sábado, 11 de abril de 2026
Un clásico de Bécquer
sábado, 31 de enero de 2026
ME PIDES QUE DESCRIBA TU SONRISA
Este poema en prosa fue publicado hace más de 6 meses para Vade Reto. Me gusta especialmente y lo subo aquí también, a pesar de que algunos ya lo hayan leído...
ME PIDES QUE DESCRIBA TU SONRISA
Desde este vagón, sumida en su vociferante traqueteo, escribo, alegre, me siento bien...:
Un niño, frente a mí, lee. La portada de su cuento tiene dibujadas dos palomas aleteando, queriendo posarse en una mano que se les ofrece.
El niño baja su libro. Me mira con ojazos inocentes. Me sonríe, casi cómplice. Los pececillos de sus ojos trepan por mis pies; es casi una cosquilla su mirada. Río. Una de las palomas de su cuento parecen salir y posarse en mi propia mano... Noto su delicadísimo peso de ave... Sueña el instante sobre mí; toma forma de paloma, alegre, turgente. Es real.
*
Nada ha pasado; pero yo lo he sentido, y ahora lo escribo. Hay un mundo paralelo que sigue otras vías a mi lado, muy, muy cerquita. Y ese niño lo sabe.
Blanca como una ala contra el cielo, miro por los cristales: los árboles, las casas, las ventanas, las oficinas, los dormitorios, los corazones..: el mundo desperdigado es un loto abierto de instantes.
Y voy penetrando, al ritmo de mi tren, en todos ellos. De la frente dormida de la niña del cochecito a la ceja del hombre sin pasado; del sueño de la joven pianista al bolsillo del soldado muerto.
De la mano que deja una lágrima en el pomo al cerrar la puerta a las manos que sostienen la copa del triunfo.
Huelo la orquídea apretada en el pecho de alguien; la flor que no sabe que es un regalo
y viaja envuelta en una maceta sostenida por una carne que tiembla… ¡mi existencia también es un regalo! ¿Quién, quien me lleva?
¡Los ojos de ese niño, otra vez, llenos de peces amarillos, me hacen volar entre estrellas! Me han lanzado muy lejos, y ahora planeo sobre una paloma gigante, suave, que me conoce más que yo a ella.
Parece contener toda la alegría de mi vida…
Y veo a lo lejos mi hermosa canica que gira y gira sin parar, terrible y tierna a la vez:
Es el ojo más hermoso y ahora..., me mira.
¡Es esa mi Tierra, llena de brazos que claman abrazos...!
Mi dulce, mi salvaje amante de ojos azules y labios verdes. Vago herida de amor por ti desde el espacio.
¡No quiero, no quiero alejarme!
Mi voz... No la escucho como tal. Es el adagio de un oboe que se desangra en nebulosas tras de mí.
Y al instante regreso y te veo, Tierra, iluminada por la voz-relámpago de todos los niños:
Le cantan a tu alma...
*
De pronto, he caído en mi asiento. El niño de los ojillos traviesos no está. Ha debido bajar con su madre a su propio destino. Se ha dejado el cuento en el asiento.
Lo cojo y lo abro.
No hay letras.
Hay, Tierra, tus labios.
Sí; se abren y cierran como el aleteo de cien mil palomas.
Pronuncian primaveras en la muerte,
vocalizan el sonido de la vida goteando de los árboles.
Y ahora, Tierra... tus labios se estiran sonrientes... Y me piden... ¡que describa tu sonrisa!
Y yo escribo, fiel a ti siempre -con manos de coral recién creadas para el gozo-. Y escribo, entusiasmada, como recibe aquel árbol su niebla aguda de pájaros... Y al terminar el poema, veo que no hay letras, sino palomas saliendo por una puerta al infinito...
*
Ya no estoy sola en mi tren; viajo contigo a 100.000 km por hora, sobre tu tibia alma, dando vueltas por el sol.
Tu latido descomunal resuena abriendo mares en el vacío. Y yo percibo, minúsculamente, mi propio alborozo de rosa, deshojándose por el espacio...
Pintura de Nicoletta Caravia
martes, 16 de diciembre de 2025
RECOLECTANDO MAGIA PARA Jascnet. Ocho niños, un campanero y una posada
RECOLECTANDO MAGIA PARA JASCNET
Siguiendo la propuesta de J. Antonio (jascnet) en su mundo de palabras mágicas donde invita a cada escritor a escribir un cuento desde una mansión (Acervo de Letrras ) he escrito este cuento dentro de otro cuento.
Ha salido algo largo debido a la introducción y necesario desenlace; espero que valga la pena vuestro tiempo.
Gracias por leer y comentar.
OCHO NIÑOS, UN CAMPANERO Y UNA POSADA
Me dijeron
que la posada estaría sólo a un kilómetro, sin embargo, lo que yo encontré no
fue la humilde hospedería que imaginaba, sino una gran mansión palaciega.
Como
tiritaba de frío y me dolían los pies con una saña congeladora que no perdonaba,
llamé a la puerta. Mis azulados dedos subieron a mi boca en señal de sorpresa.
Un mayordomo
alto, calvo y ciego me recibía.
Me hizo
pasar a una gran sala muy lujosa donde había ocho niños alrededor de una
chimenea.
—Bienvenida,
cuentista. Tendrás alojamiento y comida si alegras a estos niños con un cuento
—me indicó el mayordomo con el rostro ahora vivamente iluminado por el fuego de
la sala.
Debía de
estar muy extrañada y hasta asustada ante un intercambio tan insólito. Pero los
niños eran tan cordiales que enseguida me hicieron un hueco a su lado. Me sentía francamente bien.
