según crece la intensidad de su música, aumenta mi euforia. ¡Somos un dúo increíble! Hacía mucho que no sentía tanta complicidad, ¡tanta belleza…! ¿Sentirá aquél lo mismo?


Ayer por la noche, en mi última interpretación, al sentir al otro oboe respondiendo a mis melodías, sentí la misma alegría que cuando era niño y mi padre me tapaba con una gran manta, y yo jugaba a esconderme como un conejo en su madriguera.


Hoy voy a tocar en la vieja iglesia. Es muy singular, las piedras románicas, gastadas, oliendo a tiempo…; la colinilla verde que la alza, los pinos soberbios que la ciñen, los cipreses viejos, que se ondulan perezosos como el último humo de una hoguera. ¡Es un gran día, siento la poesía de la vida!


Estoy tocando. ¡Pero qué fuerte escucho aquí a mi compañero! Tocamos a dúo una pieza que ambos conocemos. Me encanta… Respiro y él sigue… ¡Oh, Dios, qué felicidad, podría morir ahora mismo! Vuelvo a tocar y a tocar, llevado por un impulso incontrolable. Me siento envuelto, atrapado en la otra melodía… ¿Es esto la felicidad?… La fusión de mis notas con aquellas es la armonía plena. Voy a morir de gozo. ¿Y nadie más que yo lo oye? ¿Nadie?


Paro. Miro hacia todos los lados. Tan cerca y no logro ver a nadie... sólo escucho ese oboe, total, absoluto, como una entidad independiente que todo lo abarcara... ¿Por qué? Me alzo. Voy a caminar mientras toco. Allí voy, allí se oye todavía más fuerte...


Ahora parece que estoy interrogando con mi oboe. No lo controlo... ¿Quién eres? Me responde una música deliciosa que no comprendo... ¿Dónde estás? Lo mismo…

Llego a un sitio donde suena al máximo; la música me subyuga. Replica: “Aquí estoy” en una frase melódica tan larga y profunda, tan dulce que me hace temblar...

No.... Aquí, en este justo lugar, debajo de mí, el sonido entra dentro de mi cuerpo. Me estremece. Me enloquece…No. Aquí... Me enamora…Caigo... No puede ser...

“Ven”… Mi instrumento calla. Su oboe suena con la potencia de cien estrellas: “Ven…”.

No es posible... ¿Sueño? Me encuentro sobre una lápida. No. Es real.

 Leo:

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 Avelarda Giménez Rosales.

1850-1875

“Entregó su breve vida a la música”

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 Sobre la piedra hay un hermoso bajorrelieve de una joven tocando… un oboe.

Una melodía vuelve a sonar con el aroma límpido de las rosas abiertas:

“Ven, toca conmigo, más allá del espacio y del tiempo”.


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No os perdáis los demás relatos de este reto propuesto por nuestro amigo José Antonio para el musical mes de febrero: 

https://jascnet.wordpress.com/2024/02/01/vadereto-febrero-2024/