RECOLECTANDO MAGIA PARA Jascnet. Ocho niños, un campanero y una posada

                                        RECOLECTANDO MAGIA PARA JASCNET


Siguiendo la propuesta de J. Antonio (jascnet) en su mundo de palabras mágicas donde invita a cada escritor a escribir un cuento desde una mansión (Acervo de Letrras ) he escrito este cuento dentro de otro cuento. 

Ha salido algo largo debido a la introducción y necesario desenlace; espero que valga la pena vuestro tiempo. 

Gracias por leer y comentar.




                        OCHO NIÑOS, UN CAMPANERO Y UNA POSADA


Me dijeron que la posada estaría sólo a un kilómetro, sin embargo, lo que yo encontré no fue la humilde hospedería que imaginaba, sino una gran mansión palaciega.

Como tiritaba de frío y me dolían los pies con una saña congeladora que no perdonaba, llamé a la puerta. Mis azulados dedos subieron a mi boca en señal de sorpresa.

Un mayordomo alto, calvo y ciego me recibía.

Me hizo pasar a una gran sala muy lujosa donde había ocho niños alrededor de una chimenea.

—Bienvenida, cuentista. Tendrás alojamiento y comida si alegras a estos niños con un cuento —me indicó el mayordomo con el rostro ahora vivamente iluminado por el fuego de la sala.

Debía de estar muy extrañada y hasta asustada ante un intercambio tan insólito. Pero los niños eran tan cordiales que enseguida me hicieron un hueco a su lado.  Me sentía francamente bien.

Sonreí, disimulando mi inseguridad. Entonces miré la nieve que caía sosegadamente a través de los cristales. Los niños, ahora, me miraban a mí, expectantes. Me senté, y una niña pequeñita, de unos cinco años, me acarició la mano como si me conociera. Era tan cálida como el fuego más hermoso de todos los fuegos posibles en un duro invierno. No tuve más remedio que buscar en mis mermados bolsillos creativos algún dulce... por lo que empecé a narrar sin saber hacia dónde dirigirme:



“Desde la torre de una iglesia románica muy antigua, cuatro campanas hermanas miraban al unísono los hilos descendentes de la lluvia.

—¿Es que las campanas pueden ver? —me preguntó un niño de pestañas enormes.

  Para estas  campanas  sí era fácil verlo todo —respondí—. Continúo:

“Bajo los tejados del pueblo contemplaban  las charlas de sus habitantes alrededor de una mesa, e incluso sus risas  desvaneciéndose  sobre la humeante sopa caliente.

—¿Cayendo sobre la sopa?, ¿sus risas?, ¿Cómo copitos de nieve?, dijo un niño de dientecillos separados.

—Sí, algo así, hasta que se derretían en la sopa, claro —los niños se rieron.—Pero a ver…, dejadme seguir... Volviendo a las campanas…

“Las cuatro hermanas de bronce podían sentir desde allá arriba el helor de las riadas impetuosas recorriendo las calles empedradas y hasta el anhelo de un gato aventurero deseando volver a casa.

Aquellas cuatro amigas, cuyo origen se perdía en la espesura del tiempo, disfrutaban volando con los gritos fugaces y rojos de los niños. También sabían del placer de un vino compartido entre amigos, o de esa mano tierna, que aun con olor a cebollas recién cortadas, mecía al bebé en la vieja y carcomida cunita —la chiquitina volvió a tocarme. ¿Estaría ella inspirándome esta historia? Seguí, movida por un deseo ardiente de tirar del misterioso hilo que me hacía hablar y hablar…

Al cesar aquella lluvia tan pacífica, las campanas notaron la pálida caricia del sol atravesando la espesura de sus ennegrecidos cuerpazos. Luego se durmieron con la nana lejana de las aves del bosque.

Tras la ventana empañada de una casa pobre, una mirada más húmeda que el agua que acababa de caer, las contemplaba. Era el único que conocía el lenguaje de las entrañas broncíneas.

El hombre era el viejo campanero que estuvo tocándolas durante cuarenta años. Su vida había trascurrido solitaria, sin descendencia, quizá inútil a ojos extraños, pero plena de mensajes metálicos que había introducido en su alma casi como su alimento diario.