Sonreí,
disimulando mi inseguridad. Entonces miré la nieve que caía sosegadamente a
través de los cristales. Los niños, ahora, me miraban a mí, expectantes. Me
senté, y una niña pequeñita, de unos cinco años, me acarició la mano como si me
conociera. Era tan cálida como el fuego más hermoso de todos los fuegos
posibles en un duro invierno. No tuve más remedio que buscar en mis mermados
bolsillos creativos algún dulce... por lo que empecé a narrar sin saber hacia
dónde dirigirme:
“Desde la
torre de una iglesia románica muy antigua, cuatro campanas hermanas miraban al
unísono los hilos descendentes de la lluvia.
—¿Es que las
campanas pueden ver? —me preguntó un niño de pestañas enormes.
Para estas
campanas sí era fácil verlo todo
—respondí—. Continúo:
“Bajo los
tejados del pueblo contemplaban las
charlas de sus habitantes alrededor de una mesa, e incluso sus risas desvaneciéndose sobre la humeante sopa caliente.
—¿Cayendo
sobre la sopa?, ¿sus risas?, ¿Cómo copitos de nieve?, dijo un niño de
dientecillos separados.
—Sí, algo
así, hasta que se derretían en la sopa, claro —los niños se rieron.—Pero a ver…,
dejadme seguir... Volviendo a las campanas…
“Las cuatro
hermanas de bronce podían sentir desde allá arriba el helor de las riadas
impetuosas recorriendo las calles empedradas y hasta el anhelo de un gato
aventurero deseando volver a casa.
Aquellas
cuatro amigas, cuyo origen se perdía en la espesura del tiempo, disfrutaban
volando con los gritos fugaces y rojos de los niños. También sabían del placer
de un vino compartido entre amigos, o de esa mano tierna, que aun con olor a
cebollas recién cortadas, mecía al bebé en la vieja y carcomida cunita —la chiquitina
volvió a tocarme. ¿Estaría ella inspirándome esta historia? Seguí, movida por
un deseo ardiente de tirar del misterioso hilo que me hacía hablar y hablar…
Al cesar
aquella lluvia tan pacífica, las campanas notaron la pálida caricia del sol
atravesando la espesura de sus ennegrecidos cuerpazos. Luego se durmieron con
la nana lejana de las aves del bosque.
Tras la
ventana empañada de una casa pobre, una mirada más húmeda que el agua que acababa
de caer, las contemplaba. Era el único que conocía el lenguaje de las entrañas
broncíneas.
El hombre
era el viejo campanero que estuvo tocándolas durante cuarenta años. Su vida
había trascurrido solitaria, sin descendencia, quizá inútil a ojos extraños,
pero plena de mensajes metálicos que había introducido en su alma casi como su
alimento diario.
Porque aquellos
sonidos de las cuatro hermanas eran mágicos…
Cada tañido que
emitían resonaba en las criaturas de su alrededor: las atravesaban literalmente,
devolviendo al campanero, como un eco, el elixir exquisito, la esencia y hasta
el sentido último de la vida de los seres. (Los niños comenzaron a abrir más
sus ojos inocentes.)
El hombre se
volvió cada vez más callado a medida que escuchaba las voces que salían de
aquellas cuatro gargantas, quedando sordo para el mundo.
Sólo hablaba
con ellas. Cuando tiraba de las cuerdas para hacerlas sonar, no podía oír nada,
pero sentía sus voces retumbando dentro de sí mismo, dejándole frases, incluso
historias enteras; las vidas de cada habitante del pueblo llegaba al interior
de aquel hombre a través de ellas, quisiera o no; las campanas observadoras lo
sabían todo de todos, y todo se lo contaban. Él, sabedor de todos los secretos
del pueblo, y sordo y mudo al final de su vida, ayudaba en todo lo posible a
quien podía. Un cariño profundo nacía hacia todos cuanto más los conocía.
Lloraba solo
y reía solo también, pero era feliz.
—El viejo
mudo, ¡qué agradable es! —se decían los vecinos.
—Sin hablar,
cómo acompaña su presencia, igual que un padre bueno. Y además, se anticipa a
nuestros deseos, como si nos conociera de toda la vida.
Realmente se
hizo amado aquel loco. Cuando daba las campanadas dominicales parecía bailar en
éxtasis, colgado de sus gruesas cuerdas.”
—¿Qué es
éxtasis? —preguntó una niña con trenzas pelirrojas.
—Es como si
estuvieras aquí, pero sin estar aquí —respondió otra que por lo visto ha leído
mucho ya.
“El día
anterior a la muerte del campanero llovía, como casi siempre. Pero, para
sorpresa de todos, esta vez la lluvia estaba coloreada de verde, depositando
por todas partes una melancolía líquida muy triste. El campanero estaba muy
enfermo, agonizante.
El tinte
verdoso solamente se borró cuando murió. Y en el mismo instante en que su alma
abandonó el viejo cuerpo, las campanas tocaron solas durante toda la noche,
para sorpresa y pavor de toda la gente.
No pararon
de tocar una campanada cada media hora, muy sombría y honda, como si llegara
del fondo de la tierra, estremeciendo el sueño de todo el pueblo.
El misterio
se prolongó en el entierro del campanero, pues esta vez quedaron totalmente mudas,
por más que se insistiera en tirar y sacar de ellas un sonido fúnebre.
Tras el entierro,
volvieron a sonar solas durante más de
quince días seguidos, cada noche. Y su sonido, casi desgarrado, casi humano,
alcanzaba los oídos de las gentes acostadas y pensativas en sus camas, y les
hacían llorar.
Hasta que
callaron definitivamente.
Desde
entonces nadie tuvo valor de devolverlas a la vida tirando de sus cuerdas.
Pensando que
traerían mala suerte, las cambiaron por una campana eléctrica, más acordes
también a la llegada al pueblo de la luz eléctrica.
Las enormes
cuatro campanas fueron fundidas dando una inmensa cantidad de bronce, que luego
fue vendido a un rico empresario de estatuas. Éste las transformó en lujosas
figuras para relojes. En total salieron más de treinta, cada una más fascinante
que la anterior.
Sin embargo,
el pueblo todavía era testigo de las campanadas, aunque luego las olvidara.
