Un potrillo bajo la lluvia. Experiencia en los Pirineos. You Tube

 


El potrillo de dulce mirada... 2017. En Irati, Pirineo navarro



 Hoy comparto este texto leído en voz alta sobre una experiencia personal en los Pirineos. Tengo muchas, pero ésta me encanta por mi contacto con los caballos, en especial con un potrillo. Es sólo una breve estampa, pero que a mí me enseñó mucho. Como algunos sabéis estuve hace unos años atravesando los Pirineos a pie durante varios meses y me llevé una cantidad enorme de anécdotas espirituales y naturales. De vez en cuando vuelve mi nostalgia por la piedra mayúscula, el verde mayúsculo, y el aire sin nombre que llena mi voz de libertades.


                                            


TIEMPO...

 

                                                          Tiempo. Obra de Pedro Sacristán

(Segundo aporte para el Tintero, un poema...)


TIEMPO


La oruga avanza con un reloj en cada antena sobre su hoja planetaria.

El sol hunde su risa de niño en el ombligo de la noche.

Sale el cangrejo. Jadea un feto. Exhala el tren un adiós de hierro...

Vira el velero.

Un perro olisquea el fantasma de una rosa.

Se posa una bandada de lágrimas

en un ciprés.

Ella le besa a él…

El tiempo trabaja

con arrugas en los dedos…

 

El mar duerme y se despierta

dentro de un cuento

que descubre un niño

en el cajón de su abuelo.

Cabalga el mar

sobre peces ciegos

hacia la luz azul de los ojos del nieto...

 

Tiempo…

 

Vosotros os columpiáis.

Nosotros nos columpiamos…

Ellos se columpian

todos en fractales

que vienen y van…

Van y vienen en remolinos agudos de gloria,

estela de semillas prístinas,

coros de renovación.

 

Vuestras manos,

nuestras manos,

sus manos...

son sueños de niños que cantan

agarrados a la mano del tiempo.


-Los dedos del tiempo tienen alas.-

 

Corren los segundos como hormigas

 atareadas

por un reloj detenido,

gigantesco,

                             congelado,

en la hornacina de Dios.

Tiene ya mucho polvo

extasiado

flotante…

Y él se mira en él;

de un soplido lo expulsa,

y en un suspiro lo vuelve a crear:

 Tiempo.


*

Tempus fugit. La puerta verde. Microrrelato.






El Tintero nos invita a realizar un microrrelato en relación al tema del tiempo. Aquí está el mío.

Si queréis leer el resto, pinchad aquí: MICRORETO

                                                            


                                                     "Tempus fugit" Obra de Fernando Núñez                                             


 LA PUERTA VERDE

 

-Sí, al servicio de caballeros se va por ahí.

-Gracias.

Una puerta roja… ¿Qué es esto?

¿Y esa puerta azul? ¿Y esa otra amarilla? ¿Y la negra, y la verde, y la naranja? Alguien juega conmigo...

En la amarilla, ¡no! mi padre me está pegando. ¡No  me pegues, más, por favor, por favor, no he sido yo!

Salgo deprisa, lloro, mis lágrimas de niño mojan mis zapatos de viejo.

Abro la negra, el despido después de mi depresión. Cierro de golpe. Mi angustia huele a tinta.

La azul... Mi hijo me insulta. ¿Qué no hice bien?

La naranja. Una pistola sobre una mesa. Una botella de vino… ¿Por qué no lo hice?

La verde… La verde se abre y se cierra al ritmo de un tic tac... Es atrayente... Hay un bebé gateando en el suelo. Pero no es mi casa. ¿Seré yo?

 Una madre buena, desconocida, me toma en brazos...

¡Nacer, nacer, quiero volver a nacer...!

-Señor, no grite, ¿ha terminado? Necesito el baño... Gracias... (Buf, qué peste a alcohol tiene este hombre...)

-¿Perdone, dónde está la puerta verde?, ¡Quiero entrar, amigo, ayúdeme, quiero volver a nacer! ¡A nacer! ¡Oh, sí… una segunda oportunidad!

Me mira como a un loco... Cierra la puerta del WC. Es de un color imposible, el color de los sueños. Intento abrirla de nuevo con todas mis fuerzas,  pero se esfuma de mis manos, huye como el tiempo... También mis dedos, yo mismo huyo de mí mismo… Resbalo como el agua y desaparezco ¡por una puerta verde...!


*




Bailando con el aire



(Mezclando dos inspiraciones, la imagen de Vade Reto y El tintero de Oro que trata de espíritus.)