Porque aquellos sonidos de las cuatro hermanas eran mágicos…

Cada tañido que emitían resonaba en las criaturas de su alrededor: las atravesaban literalmente, devolviendo al campanero, como un eco, el elixir exquisito, la esencia y hasta el sentido último de la vida de los seres. (Los niños comenzaron a abrir más sus ojos inocentes.)

El hombre se volvió cada vez más callado a medida que escuchaba las voces que salían de aquellas cuatro gargantas, quedando sordo para el mundo.

Sólo hablaba con ellas. Cuando tiraba de las cuerdas para hacerlas sonar, no podía oír nada, pero sentía sus voces retumbando dentro de sí mismo, dejándole frases, incluso historias enteras; las vidas de cada habitante del pueblo llegaba al interior de aquel hombre a través de ellas, quisiera o no; las campanas observadoras lo sabían todo de todos, y todo se lo contaban. Él, sabedor de todos los secretos del pueblo, y sordo y mudo al final de su vida, ayudaba en todo lo posible a quien podía. Un cariño profundo nacía hacia todos cuanto más los conocía.

Lloraba solo y reía solo también, pero era feliz.

—El viejo mudo, ¡qué agradable es! —se decían los vecinos.

—Sin hablar, cómo acompaña su presencia, igual que un padre bueno. Y además, se anticipa a nuestros deseos, como si nos conociera de toda la vida.

Realmente se hizo amado aquel loco. Cuando daba las campanadas dominicales parecía bailar en éxtasis, colgado de sus gruesas cuerdas.”

—¿Qué es éxtasis? —preguntó una niña con trenzas pelirrojas.

—Es como si estuvieras aquí, pero sin estar aquí —respondió otra que por lo visto ha leído mucho ya.

“El día anterior a la muerte del campanero llovía, como casi siempre. Pero, para sorpresa de todos, esta vez la lluvia estaba coloreada de verde, depositando por todas partes una melancolía líquida muy triste. El campanero estaba muy enfermo, agonizante.

El tinte verdoso solamente se borró cuando murió. Y en el mismo instante en que su alma abandonó el viejo cuerpo, las campanas tocaron solas durante toda la noche, para sorpresa y pavor de toda la gente.

No pararon de tocar una campanada cada media hora, muy sombría y honda, como si llegara del fondo de la tierra, estremeciendo el sueño de todo el pueblo.

El misterio se prolongó en el entierro del campanero, pues esta vez quedaron totalmente mudas, por más que se insistiera en tirar y sacar de ellas un sonido fúnebre.

Tras el entierro, volvieron a sonar solas durante  más de quince días seguidos, cada noche. Y su sonido, casi desgarrado, casi humano, alcanzaba los oídos de las gentes acostadas y pensativas en sus camas, y les hacían llorar.

Hasta que callaron definitivamente.

Desde entonces nadie tuvo valor de devolverlas a la vida tirando de sus cuerdas.

Pensando que traerían mala suerte, las cambiaron por una campana eléctrica, más acordes también a la llegada al pueblo de la luz eléctrica.

Las enormes cuatro campanas fueron fundidas dando una inmensa cantidad de bronce, que luego fue vendido a un rico empresario de estatuas. Éste las transformó en lujosas figuras para relojes. En total salieron más de treinta, cada una más fascinante que la anterior.

Sin embargo, el pueblo todavía era testigo de las campanadas, aunque luego las olvidara.

Una vez al año, en noches de lluvia larga, insistente, y azul, en dirección al cementerio, se escuchaban unas vagas campanadas. A continuación venía un denso y largo silencio expectante. Y después, sólo la hierba húmeda notaba el paso profundo, pesado, de figuras de bronce que bailaban en corro, solemnemente.

Y sólo el prado sabía que, a cada vuelta, recitaban las historias de cada uno de los vecinos que en ese momento soñaban.

Entonces, las vacas de los alrededores mugían, los perros aullaban, y los habitantes del pueblo interrumpían su sueño para rezar una pequeña oración por el campanero. Entonces retornaba el silencio, esta vez más dulce y benévolo que nunca.