Una vez al
año, en noches de lluvia larga, insistente, y azul, en dirección al cementerio,
se escuchaban unas vagas campanadas. A continuación venía un denso y largo
silencio expectante. Y después, sólo la hierba húmeda notaba el paso profundo,
pesado, de figuras de bronce que bailaban en corro, solemnemente.
Y sólo el
prado sabía que, a cada vuelta, recitaban las historias de cada uno de los
vecinos que en ese momento soñaban.
Entonces, las
vacas de los alrededores mugían, los perros aullaban, y los habitantes del
pueblo interrumpían su sueño para rezar una pequeña oración por el campanero. Entonces
retornaba el silencio, esta vez más dulce y benévolo que nunca.
Acto seguido,
animales y hombres se volvían a dormir, sintiéndose extrañamente reconfortados.
Al día
siguiente olvidaban completamente el fenómeno de la noche anterior, pero eso
sí, con una asombrosa resonancia que parecía viajar de corazón en corazón.
Se miraban,
se sonreían, extrañados y cómplices al mismo tiempo de una dicha que les
recorría el alma hasta el punto de abrazarse sin tan siquiera saber el motivo.
Estaban
hermanados como nunca.
Y esto se
repetía cada año, cuando las cuatro campanas conmemoraban la muerte de su
querido campanero.”
—Y aquí
termina mi cuento…
La niñita
que me cogió la mano al principio de contar la historia estaba muy alegre,
aunque no hablaba. Alguien comentó que era muda.
La tomé en
brazos y la puse sobre mis rodillas. Al acercarse, noté en ella un aroma
profundo a tierra mojada, a pétalos frescos. En el cuello tenía un colgante muy
curioso:
Cuatro
campanitas de bronce.
Las hizo sonar agitándolas con sus deditos
mientras me sonreía. El fuego, a nuestro lado, comenzó a bailar frenético y
vital, como si un viento de rosas lo agitara.
Aquella
noche dormí diez horas de un tirón, como una niña.
Al salir de
la mansión la mañana siguiente, no quise hacer preguntas. Sentía que la magia
podía quebrarse de un momento a otro.
Los niños me
dijeron adiós mientras construían un muñeco de nieve. El mayordomo echaba grano
a una bandada de ocas hambrientas con un ensimismamiento casi devocional. Hasta
me parecía que el cielo se admiraba de su azul reflejado en las ventanas de
aquella mágica mansión…
Sí, todo era
perfectamente hermoso, como una burbuja enorme que debía ascender en armonía con
el mismo viento.
Era necesario que permaneciera así por siempre: inspiradora e intacta en toda su fantasía.
Escrito por Maite Sánchez Romero (Volarela) para Acervo de Letras
jueves, 30 de octubre de 2025
Blanco y negro (Relato).
Relato creado para el reto de octubre de nuestro querido anfitrión Jascnet. Vade Reto. Se trata de elaborar un cuento con algunos objetos de esta imagen, teniendo en cuenta que se trata de un Bazar.
«Lo esencial es invisible a los ojos».
Imagen de Mabel Amber en Pixabay
BLANCO Y NEGRO
¡Qué silencio bendito!, pensaba David mientras hacía un esfuerzo por sacar las piernas desnudas de la cama. Era doloroso; sus músculos estaban demasiado entumecidos. Una tras otra las estiró antes de colocar cada dedo sobre las glaciales losas del suelo. Mientras, acarició suavemente a su esposa dormida. Júpiter, un joven golden retriever, ágilmente, se levantó de un brinco, y dio un airoso coletazo a las fichas del ajedrez. Erguidas y dignas sobre el tablero desde la noche anterior, quién sabe si comentando entre ellas el último mate, cayeron estrepitosamente. La mujer se despertó y comprendió que su esposo se preparaba para una de sus caminatas campestres, con lo que se giró de nuevo para recordar los movimientos geniales de ajedrez de su último sueño. Ambos jubilados fueron campeones en este deporte, y por toda la casa abundaban tableros y piezas en todos los formatos y materiales posibles, incluido uno de azúcar que Júpiter jamás osó tocar.
Hombre y perro sintieron el empuje vital de la mañana nada más salir. Sencillamente delicioso. Era imposible no saludar a las flores, cada una con su respectiva gota de rocío destellando como respuesta. David y Júpiter experimentaban la fresca esencia de los abetos subiendo por sus propios pulmones, animándoles ese día a llegar muy lejos. Y así, los dos subieron cuesta arriba varios cientos de metros, hasta llegar a una piedra y un trozo de hierba que les ofrecieron lo que tenían para su descanso. Ya salía el bocadillo fragante del aluminio y las babas de Júpiter tocaban tierra cuando un compañero de viaje inesperado apareció no se sabe de dónde. Se presentaba de frac y camisa blanca. Era una hermosísima urraca que portaba un objeto en el pico.
Júpiter quedó hipnotizado. No sabía si lanzarse a por ella o esconder su cola. David quería desentrañar lo que el ave llevaba. La urraca se acercó descaradamente a ellos y dejó una ficha de ajedrez junto a los pies de David. Era un peón negro. Después, salió volando como si aquello no fuera con ella.
El peón negro… Y tiene una rotura en la base… Pensó David. Y súbitamente le vino el recuerdo de su padre enseñándole el valor de las fichas dentro de un hermoso juego, en lugar de colocarlas en la alfombra y hacerlas guerrear, como hacía el pequeño.
No pudo evitar que una sonrisa le cosquilleara por dentro con dedos de luz. Su padre le enseñó a ser fuerte; a ser un verdadero guerrero del pensamiento; de la reflexión. Cuánto lo quiso… Y ahora, esta ave le traía esto… ¡Y era su peón dañado!, ahora lo reconocía mientras todo su cuerpo se estremecía de emoción. Era el mismo con el que hizo su primer mate… Jamás podría olvidarlo… Lo acarició como si portara santidad. Pero ¿de dónde lo había sacado ese pájaro?