BAILANDO CON EL AIRE


La tormenta desgajaba en dos los pensamientos de los ancianos en aquella sala de paredes azules.

Miraban a través de los vaporosos cristales -recordaban-. Un hálito gris de melancolía removía sus erosionados cimientos. Alguien abrió la ventana; las cortinas de encajes volaron. Se introdujo una brisa apasionada y juvenil por la estancia. 

Qué frescor, qué ímpetu, que vida nueva; cuántas gotas, cuántas promesas derramándose por la tierra... Sacaron las manos por la ventana, las mojaron, rieron. Se secaron las gafas, surgieron nuevos temas de conversación ante el paisaje envuelto en negros que despertaban la imaginación.

La más diminuta anciana, tan frágil como una patita de canario,  también miraba la escena. Pero no veía lo mismo. 

El banco de la calle de enfrente no estaba vacío; un cuervo se había posado: su amigo de lo intangible. Al fondo, flotando en la oscuridad veía unos ojos que la miraban. Sólo desde ellos -sólo- caía la lluvia como un extenso ruego por la avenida. 

 Poco después, volvía su cabeza hacia arriba; luego apretó su mano contra otra imaginaria, y sonrió. Al gesto añadió, quebradamente, una palabra: Daniel. Y todos, al oír aquel nombre, sabían que por los ojos opacados de la mujer seguía mirando su difunto esposo. La ternura era inevitable para con aquella dama de blanquísimo cabello.

 Dobladita casi como un caracol, solía conversar a solas con el aire, sin percatarse de los gestos piadosos hacia su persona. Casi no comía ni bebía; no exigía para ella más que un rincón del parque para pasearse de la mano de la ausencia. Los pájaros, compañeros de las almas buenas, la rodeaban; especialmente un enorme cuervo, que sólo ella veía. 

Durante horas, bajo el estilizado sauce de la residencia, la anciana solitaria bailaba, rebosante de alegría. Danzaba casi tropezando, con una sonrisa de éxtasis en los labios, rodeando con sus brazos el vacío; siguiendo los compases de un eterno vals imaginario.

En el asilo decidieron aumentarle su dosis de anti psicóticos; no veían conveniente las progresivas alucinaciones de la viejita, sobre todo porque más de una vez tropezaba y se caía en sus bailes por el jardín. Poco a poco la fueron durmiendo, la fueron helando; hasta que dejó de hablar con su querido Daniel. Hasta que cerró los ojos de pura melancolía. Hasta que sus huesos resecos penetraron en la tierra, cayendo sin ruido, como una suave lluvia.

Unos días después de su muerte, Lucia recibió una fotografía de parte de la residencia. Se quedó tan perpleja, tan maravillada, tan sorprendida como feliz: 

La salita de paredes azules. Las cortinas de encaje empujadas por la brisa húmeda. Y allí, los diez ancianos que conversaban sobre  la tormenta de aquella tarde atronadora; allá la abuela, girando su rostro hacia arriba. Y a su lado el abuelo, alto, con el mismo gabán gris sin bolsillos que le gustaba ponerse los días de lluvia, cogiendo la pequeña mano de su esposa.


                                                  ******


(Inspirado en la noticia real de una chica que descubre a su difunto abuelo junto a su abuela en una fotografía familiar)


Vidrios rotos. Relato en honor a Isabel Allende

 


Propuesta del Tintero de Oro en honor a  Isabel Allende y su libro "La casa de los espíritus". 

Más aportes aquí: 41ª Edición de El Tintero de Oro



                                                                                                             Imagen: Enrique Meseguer

https://youtu.be/Qhe2NHIMpb0?si=HQFO2X2_ziFMD4GO


                                                        VIDRIOS ROTOS


Niña. Octavio Paz.






Dibujos de Marcos Rey Vicente






Nombras el árbol, niña.
Y el árbol crece, lento y pleno,
anegando los aires,
verde deslumbramiento,
hasta volvernos verde la mirada.



Nombras el cielo, niña.
Y el cielo azul, la nube blanca,
la luz de la mañana,
se meten en el pecho
hasta volverlo cielo y transparencia.



Nombras el agua, niña.
Y el agua brota, no sé dónde,
baña la tierra negra,
reverdece la flor, brilla en las hojas
y en húmedos vapores nos convierte.



No dices nada, niña.
Y nace del silencio
la vida en una ola
de música amarilla;
su dorada marea
nos alza a plenitudes,
nos vuelve a ser nosotros, extraviados.



¡Niña que me levanta y resucita!
¡Ola sin fin, sin límites, eterna!



Octavio Paz







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