Acto seguido, animales y hombres se volvían a dormir, sintiéndose extrañamente reconfortados.

Al día siguiente olvidaban completamente el fenómeno de la noche anterior, pero eso sí, con una asombrosa resonancia que parecía viajar de corazón en corazón.

Se miraban, se sonreían, extrañados y cómplices al mismo tiempo de una dicha que les recorría el alma hasta el punto de abrazarse sin tan siquiera saber el motivo.

Estaban hermanados como nunca.

Y esto se repetía cada año, cuando las cuatro campanas conmemoraban la muerte de su querido campanero.”

 

—Y aquí termina mi cuento…

La niñita que me cogió la mano al principio de contar la historia estaba muy alegre, aunque no hablaba. Alguien comentó que era muda.

La tomé en brazos y la puse sobre mis rodillas. Al acercarse, noté en ella un aroma profundo a tierra mojada, a pétalos frescos. En el cuello tenía un colgante muy curioso:

Cuatro campanitas de bronce.

 Las hizo sonar agitándolas con sus deditos mientras me sonreía. El fuego, a nuestro lado, comenzó a bailar frenético y vital, como si un viento de rosas lo agitara.



Aquella noche dormí diez horas de un tirón, como una niña.

Al salir de la mansión la mañana siguiente, no quise hacer preguntas. Sentía que la magia podía quebrarse de un momento a otro.

Los niños me dijeron adiós mientras construían un muñeco de nieve. El mayordomo echaba grano a una bandada de ocas hambrientas con un ensimismamiento casi devocional. Hasta me parecía que el cielo se admiraba de su azul reflejado en las ventanas de aquella mágica mansión…

Sí, todo era perfectamente hermoso, como una burbuja enorme que debía ascender en armonía con el mismo viento.

Era necesario que permaneciera así por siempre: inspiradora e intacta en toda su fantasía.





                         Escrito por Maite Sánchez Romero (Volarela) para Acervo de Letras

Blanco y negro (Relato).

Relato creado para el reto de octubre de nuestro querido anfitrión Jascnet. Vade Reto. Se trata de elaborar un cuento con algunos objetos de esta imagen, teniendo en cuenta que se trata de un Bazar. 


 «Lo esencial es invisible a los ojos».




                                                         Imagen de Mabel Amber en Pixabay



BLANCO Y NEGRO


¡Qué silencio bendito!, pensaba David mientras hacía un esfuerzo por sacar las piernas desnudas de la cama. Era doloroso; sus músculos estaban demasiado entumecidos. Una tras otra las estiró antes de colocar cada dedo sobre las glaciales losas del suelo. Mientras, acarició suavemente a su esposa dormida. Júpiter, un joven golden retriever, ágilmente, se levantó de un brinco, y dio un airoso coletazo a las fichas del ajedrez. Erguidas y dignas sobre el tablero desde la noche anterior, quién sabe si comentando entre ellas el último mate, cayeron estrepitosamente. La mujer se despertó y comprendió que su esposo se preparaba para una de sus caminatas campestres, con lo que se giró de nuevo para recordar los movimientos geniales de ajedrez de su último sueño. Ambos jubilados fueron campeones en este deporte, y por toda la casa abundaban tableros y piezas en todos los formatos y materiales posibles, incluido uno de azúcar que Júpiter  jamás osó tocar.

Hombre y perro sintieron el empuje vital de la mañana nada más salir. Sencillamente delicioso. Era imposible no saludar a las flores, cada una con su respectiva gota de rocío destellando como respuesta. David y Júpiter experimentaban la fresca esencia de los abetos subiendo por sus propios pulmones, animándoles ese día a llegar muy lejos. Y así, los dos subieron cuesta arriba varios cientos de metros, hasta llegar a una piedra y un trozo de hierba que les ofrecieron lo que tenían para su descanso. Ya salía el bocadillo fragante del aluminio y las babas de Júpiter tocaban tierra cuando un compañero de viaje inesperado apareció no se sabe de dónde. Se presentaba de frac y camisa blanca. Era una hermosísima urraca que portaba un objeto en el pico.