Los amigos de distinto número de patas las pusieron en marcha de nuevo, siguiendo el camino hacia la cima, pero de improviso, la urraca, que parecía haberse fulminado poco antes, se posó ante ellos, en mitad del camino. Otra vez su pico traía un objeto: una carta doblada, blanquísima, con letras vibrando en una intensa tinta azul, como recién escritas. David esta vez tocó al ave, casi con una caricia, y ella colocó suavemente en su mano la carta. Era su propia letra. Con la mano temblorosa y los ojos mirando por detrás del ave, como si hubiera cerca alguna trampa extraña, tomó el papel y lo leyó. “Te amo locamente, por favor respóndeme cuanto antes. Necesito saber si sientes lo mismo… “Tras esta frase seguía un tropel de palabras tan apasionadas como torpes, subiendo y bajando por todo el papel como hormigas excitadas. No puede ser… se dijo. ¡Tengo en mis manos la carta que nunca entregué! Aquella muchacha del bachillerato que seguramente nunca supo cuánto la quise. Pero yo… Mala jugada. Sin duda, ella era una reina para mí, y yo aun no conocía mi propio poder de rey... Fui un tembloroso alfil…. Pero este papel despareció hace cincuenta años… ¿Qué está pasando?, se preguntó cada vez más nervioso.
El perro le miró y en sus ojos se reflejaba la misma incomprensión, pero con más ternura; quizá como animal podía aceptar mansamente el devenir incomprensible de la vida. Pero él no.
Cuando David guardó el papel en su bolsillo, el ave alzó el vuelo en dirección izquierda, siguiendo un sendero que se alejaba del principal. El hombre tomó una firme resolución. Seguiría a esa enigmática urraca salida de un mundo embrujado, aunque le costara la cordura.
Aquella senda era bien conocida por ambos. Júpiter movía la cola alegremente detrás del ave, jugando y ladrando. El pájaro se posaba de vez en cuando en un árbol y los miraba moviendo la cabeza, como si quisiera esperarlos. Pero un instante, el perro ladró hacia una copa vacía, frenético. La urraca se había camuflado entre el follaje, desapareciendo de su vista. Poco después, se dejó ver portando un nuevo y reluciente hallazgo.
Nuevamente lo colocó a los pies del hombre. Allí lucía, anacrónico y brillante sobre el polvo del camino, un reloj antiguo de bolsillo. E inmediatamente apareció en su mente la mirada de su abuela Doris. Había cogido a escondidas aquel reloj, ansioso por saber cómo funcionaba. Lo había desmontado completamente, seguro de que volvería a colocar cada pieza en su lugar. Pero no lo consiguió... Tenía nueve años. Una jugada fatal, un exceso de confianza. Se sintió abrumado ante su abuela, completamente avergonzado por haber estropeado su valiosa joya. Pero ella, en lugar de enfadarse, premió sus ansias de conocimiento con una sonrisa y una caricia en la frente. Y eso nunca lo olvidó. Cogió el reloj. Extrañamente, funcionaba.
Otra pieza más del puzle de su vida… Sentía tanta belleza y emoción al reconocer y tocar aquellos objetos entre sus dedos... ¿Qué ocurría? ¿Qué hacía que las cosas regresaran a él, intactas, removiendo su corazón con un viento de dulzura inenarrable?
Júpiter miraba a su dueño moviendo la cola, compartiendo la secreta y turbadora alegría de David. Pero como no podía contener tanta emoción contradictoria, decidió perseguir a la urraca que ya volvía a ponerse en marcha. Los dos lo hicieron, presintiendo que este juego tendría que llevarles a alguna parte.
Entonces lo vieron. Era absurdo, pero estaba allí:
A unos quince metros había un bazar enorme, de paredes de cristal, que dejaba ver infinidad de objetos, miles y miles de todas clases, ordenados en estanterías. Tomó sus prismáticos; cada objeto tenía una etiqueta colocada con una fecha. Reconoció su guitarra, su balón de fútbol, y hasta el reloj de su abuela Doris… Entonces, de una puerta salió la misma Doris con cara ilusionada, sosteniendo una flauta de madera sobre su pecho. Con ella aprendió música de pequeña. David, en pleno anonadamiento, comprendió que no lo veía. Quiso correr hacia ella, abrazarla, sentir toda la ternura de sus ojos bondadosos de nuevo sobre él… Pero algo indefinido lo frenó.
Luego aparecieron más personas, todas desconocidas, encontrando y llevando objetos de toda índole, conversando entre ellos, riendo, muy, muy alegres. De pronto, salieron por la puerta tres de ellos, la abuela Doris en el centro. Y ahora sí…, ella parecía mirarlo con mucha dulzura, reconociéndolo. La urraca fue a posarse delicadamente sobre el hombro de la abuela, muerta hacía ya cuarenta años.
En ese preciso instante sonó su teléfono. Era su mujer, preocupada por la tardanza. Él no podía articular palabra, tenía un nudo en la lengua y en el corazón. Colgó rápidamente, pues tuvo una súbita certeza. Retrocedió velozmente un par de metros hacia atrás. Júpiter, como una sombra, lo imitó. Y en el mismo segundo en que dio el último paso con su pie izquierdo, una inmensa piedra se desplomó de la rocosa pared lateral, interceptando el camino con su mole explosiva. Sólo dos metros le acaban de librar de la muerte. Impresionado, se quedó tieso como un árbol seco, casi sin respirar. Entonces Júpiter lanzó un largo aullido, y tras él un silencio absoluto envolvió a David; una quietud que parecía durar demasiado tiempo. Después los pájaros de los alrededores retomaron sus cantos sutiles y el viento recuperó sus paseos por las hojas, como si alguien, bruscamente hubiera pulsado el botón: “sonidos de la naturaleza”.
