Mi sueño fue recogido por los ángeles de la noche y lo transformaron en una mariposa. La he visto alejarse con mi vida en sus alas.
Y yo he despertado como un pollo abriendo el cascarón.
Inspiro la paz vertical de un eucalipto. Mi respiración tiene color de amanecer. Expiro una palabra pronunciada por el sol.
Un viento rasguea la grama con música de conchas. Tambores a lo lejos: son los caballos, levantando el polvo del futuro.
La niebla busca el corazón de los pájaros, y la tierra sonríe con sus suaves lombrices. Mi pulso escapa hacia el pentagrama de flores del nuevo día. ¡Oh, esta música...! ¿Cómo es posible?
Me alzo desnuda bajo un cielo de trinos naranjas. Y una fina lluvia de pétalos solares se derrama desde las nubes hasta envolver mi piel con la pasión purísima de las rosas.
Amanece; ha concebido el cielo su milagro. Y milagrosamente, también yo he amanecido. Me arrodillo. La luz señala entre la hierba un caracol de oro; trepa por mi dedo como un tirabuzón húmedo... Mueve sus cuernecillos tanteando mi existencia... Lo miro. Y siento que algo inmensamente dulce, desde el azul recién pintado del cielo, me contempla a mí... Y acaricia con sus nubes eternas mi garganta...
Y canto, junto a un coro universal, el trino que amanece a la vez en todos los tiempos.
Si
voláramos como un águila y tuviéramos su visión contemplaríamos un magnífico
panorama de colinas verdes, y entre ellas una mansión con un parque lleno de
exóticos cactus. Y junto a las plantas, una anciana en silla de ruedas, pequeñita,
gritando un nombre: “Demián”. Y si pudiéramos entrar por sus ojos moribundos,
encontraríamos un ciclón aterrador derrumbando todos los recuerdos de su vida,
excepto el de aquél hombre.
Su
familia, ya irreconocible para ella, imaginaba que deliraba una vez más, llamando
a un desconocido. Una embolia había inutilizado una de sus piernas y encendido
la mecha de la demencia en su cerebro.
Pero Demián
asomaba, con la fuerza de un saguaro gigantesco en el desierto de su memoria. Últimamente
lo llamaba sin cesar, porque sólo él la había amado con la autenticidad y el
calor de un sol; y los tres días pasados a su lado habían llegado a ser el faro
oculto de su vida.
Entonces
Adela tenía cuarenta y cinco años; él tan sólo veinte.
Cifras, cifras sin sentido, pero que
significan.
***
El
muchacho había oído hablar de la filmación de una película en los alrededores
del pueblo. Entre los vecinos hubo gran revuelo; sin embargo, él se sentía
incómodo. Hollywood interfiriendo con su glamur azucarado en su mundo de polvo,
sudor y rutina era casi un insulto. Desde muy joven trabajaba en el bar de
carretera de sus padres. En aquel olvidado y abrasador rincón de Texas, donde
no había cabida para los sueños, su carácter apasionado sólo era un remolino de
polvo.
Pero Demián
tembló nada más verla; un sueño inesperado tomaba la forma de mujer entrando
por la puerta.
Aquel
huracán rubio se aquietó poderosamente en una de las sillas; retiró un mechón
díscolo de su cabellera, y colocó sus dos ojos penetrantes y gatunos
directamente sobre él. Demián se acercó, servicial por fuera y absolutamente
hipnotizado por dentro. Le hizo la pregunta formal del “qué desea”, y ella,
tras admirar el hermoso oleaje de aquellos dos ojos azules, respondió
suavemente, pero con fulminante elegancia “sólo un vaso de agua”. Sin embargo el chico
pudo escuchar: “sólo a ti”.Para el intenso
Demián el tiempo se frenaba en aquella voz, deshojándose en su mente. Antes y
después existía la nada. Y en la nada futura, mientras se encaminaba hacia el
vaso de agua, el eco de aquellos labios murmurando, de aquel ser maravilloso se
colaba por los desprevenidos intersticios de su corazón, dilatándolo hasta el
infinito.