Júpiter quedó hipnotizado. No sabía si lanzarse a por ella o esconder su cola. David quería desentrañar lo que el ave llevaba. La urraca se acercó descaradamente a ellos y dejó una ficha de ajedrez junto a los pies de David. Era un peón negro. Después, salió volando como si aquello no fuera con ella.

El peón negro… Y tiene una rotura en la base… Pensó David. Y súbitamente le vino el recuerdo de su padre enseñándole el valor de las fichas dentro de un hermoso juego, en lugar de colocarlas en la alfombra y hacerlas guerrear, como hacía el pequeño.

No pudo evitar que una sonrisa le cosquilleara por dentro con dedos de luz. Su padre le enseñó a ser fuerte; a ser un verdadero guerrero del pensamiento; de la reflexión. Cuánto lo quiso… Y ahora, esta ave le traía esto… ¡Y era su peón dañado!, ahora lo reconocía mientras todo su cuerpo se estremecía de emoción. Era el mismo con el que hizo su primer mate… Jamás podría olvidarlo… Lo acarició como si portara santidad. Pero ¿de dónde lo había sacado ese pájaro?

Los amigos de distinto número de patas las pusieron en marcha de nuevo, siguiendo el camino hacia la cima, pero de improviso, la urraca, que parecía haberse fulminado poco antes, se posó ante ellos, en mitad del camino. Otra vez su pico traía un objeto: una carta doblada, blanquísima, con letras vibrando en una intensa tinta azul, como recién escritas. David esta vez tocó al ave, casi con una caricia, y ella colocó suavemente en su mano la carta. Era su propia letra. Con la mano temblorosa y los ojos mirando por detrás del ave, como si hubiera cerca alguna trampa extraña, tomó el papel y lo leyó. “Te amo locamente, por favor respóndeme cuanto antes. Necesito saber si sientes lo mismo… “Tras esta frase seguía un tropel de palabras tan apasionadas como torpes, subiendo y bajando por todo el papel como hormigas excitadas. No puede ser… se dijo. ¡Tengo en mis manos la carta que nunca entregué! Aquella muchacha del bachillerato que seguramente nunca supo cuánto la quise. Pero yo… Mala jugada. Sin duda, ella era una reina para mí, y yo aun no conocía mi propio poder de rey... Fui un tembloroso alfil…. Pero este papel despareció hace cincuenta años… ¿Qué está pasando?, se preguntó cada vez más nervioso.

El perro le miró y en sus ojos se reflejaba la misma incomprensión, pero con más ternura; quizá como animal podía aceptar mansamente el devenir incomprensible de la vida. Pero él no.

Cuando David guardó el papel en su bolsillo, el ave alzó el vuelo en dirección izquierda, siguiendo un sendero que se alejaba del principal. El hombre tomó una firme resolución. Seguiría a esa enigmática urraca salida de un mundo embrujado, aunque le costara la cordura.

Aquella senda era bien conocida por ambos. Júpiter movía la cola alegremente detrás del ave, jugando y ladrando. El pájaro se posaba de vez en cuando en un árbol  y los miraba moviendo la cabeza, como si quisiera esperarlos. Pero un instante, el perro ladró hacia una copa vacía, frenético. La urraca se había camuflado entre el follaje, desapareciendo de su vista. Poco después, se dejó ver portando un nuevo y reluciente hallazgo.

Nuevamente lo colocó a los pies del hombre. Allí lucía, anacrónico y brillante sobre el polvo del camino, un reloj antiguo de bolsillo. E inmediatamente apareció en su mente la mirada de su abuela Doris. Había cogido a escondidas aquel reloj, ansioso por saber cómo funcionaba. Lo había desmontado completamente, seguro de que volvería a colocar cada pieza en su lugar. Pero no lo consiguió... Tenía nueve años. Una jugada fatal, un exceso de confianza. Se sintió abrumado ante su abuela, completamente avergonzado por haber estropeado su valiosa joya. Pero ella, en lugar de enfadarse, premió sus ansias de conocimiento con una sonrisa y una caricia en la frente. Y eso nunca lo olvidó. Cogió el reloj. Extrañamente, funcionaba.