Observó la roca caída. No dio aviso, pensó. Se desgajó de la grieta horadada ocultamente a lo largo de años, siglos quizá. Su destino era caer sobre ellos. Miró al otro lado del camino, esquivando las enormes piedras fragmentadas. Había desaparecido el bazar. Todo era normal. Pero sintió el vuelo rasante de la urraca sobre sus cabezas: muy fino, muy bello, como si no pesara. Casi parecía una enorme mariposa blanca y negra.
Blanco y negro…, meditó. Los colores de las fichas, del tablero... El ave ahora volaba en la dirección contraria al siniestro; hacia el hogar donde su mujer le esperaba: hacia la vida.
¿Habría ganado la partida a la muerte?
No. Ella esperará su turno... Pero ahora sabía que la partida no terminaba; que el juego era más vasto y maravilloso que todo lo imaginado, y tocó con fuerza los objetos milagrosos que guardaba en su bolsillo.
***
miércoles, 15 de octubre de 2025
LA ESTATUA ROTA (relato)
— ¡Dios mío, la estatua ha caído! ¡Miren, la cabeza rota!
Recuerdo que todos los que pasaban me miraban entre la sorpresa y la compasión.
Desde entonces, aquellos ojos pétreos, inexpresivos, no dejaron de mirarme, de seguirme hasta mis sueños. Me obsesioné.
Pero no fue la única distorsión —no pienso llamarlo alucinación— de la realidad que tuve. A veces, de improviso, el murmullo de la gente resonaba como un panal de abejas. Era terrorífico. Sobre todo porque nadie más que yo lo escuchaba.
Contemplaba con pasmo Nueva York; parecía haber perdido su consistencia, sin sombras ni volumen, plana, muerta. Necesitaba tocar algo con urgencia: un semáforo, un árbol... y así volvía a mis dedos el tacto amable de la realidad.
Todo comenzó con el picor de la pulsera.
Nos la habían puesto al nacer, aunque nuestras madres no recordaban siquiera haber parido. La pulsera creía con nosotros. Si te la quitabas morías; mejor dicho, desaparecías al instante. Todos hemos visto a la gente desaparecer a nuestro lado alguna vez... Yo también... Mi mujer... Ella lo hizo. Sintió la misma picazón insoportable que yo siento ahora. No volví a verla.
Perderla fue probar la grandeza de ese amor. Quizá por eso estoy alucinando y no tiene la culpa este picor…
El médico al que conté mis visiones insistió: mi depresión era la causa; la estatua rota solo era un símbolo de la fractura de mi propio mundo.
—Jamás se quite la pulsera. —repitió.
Salí hundido.
Una súbita llamarada de rascacielos me devolvió el aliento. Amaba Nueva York. Pronto comenzó a llover. Pero el picor volvía, cada vez mayor: mi mundo realmente se estaba desmoronando. Las luces de la noche se diluían en un cortinaje de susurros líquidos… Insufrible. Más picor. Tenía que acabar. Sentía mucho miedo, pero estaba decidido.
Una vez en casa, tomé las tijeras. Era imposible cortar la pulsera. Además, con cada intento nuevo el picor aumentaba, y la pulsera parecía deformarse y agrandarse. Finalmente se salió de mi mano…
Lo siguiente que recuerdo son voces lejanas. Una ambulancia sonando a lo lejos. Abejas…
Hasta que todo desapareció de mi vista y de mi oído.
Un silencio de corchos aislantes me acunaba. Copos de nieve en mis ojos… ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?, me preguntaba espantado. Y justo, frente a mí…: la estatua rota.
Sí. Unos inmensos ojos de piedra me contemplaban desde el suelo, entre edificios destrozados. ¡Alrededor mío todo estaba demolido! Mi ciudad… ¡rota como la estatua!
No muy lejos, cuerpos yacían sobre el suelo. ¿Muertos? No, parecían estar dormidos, esperando algo.
— ¡Allá, miren, un hombre vive!
Me señalaron. Era un grupo de personas con máscaras y trajes herméticos. Enseguida me colocaron una mascarilla.
— ¿Qué es esto?, ¿Qué ha pasado?
— Amigo, has vuelto. Esta es la realidad. La auténtica.
— ¿Quiénes sois?, ¿Por qué está todo destruido?
— Hubo una guerra nuclear y Nueva York quedó arrasada.
— ¡Pero eso jamás ha sucedido!
— No allí. Vienes de un mundo falso. Ésta es la realidad —respondió un hombre muy serio que se adelantó del grupo.
Miré desolado las angustiosas montañas de ruinas. — ¡No es posible!
— Has vivido ciego en el mundo onírico de los Inconscientes. Ellos son expertos en crear sueños vívidos.
— ¿Mi vida entera ha sido un sueño?
— Tu vida después de quedar inconsciente en esta guerra. Segundos antes de morir por las bombas, las conciencias de miles de personas fueron robadas por los Inconscientes para vivir a través de ellas en un mundo paralelo, idéntico a este. Su propio sueño vívido.
— ¿Quieres decir que viven a través de nuestras mentes?, pregunté con repugnancia.
— Sí. Ansían ser humanos, pero solo mediante estos robos de conciencia pueden lograr serlo. Cada uno de ellos se va transformando en humano a través de cientos de nosotros.
— ¿Y la pulsera… es el nexo entre ambas realidades?
— Sí. Cuando se saca, desaparecéis allí y termináis de morir aquí…
— ¿Y por qué yo no estoy muerto?
— No estabas a punto de morir, sólo inconsciente. Ellos no pueden distinguir la diferencia.
— ¿Y tú, cómo sabes todo eso? —interrogué casi desafiante.
— Porque hace siglos yo... fui uno de ellos.
Una mujer llegó, rompiendo el círculo, y gritó:
— ¡Mario!
— ¡Miriam! —Los escombros de mi mundo se recompusieron en ese abrazo— ¡Estás viva!
— El veneno, antes de las bombas, ¿recuerdas? Solo nos dejó inconscientes. Estos hombres me rescataron.