Demián
ya no percibía la realidad de la misma manera. Se retiró a la cocina y en un
rincón, a solas, trató de ordenar sus emociones. Los ruidos de los platos y al
fondo, en la sala, las desordenadas palabras de la gente parecían cubrirse de
una espesa capa de tierra, hasta casi desaparecer. Pero una canción, que sonaba
en ese instante en la radio del local, sí traspasó sus tímpanos. La cantante,
desgarradoramente, repetía una y otra vez: “I'm calling you”. Y semejaba el
maullido en plena noche de una gata en celo, intenso, irracional y desesperado
hasta helarle la sangre. Trató de no prestar atención a aquellas tristes
sensaciones, pero la canción penetró en su sangre con la misma intensidad que
la fascinadora mujer.
Tras
aquel primer contacto, vinieron más palabras, miradas y diálogos que los iban
enlazando paulatina, dulcemente. Durante tres días seguidos les acarició la
felicidad como un sagrado dios. Sólo un beso final quedó de aquella ardiente
proximidad; una inédita sensación en los labios de peces nadando por un sueño
eterno.
Pero
la despedida se cernía sobre ellos, como un águila con la angustia en su pico.
Él no
podía despedirse, se hubiera clavado en medio de la oscuridad abrazándola para
siempre.
–Te
buscaré en silencio toda mi vida –le había dicho el muchacho al oído.
–Te recordaré siempre, pase lo que pase –
respondió la mujer, separándose y rompiendo aquella tibia felicidad de sus
rostros cercanos.
Y el
recuerdo de estas palabras les acompañó a lo largo de sus vidas separadas, como
un guacamayo invisible en el hombro de cada uno; mudo pero constante.
***
La anciana y desmemoriada actriz, de pronto, ante la sorpresa de todos, se levantó
de su silla de ruedas; fue a su armario con la energía de una jovencita y se
puso un antiguo traje blanco, guardado con mimo por ella durante décadas. Sus
huesos asomaban tristemente sobre el volante del escote. Veinte minutos
después, Adela, toda excitada, corrió con su vestido de novia imaginario hacia
la puerta, arrastrando su esquelética pierna inválida. Llamaron. Abrió. Lo sabía.
Era él, el único que aún reconocería entre todos los extraños.
Demián,
igual de firme a sus cuarenta y cinco años que entonces, igual de honesto y bello,
se presentó como el nuevo fisioterapeuta solicitado por la familia.
La miró,
reconoció en el rostro envejecido y ceniciento a la gata de hacía veinte años y recordó, súbitamante, aquella desgarradora canción.
La anciana, incapaz de atrapar una sola
palabra, balbuceó una frase inconexa, mientras una maciza lágrima rodaba por su
mejilla hasta caer en la alfombra
El sonrió, se arrodilló, y en un gesto
ficticio de sus manos recogió la lágrima y toda la oscuridad que se cernía
sobre ella.
Asfixiado, casi a punto de morir; con apenas unas horas de
vida, la basura lo aplastaba; una durísima mano de mujer lo tiró allí. Había nacido del vientre de un ser hecho de piedras rotas. El bebé apenas podía llorar; la
falta de aire era su primer alimento. En lugar de la dulce teta tenía un estercolero donde cada desecho informe parecía el poema de la
crueldad humana. La luz de las farolas no quiso mirar; cualquier gato hubiera
visto salir de ellas una angustia de neón huyendo por el pavimento.
Sin previo aviso, unas púas de dolor se clavaron en la
tierna piel del bebé. El niño quería gritar, explotar definitivamente, pero en
otro mundo. Sin embargo, no era la violencia, sino la caridad quien lo agarraba
con los dientes. Un perro vagabundo había notado su pequeño olor humano a
través de la inmundicia. Y saltó sobre el cubo. Y agarró a la criatura del
bracito más desvalido de la tierra. Y lo lamió entero: manos, pecho, ombligo,
cuerpo y alma. Tanto que el diminuto humano desnudo creía que volvía a nacer.
Quedó largo rato sobre la tripa de aquel perro que lo chupeteaba sin cesar,
limpiando todo rastro de dolor en él. Todo... dejándolo completamente
vestido con las babas cálidas de la ternura, bajo unos ojos calmos que sin
comprender nada eran capaces de darlo todo.
El niño creció marcado por la palabra “quitar” y por la
palabra “dar”. Mas como la vida para él fue el regalo de una perra sin nombre, eligió dar... Por eso ves a ese hombre de gesto esperanzado y paso decidido, atravesando las sombras de hierro del dolor, salvando niños, salvando mujeres, salvando perros y gatos, y cerdos y bosques y hormigas...; salvando todo lo salvable en este mundo.
...
Inspirado en un hecho real de una perra vagabunda que salvó a un bebé de un cubo de basura.