Otra pieza más del puzle de su vida… Sentía tanta belleza y emoción al reconocer y tocar aquellos objetos entre sus dedos... ¿Qué ocurría? ¿Qué hacía que las cosas regresaran a él, intactas, removiendo su corazón con un viento de dulzura inenarrable?

Júpiter miraba a su dueño moviendo la cola, compartiendo la secreta y turbadora alegría de David. Pero como no podía contener tanta emoción contradictoria, decidió perseguir a la urraca que ya volvía a ponerse en marcha. Los dos lo hicieron, presintiendo que este juego tendría que llevarles a alguna parte.

Entonces lo vieron. Era absurdo, pero estaba allí:

A unos quince metros había un bazar enorme, de paredes de cristal, que dejaba ver infinidad de objetos, miles y miles de todas clases, ordenados en estanterías. Tomó sus prismáticos; cada objeto tenía una etiqueta colocada con una fecha. Reconoció su guitarra, su balón de fútbol, y hasta el reloj de su abuela Doris… Entonces, de una puerta salió la misma Doris con cara ilusionada, sosteniendo una flauta de madera sobre su pecho. Con ella aprendió música de pequeña. David, en pleno anonadamiento, comprendió que no lo veía. Quiso correr hacia ella, abrazarla, sentir toda la ternura de sus ojos bondadosos de nuevo sobre él… Pero algo indefinido lo frenó.

Luego aparecieron más personas, todas desconocidas, encontrando y llevando objetos de toda índole, conversando entre ellos, riendo, muy, muy alegres.  De pronto, salieron por la puerta tres de ellos, la abuela Doris en el centro. Y ahora sí…, ella parecía mirarlo con mucha dulzura, reconociéndolo. La urraca fue a posarse delicadamente sobre el hombro de la abuela, muerta hacía ya cuarenta años.

En ese preciso instante sonó su teléfono. Era su mujer, preocupada por la tardanza. Él no podía articular palabra, tenía un nudo en la lengua y en el corazón. Colgó rápidamente, pues tuvo una súbita certeza. Retrocedió velozmente un par de metros hacia atrás. Júpiter, como una sombra, lo imitó. Y en el mismo segundo en que dio el último paso con su pie izquierdo, una inmensa piedra se desplomó de la rocosa pared lateral, interceptando  el camino con su mole explosiva. Sólo dos metros le acaban de librar de la muerte. Impresionado, se quedó tieso como un árbol seco, casi sin respirar. Entonces Júpiter lanzó un largo aullido, y tras él un silencio absoluto envolvió a David; una quietud que parecía durar demasiado tiempo. Después los pájaros de los alrededores retomaron sus cantos sutiles y el viento recuperó sus paseos por las hojas, como si alguien, bruscamente hubiera pulsado el botón: “sonidos de la naturaleza”.

Observó la roca caída. No dio aviso, pensó. Se desgajó de la grieta horadada ocultamente a lo largo de años, siglos quizá. Su destino era caer sobre ellos. Miró al otro lado del camino, esquivando las enormes piedras fragmentadas. Había desaparecido el bazar. Todo era normal. Pero sintió el vuelo rasante de la urraca sobre sus cabezas: muy fino, muy bello, como si no pesara. Casi parecía una enorme mariposa blanca y negra.

Blanco y negro…, meditó. Los colores de las fichas, del tablero... El ave ahora volaba en la dirección contraria al siniestro; hacia el hogar donde su mujer le esperaba: hacia la vida.

¿Habría ganado la partida a la muerte?

No. Ella esperará su turno... Pero ahora sabía que la partida no terminaba; que el juego era más vasto y maravilloso que todo lo imaginado, y tocó con fuerza los objetos milagrosos que guardaba en su bolsillo.


***

LA ESTATUA ROTA (relato)






LA ESTATUA ROTA


— ¡Dios mío, la estatua ha caído! ¡Miren, la cabeza rota!

Recuerdo que todos los que pasaban me miraban entre la sorpresa y la compasión.

Desde entonces, aquellos ojos pétreos, inexpresivos, no dejaron de mirarme, de seguirme hasta mis sueños. Me obsesioné.