Me cogió las manos. Por sus manos cálidas y dulces, reviví su ser entero.
Me ayudó a levantarme.
A lo lejos vimos unas formas rojizas y humeantes con dos huecos profundos en lo que debía ser la cabeza. Avanzaban hacia nosotros.
— No temáis, ahora no pueden haceros nada; vuestra conciencia lo impide —dijo el hombre serio.
Pasaron lentamente a través de nuestros cuerpos como si no existiéramos. Sentimos un lamento estremecedor cruzar nuestro cuerpo y alma. La piel se nos llenó de gotitas rojas, como si nos hubiera envuelto una niebla de vapor rojo y tristeza.
— Vagan en busca de una conciencia...
Avanzamos afligidos calle abajo, acompañados todo el tiempo por la siniestra hecatombe de la ciudad.
Miré hacia atrás; la cabeza caída de la estatua seguía allí, mirándome fijamente, casi con una súplica en aquellos ojos vacíos. ¡Todo no está perdido! —me descubrí respondiéndole en voz alta—; y apreté fuerte la mano de mi mujer.
Mis compañeros me miraron sorprendidos un instante, pero no dijeron nada.
Quizá un vago sentimiento de culpa nos acompañaba, porque habiendo tenido una conciencia, habíamos destruido nuestro mundo.
***
Volarela 2025 para el Tintero de Oro. Historia creada con Nueva York como telón de fondo. Aquí podréis leer todas las participaciones:
viernes, 9 de mayo de 2025
Impresiones sobre el río Ebro
miércoles, 7 de mayo de 2025
Hija de la noche
«Solo en la oscuridad puedes ver las estrellas».
Martin Luther King

HIJA DE LA NOCHE
"Como
un autillo sobre un abedul miro el horizonte.
Mi ruego se
golpea contra las hojas secas del otoño, se golpea y se fractura...
Contemplo
aquellos niños en el caminito viejo. Cantan canciones olvidadas. Ellos son
flores que abren su perfume en la tarde; luego se alejan, con sus burbujas de
luz, hacia la tibieza de un hogar que los acoge... Un gato los sigue mientras
los cipreses oscurecen delicadamente su verdor como ofrenda nocturna.
De aquella
casa lejana salen notas de guitarra. Sus cuerdas desprenden notas que son heridas...
Las siento; una mano solitaria arranca
lágrimas grises a la madera, y mi oído despedaza, como un perro, esos huesos de
tristeza.
¿La noche es
una mujer? Porque hoy el color de su pelo es el del negro tras el negro: mis
dedos lo atraviesan para llegar a la ausencia absoluta. Duele.
¡Ah!, ¿por
qué no puedo ser efímero y olvidadizo como la niebla que tararea sobre los
prados?
Sí…, como
ella…, pasar rozando el agua verdosa que no espera nada... ni a nadie.
Éste es el
día en que ella desapareció.
Siempre,
cada año, con la caída de las últimas hojas, un diez de noviembre, noches repetidas como ésta me ofrecen su
ombligo mordiente. Y caigo en el agujero. Y me dejo devorar por el recuerdo.
Sé que hay
tumbas donde yace el olvido de uno mismo, pero es mejor no mirarlas.”
Abelino
estaba escribiendo estas aciagas letras en un cuaderno lleno de tachones y
manchas de tinta. Arrancó la hoja pensando que el fuego sería su mejor lector:
–¡La combustión! – gritó a las paredes,–¡oh,
sí!, ¡la combustión!
Sin aviso,
como suele ocurrir, la vela se apagó y sólo quedó la luz de unas ascuas
perezosas en la chimenea.
La penumbra
de la estancia era profunda, tanto como la fosa de su tristeza.
De pronto,
el crepitar de la leña se volvió extraño, muy grave y deformado, resonando por
toda la casa. Sintió los huesos ligeros, calientes, pidiendo moverse sin
control, salirse de la piel, romper los límites de su cuerpo.
No podía
soportarlo.
En ese
instante, la voz de su abuela muerta pulsaba su cerebro como un timbre. No era
la primera vez que la oía, ni mucho menos. A menudo pensaba que la angustia y
la soledad acabarían volviéndolo loco.
Esta vez, la
voz era aguda, apremiante, casi una orden rítmica:
“¡Sal
afuera. Sal! ¡Corre, corre, sal! Fuera. Sal. Ahora. ¡Ya, sal!”
—Está bien.
No insistas. ¡Ya voy!
Al salir bruscamente, empujo el papel recién
escrito. Libre, planeó airoso hacia las
ascuas hambrientas de la chimenea.
Entonces los
huesos regresaron a su sitio, volvieron a amar su cohesión natural. Y respiró
aliviado.
Afuera, la
noche serena parecía sedarlo con cascabeles invisibles. Pero la voz de su
abuela insistía de nuevo, más rumorosa esta vez.
–Ahora.
Ahora…
Miró desde
el porche. No había nada, sólo el rugido hosco del frío.
Miró al
cielo. El parpadeo de una estrella fugaz se hundió en la ceguedad de la tierra.
Silencio;
algún autillo a lo lejos. Estrellas.
Avanzó. Su
frágil respiración braceó sobre aquel mar de negrura.
Poco
después, apareció una confusa silueta, cojeando en la penumbra del camino. Ante
él se detuvo una mujer con largo pelo de sauce y ropas raídas.
La realidad
lo embistió sin avisar: era su hija, desaparecida hacía ya 10 años.
Tembló.
Sintió de pronto un olor a humo antiguo, reconocible. Mientras la observaba,
estrellas muertas revivían a fogonazos por sus ojos.
Avanzaron el
uno hacia el otro, imantados, convulsos.
Dos cuerpos
hechos de palabras no dichas se abrazaron en mitad de la noche. Y cada pecho
buscaba las raíces del otro, en silencio, bajo una tierra dulce, desconocida.
Y bajo
aquellas ascuas últimas de la habitación, las palabras lloradas sobre el papel
se iban trocando, lentamente, en ceniza, en humo, en una larga exhalación de la
noche.