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DORMIR ES DISTRAERSE DEL MUNDO
La enfermedad del sueño; eso tenía. Nunca recordaba lo que soñaba en esos
segundos de inconsciencia. Sin embargo al despertar, contemplaba la vida con
absoluta perplejidad, totalmente novedosa, impredecible, bella. Chapoteaba de
asombro en asombro.
–¡Eh, muchacho, despierta. Estoy aquí!
–Ya lo veo. Tu voz parece un claxon. Pero eres bello como un torrente
despeñándose, ¿lo sabías?
–Ya está el poeta de nuevo…Vives en una nube.
–Es matemáticamente posible que un viento te arranque los
papeles de las manos y tú tengas un accidente por seguirlos. No cruces ahora – Y antes de que se durmiera de nuevo, su
amigo añadió:
–¡Me estás salvando la vida! Y se rio inquieto como un mono. Mas quedó muy
serio cuando un viento empezó a levantar los papeles que llevaba mal cogidos.
El soñador se volvió a despertar, y despidiéndose, dijo, como para sí
mismo:
–Somos nubes… dentro de nada mi mente tomará la forma de un elefante
nostálgico. Sólo sé que no sé nada. La vida cambia de opinión continuamente…
Mira esa paloma, sus átomos revientan en un grito de luz.
Con pasos elefantinos, siguió la calle, que
parecía terminar en el pensamiento de un niño con pantalón a rayas, el cual
miraba absorto una extraña nube.
De sueño en sueño despertaba cada vez más rico
en asombros; feliz de que a cada zancada pisara la sombra exacta de su propio pie; admirado por que cada cosa ocupara su lugar matemático en el mundo.
Pero el colmo de su perplejidad llegó al
despertarse empapado, dentro de una nube; la misma que contemplaba asombrado
aquel niño con pantalón a rayas.
**
Basado en las dos citas de Borges:
"Dormir es distraerse del mundo"
"Si de algo soy rico es de perplejidades, no de certezas".
MÁS PARTICIPACIONES EN EL MICRORRETO DEL TINTERO DE ORO:
En el blog de nuestra querida Mag, encontraréis más participaciones de este tema tan sugerente.
LA CICATRIZ
"En el corazón tenía la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón."
Antonio Machado
Hay un ser que circula entre los otros cuerpos como un
mosquito en la noche. Nadie es capaz de notarlo. Son sus ojos marcos sin
lienzo, colgados de dos cejas anodinas.
Su anciana madre le pregunta, le exige, la reclama, la
añora... La hija no está. Prepara su tostada con la indiferencia de un reptil.
En su trabajo se preguntan si queda algo de la antigua
compañera. Acaso su pelo, que sigue escapándose osadamente de su trenza. Pero
no su viejo brío de gorrión; ni aquella sonrisa gozosa de río fundiéndose en el
mar que la caracterizaba.
Su mar no está. Ahora ya no. Ella dejó de recibir su oleaje de abrazos. Y en el armario sólo hay camisas que aspirar. Y sobre el sofá, la
desteñida gorra, todavía cálida y con el aroma de sus bromas. Pero ya casi no
puede recordar. ¿Sentir? No conoce el significado de esas dos sílabas
bailarinas desde que se reunió en el lago consigo misma. El lago con forma de
corazón, verde turquesa, colmado de tantas y tantas lágrimas que fue recibiendo
de ella y de muchos más lamentadores con cadenas. Allí se arrodilló, sin mirar al sol; tan
sólo hacia su propio pecho marchito. Y allí se arrancó el corazón. Lo vio caer,
hundirse lentamente, muy despacio, hasta que todo su color rojo fue desleído
en la tinta verdinegra del fondo. Y con él se hundió su memoria, su vida, sus
sentimientos. Y no entiende cómo sigue
viva si su sangre es ahora de madera muerta.
Los pájaros se quedaron mirando a la mujer que había mutilado
la emoción en su pecho: una cicatriz mal cerrada, que sólo ellos pueden ver, es todo lo que queda ahora entre sus dos senos.
Cuando su sombra se perdió
por el callado camino, las aves reanudaron sus canciones.
Y con sus trinos cantaban que
la mujer sin corazón no sabe, no sospecha, que espera un hijo. Y que mientras
siga viva (un día, dos, un mes, nueve...) tarde o temprano
renacerá un nuevo botón floral en su pecho, que crecerá y latirá como un nuevo corazón hasta borrar del todo la cicatriz de su seno.