Pero no fue la única distorsión —no pienso llamarlo alucinación— de la realidad que tuve. A veces, de improviso, el murmullo de la gente resonaba como un panal de abejas. Era terrorífico. Sobre todo porque nadie más que yo lo escuchaba.

Contemplaba con pasmo Nueva York; parecía haber perdido su consistencia, sin sombras ni volumen, plana, muerta. Necesitaba tocar algo con urgencia: un semáforo, un árbol... y así volvía a mis dedos el tacto amable de la realidad.

Todo comenzó con el picor de la pulsera.

Nos la habían puesto al nacer, aunque nuestras madres no recordaban siquiera haber parido. La pulsera creía con nosotros. Si te la quitabas morías; mejor dicho, desaparecías al instante. Todos hemos visto a la gente desaparecer a nuestro lado alguna vez... Yo también... Mi mujer... Ella lo hizo. Sintió la misma picazón insoportable que yo siento ahora. No volví a verla.

Perderla fue probar la grandeza de ese amor. Quizá por eso estoy alucinando y no tiene la culpa este picor…

El médico al que conté mis visiones insistió: mi depresión era la causa; la estatua rota solo era un símbolo de la fractura de mi propio mundo.

—Jamás se quite la pulsera. —repitió.

Salí hundido.

Una súbita llamarada de rascacielos me devolvió el aliento. Amaba Nueva York. Pronto comenzó a llover. Pero el picor volvía, cada vez mayor: mi mundo realmente se estaba desmoronando. Las luces de la noche se diluían en un cortinaje de susurros líquidos… Insufrible. Más picor. Tenía que acabar. Sentía mucho miedo, pero estaba decidido.

Una vez en casa, tomé las tijeras. Era imposible cortar la pulsera. Además, con cada intento nuevo el picor aumentaba, y la pulsera parecía deformarse y agrandarse. Finalmente se salió de mi mano…

Lo siguiente que recuerdo son voces lejanas. Una ambulancia sonando a lo lejos. Abejas…

Hasta que todo desapareció de mi vista y de mi oído.

Un silencio de corchos aislantes me acunaba. Copos de nieve en mis ojos… ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?, me preguntaba espantado. Y justo, frente a mí…: la estatua rota.

Sí. Unos inmensos ojos de piedra me contemplaban desde el suelo, entre edificios destrozados. ¡Alrededor mío todo estaba demolido! Mi ciudad… ¡rota como la estatua!

No muy lejos, cuerpos yacían sobre el suelo. ¿Muertos? No, parecían estar dormidos, esperando algo.

— ¡Allá, miren, un hombre vive!

Me señalaron. Era un grupo de personas con máscaras y trajes herméticos. Enseguida me colocaron una mascarilla.

— ¿Qué es esto?, ¿Qué ha pasado?

— Amigo, has vuelto. Esta es la realidad. La auténtica.

— ¿Quiénes sois?, ¿Por qué está todo destruido?

— Hubo una guerra nuclear y Nueva York quedó arrasada.

— ¡Pero eso jamás ha sucedido!

 — No allí. Vienes de un mundo falso. Ésta es la realidad —respondió un hombre muy serio que se adelantó del grupo.

Miré desolado las angustiosas montañas de ruinas. — ¡No es posible!

— Has vivido ciego en el mundo onírico de los Inconscientes. Ellos son expertos en crear sueños vívidos.

— ¿Mi vida entera ha sido un sueño?

— Tu vida después de quedar inconsciente en esta guerra. Segundos antes de morir por las bombas, las conciencias de miles de personas fueron robadas por los Inconscientes para vivir a través de ellas en un mundo paralelo, idéntico a este. Su propio sueño vívido.

— ¿Quieres decir que viven a través de nuestras mentes?, pregunté con repugnancia.

— Sí. Ansían ser humanos, pero solo mediante estos robos de conciencia pueden lograr serlo. Cada uno de ellos se va transformando en humano a través de cientos de nosotros.

— ¿Y la pulsera… es el nexo entre ambas realidades?

— Sí. Cuando se saca, desaparecéis allí y termináis de morir aquí…

— ¿Y por qué yo no estoy muerto?

— No estabas a punto de morir, sólo inconsciente. Ellos no pueden distinguir la diferencia.