*********
Y con este relato para el Vade Reto cuyo tema es la “Noche” comienzo una etapa de descanso bloguero para dedicarme de lleno a mi próximo libro de cuentos y cerrar así, junto con mi último libro de poemas, toda una etapa de mi vida.
Gracias por vuestra compañía entrañable y estímulo invaluable.
¡Un fuerte abrazo y gracias por acompañarme hasta aquí!
lunes, 5 de mayo de 2025
Mi primera antología poética. 2015 a 2025
Fotografía, diseño, edición y dibujos de la autora
viernes, 2 de mayo de 2025
Suspiro de río. Relato breve
«En algún lugar existe un río que fluye a través de la vida de cada persona».
Suspiro de
Río tomó la bandeja y la sirvió a su esposo. Afuera, una garza batía con su
pico la plata dorada del Huang-Ho. Gasas de niebla cubrían de tristeza las
pupilas de la pequeña figura que volcaba el té sobre las tazas. Servía el negro
líquido con el mismo sosiego con el que deslizaba sus pies de seda por el piso
de bambú. Pero bajo su rosada piel de cielo, bullía un remolino tormentoso.
Comprendió
que no era humana al descubrir sus propias huellas desapareciendo a su paso por
las arenas del Huang-Ho. Desde muy niña asfixiaron sus pies en terribles
cintas, a la vez que ahogaban su voluntad. Aprendió los secretos de la danza,
la poesía y la música, los perfectos modales, la delicada sumisión, la
encantadora sonrisa tímida, a juego con los pálidos crisantemos de los jarrones
de porcelana.
Sus rasgados
ojos, a veces, emitían chispitas de un secreto volcán que nadie, salvo quizá
los gatos, veían. Su alma no pertenecía a nadie. Pero no encontraba el modo de
salir de aquel laberinto de carne. Y ni siquiera conseguía llorar: un llanto
largo y liberador era para ella tan deseado como la lluvia pora las plantas.
Esos eran sus pensamientos al mirar el curvado adiós de los bambúes. Y por más
que las garzas la contemplaran admiradas desde sus cielos fragantes; por más
que los pájaros buscaran sus manos frescas cuando salía a comprar flores; o por
más que el sol le recordara que estaban unidos en un pacto de eternidad, las
fuertes notas de soledad y muerte la perseguían. Pero lo peor de todo era que
no lograba llorar. Era imposible. Como si sus ojos estuvieran sellados, un
cúmulo constante de lágrimas que jamás salían iba ahogándola por dentro: sentía
sus remolinos acuosos por las venas, inundando también el corazón, y a menudo
le costaba respirar.
De niña,
Suspiro de Río era más inquieta que los alevines de un torrente. Escapaba una y
otra vez de su hogar, y más de una vez la vieron volver desnuda y recubierta de
plumas. Recibía castigos crueles sobre su nacarada e inocente fragilidad, en
sus mismas mejillas de nube. Pero de nada servían; ella volvía a escapar para
fusionarse al viento entre las flores del cerezo, o para sentir de nuevo la
indómita mano del río moldeando sus pies como si ella fuera una piedra.
A los 52
años, muy cansada ya de buscar orificios por los que liberarse de su corsé de
carne, deslizó el menudo peso de su vida hacia el Huan Ho. A su orilla se
arrodilló para llorar al fin, pero no lo consiguió. Y poco después, murió.
Y cuentan
que ese mismo día sucedió el prodigio. Esa mañana, la niebla era la más espesa
que jamás se haya visto. El fornido comerciante que la compró, su rico dueño,
su esposo, abrió la puerta de su casa en busca de su cotidiano recibimiento.
Pero no
encontró a nadie. Las camelias en sus jarrones estaban desfallecidas. Y en todo
el hogar se podía escuchar el insistente ritmo de una fuente misteriosa,
inexistente. Las pérgolas, como si hubieran transcurrido cien años, aparecían
completamente oxidadas y el aire que venía de ellas casi quemaba los ojos. Los
tapices habían perdido todos sus colores, y a lo lejos las montañas, al correr
de las andrajosas cortinas, semejaban esqueletos azules y desmoronados. En ellas, el comerciante vio el reflejo de su
propio rostro. Llamó a gritos a su mujer, pero como única respuesta tenía el
rumor de aquella extraña fuente que resonaba por todas partes. Al abrir la
habitación de ella, una gran nube de mariposas salió volando hasta inundar toda
la casa de pequeños ritmos amarillos. Volvió a llamarla, desesperado. Encontró
su túnica de seda, con peso de siglos, polvorienta, y con ella en las manos, volvió a gritar su
nombre. Entonces, sintiendo el pánico como una piedra que rodaba hacia él,
trató de huir, mientras notaba su cuerpo flotar en un estanque, entre lotos
gigantescos.
Las paredes
luego, tras un temblor sobrecogedor, comenzaron a transformarse en un bosque de
troncos milenarios. Los muebles regresaron a su solemninad de árboles libres.
Los cuadros se los tragó un cielo con todos los matices del azul; las
figurillas de jade, teteras de plata y vajilla de porcelana se fueron a respirar
el silencio mineral del fondo de la tierra, succionadas por ella. Y el tejado
rojo se desplomó, mutándose en pujantes amapolas al caer.
Luego, sobre
el suelo, antes de mármol y ahora de afiladas piedras deseosas de caricia, un
río comenzó a deslizarse. Era la misma Suspiro de Río, libre al fin, llorando
toda el agua que en su vida mortal no pudo sacar, pero también las lágrimas de
felicidad de su verdadera esencia de río.
Maite Sánchez Romero (Volarela)
jueves, 10 de octubre de 2024
La voz de la memoria. Relato
Escrito para el Tintero de Oro dedicado a Miguel Delibes
LA VOZ DE LA MEMORIA
Empezamos
por visitar el río. Sin duda, mi mayor felicidad desde los cuatro a los diez
años. Después, mis padres decidieron que marchara del pueblo a la ciudad para
hacerme un “hombre de provecho”, porque por lo visto los habitantes de los
pueblos no son de provecho; algo que entonces no entendí, ni ahora tampoco.
Los ríos no
cambian. Nosotros sí. Seguía sorbiendo la tierra con su lengua larguísima,
exactamente con la misma constancia y pasión de siempre. Así nos imaginábamos
al río, el Trucha, Lluc y yo, como una
lengua líquida saliendo de un gigante de piedra llamado Pic Roig. Nos sumergíamos gozosos como
tritones en ella mientras nuestras madres, algo más abajo, lavaban la ropa. El
murmullo de las mujeres se unía a la fiel monotonía de las aguas.
Mis
recuerdos son de una belleza prístina; hasta los sermones de Don Ezequiel,
truenos desde un púlpito, que nos amedrentaban y hacían explotar el mismo infierno
en la almohada, ahora me parecen entrañables.
En ese
instante, mi mujer y yo vimos posarse sobre una roca del río a una lavandera cascadeña. El sol espejeaba en su pecho
dorado como un saludo jovial: recordé, todavía turbado, a Pascualilla la hija
de la maestra, inquieta, risueña, una flor en movimiento oliendo a “Lavanda
inglesa”.
-Peret,
toma, te dejaste el libro en mi pupitre.
Hay
diminutas ternuras que se agrandan y se gozan con la distancia de los años.
Subimos al
pueblo. No me pertenecía ya; ni a mí ni a nadie. Era de la soledad. Y de los
gatos. La enfermedad y la vejez lo
mancillaba igual que a todos… Las casas me miraban desde sus ventanas ausentes,
un tanto desoladas por su incapacidad de proteger a alguien.
Docenas de
gatos silenciosos como la luz que se reflejaba en los muros, vagaban con la indolencia
de una vida plena. Por todas partes había alguno saliendo o entrando por sus nuevos
hogares. Sorprendidos nos contemplaban como a súbitas apariciones. ¿Quién los
alimentaría? Pensé yo; “La paz” parecían responderme.
Llegué a mi
casa, junto a la iglesia. Sabía que iba a sentir una gran tristeza al
contemplarla en aquel estado, desvalida ante la agresiva vegetación. Un gato
blanco, como el que teníamos, posaba cual estatua egipcia en el mismo saloncito
donde hilaba mi madre. Escuché (sí, lo oía nítidamente) el sonido de una rueca.
Para mi propia sorpresa, no me asusté.
Comencé a escuchar fuera de la casa el canto de un gallo, ronca flecha
que abría mi memoria en gajos.
Nuevos
sonidos llegaban, reconquistando sus viejos espacios: el Ximo y el Pecas jugando
en la plaza desierta, el alarido de la niña enferma de la Toña, desde una
habitación ahora inexistente; golpes metálicos saliendo por el ventanuco de la
herrería, chanzas y risas desde la fuente completamente cegada por la tierra… El
vuelo del vencejo, ilusionado como un niño repasando sus cromos al anochecer… Creí
reconocer el ladrido de mi Negrillo… y la voz de mi madre llamándome para
cenar. Estaba impresionado. Pero no sentía miedo, sino alegría. Ante mí se
desplegaba toda la vida acústica de mi pueblo y yo parecía ser el director de
tal orquesta, pues mientras mi mente enlazaba una memoria con otra, los sonidos
llegaban a mí absolutamente reales.
Mi abuelo,
hombre de recio mutismo, a mí sólo contaba historias increíbles como la que estaba
viviendo. Quizá su influjo seguía allí, porque estando a su lado cualquier cosa
era posible. Fue también padre y amigo, y un hombre respetado por el pueblo,
casi temido por su solemnidad natural: lo apodaban “el Tordo” porque los tordos
le seguían cuando iba a por esparto para sus cestas.
Era cestero.
Su silencio se hacía voz en sus manos, se transformaba en preciosos cestos,
siempre diferentes, creativos, aunque sólo sirvieran para llevar simiente, ropa
sucia o racimos de uvas.
Juntos
observábamos los pájaros. Del abuelo aprendí la confianza; de las aves la libertad
y la música: llegué a diferenciar por el canto una terrera
de una alondra.
Él, un ave
más, a menudo canturreaba con una leve sonrisa en los labios. Recuerdo
preguntar a mi madre:
“¿Por qué el
yayo cantuchea*?” Ella me respondió: “Para matar la pena.”
Yo no entendía
la muerte; era demasiado pequeño. Tiempo después me lo contaron: su mujer había
caído de la mula un día festivo en que ambos se dirigían al pueblo vecino.
Unos
adolescentes hicieron estallar un petardo, no muy lejos del camino que ellos
seguían, y la mula, asustada, se encabritó, elevándose sobre sus patas
traseras. Mi abuela cayó. Los chicos se acercaron a ayudar y la llevaron herida
hasta el pueblo. Mi madre me contó que les dijo:
“Gracias,
hijos míos, Dios os lo page en bendiciones, que yo ya no podré hacerlo."
No llegó viva.
El abuelo
desde entonces se limito a emplear los monosílabos básicos para la
supervivencia. Sólo a mí me hablaba. Pero a menudo cantaba, sonriéndose, una
dulce tonada popular. Yo, sin comprender la profundidad de su drama, le
escuchaba con placer y curiosidad, como el que escucha a un ruiseñor oculto
entre el follaje.
Ahora volvía
a sonar su canturreo. Era la misma voz…, fuerte, varonil. Se extendía por todo
el pueblo, penetraba en mí como un humo aromático. Dejé que me embargara su
recuerdo pleno de afecto.
Todo pasado
sigue vivo en algún lugar, decía mi abuelo, intocado, inmutable, eterno,
esperando nuestro reencuentro.
***
*cantuchea.
Licencia: canturrea


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