— ¿Y tú, cómo sabes todo eso? —interrogué casi desafiante.

— Porque hace siglos yo... fui uno de ellos.

 

Una mujer llegó, rompiendo el círculo, y gritó:

— ¡Mario!

— ¡Miriam! —Los escombros de mi mundo se recompusieron en ese abrazo— ¡Estás viva!

— El veneno, antes de las bombas, ¿recuerdas? Solo nos dejó inconscientes. Estos hombres me rescataron.

Me cogió las manos. Por sus manos cálidas y dulces, reviví su ser entero.

Me ayudó a levantarme.

A lo lejos vimos unas formas rojizas y humeantes con dos huecos profundos en lo que debía ser la cabeza. Avanzaban hacia nosotros.

— No temáis, ahora no pueden haceros nada; vuestra conciencia lo impide —dijo el hombre serio.

Pasaron lentamente a través de nuestros cuerpos como si no existiéramos. Sentimos un lamento estremecedor cruzar nuestro cuerpo y alma. La piel se nos llenó de gotitas rojas, como si nos hubiera envuelto una niebla de vapor rojo y tristeza.

— Vagan en busca de una conciencia...

Avanzamos afligidos calle abajo, acompañados todo el tiempo por la siniestra hecatombe de la ciudad.

Miré hacia atrás; la cabeza caída de la estatua seguía allí, mirándome fijamente, casi con una súplica en aquellos ojos vacíos. ¡Todo no está perdido! —me descubrí respondiéndole en voz alta—; y apreté fuerte la mano de mi mujer.

Mis compañeros me miraron sorprendidos un instante, pero no dijeron nada.

Quizá un vago sentimiento de culpa nos acompañaba, porque habiendo tenido una conciencia, habíamos destruido nuestro mundo.


***




Volarela 2025 para el Tintero de Oro. Historia creada con Nueva York como telón de fondo. Aquí podréis leer todas las participaciones: 

Tintero de Oro. Nueva York


Impresiones sobre el río Ebro




                                              

                                                 FLUIR... EBRO


¿Cómo  podría describir la intensa sensación que siento al contemplar un gran río moviéndose despacio entre colinas?

Esas aguas densas, inocentes como la mirada de un gamo, levemente onduladas por el viento; ese color profundísimo, o ese cuerpo grande y zigzagueante como una culebra encantada que siguiera un enigmático y hechizante destino...

Es reverencia. Literalmente, me inclino ante el paso de un gran río, verde, señorial y sereno, que parece conducirte de la mano, tranquila y plácidamente, al mismo comienzo de la vida…

Me parece que esos ríos transporten millones de años de experiencia, incluso que ya conozcan mis pensamientos.

 Al igual que yo ahora junto al Ebro, animales, plantas, cielos y montañas se miran en sus aguas viajeras: 
¿Qué hará con nuestros fugaces reflejos? ¿Los pulirá igual que a sus piedras, los besará, los olvidará?

A veces quisiera que un río como éste me llevara entera, sobre una canoa hecha de libertad, y fluir sobre su honda música de chelos al compás de la serenidad de sus latidos de agua. 

Fluir... por las suave espalda de la Tierra... hacia un abrazo sin brazos... donde encontrar todos los sentidos, todas las respuestas, todo el amor.


                                                             *

                                                    

Hija de la noche

 


«Solo en la oscuridad puedes ver las estrellas».

Martin Luther King




HIJA DE LA NOCHE


"Como un autillo sobre un abedul miro el horizonte.

Mi ruego se golpea contra las hojas secas del otoño, se golpea y se fractura...

Contemplo aquellos niños en el caminito viejo. Cantan canciones olvidadas. Ellos son flores que abren su perfume en la tarde; luego se alejan, con sus burbujas de luz, hacia la tibieza de un hogar que los acoge... Un gato los sigue mientras los cipreses oscurecen delicadamente su verdor como ofrenda nocturna.

De aquella casa lejana salen notas de guitarra. Sus cuerdas desprenden notas que son heridas...  Las siento; una mano solitaria arranca lágrimas grises a la madera, y mi oído despedaza, como un perro, esos huesos de tristeza.

¿La noche es una mujer? Porque hoy el color de su pelo es el del negro tras el negro: mis dedos lo atraviesan para llegar a la ausencia absoluta. Duele.

¡Ah!, ¿por qué no puedo ser efímero y olvidadizo como la niebla que tararea sobre los prados?

Sí…, como ella…, pasar rozando el agua verdosa que no espera nada... ni a nadie.

 

Éste es el día en que ella desapareció.

Siempre, cada año, con la caída de las últimas hojas, un diez de noviembre,  noches repetidas como ésta me ofrecen su ombligo mordiente. Y caigo en el agujero. Y me dejo devorar por el recuerdo.

Sé que hay tumbas donde yace el olvido de uno mismo, pero es mejor no mirarlas.”

 

Abelino estaba escribiendo estas aciagas letras en un cuaderno lleno de tachones y manchas de tinta. Arrancó la hoja pensando que el fuego sería su mejor lector:

 –¡La combustión! – gritó a las paredes,–¡oh, sí!, ¡la combustión!

Sin aviso, como suele ocurrir, la vela se apagó y sólo quedó la luz de unas ascuas perezosas en la chimenea.

La penumbra de la estancia era profunda, tanto como la fosa de su tristeza.  

De pronto, el crepitar de la leña se volvió extraño, muy grave y deformado, resonando por toda la casa. Sintió los huesos ligeros, calientes, pidiendo moverse sin control, salirse de la piel, romper los límites de su cuerpo.

No podía soportarlo.

En ese instante, la voz de su abuela muerta pulsaba su cerebro como un timbre. No era la primera vez que la oía, ni mucho menos. A menudo pensaba que la angustia y la soledad acabarían volviéndolo loco.

Esta vez, la voz era aguda, apremiante, casi una orden rítmica:

 

“¡Sal afuera. Sal! ¡Corre, corre, sal! Fuera. Sal. Ahora. ¡Ya, sal!”

—Está bien. No insistas. ¡Ya voy!

 Al salir bruscamente, empujo el papel recién escrito. Libre,  planeó airoso hacia las ascuas hambrientas de la chimenea.

Entonces los huesos regresaron a su sitio, volvieron a amar su cohesión natural. Y respiró aliviado.

Afuera, la noche serena parecía sedarlo con cascabeles invisibles. Pero la voz de su abuela insistía de nuevo, más rumorosa esta vez.

–Ahora. Ahora…

Miró desde el porche. No había nada, sólo el rugido hosco  del frío.

Miró al cielo. El parpadeo de una estrella fugaz se hundió en la ceguedad de la tierra.

Silencio; algún autillo a lo lejos. Estrellas.

Avanzó. Su frágil respiración braceó sobre aquel mar de negrura.

Poco después, apareció una confusa silueta, cojeando en la penumbra del camino. Ante él se detuvo una mujer con largo pelo de sauce y ropas raídas.

La realidad lo embistió sin avisar: era su hija, desaparecida hacía ya 10 años.

Tembló. Sintió de pronto un olor a humo antiguo, reconocible. Mientras la observaba, estrellas muertas revivían a fogonazos por sus ojos.

Avanzaron el uno hacia el otro, imantados, convulsos.

Dos cuerpos hechos de palabras no dichas se abrazaron en mitad de la noche. Y cada pecho buscaba las raíces del otro, en silencio, bajo una tierra dulce, desconocida.

Y bajo aquellas ascuas últimas de la habitación, las palabras lloradas sobre el papel se iban trocando, lentamente, en ceniza, en humo, en una larga exhalación de la noche.


                                               *********


Y con este relato  para el Vade Reto cuyo tema es la “Noche” comienzo una etapa de descanso bloguero para dedicarme de lleno a mi próximo libro de cuentos y cerrar así, junto con mi último libro de poemas, toda una etapa de mi vida.

Gracias por vuestra compañía entrañable y estímulo invaluable.

         ¡Un fuerte abrazo y gracias por acompañarme hasta aquí!




Mi primera antología poética. 2015 a 2025

 

 

                                                             Fotografía, diseño, edición y dibujos de la autora




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